Antisemitismo en los deportes de invierno: «Había un jamaicano que nos decía que éramos asesinos de bebés»

Licenciado en ingeniería mecánica por el MIT, Adam Edelman (Boston, 1991) podía tener la vida resuelta, pero en un verano entre refugios antibombas en Israel encontró su verdadero propósito vital: cambiar la mentalidad de su comunidad respecto del deporte. Tras autoinstruirse a través de vídeos de YouTube, logró clasificarse para Corea 2018 en skeleton, convirtiéndose en el primer judío ortodoxo en participar en unos Juegos Olímpicos de Invierno . Y pese a que la guerra llevó a sus compañeros de equipo a Gaza, consiguió plaza para Milán-Cortina y lidera el primer equipo israelí de bobsleigh de la historia. —Para los desconocedores, ¿cómo definiría el bobsleigh?—Simplemente es un equipo que tiene que empujar un objeto pesado muy rápido, y luego el piloto debe actuar como si condujera un caza.—¿Y a usted?—Me crié en Massachusetts en una familia judía normal. Crecimos en una educación que llamamos moderna ortodoxa. Jugué a hockey hasta los 23, cuando ya salté a los deportes de invierno. Siempre tuve pasión por el frío, pero no diría pasión por los Juegos Olímpicos. Noticia Relacionada juegos de invierno estandar Si La leyenda de Lindsey Vonn no tiene fin: esquiará con el cruzado roto Pablo Lodeiro La estadounidense sufrió un duro accidente el viernes en un entrenamiento en Suiza—¿Cuándo llegó esa?—En 2013 el equipo de hockey de Israel me convocó y me di cuenta de que nadie de mi colegio, que era judío, practicaba ningún deporte a un nivel tan alto. Y yo no era un superatleta, sino uno normal. Pensé que lo que debía de estar pasando era que los chicos de nuestra comunidad no veían los deportes como un buen camino en la vida. Quise hacer algo para cambiar esto y lo primero que pensé fue en hablar a las comunidades sobre la importancia del deporte para el desarrollo de los niños, que era bueno invertir en ello y creer en los que querían practicar alguno. Pero nadie me iba a escuchar salvo que realmente fuera un referente de lo que los niños podían conseguir. Para mí los Juegos nunca han sido el fin, sino la herramienta para el propósito verdadero: cambiar mi comunidad. —No es común que un deportista olímpico tenga unos estudios como los suyos. —Cierto. No es típico venir de un contexto de la Ivy League, pero tienes que pensar que si hay tres mil personas que entraron en los Juegos, hay otras treinta mil que no lo consiguieron. Entonces, en algún momento del camino tus estudios van a ser útiles. Algunos deportes exigen estar superdedicado desde pequeño porque debes estar muy especializado, pero al bobsleigh mucha gente transita como deporte secundario. Implica habilidades generales del atletismo, y las específicas puedes aprenderlas en tus veinte años. —En 2016 deja Estados Unidos y emigra a Israel. ¿Por qué? —Mi vida estaba cogiendo una dirección verdaderamente mala. Pensaba que un día terminaría muerto o en prisión. Entonces mis padres me mandaron a Israel en 2006 para ver si cambiaba algo. Y ocurrió. Ese verano comenzó la segunda guerra del Líbano y nos lo pasamos en refugios antibombas. Me di cuenta de que puedes morir muy rápido; todo eso realmente cambió mi perspectiva, lo que quería hacer y cómo. Por Israel mi vida cogió un rumbo positivo y encontré un objetivo, un significado. Recuerdo pensar que si moría, otro podría hacer mi trabajo mejor que cómo estaba haciéndolo yo. Vi que si quería ser digno de vivir, debía hacer algo. —Y lo hizo: en Corea 2018 se clasificó en skeleton y se convirtió en el primer judío ortodoxo en participar en unos Juegos de Invierno. —Muchas veces he pensado que me siento más orgulloso del logro de 2018 que de todo lo del bobsleigh, a nivel personal. ¡Porque era tan malo en lo que se necesita para triunfar en skeleton! Y tenía que hacer cosas que eran sobrehumanas. Pasaba cada día, cada segundo, cada respiro dedicado a mi misión. Vi doce horas de Youtube diarias durante cuatro años, practicaba tres veces más de lo normal. Empecé de cero, de lo peor que te puedas imaginar. Aquella experiencia siempre va a representar mi mejor versión posible en ese momento.