Nuestro ADN guarda aún muchos secretos, entre ellos los de nuestro remoto pasado. Ocultas en el genoma humano, en efecto, hay pistas sobre las distintas especies que alguna vez se cruzaron y que, paso a paso, rasgo a rasgo, fueron ‘armando el puzle’ de lo que somos. Pero no es fácil encontrar esas pistas. Y aunque hoy sabemos que heredamos genes neandertales y denisovanos , aún tenemos un ‘ADN fantasma’ que apunta por lo menos a otras dos especies muy antiguas y cuya identidad desconocemos por completo. Ahora, un equipo de la Universidad de California en Berkeley acaba de presentar en ‘ Science ‘ una nueva y revolucionaria técnica de análisis que es capaz de decirnos, sin tener que disponer de muestras de ese misterioso (y aún no encontrado) ADN antiguo, a quién pudo pertenecer ese misterioso material genético. Parece magia, pero no lo es. Es pura ciencia.Durante las últimas décadas, la paleo-genética nos ha enseñado que la historia evolutiva de la humanidad no es una simple línea recta . De hecho, cuando los primeros humanos modernos salieron de África hace entre 60.000 y 70.000 años, se encontraron (y se cruzaron) en Eurasia con otras dos especies hoy extintas: los neandertales y los denisovanos. El resultado de aquellos encuentros es que hoy llevamos una fracción de su ADN en nuestras células. Sin embargo, en nuestra herencia genética también existen huellas de por lo menos dos linajes aún más antiguos, los llamados ‘ ancestros fantasma ‘. El problema es que, a falta de fósiles de los que extraer material genético de calidad, los científicos se han enfrentado hasta ahora a un muro infranqueable. ¿Cómo estudiar el ADN de una especie de la que no tenemos ni un solo hueso?Rastreando lo invisibleLa respuesta se llama TRACE: ‘Rastreo de Contribuciones Arcaicas mediante la Estimación de ARG’, donde ARG es el acrónimo de ‘Grafo de Recombinación Ancestral’. Desarrollada por Yulin Zhang y Priya Moorjani, junto a otros investigadores como Arjun Biddanda y Sarah Johnson, esta innovadora herramienta computacional permite hacer algo inaudito: reconstruir relaciones genealógicas a lo largo del genoma usando exclusivamente el ADN de las personas que viven hoy en día.«Las genealogías -explica Priya Moorjani- conservan un registro de nuestro pasado evolutivo . TRACE reconstruye esas historias a lo largo del genoma. Al identificar regiones cuya ascendencia se remonta inusualmente atrás en el tiempo, podemos descubrir contribuciones genéticas de poblaciones humanas extintas, incluso en ausencia de ADN antiguo».Podríamos comparar la técnica al intento de reconstruir los planos originales de un enorme edificio (el genoma de la humanidad arcaica) del que apenas queda el polvo. En lugar de excavar en busca de ese plano perdido, el método TRACE se dedica a analizar los cimientos, las vigas y los ladrillos de millones de casas modernas de todo el mundo. Al comparar de forma minuciosa qué piezas son estructuralmente iguales y cuáles exhiben un diseño inusualmente antiguo, el algoritmo es capaz de ‘dibujar’ un mapa que refleja el edificio original sin haberlo visto jamás. A este asombroso mapa genético, los científicos lo denominan ‘grafo de recombinación ancestral’ (ARG, por sus siglas en inglés).Un ‘fantasma’ en la sangre de todosAl aplicar el nuevo método a los gigantescos archivos de cientos de genomas actuales, el algoritmo no solo recuperó a la perfección los segmentos neandertales y denisovanos que ya conocíamos, sino que desenterró algo absolutamente formidable. Una proporción medible de nuestro ADN pertenece a un misterioso ‘ancestro fantasma’ que se cruzó con los humanos modernos en África hace más de 50.000 años.