La Copa América, un ‘déjà vu’ demasiado reciente

Haber visto estos días, desde la distancia, la primera pre-regata de la Copa América en Cagliari produce una sensación extraña. Casi irreal. Como si todo lo vivido hace año y pico en Barcelona hubiera sido un sueño. Un ‘déjà vu’ reciente que parece pertenecer ya a otra época. Y lo peor es precisamente eso: que no hace tanto tiempo. Que todavía cuesta asumir que la competición deportiva y tecnológica más importante del mundo de la vela ya no esté en España.Cagliari arrancó espectacular. Italia ha entendido perfectamente lo que significa tener la Copa América. Ambiente, ciudad volcada, imágenes impresionantes, repercusión internacional y una sensación clara de oportunidad aprovechada. Exactamente lo que Barcelona tuvo en sus manos y dejó escapar incomprensiblemente.Porque más allá de debates políticos o ideológicos, lo que ocurrió en Barcelona demuestra una vez más la poca visión y la escasa ambición de muchos dirigentes públicos cuando se trata de proyectos de largo recorrido. La ciudad había conseguido algo histórico, ambiente en la fachada marítima y repercusión popular, sino además convencer a equipos, patrocinadores y organizadores de que Barcelona era el lugar ideal para continuar. El empresariado catalán lo tenía claro, sus políticos, no.Barcelona lo tenía todo. Infraestructuras, clima, mar, impacto mundial, retorno económico y una imagen global difícilmente repetible, que le venía muy bien a la ciudad en los tiempos que corren. Los equipos querían seguir. La organización estaba satisfecha. Pero una vez más aparecieron los políticos de mirada corta, más preocupados por sus sillones que por entender el enorme beneficio colectivo que supone albergar un evento de esta magnitud.Y duele especialmente porque en España ya habíamos vivido algo parecido. Valencia también tuvo la Copa América y acabó perdiéndola en su día por el exceso contrario: una ambición política descontrolada que terminó explotando. Barcelona, en cambio, la ha dejado escapar justo cuando tenía consolidado el modelo perfecto. Ni una cosa ni la otra. Siempre el mismo error: convertir el deporte en rehén de la política.Resulta inevitable pensar lo que supondría hoy seguir teniendo la Copa América en Barcelona. La ciudad habría continuado ocupando portadas internacionales, consolidando empleo, turismo de calidad, industria náutica y proyección global. Habría reforzado además una transformación marítima que apenas empezaba a dar sus frutos. Pero todo eso se tiró literalmente por la borda.Y mientras aquí seguimos debatiendo si merece la pena o no apostar por grandes acontecimientos, Italia no tardó ni un segundo en entender la oportunidad. Cagliari ha sido solo el principio de lo que los italianos quieren convertir en un gran proyecto nacional alrededor de Nápoles 2027. Ellos sí van a aprovecharlo.La sensación final es inevitable: nos hemos quedado con las ganas. La Copa América pasó por Barcelona como pasa un gran barco por el horizonte. La vimos, la disfrutamos, incluso llegamos a tocarla. Pero fuimos incapaces de retenerla cuando todavía estaba a nuestro lado. Haber visto estos días, desde la distancia, la primera pre-regata de la Copa América en Cagliari produce una sensación extraña. Casi irreal. Como si todo lo vivido hace año y pico en Barcelona hubiera sido un sueño. Un ‘déjà vu’ reciente que parece pertenecer ya a otra época. Y lo peor es precisamente eso: que no hace tanto tiempo. Que todavía cuesta asumir que la competición deportiva y tecnológica más importante del mundo de la vela ya no esté en España.Cagliari arrancó espectacular. Italia ha entendido perfectamente lo que significa tener la Copa América. Ambiente, ciudad volcada, imágenes impresionantes, repercusión internacional y una sensación clara de oportunidad aprovechada. Exactamente lo que Barcelona tuvo en sus manos y dejó escapar incomprensiblemente.Porque más allá de debates políticos o ideológicos, lo que ocurrió en Barcelona demuestra una vez más la poca visión y la escasa ambición de muchos dirigentes públicos cuando se trata de proyectos de largo recorrido. La ciudad había conseguido algo histórico, ambiente en la fachada marítima y repercusión popular, sino además convencer a equipos, patrocinadores y organizadores de que Barcelona era el lugar ideal para continuar. El empresariado catalán lo tenía claro, sus políticos, no.Barcelona lo tenía todo. Infraestructuras, clima, mar, impacto mundial, retorno económico y una imagen global difícilmente repetible, que le venía muy bien a la ciudad en los tiempos que corren. Los equipos querían seguir. La organización estaba satisfecha. Pero una vez más aparecieron los políticos de mirada corta, más preocupados por sus sillones que por entender el enorme beneficio colectivo que supone albergar un evento de esta magnitud.Y duele especialmente porque en España ya habíamos vivido algo parecido. Valencia también tuvo la Copa América y acabó perdiéndola en su día por el exceso contrario: una ambición política descontrolada que terminó explotando. Barcelona, en cambio, la ha dejado escapar justo cuando tenía consolidado el modelo perfecto. Ni una cosa ni la otra. Siempre el mismo error: convertir el deporte en rehén de la política.Resulta inevitable pensar lo que supondría hoy seguir teniendo la Copa América en Barcelona. La ciudad habría continuado ocupando portadas internacionales, consolidando empleo, turismo de calidad, industria náutica y proyección global. Habría reforzado además una transformación marítima que apenas empezaba a dar sus frutos. Pero todo eso se tiró literalmente por la borda.Y mientras aquí seguimos debatiendo si merece la pena o no apostar por grandes acontecimientos, Italia no tardó ni un segundo en entender la oportunidad. Cagliari ha sido solo el principio de lo que los italianos quieren convertir en un gran proyecto nacional alrededor de Nápoles 2027. Ellos sí van a aprovecharlo.La sensación final es inevitable: nos hemos quedado con las ganas. La Copa América pasó por Barcelona como pasa un gran barco por el horizonte. La vimos, la disfrutamos, incluso llegamos a tocarla. Pero fuimos incapaces de retenerla cuando todavía estaba a nuestro lado.  

Haber visto estos días, desde la distancia, la primera pre-regata de la Copa América en Cagliari produce una sensación extraña. Casi irreal. Como si todo lo vivido hace año y pico en Barcelona hubiera sido un sueño. Un ‘déjà vu’ reciente que parece pertenecer … ya a otra época. Y lo peor es precisamente eso: que no hace tanto tiempo. Que todavía cuesta asumir que la competición deportiva y tecnológica más importante del mundo de la vela ya no esté en España.

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