Ramos de flores para la tumba del Sevilla FC

El Sevilla FC camina inexorablemente hacia su propia muerte. Una vez esquivada la guadaña deportiva por esta temporada, el partido se ha trasladado (o continúa) a los despachos. Justo de donde emanan todas esas decisiones que han llenado barrigas y bolsillos mientras se esquilmaba a un equipo campeón y una sociedad solvente, brillante. Lo irracional es que este desfalco, entre sueldos astronómicos y terribles decisiones empresariales y financieras, lo hicieran los propios dueños de la empresa, o en su defecto los peleles utilizados como pararrayos para pegarse la vida padre desde la segunda línea. Por este motivo y otros, sobradamente conocidos, el club ha entrado en una espiral de destrucción que tocará su fin cuando los ingenieros contables no puedan maquillar la causa de disolución de la sociedad. En el asunto de la venta a Sergio Ramos y su equipo lo más importante o, mejor dicho urgente, no era el cambio de manos de la propiedad, sino la inyección de capital (mediante ampliación) para salvar el ruinoso estado de las cuentas del Sevilla. Una primera intervención quirúrgica que después debería ir acompañada de un consejo de administración sabio y responsable que aplicara las medidas para sacar de la UCI al paciente. Y lo que ha ocurrido con Ramos es que al enfermo no le han dado ni una mísera aspirina durante cinco meses, tiempo desaprovechado en encontrar unos inversores arrojados, conocidos o desconocidos, que de verdad quisiesen despertar del coma al Sevilla. Un tiempo perdido por el juego de trileros de unos y otros. Aquí nadie se libra. No pueden.Empecemos por un consejo de administración, conformado por las familias que aglutinan la mayoría accionarial del Sevilla, quienes tras extraer todo lo valioso de un club y equipo envidiados en el mundo, han continuado con su implacable sed y voracidad por mantener su estatus vital, mientras la caída a los infiernos no se podía detener. Mejor mantener cuitas personales, juicios cruzados por mantener o tomar el mando, siempre por dinero, que ayudar al Sevilla, quedando ajenos de sus responsabilidades con el buen funcionamiento de la entidad, dejando que un CEO inventado llenase el cortijo de compadres. Para rematar la faena, ponen un cartel de se vende con letras luminosas a un precio desorbitado, irreal, fantasioso, al que ningún inversor o empresario con dos dedos de frente es capaz de llegar. Ni locos. ‘O me haces aún más rico, o no me voy’, llegaron a pensar. Porque el fútbol casi siempre da segundas y terceras vidas. CASI. Así se quiere y se defiende el Sevilla, hundiéndolo en la más absoluta de las miserias por una avaricia que roza lo enfermizo. Cada uno es libre de hacer lo que quiere con sus bienes y su dinero, faltaría más, pero si en algún momento han sentido algo por el escudo que sostiene el club que tanto y tan bien les ha dado de comer, lo mismo entender que era el momento de un adiós digno, con el bolsillo lleno, pero sin que reviente, les podía haber dejado un hueco en la historia menos penoso. Porque fueron parte del Sevilla de los títulos. Ahora son los verdugos que lo trasladan al cadalso. Han sido unos trileros con las acciones desde que entendieron que ahí estaba el negocio de sus vidas, comprando a un precio elevado por sacar una tajada posterior, incluso introduciendo un capital extranjero por si al final picaba y les compraban el club. Llevan diez años maquinando la venta y ahora no van a bajarse del burro. Y el Sevilla cada día vale menos por no decir que cuesta un euro más la deuda. Menudos genios contables están hechos. No es de extrañar cómo tienen al Sevilla.Y está, cómo no, la parte de Sergio Ramos. Que nadie les pidiese el primer día un aval de que disponían del dinero o alguien que les respaldase económicamente por detrás es más una irresponsabilidad que una cagada. O ambas. Se cegaron al ver que alguien sí les daba esa fortuna que otros que habían mirado sus cuentas (o las conocían) les negaban. Esa codicia los ha impulsado a conducir al club a una venta eterna, con una fecha de caducidad demasiado amable, repleta de buenas palabras y deseos, pero sin nadie que mostrase si el grupo que iba con Sergio de socio tenía los fondos para hacer frente a lo prometido. Y, aquí la sorpresa (o no tanto), a unos días de firmar lo apalabrado, todo se viene abajo. Nueva oferta, por llamarlo así. Más dinero para el Sevilla y un tercio de lo prometido para los accionistas. Un paso atrás en la palabra dada. ¿Qué es una oferta más justa? Seguro. El Sevilla no vale nada. Pero que acudir con esa idea, no hace tres meses cuando examinaron las cuentas, sino ahora, con el tiempo vital de la entidad en el cuello, puede ser de gran y retorcido negociante, pero de colaborador necesario para enterrar al club en su gigantesca ruina. Ha intentado aprovechar Sergio Ramos la posición de debilidad para tirar un triple por ver si colaba. Como ni ha rozado el aro, ahora venderá que él sólo buscaba el bien para el Sevilla, no para sus accionistas. Un argumento que vende. Pues claro. No