—¿Por qué pasó entonces al bobsleigh?—Tras el skeleton sabía que en el futuro podría contar la historia de que era el peor hombre para ese deporte y que lo conseguí. Me acercaba a mi objetivo. Los niños me verían y dirían: «Puedo hacerlo». Pero en los peores momentos de este camino del bobsleigh, cuando pensábamos que era imposible que nos clasificáramos, me decía: «No quiero terminar mi carrera habiendo cumplido el objetivo en un deporte que odio». «Para que las cosas sean distintas, basta con influir en la vida de un niño; si lo logras, puedes cambiar el mundo que le envuelve»—¿Cuánta parte de culpa de sus éxitos atribuye a su fe y a Israel?—En el judaísmo, el sionismo es una parte fundamental de la fe. Está en la Biblia: los judíos viven en Israel y tres veces al día rezamos hacia allí. Eso genera una conexión entre la tierra, el país y las personas. Cuando aterrizo ahí siento que es donde mi espíritu quiere estar. Es una casa espiritual, como imagino que se sienten los católicos en el Vaticano. —¿Jamás ha pensado en competir para Estados Unidos (cuenta con la doble nacionalidad)?—Sería mucho más fácil representar a EE.UU.: un comité enorme, no tienes que encontrar a tus propios atletas -ellos te los dan y son espectaculares-, tienen dos pistas en las que entrenar… Y llegué a pensarlo, pero caí en que hacer todo esto por otro país sería un gasto de tiempo y de vida. Para que las cosas sean distintas, basta con influir en la vida de un niño; si lo logras, puedes cambiar el mundo que le envuelve.—En 2022 se quedó a 0,1 segundos de conseguirlo. —A falta de dos o tres semanas teníamos el puesto. Estaban hasta las maletas hechas, el pasaporte en orden… Pero llegó la variante Omicron del COVID a Europa y eso dejó fuera a muchos equipos del campeonato mundial e hizo saltar a Países Bajos sobre nosotros. Para este 2026 , iba a ser todavía complicado porque en vez de 30 plazas había 28, pero nunca pensé que pudiera ser más difícil que el ciclo del COVID, y, por supuesto, lo fue. 2022 contra 2026 fue un paseo por el parque. —¿Por la guerra?—En 2023 teníamos un equipo listo para ir a las clasificaciones, pero desapareció porque tuvieron que ir a la guerra. Entonces tuve que buscar y entrenar a los atletas, además de los fondos y el material… Normalmente esto no lo hace el piloto. El piloto conduce. —¿Sintió que los demás atletas le trataran diferente por el conflicto?—Sí. Había un jamaicano, por ejemplo, que nos decía que éramos unos asesinos de bebés. Otro en los Juegos de 2018 me hacía la vida imposible porque decía que si algún día me decía algo malo, nadie me creería, porque entre él y yo por qué iban a creerme a mí. Siempre he sufrido las dificultades de representar a este país. Creo que el antisemitismo es como una tetera: el humo se acumula dentro y a veces tienes que abrir la tapa para que salga. Eso fue la guerra. Es un odio irracional porque no es lo mismo odiar a alguien que te ha hecho pasarlo mal que odiar a alguien porque has leído cosas que no te has molestado ni en mirar y has preferido hacer suposiciones. Sin embargo, trato de no centrarme en todo ello. Somos vencedores, no víctimas. Además, la mejor respuesta es el éxito. «Había un jamaicano que nos decía que éramos unos asesinos de bebés. Siempre he sufrido las dificultades de representar a Israel»—¿Puede el deporte ayudar a Israel a reconstruir su imagen internacional?—Sí. Somos embajadores de nuestro país de una forma no intrínsecamente política. Tras las carreras, siempre me quedo a saludar a la gente, a hablar con ellos, y es muy difícil desear que a un equipo le vaya mal cuando lo ves intentar dar lo mejor de sí. —¿Cómo han conseguido que todo un país conecte con un deporte tan desconocido como el bobsleigh?