«Descubrimos asombrados que cada individuo del planeta, y no solo las poblaciones africanas, tiene hasta un 1% de su genoma heredado de este misterioso linaje fantasma»«Descubrimos que alrededor del 2% del genoma humano moderno proviene de homínidos arcaicos», afirma Yulin Zhang, coautor principal del estudio. Y lo más sorprendente es que esta herencia ‘espectral’ no es exclusiva de las poblaciones africanas, como habían llegado a sugerir algunos estudios previos, sino que la llevamos absolutamente todos los humanos actuales. «En el caso del linaje fantasma, las poblaciones actuales africanas y no africanas heredaron cantidades similares. Cada individuo tiene entre el 0,5 y el 1% de su genoma heredado de este linaje», detalla Zhang.Según el estudio, ese misterioso pariente se separó de nuestro propio linaje casi al mismo tiempo que lo hicieron los neandertales y denisovanos, hace unos 800.000 años. Sin embargo, su cruce posterior con Homo sapiens ocurrió mucho después, casi al mismo tiempo en que nuestros antepasados emprendieron su épico viaje migratorio fuera del continente africano. Curiosamente, la nueva técnica ha demostrado que parte de esta herencia fantasma ha sobrevivido con inusual vigor en los llamados ‘desiertos de introgresión’, regiones de nuestro genoma (como el cromosoma 7, que alberga el famoso gen FOXP2 asociado al lenguaje) que hasta ahora los genetistas creían libres de cualquier influencia arcaica.El abuelo ‘súper arcaico’Pero las sorpresas ocultas de nuestra biología no terminan ahí. Analizando exclusivamente a las poblaciones de Oceanía (cuyos habitantes poseen los niveles más altos de ADN denisovano del planeta, de hasta el 4%), TRACE detectó la ‘firma’ persistente de una segunda estirpe aún más antigua. Se trata de un ancestro ‘súper arcaico’ que se desgajó del árbol genealógico humano hace ni más ni menos que 1,8 millones de años.Gran parte de esta herencia ancestral pervive férreamente hoy en los genes responsables de comandar nuestra respuesta inmunitaria y nuestra adaptación metabólicaSegún los investigadores, esta antiquísima especie se cruzó primero con los denisovanos en Eurasia y estos, cientos de miles de años más tarde, actuaron como intermediarios para transmitir ese minúsculo fragmento de genoma ‘súper arcaico’ a los humanos modernos durante sus propios cruces biológicos. Todo un ‘laberinto genético’ y de relaciones que se pierden en la noche de los tiempos.«El hallazgo -asegura Arjun Biddanda, de la Universidad Johns Hopkins y coautor del estudio- es particularmente emocionante porque revela contribuciones genéticas de un linaje humano que vivió hace más de un millón de años, a pesar de la ausencia de cualquier ADN secuenciado de esa población». Esta divergencia cronológica coincide de manera casi exacta con la existencia de Homo erectus en Eurasia, convirtiendo a esta emblemática especie en el principal candidato a ser nuestro esquivo ancestro ‘súper arcaico’.¿Por qué ha sobrevivido este ADN?Una de las leyes más implacables de la evolución es que nada que no sea útil permanece. De modo que si estos diminutos segmentos genéticos de especies extintas han sobrevivido hasta nuestro genoma actual a lo largo de cientos de miles de años, es porque en algún momento nos otorgaron una ventaja crítica para prosperar. Y según detallan los autores del estudio, un gran número de estos escurridizos segmentos arcaicos se concentran en zonas íntimamente relacionadas con nuestra inmunidad y la función metabólica.«Este patrón no es del todo sorprendente -reflexiona Moorjani-. La adaptación a nuevos patógenos y fuentes de alimentos ha sido una de las presiones selectivas más fuertes en la evolución humana». Al cruzarnos de manera íntima con estos grupos humanos ancestrales, nuestros antepasados adquirieron casi de golpe una nueva variación genética que sirvió como ‘materia prima’ inmediata para la selección natural. Las variantes que nos resultaban beneficiosas para resistir enfermedades o digerir nuevos nutrientes fueron retenidas biológicamente y propagadas con gran éxito generación tras generación.En definitiva, este trabajo nos invita a mirarnos al espejo de una forma enteramente nueva. «A menudo pensamos en la evolución humana como un árbol ramificado -concluye Moorjani- pero los nuevos datos genómicos y métodos analíticos revelan una historia mucho más interconectada: más parecida a una compleja red de poblaciones unidas por repetidos episodios de migración y mezcla». El linaje humano nunca fue un desfile ordenado de especies puras, sino un inmenso, caótico y extraordinario crisol genético en el que los ecos de nuestros ancestros extintos aún retumban dentro de cada uno de nosotros. Nuestro