El circuito de Madrid se estrena con el enésimo destello de un futuro ídolo de la Fórmula 1. Kimi Antonelli vence en Madring en una carrera que llevaba el apellido de Norris colgado de la espalda y en la que no hubo adelantamientos. La expectación que generó el gran premio en su preámbulo con todos los aditivos externos se rebajó mucho con la ausencia de adelantamientos, la sal de este deporte. Fue una prueba estratégica, de posición, de cálculos de los ingenieros y en la que faltaron peleas cuerpo a cuerpo más allá del habitual berenjenal de las salidas y las primeras curvas. No es fácil rebasar a un rival en Madring, quedó claro. Antonelli lleva el viento de cara y suma su octava victoria del curso, lanzado hacia su primer título con veinte años.Para Fernando Alonso y Carlos Sainz queda la agria sensación de no poder lucirse ante un público que acudió a adorarlos. El asturiano fue penúltimo, 17 de 18 que acabaron, y el madrileño se retiró cuando era el farolillo rojo.Suena el himno de Italia al noreste de Madrid, Antonelli se pone la mano derecha en el corazón y su padre entona con fuerza el ‘Fratelli d’Italia’, emocionado el hombre que le puso el nombre de Kimi por su adicción a Raikkonen y al automovilismo.La ciudad sigue con su vida, buena tarde de domingo, paseos con niños por el Parque Juan Carlos I o el Juan Pablo II, gente haciendo footing por su recorrido habitual en zonas verdes y amplias del barrio o esperando a amistades en el cercano Palacio de Hielo. Y un par de manzanas más allá, la Fórmula 1.Un paraje alucinante que nadie podía imaginar hace muchas lunas. Ese circuito perfilado, agrupado en un entorno sostenible, enorme trabajo realizado por los organizadores… Un gran premio distinto, con una curva icónica, feria de ocio y esparcimiento, actividades constantes, vida y color por cualquier agujero, gente guapa de postureo, cita que nadie se quiere perder.Todo el envoltorio que satisface al personal, público, pilotos, organizadores y que queda rebajado por una carrera tirando a aburrida, sin adelantamientos, un Mónaco de estrategia y cerrojazo sin la historia y el pedigrí de la leyenda en Montecarlo. El circuito no admite adelantamientos, no al menos según el manual que mostraron los pilotos, panteras que se lanzan a la yugular a la mínima ocasión en cualquier selva. Está genial el gran premio, hay emoción los sábados con las figuras lanzadas a una vuelta y el riesgo de accidente por los muros, pero el domingo no fue brillante.Y eso que a todos los españoles presentes en Madring les embargaba la emoción y ese punto de orgullo de las cosas bien hechas, tan lejos de aquellas chanzas chapuceras que apuntaban hace muchos lustros a los españoles. Fue emocionante la previa de la carrera, con Alonso y Sainz parados en La Monumental hablando al público, lanzando camisetas y agradeciendo el apoyo pese a que no había ningún milagro preparado para compensarlos. Williams y Aston Martin están en el pozo.Emoción, orgullo, sentimiento y honor en un deporte que muchas veces se acerca más al algoritmo y la matemática. Pero la realidad es que la carrera se decantó en dos momentos: la salida y la entrada a boxes de Norris con el coche de seguridad virtual. Algún foco de intensidad, ese pique entre Alonso y Sainz en una lucha feroz, la retirada de Hamilton sin frenos, y poco más. Mucho protagonismo para los ingenieros, las tácticas, las paradas, los segundos en el pit… Carrera táctica, ‘catenaccio’, 0-0 en el fútbol.Antonelli se salta dos chicanes en la primera vuelta y, chico listo, devuelve la posición antes de que le penalicen o se monte el lío. Con ese paso atrás garantiza su segunda posición y la opción de pelear por el triunfo.El gran premio gira hacia Lando Norris, gran ritmo, cero errores y mucha pulcritud en la conducción sin rozar en los muros. Hizo la pole por algo y marca las vueltas más rápidas en carrera.Hamilton anticipa su retirada, cuando pugna por el podio. «No tengo frenos», dice antes de abandonar. Alonso se enfada con Carlos Sainz, que no le deja espacio en el único punto donde en teoría se puede adelantar, la frenada de la curva 5. «Me ha apretado contra el muro -protesta el asturiano- Y en la salida lo mismo, casi choca con dos coches». No hay amigos, solo rivales en una carrera de F1.Con el alerón delantero dañado por el toque, Alonso pierde su ritmo. Tampoco iba a ganar la carrera ni sumar puntos, se dirige hacia las profundidades de la clasificación. A Sainz lo sancionan, cinco segundos, y es último. No quiere