Es 4 de julio en Filadelfia y Francia y Paraguay saltan al terreno de juega muy cerca del lugar en el que, hace 250 años, los primeros próceres de EE.UU. firmaron su Declaración de Independencia . John Adams, Benjamin Franklin, Thomas Jefferson o John Jay no podrían imaginar que una parte central de la conmemoración de su experimento democrático fuera ver a veintidós tipos semidesnudos persiguiendo un objeto esférico.Aquellos Padres Fundadores declararon su adiós a la Corona británica bajo las ideas de que «todos los hombres son creados iguales», «gozan de algunos derechos inalienables» y que entre estos están «la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad». La felicidad, en un 4 de julio marcado por el Mundial, son los goles. Al final solo hay uno, solitario, del mejor goleador de este tiempo, Mbappé, que evita la posibilidad de la prórroga, de los penaltis y del sueño paraguayo.Pero la felicidad son también otras cosas. En la grada del estadio de Filadelfia, un trozo de sombra, una cerveza fría, un hielo en la nuca, meter la cabeza debajo del grifo en los baños. Porque el día es histórico, también por su calor. Los jugadores calientan a 38 grados, con sensación térmica de 42. Iguala en temperatura al partido más caluroso de la historia, también en EE.UU., en el Mundial de 1994, en Dallas, cuando todavía la ciudad texana no tenía el estadio cubierto y climatizado de ahora.Paraguay: Gill; Cáceres, Velázquez, Gustavo Gómez (Mauricio, m.71), Alderete (Canale, m.58), Júnior Alonso; Almirón (Ávalos, m.71), Diego Gómez, Cubas, Galarza; Enciso (Caballero, m.71). Francia: Maignan; Koundé, Upamecano, Saliba, Digne; Koné, Rabiot; Dembélé (Cherki, m.84), Olise, Barcola (Doué, m.61); Mbappé. Goles: 0-1: Mbappé, m. 70. El árbitro: I. Tantashev (Uzbekistán). Amonestó a Barcola, Koné y Olise. La solanera en la grada este del estadio es insoportable. Se mueven los abanicos que se regalan, pero todo lo que se mueve es aire caliente.Es peor abajo, en el césped, donde se calcula que la hierba está a entre 43 y 49 grados. Un peligro para los músculos y para el fútbol dinámico de Francia, que se ralentiza con un verde reseco.Eso interesa a Paraguay , que necesita todas las armas, también la del calor. Gustavo Alfaro, el argentino que dirige a los guaraníes, aparece en el campo insolente, con traje y corbata. Como diciendo ‘a mí el calor’.Suena ‘La Marsellesa’ y suena diferente un 4 de julio, imposible separarla de la revolución americana, la que se conmemora hoy. ‘Aux armes, citoyens!’, gritan los galos, confundidos en la grada con los paraguayos y los estadounidenses, todos bajo los mismos colores. Pero quien viene a hacer la revolución es Paraguay, que busca la gente ante la mayor potencia del fútbol actual. Y lo hace desde la defensa.Alfaro plantea una muralla atrás que fuerza a jugar a Francia en una franja de veinte metros. El calor es un sillar más del muro paraguayo: ralentiza la pelota, desgasta las piernas, baja la explosividad, incluso abotarga la cabeza.Ni la explosividad de Mbappé, ni la incisividad de Dembélé, ni la velocidad de Barcola hacen mella en el autobús guaraní. Solo Olise deja algún detalle de su clase, como una pelota que deja pasar con torería. Francia asedia a Paraguay, pero desde la intrascendencia. La felicidad, el gol, no aparecen.En una tertulia improvisada previa al partido, un grupo de periodistas paraguayos discuten qué tiene que ocurrir para que su país extienda y amplíe la gesta del otro día contra Alemania en dieciseisavos. «Paraguay tiene que jugar perfecto y Francia tiene que fallar. Quizá el balón parado pueda ser una clave para nosotros», dice uno. «El fútbol es la dinámica de lo impensado», agrega otro con poesía. «Es decir, que todo puede pasar».Pero pasa lo esperado. Entrada la segunda parte, con la caída de la tarde, con el césped ya bajo la sombra, Francia encuentra más ritmo. Y las lesiones debilitan a Paraguay, que pierde a Alderete y a su principal arma ofensiva, Encisa. En estas, Doué, que ha salido por Barcola, fuerza un penalti claro que el árbitro no ve, pero el VAR sí. Lo convierte, por supuesto, Mbappé, que responde en su pugna particular con Messi por el pichichi y por el récord de goles en un Mundial. Con este, lleva siete.