hemos nacido ayer. Pero mejor sevillista hubiese sido si no les promete a las aves de rapiña el festín de sus vidas. Si no les dora la píldora al nido de víboras. Si no les acaricia el lomo a quien sólo entiende el idioma de los 3.500 por acción. Ha jugado las cartas en su interés personal, no mirando el del Sevilla FC.Por esto. Por unos y otros. El Sevilla se va muriendo. Sin una ampliación de capital no habrá fichajes que valgan. No se podrá apenas planificar una temporada donde las estrellas serán los canteranos que no se vendan. Sin dinero para fichajes y ni siquiera para inscribir. No aparecerá por arte de magia una venta temprana en el precio que piden los accionistas, a no ser que un rayo de responsabilidad caiga sobre sus cabezas. Que entiendan que han dilapidado, como poco, su patrimonio a la mitad y que no les darán ni 2.000 euros por acción. La pelota de la deuda no puede seguir rodando eternamente, ni haciéndose más grande. Deben detenerla. Y pararse ellos. Que alguien mire por una vez por el bien del Sevilla FC. Las lágrimas de los sevillista frente al Espanyol o el Villarreal pronto se habrán evaporado de las mejillas, que ya están rojas de irá por lo que está sucediendo. Al sevillista le escuece no poder hacer nada. Quedarse de brazos cruzados. Ya ayudó con su aliento al equipo cuando hizo falta salvarlo, mientras sigue viendo cómo no hay manera de echar a sus indeseables accionistas. Pero con una reflexión final. Que quien compre, si compra, sepa dónde llega y dónde debe llevar al Sevilla con su gestión. A reflotarlo y, a su misma vez, ganar dinero con su inversión. Porque para que te entierren a cinco metros bajo tierra, ya tienes a los del Ocaso desde hace años viviendo en tu propia casa. El Sevilla FC camina inexorablemente hacia su propia muerte. Una vez esquivada la guadaña deportiva por esta temporada, el partido se ha trasladado (o continúa) a los despachos. Justo de donde emanan todas esas decisiones que han llenado barrigas y bolsillos mientras se esquilmaba a un equipo campeón y una sociedad solvente, brillante. Lo irracional es que este desfalco, entre sueldos astronómicos y terribles decisiones empresariales y financieras, lo hicieran los propios dueños de la empresa, o en su defecto los peleles utilizados como pararrayos para pegarse la vida padre desde la segunda línea. Por este motivo y otros, sobradamente conocidos, el club ha entrado en una espiral de destrucción que tocará su fin cuando los ingenieros contables no puedan maquillar la causa de disolución de la sociedad. En el asunto de la venta a Sergio Ramos y su equipo lo más importante o, mejor dicho urgente, no era el cambio de manos de la propiedad, sino la inyección de capital (mediante ampliación) para salvar el ruinoso estado de las cuentas del Sevilla. Una primera intervención quirúrgica que después debería ir acompañada de un consejo de administración sabio y responsable que aplicara las medidas para sacar de la UCI al paciente. Y lo que ha ocurrido con Ramos es que al enfermo no le han dado ni una mísera aspirina durante cinco meses, tiempo desaprovechado en encontrar unos inversores arrojados, conocidos o desconocidos, que de verdad quisiesen despertar del coma al Sevilla. Un tiempo perdido por el juego de trileros de unos y otros. Aquí nadie se libra. No pueden.Empecemos por un consejo de administración, conformado por las familias que aglutinan la mayoría accionarial del Sevilla, quienes tras extraer todo lo valioso de un club y equipo envidiados en el mundo, han continuado con su implacable sed y voracidad por mantener su estatus vital, mientras la caída a los infiernos no se podía detener. Mejor mantener cuitas personales, juicios cruzados por mantener o tomar el mando, siempre por dinero, que ayudar al Sevilla, quedando ajenos de sus responsabilidades con el buen funcionamiento de la entidad, dejando que un CEO inventado llenase el cortijo de compadres. Para rematar la faena, ponen un cartel de se vende con letras luminosas a un precio desorbitado, irreal, fantasioso, al que ningún inversor o empresario con dos dedos de frente es capaz de llegar. Ni locos. ‘O me haces aún más rico, o no me voy’, llegaron a pensar. Porque el fútbol casi siempre da segundas y terceras vidas. CASI. Así se quiere y se defiende el Sevilla, hundiéndolo en la más absoluta de las miserias por una avaricia que roza lo enfermizo. Cada uno es libre de hacer lo que quiere con sus bienes y su dinero, faltaría más, pero si en algún momento han sentido algo por el escudo que sostiene el club que tanto y tan bien les ha dado de comer, lo mismo entender que era el momento de un adiós digno, con el bolsillo lleno, pero sin que reviente, les podía haber dejado un hueco en la historia menos penoso. Porque fueron parte del Sevilla de los títulos. Ahora son los verdugos que lo trasladan al cadalso. Han sido unos trileros con las acciones desde que entendieron que ahí estaba el negocio de sus vidas, comprando a un precio elevado por sacar una tajada posterior, incluso introduciendo un capital extranjero por si al