Rahm y el LIV se despiden con más pena que gloria

Cuando un jugador es una estrella no puede remediarlo, aunque no tenga el ánimo para demostrarlo. Solo así se puede entender que un hombre como Jon Rahm tire de lo mejor de su talento cuando ya había ganado la clasificación anual del LIV Golf y que se quedara a un solo golpe de hacerse con el último trofeo en Indianápolis. Firmó una última vuelta magistral de 63 golpes en la que sacó la mirada asesina que le había llevado a ganar dos ‘majors’ y a ser número uno mundial. Pero eso fue en otra vida. En la actual, esas sensaciones no las había vuelto a mostrar.La última actuación del vizcaíno antes de tomarse unas vacaciones familiares («mi mujer espera nuestro cuarto hijo para octubre y quiero ejercer de padre antes de volver a jugar en Irlanda dentro de dos semanas», comentó) indicó que hay una luz en su futuro que no veía en los últimos tiempos. Era, junto a Bryson Dechambeau, el buque insignia de una competición que había anunciado previamente su defunción y en la que no era fácil mantener la frente alta cuando el cierre ya estaba confirmado. Por eso sus últimas actuaciones no habían estado a la altura acostumbrada porque el bajón moral estaba afectando a su juego. Pero en la semana de cierre Jon dio un paso al frente, tiró de arrestos y quiso despedirse a lo grande. Oficialmente aún no ha confirmado su marcha del proyecto con el que Greg Norman y Yasir Al-Rumayyan dinamitaron el deporte mundial hace cinco temporadas, pero es que las reglas del juego han cambiado.En ese entonces, con el apoyo sin fin de los petrodólares (llevan gastados 5.000 millones de dólares en la idea), los citados quisieron montar un circuito alternativo a los ya existentes (Americano y Europeo) a base de robarles a sus grandes jugadores. Al final, salvo los dos mencionados, Brooks Koepka, Tyrrell Hatton y Cameron Smith, el resto estaba lejos de su mejor forma y el nivel deportivo no pasó de mediocre. Solo Joaquín Niemann vio engrandecer su juego en este periplo, que sirvió de rodaje para otras jóvenes promesas como David Puig, Josele Ballester o Tom McKibbin.Así las cosas, el resumen que puede hacerse de la experiencia es que ha sido fallida en lo deportivo y que ha acabado con más perjuicios que beneficios. En el primer aspecto hay que contabilizar la guerra aún no cerrada entre circuitos, que llevó a una inflación sin precedentes en los premios de los torneos y a unas sanciones y enfrentamientos entre golfistas que enrarecieron el ambiente de un deporte hasta entonces modélico. La parte positiva, sobre todo para los beneficiados (jugadores, ‘caddies’, representantes, trabajadores de los torneos…) fue un aluvión de millones que les solucionó la existencia. Y también el haber sido capaces de explorar nuevas formas de ‘vender’ el golf a la generación actual, aunque no ha habido tiempo de contrastar los resultados. Los torneos a 54 hoyos, las salidas simultáneas, las competiciones por equipos o la música en las gradas no son malas ideas en sí, pero habrá que seguir probándolas en pequeñas dosis y sin buscar revoluciones para que terminen asentándose.Después de la etapa del LIV Golf, ahora se abre la del LIV 2.0, como la ha denominado su rector, Scott O’Neal. Será una evolución de lo ya conocido, pero con un drástico recorte de premios, de figuras y de torneos. Y ante esta perspectiva únicamente parecen interesados en seguir Dechambeau y Smith del grupo de figuras. Sobre todo porque ante la falta de recursos económicos (se habla de un presunto inversor ‘fantasma’ que nadie sabe quién será) se les ha pedido a los jugadores que apuesten su dinero en el circuito y la mayoría, empezando por Rahm, se han negado. «Lo mío es jugar al golf, no invertir en negocios», espetó cuando se le preguntó al respecto. Y como además ha trascendido que aún le deben varios millones del multimillonario contrato que firmó, no parece que vaya a tener ningún problema para romper el año de compromiso que le queda para acabar con tres años muy beneficiosos en lo monetario (500 millones de dólares), pero pobres en lo deportivo (cuatro victorias en 37 torneos, pero en pruebas sin corte y de una cincuentena de jugadores). Ahora le toca retornar a su vida anterior, desde septiembre en Europa y, a partir de 2027 (posiblemente a cambio de una sustanciosa multa), al PGA Tour . Y entonces, de nuevo entre los suyos, volverá a ser el campeón de siempre. Cuando un jugador es una estrella no puede remediarlo, aunque no tenga el ánimo para demostrarlo. Solo así se puede entender que un hombre como Jon Rahm tire de lo mejor de su talento cuando ya había ganado la clasificación anual del LIV Golf y que se quedara a un solo golpe de hacerse