ADN guarda aún muchos secretos, entre ellos los de nuestro remoto pasado. Ocultas en el genoma humano, en efecto, hay pistas sobre las distintas especies que alguna vez se cruzaron y que, paso a paso, rasgo a rasgo, fueron ‘armando el puzle’ de lo que somos. Pero no es fácil encontrar esas pistas. Y aunque hoy sabemos que heredamos genes neandertales y denisovanos , aún tenemos un ‘ADN fantasma’ que apunta por lo menos a otras dos especies muy antiguas y cuya identidad desconocemos por completo. Ahora, un equipo de la Universidad de California en Berkeley acaba de presentar en ‘ Science ‘ una nueva y revolucionaria técnica de análisis que es capaz de decirnos, sin tener que disponer de muestras de ese misterioso (y aún no encontrado) ADN antiguo, a quién pudo pertenecer ese misterioso material genético. Parece magia, pero no lo es. Es pura ciencia.Durante las últimas décadas, la paleo-genética nos ha enseñado que la historia evolutiva de la humanidad no es una simple línea recta . De hecho, cuando los primeros humanos modernos salieron de África hace entre 60.000 y 70.000 años, se encontraron (y se cruzaron) en Eurasia con otras dos especies hoy extintas: los neandertales y los denisovanos. El resultado de aquellos encuentros es que hoy llevamos una fracción de su ADN en nuestras células. Sin embargo, en nuestra herencia genética también existen huellas de por lo menos dos linajes aún más antiguos, los llamados ‘ ancestros fantasma ‘. El problema es que, a falta de fósiles de los que extraer material genético de calidad, los científicos se han enfrentado hasta ahora a un muro infranqueable. ¿Cómo estudiar el ADN de una especie de la que no tenemos ni un solo hueso?Rastreando lo invisibleLa respuesta se llama TRACE: ‘Rastreo de Contribuciones Arcaicas mediante la Estimación de ARG’, donde ARG es el acrónimo de ‘Grafo de Recombinación Ancestral’. Desarrollada por Yulin Zhang y Priya Moorjani, junto a otros investigadores como Arjun Biddanda y Sarah Johnson, esta innovadora herramienta computacional permite hacer algo inaudito: reconstruir relaciones genealógicas a lo largo del genoma usando exclusivamente el ADN de las personas que viven hoy en día.«Las genealogías -explica Priya Moorjani- conservan un registro de nuestro pasado evolutivo . TRACE reconstruye esas historias a lo largo del genoma. Al identificar regiones cuya ascendencia se remonta inusualmente atrás en el tiempo, podemos descubrir contribuciones genéticas de poblaciones humanas extintas, incluso en ausencia de ADN antiguo».Podríamos comparar la técnica al intento de reconstruir los planos originales de un enorme edificio (el genoma de la humanidad arcaica) del que apenas queda el polvo. En lugar de excavar en busca de ese plano perdido, el método TRACE se dedica a analizar los cimientos, las vigas y los ladrillos de millones de casas modernas de todo el mundo. Al comparar de forma minuciosa qué piezas son estructuralmente iguales y cuáles exhiben un diseño inusualmente antiguo, el algoritmo es capaz de ‘dibujar’ un mapa que refleja el edificio original sin haberlo visto jamás. A este asombroso mapa genético, los científicos lo denominan ‘grafo de recombinación ancestral’ (ARG, por sus siglas en inglés).Un ‘fantasma’ en la sangre de todosAl aplicar el nuevo método a los gigantescos archivos de cientos de genomas actuales, el algoritmo no solo recuperó a la perfección los segmentos neandertales y denisovanos que ya conocíamos, sino que desenterró algo absolutamente formidable. Una proporción medible de nuestro ADN pertenece a un misterioso ‘ancestro fantasma’ que se cruzó con los humanos modernos en África hace más de 50.000 años.