final picaba y les compraban el club. Llevan diez años maquinando la venta y ahora no van a bajarse del burro. Y el Sevilla cada día vale menos por no decir que cuesta un euro más la deuda. Menudos genios contables están hechos. No es de extrañar cómo tienen al Sevilla.Y está, cómo no, la parte de Sergio Ramos. Que nadie les pidiese el primer día un aval de que disponían del dinero o alguien que les respaldase económicamente por detrás es más una irresponsabilidad que una cagada. O ambas. Se cegaron al ver que alguien sí les daba esa fortuna que otros que habían mirado sus cuentas (o las conocían) les negaban. Esa codicia los ha impulsado a conducir al club a una venta eterna, con una fecha de caducidad demasiado amable, repleta de buenas palabras y deseos, pero sin nadie que mostrase si el grupo que iba con Sergio de socio tenía los fondos para hacer frente a lo prometido. Y, aquí la sorpresa (o no tanto), a unos días de firmar lo apalabrado, todo se viene abajo. Nueva oferta, por llamarlo así. Más dinero para el Sevilla y un tercio de lo prometido para los accionistas. Un paso atrás en la palabra dada. ¿Qué es una oferta más justa? Seguro. El Sevilla no vale nada. Pero que acudir con esa idea, no hace tres meses cuando examinaron las cuentas, sino ahora, con el tiempo vital de la entidad en el cuello, puede ser de gran y retorcido negociante, pero de colaborador necesario para enterrar al club en su gigantesca ruina. Ha intentado aprovechar Sergio Ramos la posición de debilidad para tirar un triple por ver si colaba. Como ni ha rozado el aro, ahora venderá que él sólo buscaba el bien para el Sevilla, no para sus accionistas. Un argumento que vende. Pues claro. No hemos nacido ayer. Pero mejor sevillista hubiese sido si no les promete a las aves de rapiña el festín de sus vidas. Si no les dora la píldora al nido de víboras. Si no les acaricia el lomo a quien sólo entiende el idioma de los 3.500 por acción. Ha jugado las cartas en su interés personal, no mirando el del Sevilla FC.Por esto. Por unos y otros. El Sevilla se va muriendo. Sin una ampliación de capital no habrá fichajes que valgan. No se podrá apenas planificar una temporada donde las estrellas serán los canteranos que no se vendan. Sin dinero para fichajes y ni siquiera para inscribir. No aparecerá por arte de magia una venta temprana en el precio que piden los accionistas, a no ser que un rayo de responsabilidad caiga sobre sus cabezas. Que entiendan que han dilapidado, como poco, su patrimonio a la mitad y que no les darán ni 2.000 euros por acción. La pelota de la deuda no puede seguir rodando eternamente, ni haciéndose más grande. Deben detenerla. Y pararse ellos. Que alguien mire por una vez por el bien del Sevilla FC. Las lágrimas de los sevillista frente al Espanyol o el Villarreal pronto se habrán evaporado de las mejillas, que ya están rojas de irá por lo que está sucediendo. Al sevillista le escuece no poder hacer nada. Quedarse de brazos cruzados. Ya ayudó con su aliento al equipo cuando hizo falta salvarlo, mientras sigue viendo cómo no hay manera de echar a sus indeseables accionistas. Pero con una reflexión final. Que quien compre, si compra, sepa dónde llega y dónde debe llevar al Sevilla con su gestión. A reflotarlo y, a su misma vez, ganar dinero con su inversión. Porque para que te entierren a cinco metros bajo tierra, ya tienes a los del Ocaso desde hace años viviendo en tu propia casa.  

El Sevilla FC camina inexorablemente hacia su propia muerte. Una vez esquivada la guadaña deportiva por esta temporada, el partido se ha trasladado (o continúa) a los despachos. Justo de donde emanan todas esas decisiones que han llenado barrigas y bolsillos mientras se esquilmaba a … un equipo campeón y una sociedad solvente, brillante. Lo irracional es que este desfalco, entre sueldos astronómicos y terribles decisiones empresariales y financieras, lo hicieran los propios dueños de la empresa, o en su defecto los peleles utilizados como pararrayos para pegarse la vida padre desde la segunda línea. Por este motivo y otros, sobradamente conocidos, el club ha entrado en una espiral de destrucción que tocará su fin cuando los ingenieros contables no puedan maquillar la causa de disolución de la sociedad. En el asunto de la venta a Sergio Ramos y su equipo lo más importante o, mejor dicho urgente, no era el cambio de manos de la propiedad, sino la inyección de capital (mediante ampliación) para salvar el ruinoso estado de las cuentas del Sevilla. Una primera intervención quirúrgica que después debería ir acompañada de un consejo de administración sabio y responsable que aplicara las medidas para sacar de la UCI al paciente. Y lo que ha ocurrido con Ramos es que al enfermo no le han dado ni una mísera aspirina durante cinco meses, tiempo desaprovechado en encontrar unos inversores arrojados, conocidos o desconocidos, que de verdad quisiesen despertar del coma al Sevilla. Un tiempo perdido por el juego de trileros de unos y otros. Aquí nadie se libra. No pueden.

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