—No lo sé. Llevo seis años dedicándome a esto y realmente a nadie le ha importado, pero ahora la gente ha visto lo que hemos hecho y quieren saber de qué va esto. Esa es la prueba, la validación, de lo que he soñado. Sabía que una vez lo hiciéramos la gente creería en ello. Licenciado en ingeniería mecánica por el MIT, Adam Edelman (Boston, 1991) podía tener la vida resuelta, pero en un verano entre refugios antibombas en Israel encontró su verdadero propósito vital: cambiar la mentalidad de su comunidad respecto del deporte. Tras autoinstruirse a través de vídeos de YouTube, logró clasificarse para Corea 2018 en skeleton, convirtiéndose en el primer judío ortodoxo en participar en unos Juegos Olímpicos de Invierno . Y pese a que la guerra llevó a sus compañeros de equipo a Gaza, consiguió plaza para Milán-Cortina y lidera el primer equipo israelí de bobsleigh de la historia. —Para los desconocedores, ¿cómo definiría el bobsleigh?—Simplemente es un equipo que tiene que empujar un objeto pesado muy rápido, y luego el piloto debe actuar como si condujera un caza.—¿Y a usted?—Me crié en Massachusetts en una familia judía normal. Crecimos en una educación que llamamos moderna ortodoxa. Jugué a hockey hasta los 23, cuando ya salté a los deportes de invierno. Siempre tuve pasión por el frío, pero no diría pasión por los Juegos Olímpicos. Noticia Relacionada juegos de invierno estandar Si La leyenda de Lindsey Vonn no tiene fin: esquiará con el cruzado roto Pablo Lodeiro La estadounidense sufrió un duro accidente el viernes en un entrenamiento en Suiza—¿Cuándo llegó esa?—En 2013 el equipo de hockey de Israel me convocó y me di cuenta de que nadie de mi colegio, que era judío, practicaba ningún deporte a un nivel tan alto. Y yo no era un superatleta, sino uno normal. Pensé que lo que debía de estar pasando era que los chicos de nuestra comunidad no veían los deportes como un buen camino en la vida. Quise hacer algo para cambiar esto y lo primero que pensé fue en hablar a las comunidades sobre la importancia del deporte para el desarrollo de los niños, que era bueno invertir en ello y creer en los que querían practicar alguno. Pero nadie me iba a escuchar salvo que realmente fuera un referente de lo que los niños podían conseguir. Para mí los Juegos nunca han sido el fin, sino la herramienta para el propósito verdadero: cambiar mi comunidad. —No es común que un deportista olímpico tenga unos estudios como los suyos. —Cierto. No es típico venir de un contexto de la Ivy League, pero tienes que pensar que si hay tres mil personas que entraron en los Juegos, hay otras treinta mil que no lo consiguieron. Entonces, en algún momento del camino tus estudios van a ser útiles. Algunos deportes exigen estar superdedicado desde pequeño porque debes estar muy especializado, pero al bobsleigh mucha gente transita como deporte secundario. Implica habilidades generales del atletismo, y las específicas puedes aprenderlas en tus veinte años. —En 2016 deja Estados Unidos y emigra a Israel. ¿Por qué? —Mi vida estaba cogiendo una dirección verdaderamente mala. Pensaba que un día terminaría muerto o en prisión. Entonces mis padres me mandaron a Israel en 2006 para ver si cambiaba algo. Y ocurrió. Ese verano comenzó la segunda guerra del Líbano y nos lo pasamos en refugios antibombas. Me di cuenta de que puedes morir muy rápido; todo eso realmente cambió mi perspectiva, lo que quería hacer y cómo. Por Israel mi vida cogió un rumbo positivo y encontré un objetivo, un significado. Recuerdo pensar que si moría, otro podría hacer mi trabajo mejor que cómo estaba haciéndolo yo. Vi que si quería ser digno de vivir, debía hacer algo. —Y lo hizo: en Corea 2018 se clasificó en skeleton y se convirtió en el primer judío ortodoxo en participar en unos Juegos de Invierno. —Muchas veces he pensado que me siento más orgulloso del logro de 2018 que de todo lo del bobsleigh, a nivel personal. ¡Porque era tan malo en lo que se necesita para triunfar en skeleton! Y tenía que hacer cosas que eran sobrehumanas. Pasaba cada día, cada segundo, cada respiro dedicado a mi misión. Vi doce horas de Youtube diarias durante cuatro años, practicaba tres veces más de lo normal. Empecé de cero, de lo peor que te puedas imaginar. Aquella experiencia siempre va a representar mi mejor versión posible en ese momento.