«Los vamos a cagar a patadas», dice antes del partido Julio, un hincha uruguayo que lleva una camiseta con la leyenda ‘Vencer o morir’. Paraguay muerde, es expeditivo. Olise se lleva pronto una patada, y una barrida dura al final. El aliento de Cáceres no se va del cogote de Mbappe. El partido decae en alguna tangana. Pero nada de eso ayuda a Paraguay tras el gol de Mbappé. La agresividad solo emborrona el final y disuelve sus escasas opciones de empatar.Los de Alfaro buscan la reacción sin éxito. Su sueño revolucionario acaba aquí un 4 de julio, entre amagos de bronca por la frustración de la derrota. Francia ha estado gris en una tarde tórrida en la que las madres no dejarían a sus hijos jugar al fútbol. Pero se va de aquí sin que se le despegue la pegatina de favorita y con el rival de cuartos ya en el horizonte. Será Marruecos , será su primer gran examen en este Mundial. Es 4 de julio en Filadelfia y Francia y Paraguay saltan al terreno de juega muy cerca del lugar en el que, hace 250 años, los primeros próceres de EE.UU. firmaron su Declaración de Independencia . John Adams, Benjamin Franklin, Thomas Jefferson o John Jay no podrían imaginar que una parte central de la conmemoración de su experimento democrático fuera ver a veintidós tipos semidesnudos persiguiendo un objeto esférico.Aquellos Padres Fundadores declararon su adiós a la Corona británica bajo las ideas de que «todos los hombres son creados iguales», «gozan de algunos derechos inalienables» y que entre estos están «la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad». La felicidad, en un 4 de julio marcado por el Mundial, son los goles. Al final solo hay uno, solitario, del mejor goleador de este tiempo, Mbappé, que evita la posibilidad de la prórroga, de los penaltis y del sueño paraguayo.Pero la felicidad son también otras cosas. En la grada del estadio de Filadelfia, un trozo de sombra, una cerveza fría, un hielo en la nuca, meter la cabeza debajo del grifo en los baños. Porque el día es histórico, también por su calor. Los jugadores calientan a 38 grados, con sensación térmica de 42. Iguala en temperatura al partido más caluroso de la historia, también en EE.UU., en el Mundial de 1994, en Dallas, cuando todavía la ciudad texana no tenía el estadio cubierto y climatizado de ahora.Paraguay: Gill; Cáceres, Velázquez, Gustavo Gómez (Mauricio, m.71), Alderete (Canale, m.58), Júnior Alonso; Almirón (Ávalos, m.71), Diego Gómez, Cubas, Galarza; Enciso (Caballero, m.71). Francia: Maignan; Koundé, Upamecano, Saliba, Digne; Koné, Rabiot; Dembélé (Cherki, m.84), Olise, Barcola (Doué, m.61); Mbappé. Goles: 0-1: Mbappé, m. 70. El árbitro: I. Tantashev (Uzbekistán). Amonestó a Barcola, Koné y Olise. La solanera en la grada este del estadio es insoportable. Se mueven los abanicos que se regalan, pero todo lo que se mueve es aire caliente.Es peor abajo, en el césped, donde se calcula que la hierba está a entre 43 y 49 grados. Un peligro para los músculos y para el fútbol dinámico de Francia, que se ralentiza con un verde reseco.Eso interesa a Paraguay , que necesita todas las armas, también la del calor. Gustavo Alfaro, el argentino que dirige a los guaraníes, aparece en el campo insolente, con traje y corbata. Como diciendo ‘a mí el calor’.Suena ‘La Marsellesa’ y suena diferente un 4 de julio, imposible separarla de la revolución americana, la que se conmemora hoy. ‘Aux armes, citoyens!’, gritan los galos, confundidos en la grada con los paraguayos y los estadounidenses, todos bajo los mismos colores. Pero quien viene