con el último trofeo en Indianápolis. Firmó una última vuelta magistral de 63 golpes en la que sacó la mirada asesina que le había llevado a ganar dos ‘majors’ y a ser número uno mundial. Pero eso fue en otra vida. En la actual, esas sensaciones no las había vuelto a mostrar.La última actuación del vizcaíno antes de tomarse unas vacaciones familiares («mi mujer espera nuestro cuarto hijo para octubre y quiero ejercer de padre antes de volver a jugar en Irlanda dentro de dos semanas», comentó) indicó que hay una luz en su futuro que no veía en los últimos tiempos. Era, junto a Bryson Dechambeau, el buque insignia de una competición que había anunciado previamente su defunción y en la que no era fácil mantener la frente alta cuando el cierre ya estaba confirmado. Por eso sus últimas actuaciones no habían estado a la altura acostumbrada porque el bajón moral estaba afectando a su juego. Pero en la semana de cierre Jon dio un paso al frente, tiró de arrestos y quiso despedirse a lo grande. Oficialmente aún no ha confirmado su marcha del proyecto con el que Greg Norman y Yasir Al-Rumayyan dinamitaron el deporte mundial hace cinco temporadas, pero es que las reglas del juego han cambiado.En ese entonces, con el apoyo sin fin de los petrodólares (llevan gastados 5.000 millones de dólares en la idea), los citados quisieron montar un circuito alternativo a los ya existentes (Americano y Europeo) a base de robarles a sus grandes jugadores. Al final, salvo los dos mencionados, Brooks Koepka, Tyrrell Hatton y Cameron Smith, el resto estaba lejos de su mejor forma y el nivel deportivo no pasó de mediocre. Solo Joaquín Niemann vio engrandecer su juego en este periplo, que sirvió de rodaje para otras jóvenes promesas como David Puig, Josele Ballester o Tom McKibbin.Así las cosas, el resumen que puede hacerse de la experiencia es que ha sido fallida en lo deportivo y que ha acabado con más perjuicios que beneficios. En el primer aspecto hay que contabilizar la guerra aún no cerrada entre circuitos, que llevó a una inflación sin precedentes en los premios de los torneos y a unas sanciones y enfrentamientos entre golfistas que enrarecieron el ambiente de un deporte hasta entonces modélico. La parte positiva, sobre todo para los beneficiados (jugadores, ‘caddies’, representantes, trabajadores de los torneos…) fue un aluvión de millones que les solucionó la existencia. Y también el haber sido capaces de explorar nuevas formas de ‘vender’ el golf a la generación actual, aunque no ha habido tiempo de contrastar los resultados. Los torneos a 54 hoyos, las salidas simultáneas, las competiciones por equipos o la música en las gradas no son malas ideas en sí, pero habrá que seguir probándolas en pequeñas dosis y sin buscar revoluciones para que terminen asentándose.Después de la etapa del LIV Golf, ahora se abre la del LIV 2.0, como la ha denominado su rector, Scott O’Neal. Será una evolución de lo ya conocido, pero con un drástico recorte de premios, de figuras y de torneos. Y ante esta perspectiva únicamente parecen interesados en seguir Dechambeau y Smith del grupo de figuras. Sobre todo porque ante la falta de recursos económicos (se habla de un presunto inversor ‘fantasma’ que nadie sabe quién será) se les ha pedido a los jugadores que apuesten su dinero en el circuito y la mayoría, empezando por Rahm, se han negado. «Lo mío es jugar al golf, no invertir en negocios», espetó cuando se le preguntó al respecto. Y como además ha trascendido que aún le deben varios millones del multimillonario contrato que firmó, no parece que vaya a tener ningún problema para romper el año de compromiso que le queda para acabar con tres años muy beneficiosos en lo monetario (500 millones de dólares), pero pobres en lo deportivo (cuatro victorias en 37 torneos, pero en pruebas sin corte y de una cincuentena de jugadores). Ahora le toca retornar a su vida anterior, desde septiembre en Europa y, a partir de 2027 (posiblemente a cambio de una sustanciosa multa), al PGA Tour . Y entonces, de nuevo entre los suyos, volverá a ser el campeón de siempre.  

Cuando un jugador es una estrella no puede remediarlo, aunque no tenga el ánimo para demostrarlo. Solo así se puede entender que un hombre como Jon Rahm tire de lo mejor de su talento cuando ya había ganado la clasificación anual del LIV Golf … y que se quedara a un solo golpe de hacerse con el último trofeo en Indianápolis. Firmó una última vuelta magistral de 63 golpes en la que sacó la mirada asesina que le había llevado a ganar dos ‘majors’ y a ser número uno mundial. Pero eso fue en otra vida. En la actual, esas sensaciones no las había vuelto a mostrar.

 RSS de noticias de deportes

Noticias Similares