—¿Por qué pasó entonces al bobsleigh?—Tras el skeleton sabía que en el futuro podría contar la historia de que era el peor hombre para ese deporte y que lo conseguí. Me acercaba a mi objetivo. Los niños me verían y dirían: «Puedo hacerlo». Pero en los peores momentos de este camino del bobsleigh, cuando pensábamos que era imposible que nos clasificáramos, me decía: «No quiero terminar mi carrera habiendo cumplido el objetivo en un deporte que odio». «Para que las cosas sean distintas, basta con influir en la vida de un niño; si lo logras, puedes cambiar el mundo que le envuelve»—¿Cuánta parte de culpa de sus éxitos atribuye a su fe y a Israel?—En el judaísmo, el sionismo es una parte fundamental de la fe. Está en la Biblia: los judíos viven en Israel y tres veces al día rezamos hacia allí. Eso genera una conexión entre la tierra, el país y las personas. Cuando aterrizo ahí siento que es donde mi espíritu quiere estar. Es una casa espiritual, como imagino que se sienten los católicos en el Vaticano. —¿Jamás ha pensado en competir para Estados Unidos (cuenta con la doble nacionalidad)?—Sería mucho más fácil representar a EE.UU.: un comité enorme, no tienes que encontrar a tus propios atletas -ellos te los dan y son espectaculares-, tienen dos pistas en las que entrenar… Y llegué a pensarlo, pero caí en que hacer todo esto por otro país sería un gasto de tiempo y de vida. Para que las cosas sean distintas, basta con influir en la vida de un niño; si lo logras, puedes cambiar el mundo que le envuelve.—En 2022 se quedó a 0,1 segundos de conseguirlo. —A falta de dos o tres semanas teníamos el puesto. Estaban hasta las maletas hechas, el pasaporte en orden… Pero llegó la variante Omicron del COVID a Europa y eso dejó fuera a muchos equipos del campeonato mundial e hizo saltar a Países Bajos sobre nosotros. Para este 2026 , iba a ser todavía complicado porque en vez de 30 plazas había 28, pero nunca pensé que pudiera ser más difícil que el ciclo del COVID, y, por supuesto, lo fue. 2022 contra 2026 fue un paseo por el parque. —¿Por la guerra?—En 2023 teníamos un equipo listo para ir a las clasificaciones, pero desapareció porque tuvieron que ir a la guerra. Entonces tuve que buscar y entrenar a los atletas, además de los fondos y el material… Normalmente esto no lo hace el piloto. El piloto conduce. —¿Sintió que los demás atletas le trataran diferente por el conflicto?—Sí. Había un jamaicano, por ejemplo, que nos decía que éramos unos asesinos de bebés. Otro en los Juegos de 2018 me hacía la vida imposible porque decía que si algún día me decía algo malo, nadie me creería, porque entre él y yo por qué iban a creerme a mí. Siempre he sufrido las dificultades de representar a este país. Creo que el antisemitismo es como una tetera: el humo se acumula dentro y a veces tienes que abrir la tapa para que salga. Eso fue la guerra. Es un odio irracional porque no es lo mismo odiar a alguien que te ha hecho pasarlo mal que odiar a alguien porque has leído cosas que no te has molestado ni en mirar y has preferido hacer suposiciones. Sin embargo, trato de no centrarme en todo ello. Somos vencedores, no víctimas. Además, la mejor respuesta es el éxito. «Había un jamaicano que nos decía que éramos unos asesinos de bebés. Siempre he sufrido las dificultades de representar a Israel»—¿Puede el deporte ayudar a Israel a reconstruir su imagen internacional?—Sí. Somos embajadores de nuestro país de una forma no intrínsecamente política. Tras las carreras, siempre me quedo a saludar a la gente, a hablar con ellos, y es muy difícil desear que a un equipo le vaya mal cuando lo ves intentar dar lo mejor de sí. —¿Cómo han conseguido que todo un país conecte con un deporte tan desconocido como el bobsleigh?—No lo sé. Llevo seis años dedicándome a esto y realmente a nadie le ha importado, pero ahora la gente ha visto lo que hemos hecho y quieren saber de qué va esto. Esa es la prueba, la validación, de lo que he soñado. Sabía que una vez lo hiciéramos la gente creería en ello.  