a hacer la revolución es Paraguay, que busca la gente ante la mayor potencia del fútbol actual. Y lo hace desde la defensa.Alfaro plantea una muralla atrás que fuerza a jugar a Francia en una franja de veinte metros. El calor es un sillar más del muro paraguayo: ralentiza la pelota, desgasta las piernas, baja la explosividad, incluso abotarga la cabeza.Ni la explosividad de Mbappé, ni la incisividad de Dembélé, ni la velocidad de Barcola hacen mella en el autobús guaraní. Solo Olise deja algún detalle de su clase, como una pelota que deja pasar con torería. Francia asedia a Paraguay, pero desde la intrascendencia. La felicidad, el gol, no aparecen.En una tertulia improvisada previa al partido, un grupo de periodistas paraguayos discuten qué tiene que ocurrir para que su país extienda y amplíe la gesta del otro día contra Alemania en dieciseisavos. «Paraguay tiene que jugar perfecto y Francia tiene que fallar. Quizá el balón parado pueda ser una clave para nosotros», dice uno. «El fútbol es la dinámica de lo impensado», agrega otro con poesía. «Es decir, que todo puede pasar».Pero pasa lo esperado. Entrada la segunda parte, con la caída de la tarde, con el césped ya bajo la sombra, Francia encuentra más ritmo. Y las lesiones debilitan a Paraguay, que pierde a Alderete y a su principal arma ofensiva, Encisa. En estas, Doué, que ha salido por Barcola, fuerza un penalti claro que el árbitro no ve, pero el VAR sí. Lo convierte, por supuesto, Mbappé, que responde en su pugna particular con Messi por el pichichi y por el récord de goles en un Mundial. Con este, lleva siete.«Los vamos a cagar a patadas», dice antes del partido Julio, un hincha uruguayo que lleva una camiseta con la leyenda ‘Vencer o morir’. Paraguay muerde, es expeditivo. Olise se lleva pronto una patada, y una barrida dura al final. El aliento de Cáceres no se va del cogote de Mbappe. El partido decae en alguna tangana. Pero nada de eso ayuda a Paraguay tras el gol de Mbappé. La agresividad solo emborrona el final y disuelve sus escasas opciones de empatar.Los de Alfaro buscan la reacción sin éxito. Su sueño revolucionario acaba aquí un 4 de julio, entre amagos de bronca por la frustración de la derrota. Francia ha estado gris en una tarde tórrida en la que las madres no dejarían a sus hijos jugar al fútbol. Pero se va de aquí sin que se le despegue la pegatina de favorita y con el rival de cuartos ya en el horizonte. Será Marruecos , será su primer gran examen en este Mundial.
Es 4 de julio en Filadelfia y Francia y Paraguay saltan al terreno de juega muy cerca del lugar en el que, hace 250 años, los primeros próceres de EE.UU. firmaron su Declaración de Independencia. John Adams, Benjamin Franklin, Thomas Jefferson o John … Jay no podrían imaginar que una parte central de la conmemoración de su experimento democrático fuera ver a veintidós tipos semidesnudos persiguiendo un objeto esférico.
Aquellos Padres Fundadores declararon su adiós a la Corona británica bajo las ideas de que «todos los hombres son creados iguales», «gozan de algunos derechos inalienables» y que entre estos están «la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad». La felicidad, en un 4 de julio marcado por el Mundial, son los goles. Al final solo hay uno, solitario, del mejor goleador de este tiempo, Mbappé, que evita la posibilidad de la prórroga, de los penaltis y del sueño paraguayo.
Pero la felicidad son también otras cosas. En la grada del estadio de Filadelfia, un trozo de sombra, una cerveza fría, un hielo en la nuca, meter la cabeza debajo del grifo en los baños. Porque el día es histórico, también por su calor. Los jugadores calientan a 38 grados, con sensación térmica de 42. Iguala en temperatura al partido más caluroso de la historia, también en EE.UU., en el Mundial de 1994, en Dallas, cuando todavía la ciudad texana no tenía el estadio cubierto y climatizado de ahora.