«Descubrimos asombrados que cada individuo del planeta, y no solo las poblaciones africanas, tiene hasta un 1% de su genoma heredado de este misterioso linaje fantasma»«Descubrimos que alrededor del 2% del genoma humano moderno proviene de homínidos arcaicos», afirma Yulin Zhang, coautor principal del estudio. Y lo más sorprendente es que esta herencia ‘espectral’ no es exclusiva de las poblaciones africanas, como habían llegado a sugerir algunos estudios previos, sino que la llevamos absolutamente todos los humanos actuales. «En el caso del linaje fantasma, las poblaciones actuales africanas y no africanas heredaron cantidades similares. Cada individuo tiene entre el 0,5 y el 1% de su genoma heredado de este linaje», detalla Zhang.Según el estudio, ese misterioso pariente se separó de nuestro propio linaje casi al mismo tiempo que lo hicieron los neandertales y denisovanos, hace unos 800.000 años. Sin embargo, su cruce posterior con Homo sapiens ocurrió mucho después, casi al mismo tiempo en que nuestros antepasados emprendieron su épico viaje migratorio fuera del continente africano. Curiosamente, la nueva técnica ha demostrado que parte de esta herencia fantasma ha sobrevivido con inusual vigor en los llamados ‘desiertos de introgresión’, regiones de nuestro genoma (como el cromosoma 7, que alberga el famoso gen FOXP2 asociado al lenguaje) que hasta ahora los genetistas creían libres de cualquier influencia arcaica.El abuelo ‘súper arcaico’Pero las sorpresas ocultas de nuestra biología no terminan ahí. Analizando exclusivamente a las poblaciones de Oceanía (cuyos habitantes poseen los niveles más altos de ADN denisovano del planeta, de hasta el 4%), TRACE detectó la ‘firma’ persistente de una segunda estirpe aún más antigua. Se trata de un ancestro ‘súper arcaico’ que se desgajó del árbol genealógico humano hace ni más ni menos que 1,8 millones de años.Gran parte de esta herencia ancestral pervive férreamente hoy en los genes responsables de comandar nuestra respuesta inmunitaria y nuestra adaptación metabólicaSegún los investigadores, esta antiquísima especie se cruzó primero con los denisovanos en Eurasia y estos, cientos de miles de años más tarde, actuaron como intermediarios para transmitir ese minúsculo fragmento de genoma ‘súper arcaico’ a los humanos modernos durante sus propios cruces biológicos. Todo un ‘laberinto genético’ y de relaciones que se pierden en la noche de los tiempos.«El hallazgo -asegura Arjun Biddanda, de la Universidad Johns Hopkins y coautor del estudio- es particularmente emocionante porque revela contribuciones genéticas de un linaje humano que vivió hace más de un millón de años, a pesar de la ausencia de cualquier ADN secuenciado de esa población». Esta divergencia cronológica coincide de manera casi exacta con la existencia de Homo erectus en Eurasia, convirtiendo a esta emblemática especie en el principal candidato a ser nuestro esquivo ancestro ‘súper arcaico’.¿Por qué ha sobrevivido este ADN?Una de las leyes más implacables de la evolución es que nada que no sea útil permanece. De modo que si estos diminutos segmentos genéticos de especies extintas han sobrevivido hasta nuestro genoma actual a lo largo de cientos de miles de años, es porque en algún momento nos otorgaron una ventaja crítica para prosperar. Y según detallan los autores del estudio, un gran número de estos escurridizos segmentos arcaicos se concentran en zonas íntimamente relacionadas con nuestra inmunidad y la función metabólica.«Este patrón no es del todo sorprendente -reflexiona Moorjani-. La adaptación a nuevos patógenos y fuentes de alimentos ha sido una de las presiones selectivas más fuertes en la evolución humana». Al cruzarnos de manera íntima con estos grupos humanos ancestrales, nuestros antepasados adquirieron casi de golpe una nueva variación genética que sirvió como ‘materia prima’ inmediata para la selección natural. Las variantes que nos resultaban beneficiosas para resistir enfermedades o digerir nuevos nutrientes fueron retenidas biológicamente y propagadas con gran éxito generación tras generación.En definitiva, este trabajo nos invita a mirarnos al espejo de una forma enteramente nueva. «A menudo pensamos en la evolución humana como un árbol ramificado -concluye Moorjani- pero los nuevos datos genómicos y métodos analíticos revelan una historia mucho más interconectada: más parecida a una compleja red de poblaciones unidas por repetidos episodios de migración y mezcla». El linaje humano nunca fue un desfile ordenado de especies puras, sino un inmenso, caótico y extraordinario crisol genético en el que los ecos de nuestros ancestros extintos aún retumban dentro de cada uno de nosotros.