Licenciado en ingeniería mecánica por el MIT, Adam Edelman (Boston, 1991) podía tener la vida resuelta, pero en un verano entre refugios antibombas en Israel encontró su verdadero propósito vital: cambiar la mentalidad de su comunidad respecto del deporte. Tras autoinstruirse a través de … vídeos de YouTube, logró clasificarse para Corea 2018 en skeleton, convirtiéndose en el primer judío ortodoxo en participar en unos Juegos Olímpicos de Invierno. Y pese a que la guerra llevó a sus compañeros de equipo a Gaza, consiguió plaza para Milán-Cortina y lidera el primer equipo israelí de bobsleigh de la historia.

—Para los desconocedores, ¿cómo definiría el bobsleigh?

—Simplemente es un equipo que tiene que empujar un objeto pesado muy rápido, y luego el piloto debe actuar como si condujera un caza.

—¿Y a usted?

—Me crié en Massachusetts en una familia judía normal. Crecimos en una educación que llamamos moderna ortodoxa. Jugué a hockey hasta los 23, cuando ya salté a los deportes de invierno. Siempre tuve pasión por el frío, pero no diría pasión por los Juegos Olímpicos.

—¿Cuándo llegó esa?

—En 2013 el equipo de hockey de Israel me convocó y me di cuenta de que nadie de mi colegio, que era judío, practicaba ningún deporte a un nivel tan alto. Y yo no era un superatleta, sino uno normal. Pensé que lo que debía de estar pasando era que los chicos de nuestra comunidad no veían los deportes como un buen camino en la vida. Quise hacer algo para cambiar esto y lo primero que pensé fue en hablar a las comunidades sobre la importancia del deporte para el desarrollo de los niños, que era bueno invertir en ello y creer en los que querían practicar alguno. Pero nadie me iba a escuchar salvo que realmente fuera un referente de lo que los niños podían conseguir. Para mí los Juegos nunca han sido el fin, sino la herramienta para el propósito verdadero: cambiar mi comunidad.

—No es común que un deportista olímpico tenga unos estudios como los suyos.

—Cierto. No es típico venir de un contexto de la Ivy League, pero tienes que pensar que si hay tres mil personas que entraron en los Juegos, hay otras treinta mil que no lo consiguieron. Entonces, en algún momento del camino tus estudios van a ser útiles. Algunos deportes exigen estar superdedicado desde pequeño porque debes estar muy especializado, pero al bobsleigh mucha gente transita como deporte secundario. Implica habilidades generales del atletismo, y las específicas puedes aprenderlas en tus veinte años.

—En 2016 deja Estados Unidos y emigra a Israel. ¿Por qué?

—Mi vida estaba cogiendo una dirección verdaderamente mala. Pensaba que un día terminaría muerto o en prisión. Entonces mis padres me mandaron a Israel en 2006 para ver si cambiaba algo. Y ocurrió. Ese verano comenzó la segunda guerra del Líbano y nos lo pasamos en refugios antibombas. Me di cuenta de que puedes morir muy rápido; todo eso realmente cambió mi perspectiva, lo que quería hacer y cómo. Por Israel mi vida cogió un rumbo positivo y encontré un objetivo, un significado. Recuerdo pensar que si moría, otro podría hacer mi trabajo mejor que cómo estaba haciéndolo yo. Vi que si quería ser digno de vivir, debía hacer algo.

—Y lo hizo: en Corea 2018 se clasificó en skeleton y se convirtió en el primer judío ortodoxo en participar en unos Juegos de Invierno.

—Muchas veces he pensado que me siento más orgulloso del logro de 2018 que de todo lo del bobsleigh, a nivel personal. ¡Porque era tan malo en lo que se necesita para triunfar en skeleton! Y tenía que hacer cosas que eran sobrehumanas. Pasaba cada día, cada segundo, cada respiro dedicado a mi misión. Vi doce horas de Youtube diarias durante cuatro años, practicaba tres veces más de lo normal. Empecé de cero, de lo peor que te puedas imaginar. Aquella experiencia siempre va a representar mi mejor versión posible en ese momento.

—¿Por qué pasó entonces al bobsleigh?

