Xabi Alonso. Si el entrenador tolosarra se jugaba el puesto en esta Supercopa, hizo méritos para ganarse al menos una nueva renovación semanal, que son los plazos que parece manejar ahora mismo el Real Madrid . Con una defensa de entreguerras, Mbappé atado al caballo como el Cid Campeador para intentar intimidar solo con su presencia y Valverde fuera de combate, el partido estuvo, al final, a un tiro de Carreras. Se compitió hasta el último córner en un torneo, no nos engañemos, sobredimensionado. Lo verdaderamente desgastante es que cada partido del Madrid se viva con la tensión de un atraco a un banco en el que cualquier error, despiste o pequeño detalle puede desencadenar una sangría con consecuencias fatales. No beneficia a nadie. No se puede vivir instalado en un código def con uno permanente porque entonces la alarma de verdad luego acaba dejando de escucharse. La Supercopa. Vuelve a demostrar que no es tanto un torneo como un estado de ánimo. Se juega con la intensidad (y el clima) de fin de curso y se analiza con la lupa de una catástrofe. Todo es definitivo, todo deja heridos, todo exige conclusiones inmediatas. Se gana y no sirve de mucho con perspectiva; se pierde y parece que lo explica todo. Bellingham & Arda. Se habla mucho de sociedades letales, dúos sacapuntos y duplas históricas en el fútbol. Bastante menos, en cambio, de las uniones mal avenidas: jugadores que, en lugar de potenciarse, parecen quitarse oxígeno el uno al otro. Nada personal, solo problemas de convivencia futbolística. Es el caso de Arda Güler y Bellingham. La vuelta al once del inglés tras su operación de hombro coincidió con el mejor momento del futbolista turco en el equipo blanco. Desde entonces, el Madrid ha perdido a ambos para la causa. El caso del inglés resume bien uno de los problemas del equipo: la indefinición. Demasiado centrocampista para vivir cerca del área y demasiado llegador para gobernar el medio. Bellingham parece jugar un metro fuera de sitio y necesitar un toque de más, como si el equipo aún no hubiera decidido qué quiere que sea. No es una cuestión de talento, que lo tiene de sobra, sino de encaje. El joven turco, por su parte, deambula melancólico, buscando un lugar que creía asegurado, como el príncipe destronado de Delibes. Dos talentos llamados a entenderse y que, por ahora, se estorban. Raphinha. El brasileño parece un jugador que Hansi Flick hubiera pedido imprimir en una máquina 3D a partir de unos planos propios. Es el monstruo del doctor Flicknstein, solo que en lugar de andar dando tumbos, está dotado de agilidad, velocidad y una capacidad inagotable para repetir esfuerzos. Es inasequible al desaliento, desesperante como un mosquito en una noche de verano. Falló un gol cantado ante Courtois y, apenas unos segundos después, ya estaba marcando otro mucho más difícil, en una clara demostración de fortaleza mental. En un fútbol cada vez más frágil, Raphinha compite como si el error no existiera. Xabi Alonso. Si el entrenador tolosarra se jugaba el puesto en esta Supercopa, hizo méritos para ganarse al menos una nueva renovación semanal, que son los plazos que parece manejar ahora mismo el Real Madrid . Con una defensa de entreguerras, Mbappé atado al caballo como el Cid Campeador para intentar intimidar solo con su presencia y Valverde fuera de combate, el partido estuvo, al final, a un tiro de Carreras. Se compitió hasta el último córner en un torneo, no nos engañemos, sobredimensionado. Lo verdaderamente desgastante es que cada partido del Madrid se viva con la tensión de un atraco a un banco en el que cualquier error, despiste o pequeño detalle puede desencadenar una sangría con consecuencias fatales. No beneficia a nadie. No se puede vivir instalado en un código def con uno permanente porque entonces la alarma de verdad luego acaba dejando de escucharse. La Supercopa. Vuelve a demostrar que no es tanto un torneo como un estado de ánimo. Se juega con la intensidad (y el clima) de fin de curso y se analiza con la lupa de una catástrofe. Todo es definitivo, todo deja heridos, todo exige conclusiones inmediatas. Se gana y no sirve de mucho con perspectiva; se pierde y parece que lo explica todo. Bellingham & Arda. Se habla mucho de sociedades letales, dúos sacapuntos y duplas históricas en el fútbol. Bastante menos, en cambio, de las uniones mal avenidas: jugadores que, en lugar de potenciarse, parecen quitarse oxígeno el uno al otro. Nada personal, solo problemas de convivencia futbolística. Es el caso de Arda Güler y Bellingham. La vuelta al once del inglés tras su operación de hombro coincidió con el mejor momento del futbolista turco en el equipo blanco. Desde entonces, el Madrid ha perdido a ambos para la causa. El caso del inglés resume bien uno de los problemas del equipo: la indefinición. Demasiado centrocampista para vivir cerca del área y demasiado llegador para gobernar el medio. Bellingham parece jugar un metro fuera de sitio y necesitar un toque de más, como si el equipo aún no hubiera decidido qué quiere que sea. No es una cuestión de talento, que lo tiene de sobra, sino de encaje. El joven turco, por su parte, deambula melancólico, buscando un lugar que creía asegurado, como el príncipe destronado de Delibes. Dos talentos llamados a entenderse y que, por ahora, se estorban. Raphinha. El brasileño parece un jugador que Hansi Flick hubiera pedido imprimir en una máquina 3D a partir de unos planos propios. Es el monstruo del doctor Flicknstein, solo que en lugar de andar dando tumbos, está dotado de agilidad, velocidad y una capacidad inagotable para repetir esfuerzos. Es inasequible al desaliento, desesperante como un mosquito en una noche de verano. Falló un gol cantado ante Courtois y, apenas unos segundos después, ya estaba marcando otro mucho más difícil, en una clara demostración de fortaleza mental. En un fútbol cada vez más frágil, Raphinha compite como si el error no existiera.
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