Nuestro ADN guarda aún muchos secretos, entre ellos los de nuestro remoto pasado. Ocultas en el genoma humano, en efecto, hay pistas sobre las distintas especies que alguna vez se cruzaron y que, paso a paso, rasgo a rasgo, fueron ‘armando el puzle’ de lo … que somos.
Pero no es fácil encontrar esas pistas. Y aunque hoy sabemos que heredamos genes neandertales y denisovanos, aún tenemos un ‘ADN fantasma’ que apunta por lo menos a otras dos especies muy antiguas y cuya identidad desconocemos por completo.
Ahora, un equipo de la Universidad de California en Berkeley acaba de presentar en ‘Science‘ una nueva y revolucionaria técnica de análisis que es capaz de decirnos, sin tener que disponer de muestras de ese misterioso (y aún no encontrado) ADN antiguo, a quién pudo pertenecer ese misterioso material genético. Parece magia, pero no lo es. Es pura ciencia.
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Durante las últimas décadas, la paleo-genética nos ha enseñado que la historia evolutiva de la humanidad no es una simple línea recta. De hecho, cuando los primeros humanos modernos salieron de África hace entre 60.000 y 70.000 años, se encontraron (y se cruzaron) en Eurasia con otras dos especies hoy extintas: los neandertales y los denisovanos. El resultado de aquellos encuentros es que hoy llevamos una fracción de su ADN en nuestras células.
Sin embargo, en nuestra herencia genética también existen huellas de por lo menos dos linajes aún más antiguos, los llamados ‘ancestros fantasma‘. El problema es que, a falta de fósiles de los que extraer material genético de calidad, los científicos se han enfrentado hasta ahora a un muro infranqueable. ¿Cómo estudiar el ADN de una especie de la que no tenemos ni un solo hueso?
Rastreando lo invisible
La respuesta se llama TRACE: ‘Rastreo de Contribuciones Arcaicas mediante la Estimación de ARG’, donde ARG es el acrónimo de ‘Grafo de Recombinación Ancestral’. Desarrollada por Yulin Zhang y Priya Moorjani, junto a otros investigadores como Arjun Biddanda y Sarah Johnson, esta innovadora herramienta computacional permite hacer algo inaudito: reconstruir relaciones genealógicas a lo largo del genoma usando exclusivamente el ADN de las personas que viven hoy en día.
«Las genealogías -explica Priya Moorjani- conservan un registro de nuestro pasado evolutivo. TRACE reconstruye esas historias a lo largo del genoma. Al identificar regiones cuya ascendencia se remonta inusualmente atrás en el tiempo, podemos descubrir contribuciones genéticas de poblaciones humanas extintas, incluso en ausencia de ADN antiguo».
Podríamos comparar la técnica al intento de reconstruir los planos originales de un enorme edificio (el genoma de la humanidad arcaica) del que apenas queda el polvo. En lugar de excavar en busca de ese plano perdido, el método TRACE se dedica a analizar los cimientos, las vigas y los ladrillos de millones de casas modernas de todo el mundo. Al comparar de forma minuciosa qué piezas son estructuralmente iguales y cuáles exhiben un diseño inusualmente antiguo, el algoritmo es capaz de ‘dibujar’ un mapa que refleja el edificio original sin haberlo visto jamás. A este asombroso mapa genético, los científicos lo denominan ‘grafo de recombinación ancestral’ (ARG, por sus siglas en inglés).
Un ‘fantasma’ en la sangre de todos
Al aplicar el nuevo método a los gigantescos archivos de cientos de genomas actuales, el algoritmo no solo recuperó a la perfección los segmentos neandertales y denisovanos que ya conocíamos, sino que desenterró algo absolutamente formidable. Una proporción medible de nuestro ADN pertenece a un misterioso ‘ancestro fantasma’ que se cruzó con los humanos modernos en África hace más de 50.000 años.
«Descubrimos asombrados que cada individuo del planeta, y no solo las poblaciones africanas, tiene hasta un 1% de su genoma heredado de este misterioso linaje fantasma»
«Descubrimos que alrededor del 2% del genoma humano moderno proviene de homínidos arcaicos», afirma Yulin Zhang, coautor principal del estudio. Y lo más sorprendente es que esta herencia ‘espectral’ no es exclusiva de las poblaciones africanas, como habían llegado a sugerir algunos estudios previos, sino que la llevamos absolutamente todos los humanos actuales. «En el caso del linaje fantasma, las poblaciones actuales africanas y no africanas heredaron cantidades similares. Cada individuo tiene entre el 0,5 y el 1% de su genoma heredado de este linaje», detalla Zhang.
