No celebró en exceso y se fue directo a su caravana pues su misión aún no está completa, pero Vingegaard , con una nueva exhibición en plena montaña, conquistó su segunda etapa del Giro de Italia y dejó muy claro que no tiene rival en la prueba transalpina . Como un depredador, esperó en la maleza mientras Rubio y Ciccone se enzarzaban en un bello ascenso para, en los kilómetros finales, saltar sobre su presa, devorarla con ansias y atravesar la línea de meta rodeado de una soledad estremecedora. Tras el Blockhaus , emergía el Querciola como una nueva oportunidad para que Vingegaard prolongase su asalto al liderato, superior el danés en la escalada como en sus mejores días, incesante su caza al portugués Afonso Eulálio . Sin embargo, la elevación de Emilia-Romaña, aunque verde y bella, comenzó pronto a triturar ciclistas, sufrido el ascenso del pelotón, patente que el final de la novena jornada ni mucho menos sería un paseo por el campo itálico. Como en las primeras etapas de la prueba, fue el acento sudamericano el más sonoro, bravo el ataque del colombiano Einer Rubio , primero en coronar la cumbre pero fugaz su felicidad al percatarse de que el local Ciccone se había convertido en su sombra. Una pelea salvaje, vibrante, tremenda la fricción que desprendía un choque de ruedas que no permitía vislumbrar a un ganador. Vingegaard esperaba en la trastienda, espectador de lujo el nórdico del crepuscular duelo, listo para dispararse cuando los cabecillas bajasen el ritmo. Pese a todo, Ciccone no aflojaba, mostraba la decisión de los campeones mientras se alejaba de Rubio, que con el paso de las curvas fue engullido por el grupo perseguidor. Ahí asomó la cabeza Vingegaard, que junto con Gall se lanzó a cercenar las esperanzas de todo un país. Sin demasiado esfuerzo, tremendo su pedaleo, el danés reventó a Ciccone y dejó atrás a Gall sin miramientos, una actuación espectacular que le permitió, en tiempo récord, sumar su segundo triunfo en el Giro y cimentar sus aspiraciones al título. No celebró en exceso y se fue directo a su caravana pues su misión aún no está completa, pero Vingegaard , con una nueva exhibición en plena montaña, conquistó su segunda etapa del Giro de Italia y dejó muy claro que no tiene rival en la prueba transalpina . Como un depredador, esperó en la maleza mientras Rubio y Ciccone se enzarzaban en un bello ascenso para, en los kilómetros finales, saltar sobre su presa, devorarla con ansias y atravesar la línea de meta rodeado de una soledad estremecedora. Tras el Blockhaus , emergía el Querciola como una nueva oportunidad para que Vingegaard prolongase su asalto al liderato, superior el danés en la escalada como en sus mejores días, incesante su caza al portugués Afonso Eulálio . Sin embargo, la elevación de Emilia-Romaña, aunque verde y bella, comenzó pronto a triturar ciclistas, sufrido el ascenso del pelotón, patente que el final de la novena jornada ni mucho menos sería un paseo por el campo itálico. Como en las primeras etapas de la prueba, fue el acento sudamericano el más sonoro, bravo el ataque del colombiano Einer Rubio , primero en coronar la cumbre pero fugaz su felicidad al percatarse de que el local Ciccone se había convertido en su sombra. Una pelea salvaje, vibrante, tremenda la fricción que desprendía un choque de ruedas que no permitía vislumbrar a un ganador. Vingegaard esperaba en la trastienda, espectador de lujo el nórdico del crepuscular duelo, listo para dispararse cuando los cabecillas bajasen el ritmo. Pese a todo, Ciccone no aflojaba, mostraba la decisión de los campeones mientras se alejaba de Rubio, que con el paso de las curvas fue engullido por el grupo perseguidor. Ahí asomó la cabeza Vingegaard, que junto con Gall se lanzó a cercenar las esperanzas de todo un país. Sin demasiado esfuerzo, tremendo su pedaleo, el danés reventó a Ciccone y dejó atrás a Gall sin miramientos, una actuación espectacular que le permitió, en tiempo récord, sumar su segundo triunfo en el Giro y cimentar sus aspiraciones al título.
No celebró en exceso y se fue directo a su caravana pues su misión aún no está completa, pero Vingegaard, con una nueva exhibición en plena montaña, conquistó su segunda etapa del Giro de Italia y dejó muy claro que no tiene rival en la prueba transalpina … . Como un depredador, esperó en la maleza mientras Rubio y Ciccone se enzarzaban en un bello ascenso para, en los kilómetros finales, saltar sobre su presa, devorarla con ansias y atravesar la línea de meta rodeado de una soledad estremecedora.
Tras el Blockhaus, emergía el Querciola como una nueva oportunidad para que Vingegaard prolongase su asalto al liderato, superior el danés en la escalada como en sus mejores días, incesante su caza al portugués Afonso Eulálio. Sin embargo, la elevación de Emilia-Romaña, aunque verde y bella, comenzó pronto a triturar ciclistas, sufrido el ascenso del pelotón, patente que el final de la novena jornada ni mucho menos sería un paseo por el campo itálico.
Como en las primeras etapas de la prueba, fue el acento sudamericano el más sonoro, bravo el ataque del colombiano Einer Rubio, primero en coronar la cumbre pero fugaz su felicidad al percatarse de que el local Ciccone se había convertido en su sombra. Una pelea salvaje, vibrante, tremenda la fricción que desprendía un choque de ruedas que no permitía vislumbrar a un ganador.
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Giro de Italia
José Carlos Carabias
Vingegaard esperaba en la trastienda, espectador de lujo el nórdico del crepuscular duelo, listo para dispararse cuando los cabecillas bajasen el ritmo. Pese a todo, Ciccone no aflojaba, mostraba la decisión de los campeones mientras se alejaba de Rubio, que con el paso de las curvas fue engullido por el grupo perseguidor. Ahí asomó la cabeza Vingegaard, que junto con Gall se lanzó a cercenar las esperanzas de todo un país.
Sin demasiado esfuerzo, tremendo su pedaleo, el danés reventó a Ciccone y dejó atrás a Gall sin miramientos, una actuación espectacular que le permitió, en tiempo récord, sumar su segundo triunfo en el Giro y cimentar sus aspiraciones al título.
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