Islandia y los flancos débiles de la Unión Europea

No es solo el flanco de la política exterior y de seguridad común el que sale muy tocado de esta votación Leer No es solo el flanco de la política exterior y de seguridad común el que sale muy tocado de esta votación Leer  

Quien eche un vistazo al mapa de Europa o haga un esfuerzo geográfico mental mientras lee estas líneas, comprobará que las cuatro esquinas del continente han estado sometidas en este 2026 a extraordinarias presiones externas. Si se sigue el orden de las agujas del reloj, el repaso arranca arriba a la derecha: en el amplio flanco ruso, que supone cada día desde hace cinco años la más grave amenaza a nuestra seguridad. La situación no mejora mucho en la segunda esquina: la suroriental, en Chipre, que en marzo recibió varios misiles de Hezbollah conectados al conflicto iraní, tiene enfrente el avispero permanente de Oriente Medio y ella misma está envuelta en un larguísimo conflicto con Turquía. La siguiente parada en sentido horario nos lleva a Ceuta donde a finales de julio se ha combinado de modo muy inquietante el desafío migratorio con una acción híbrida que implica a Marruecos. Y, por último, llegamos al borde noroccidental, donde está Groenlandia, que recibió en enero un anuncio expreso de posible ocupación militar por parte de Donald Trump.

Con esa mirada geopolítica, la renuncia islandesa a una posible adhesión a la Unión Europea adquiere más importancia y gravedad de lo que a priori parece en un país con la misma población que el distrito madrileño de Carabanchel. Es verdad que esa esquina del mapa sigue siendo más plácida que las otras tres, que son ciertamente intratables. Pero es también la de contornos más imprecisos (considerando el creciente interés ruso y chino por el Ártico o el cambio tectónico que supone el que EEUU haya dejado de ser confiable) y, sobre todo, la única de las cuatro donde la Unión Europea no tiene presencia directa. No es solo Islandia. Tampoco Noruega, ni las islas danesas de Feroe y Groenlandia, ni por supuesto el Reino Unido forman hoy parte del bloque comunitario. Así que un resultado afirmativo en el referéndum habría reforzado la proyección europea en la parte más septentrional del Atlántico y tal vez animado a que el resto de los mencionados territorios siguieran esa estela de acercamiento a Bruselas. Desde esta lógica, el desenlace es muy negativo.

Pero no es solo el flanco de la política exterior y de seguridad común el que sale muy tocado de esta votación. También sufre mucho el propio relato del proyecto de integración, que parece fuerte solo en la mitad de la población más urbana, ilustrada, liberal y joven. Ha sido, además, en ese amplio espacio que queda arriba a la izquierda en los mapas donde la UE ha cosechado más rechazos populares: dos veces en Noruega, el Brexit, ahora en Islandia, en su día Groenlandia; incluso en Irlanda y Dinamarca, que sí son Estados miembros, pero obligaron a cambiar los últimos tratados. Habrá analistas euroescépticos que interpreten -equivocándose con una falacia ecológica— que existe una relación inversa entre el apoyo a la unidad europea y el cuadrante del continente con las democracias más avanzadas. Pero también será una conclusión equivocada, y de peores consecuencias, si los europeístas no advierten que el proceso solo puede avanzar si no aliena a los menos cosmopolitas, educados y progresistas.

Ignacio Molina es profesor de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid e investigador principal en el Real Instituto Elcano

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