Según el estudio, ese misterioso pariente se separó de nuestro propio linaje casi al mismo tiempo que lo hicieron los neandertales y denisovanos, hace unos 800.000 años. Sin embargo, su cruce posterior con Homo sapiens ocurrió mucho después, casi al mismo tiempo en que nuestros antepasados emprendieron su épico viaje migratorio fuera del continente africano.
Curiosamente, la nueva técnica ha demostrado que parte de esta herencia fantasma ha sobrevivido con inusual vigor en los llamados ‘desiertos de introgresión’, regiones de nuestro genoma (como el cromosoma 7, que alberga el famoso gen FOXP2 asociado al lenguaje) que hasta ahora los genetistas creían libres de cualquier influencia arcaica.
El abuelo ‘súper arcaico’
Pero las sorpresas ocultas de nuestra biología no terminan ahí. Analizando exclusivamente a las poblaciones de Oceanía (cuyos habitantes poseen los niveles más altos de ADN denisovano del planeta, de hasta el 4%), TRACE detectó la ‘firma’ persistente de una segunda estirpe aún más antigua. Se trata de un ancestro ‘súper arcaico’ que se desgajó del árbol genealógico humano hace ni más ni menos que 1,8 millones de años.
Gran parte de esta herencia ancestral pervive férreamente hoy en los genes responsables de comandar nuestra respuesta inmunitaria y nuestra adaptación metabólica
Según los investigadores, esta antiquísima especie se cruzó primero con los denisovanos en Eurasia y estos, cientos de miles de años más tarde, actuaron como intermediarios para transmitir ese minúsculo fragmento de genoma ‘súper arcaico’ a los humanos modernos durante sus propios cruces biológicos. Todo un ‘laberinto genético’ y de relaciones que se pierden en la noche de los tiempos.
«El hallazgo -asegura Arjun Biddanda, de la Universidad Johns Hopkins y coautor del estudio- es particularmente emocionante porque revela contribuciones genéticas de un linaje humano que vivió hace más de un millón de años, a pesar de la ausencia de cualquier ADN secuenciado de esa población». Esta divergencia cronológica coincide de manera casi exacta con la existencia de Homo erectus en Eurasia, convirtiendo a esta emblemática especie en el principal candidato a ser nuestro esquivo ancestro ‘súper arcaico’.
¿Por qué ha sobrevivido este ADN?
Una de las leyes más implacables de la evolución es que nada que no sea útil permanece. De modo que si estos diminutos segmentos genéticos de especies extintas han sobrevivido hasta nuestro genoma actual a lo largo de cientos de miles de años, es porque en algún momento nos otorgaron una ventaja crítica para prosperar. Y según detallan los autores del estudio, un gran número de estos escurridizos segmentos arcaicos se concentran en zonas íntimamente relacionadas con nuestra inmunidad y la función metabólica.
«Este patrón no es del todo sorprendente -reflexiona Moorjani-. La adaptación a nuevos patógenos y fuentes de alimentos ha sido una de las presiones selectivas más fuertes en la evolución humana». Al cruzarnos de manera íntima con estos grupos humanos ancestrales, nuestros antepasados adquirieron casi de golpe una nueva variación genética que sirvió como ‘materia prima’ inmediata para la selección natural. Las variantes que nos resultaban beneficiosas para resistir enfermedades o digerir nuevos nutrientes fueron retenidas biológicamente y propagadas con gran éxito generación tras generación.
En definitiva, este trabajo nos invita a mirarnos al espejo de una forma enteramente nueva. «A menudo pensamos en la evolución humana como un árbol ramificado -concluye Moorjani- pero los nuevos datos genómicos y métodos analíticos revelan una historia mucho más interconectada: más parecida a una compleja red de poblaciones unidas por repetidos episodios de migración y mezcla». El linaje humano nunca fue un desfile ordenado de especies puras, sino un inmenso, caótico y extraordinario crisol genético en el que los ecos de nuestros ancestros extintos aún retumban dentro de cada uno de nosotros.
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