Paraguay:
–

Francia:
Gill; Cáceres, Velázquez, Gustavo Gómez (Mauricio, m.71), Alderete (Canale, m.58), Júnior Alonso; Almirón (Ávalos, m.71), Diego Gómez, Cubas, Galarza; Enciso (Caballero, m.71).
Maignan; Koundé, Upamecano, Saliba, Digne; Koné, Rabiot; Dembélé (Cherki, m.84), Olise, Barcola (Doué, m.61); Mbappé.
-
Goles:
0-1: Mbappé, m. 70. -
El árbitro:
I. Tantashev (Uzbekistán). Amonestó a Barcola, Koné y Olise.
La solanera en la grada este del estadio es insoportable. Se mueven los abanicos que se regalan en el estadio, pero todo lo que se mueve es aire caliente.
Es peor abajo, en el césped, donde se calcula que la hierba está a entre 43 y 49 grados. Un peligro para los músculos y para el fútbol dinámico de Francia, que se ralentiza con un verde reseco.
Eso interesa a Paraguay, que necesita todas las armas, también la del calor. Gustavo Alfaro, el argentino que dirige a los guaraníes, aparece en el campo insolente, con traje y corbata. Como diciendo ‘a mí el calor’.
Suena ‘La Marsellesa’ y suena diferente un 4 de julio, imposible separarla de la revolución americana, la que se conmemora hoy. ‘Aux armes, citoyens!’, gritan los galos, confundidos en la grada con los paraguayos y los estadounidenses, todos bajo los mismos colores. Pero quien viene a hacer la revolución es Paraguay, que busca la gente ante la mayor potencia del fútbol actual. Y lo hace desde la defensa.
Alfaro plantea una muralla atrás que fuerza a jugar a Francia en una franja de veinte metros. El calor es un sillar más del muro paraguayo: ralentiza la pelota, desgasta las piernas, baja la explosividad, incluso abotarga la cabeza.
Ni la explosividad de Mbappé, ni la incisividad de Dembélé, ni la velocidad de Barcola hacen mella en el autobús guaraní. Solo Olise deja algún detalle de su clase, como una pelota que deja pasar con torería. Francia asedia a Paraguay, pero desde la intrascendencia. La felicidad, el gol, no aparecen.
En una tertulia improvisada previa al partido, un grupo de periodistas paraguayos discuten qué tiene que ocurrir para que su país extienda y amplíe la gesta del otro día contra Alemania en dieciseisavos. «Paraguay tiene que jugar perfecto y Francia tiene que fallar. Quizá el balón parado pueda ser una clave para nosotros», dice uno. «El fútbol es la dinámica de lo impensado», agrega otro con poesía. «Es decir, que todo puede pasar».
Pero pasa lo esperado. Entrada la segunda parte, con la caída de la tarde, con el césped ya bajo la sombra, Francia encuentra más ritmo. Y las lesiones debilitan a Paraguay, que pierde a Alderete y a su principal arma ofensiva, Encisa. En estas, Doué, que ha salido por Barcola, fuerza un penalti claro que el árbitro no ve, pero el VAR sí. Lo convierte, por supuesto, Mbappé, que responde en su pugna particular con Messi por el pichichi y por el récord de goles en un Mundial. Con este, lleva siete.
«Los vamos a cagar a patadas», dice antes del partido Julio, un hincha uruguayo que lleva una camiseta con la leyenda ‘Vencer o morir’. Paraguay muerde, es expeditivo. Olise se lleva pronto una patada, y una barrida dura al final. El aliento de Cáceres no se va del cogote de Mbappe. El partido decae en alguna tangana. Pero nada de eso ayuda a Paraguay tras el gol de Mbappé. La agresividad solo emborrona el final y disuelve sus escasas opciones de empatar.
Los de Alfaro buscan la reacción sin éxito. Su sueño revolucionario acaba aquí un 4 de julio, entre amagos de bronca por la frustración de la derrota. Francia ha estado gris en una tarde tórrida en la que las madres no dejarían a sus hijos jugar al fútbol. Pero se va de aquí sin que se le despegue la pegatina de favorita y con el rival de cuartos ya en el horizonte. Será Marruecos, será su primer gran examen en este Mundial.
RSS de noticias de deportes