—Tras el skeleton sabía que en el futuro podría contar la historia de que era el peor hombre para ese deporte y que lo conseguí. Me acercaba a mi objetivo. Los niños me verían y dirían: «Puedo hacerlo». Pero en los peores momentos de este camino del bobsleigh, cuando pensábamos que era imposible que nos clasificáramos, me decía: «No quiero terminar mi carrera habiendo cumplido el objetivo en un deporte que odio».

«Para que las cosas sean distintas, basta con influir en la vida de un niño; si lo logras, puedes cambiar el mundo que le envuelve»

—¿Cuánta parte de culpa de sus éxitos atribuye a su fe y a Israel?

—En el judaísmo, el sionismo es una parte fundamental de la fe. Está en la Biblia: los judíos viven en Israel y tres veces al día rezamos hacia allí. Eso genera una conexión entre la tierra, el país y las personas. Cuando aterrizo ahí siento que es donde mi espíritu quiere estar. Es una casa espiritual, como imagino que se sienten los católicos en el Vaticano.

—¿Jamás ha pensado en competir para Estados Unidos (cuenta con la doble nacionalidad)?

—Sería mucho más fácil representar a EE.UU.: un comité enorme, no tienes que encontrar a tus propios atletas -ellos te los dan y son espectaculares-, tienen dos pistas en las que entrenar… Y llegué a pensarlo, pero caí en que hacer todo esto por otro país sería un gasto de tiempo y de vida. Para que las cosas sean distintas, basta con influir en la vida de un niño; si lo logras, puedes cambiar el mundo que le envuelve.

—En 2022 se quedó a 0,1 segundos de conseguirlo.

—A falta de dos o tres semanas teníamos el puesto. Estaban hasta las maletas hechas, el pasaporte en orden… Pero llegó la variante Omicron del COVID a Europa y eso dejó fuera a muchos equipos del campeonato mundial e hizo saltar a Países Bajos sobre nosotros. Para este 2026, iba a ser todavía complicado porque en vez de 30 plazas había 28, pero nunca pensé que pudiera ser más difícil que el ciclo del COVID, y, por supuesto, lo fue. 2022 contra 2026 fue un paseo por el parque.

—¿Por la guerra?

—En 2023 teníamos un equipo listo para ir a las clasificaciones, pero desapareció porque tuvieron que ir a la guerra. Entonces tuve que buscar y entrenar a los atletas, además de los fondos y el material… Normalmente esto no lo hace el piloto. El piloto conduce.

—¿Sintió que los demás atletas le trataran diferente por el conflicto?

—Sí. Había un jamaicano, por ejemplo, que nos decía que éramos unos asesinos de bebés. Otro en los Juegos de 2018 me hacía la vida imposible porque decía que si algún día me decía algo malo, nadie me creería, porque entre él y yo por qué iban a creerme a mí. Siempre he sufrido las dificultades de representar a este país. Creo que el antisemitismo es como una tetera: el humo se acumula dentro y a veces tienes que abrir la tapa para que salga. Eso fue la guerra. Es un odio irracional porque no es lo mismo odiar a alguien que te ha hecho pasarlo mal que odiar a alguien porque has leído cosas que no te has molestado ni en mirar y has preferido hacer suposiciones. Sin embargo, trato de no centrarme en todo ello. Somos vencedores, no víctimas. Además, la mejor respuesta es el éxito.

«Había un jamaicano que nos decía que éramos unos asesinos de bebés. Siempre he sufrido las dificultades de representar a Israel»

—¿Puede el deporte ayudar a Israel a reconstruir su imagen internacional?

—Sí. Somos embajadores de nuestro país de una forma no intrínsecamente política. Tras las carreras, siempre me quedo a saludar a la gente, a hablar con ellos, y es muy difícil desear que a un equipo le vaya mal cuando lo ves intentar dar lo mejor de sí.

—¿Cómo han conseguido que todo un país conecte con un deporte tan desconocido como el bobsleigh?

—No lo sé. Llevo seis años dedicándome a esto y realmente a nadie le ha importado, pero ahora la gente ha visto lo que hemos hecho y quieren saber de qué va esto. Esa es la prueba, la validación, de lo que he soñado. Sabía que una vez lo hiciéramos la gente creería en ello.

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