eso para su estreno en Madring, embajador del circuito. Abandona.Un coche de seguridad virtual (VSC) por retirada de Stroll provoca el desastre en McLaren. Norris entra a cambiar ruedas cuando el VSC se marcha, error que lo expulsa del liderato (más una parada de 7 segundos) y lo manda a la quinta plaza.La prueba queda al mando de Leclerc, que tiene una parada obligatoria en boxes y la estira lo que puede en busca de un coche de seguridad o bandera roja salvadora. El percance no llega, nadie se estrella, parece increíble, y tampoco pasa nada en la carrera. Antonelli se prepara para cazar el rebote. Puede ser la suerte del campeón el fallo de McLaren, pero el adolescente italiano siempre está ahí, cerca del éxito, al contrario que su compañero Russell, pasajero del mismo Mercedes pero ofuscado con la táctica. «No sé por qué hemos parado», se queja.Leclerc cambia ruedas en la vuelta 49 de 57 y Antonelli accede al poder. Son ocho vueltas contrarreloj, de clasificación, a tope, tres pilotos muy próximos en menos de dos segundos. Pero no hay lugar para adelantar, la recta de meta es muy corta, 22 curvas la mayoría enlazadas, los pilotos no lo intentan. No hay manera. Gana Antonelli, con Verstappen y Norris a la espalda. El circuito de Madrid se estrena con el enésimo destello de un futuro ídolo de la Fórmula 1. Kimi Antonelli vence en Madring en una carrera que llevaba el apellido de Norris colgado de la espalda y en la que no hubo adelantamientos. La expectación que generó el gran premio en su preámbulo con todos los aditivos externos se rebajó mucho con la ausencia de adelantamientos, la sal de este deporte. Fue una prueba estratégica, de posición, de cálculos de los ingenieros y en la que faltaron peleas cuerpo a cuerpo más allá del habitual berenjenal de las salidas y las primeras curvas. No es fácil rebasar a un rival en Madring, quedó claro. Antonelli lleva el viento de cara y suma su octava victoria del curso, lanzado hacia su primer título con veinte años.Para Fernando Alonso y Carlos Sainz queda la agria sensación de no poder lucirse ante un público que acudió a adorarlos. El asturiano fue penúltimo, 17 de 18 que acabaron, y el madrileño se retiró cuando era el farolillo rojo.Suena el himno de Italia al noreste de Madrid, Antonelli se pone la mano derecha en el corazón y su padre entona con fuerza el ‘Fratelli d’Italia’, emocionado el hombre que le puso el nombre de Kimi por su adicción a Raikkonen y al automovilismo.La ciudad sigue con su vida, buena tarde de domingo, paseos con niños por el Parque Juan Carlos I o el Juan Pablo II, gente haciendo footing por su recorrido habitual en zonas verdes y amplias del barrio o esperando a amistades en el cercano Palacio de Hielo. Y un par de manzanas más allá, la Fórmula 1.Un paraje alucinante que nadie podía imaginar hace muchas lunas. Ese circuito perfilado, agrupado en un entorno sostenible, enorme trabajo realizado por los organizadores… Un gran premio distinto, con una curva icónica, feria de ocio y esparcimiento, actividades constantes, vida y color por cualquier agujero, gente guapa de postureo, cita que nadie se quiere perder.Todo el envoltorio que satisface al personal, público, pilotos, organizadores y que queda rebajado por una carrera tirando a aburrida, sin adelantamientos, un Mónaco de estrategia y cerrojazo sin la historia y el pedigrí de la leyenda en Montecarlo. El circuito no admite adelantamientos, no al menos según el manual que mostraron los pilotos, panteras que se lanzan a la yugular a la mínima ocasión en cualquier selva. Está genial el gran premio, hay emoción los sábados con las figuras lanzadas a una vuelta y el riesgo de accidente por los muros, pero el domingo no fue brillante.Y eso que a todos los españoles presentes en Madring les embargaba la emoción y ese punto de orgullo de las cosas bien hechas, tan lejos de aquellas chanzas chapuceras que apuntaban hace muchos lustros a los españoles. Fue emocionante la previa de la carrera, con Alonso y Sainz parados en La Monumental hablando al público, lanzando camisetas y agradeciendo el apoyo pese a que no había ningún milagro preparado para compensarlos. Williams y Aston Martin están en el pozo.Emoción, orgullo, sentimiento y honor en un deporte que muchas veces se acerca más al algoritmo y la matemática. Pero la realidad es que la carrera se decantó en dos momentos: la salida y la entrada a boxes de Norris con el coche de seguridad virtual. Algún foco de intensidad, ese pique entre Alonso y Sainz en una lucha feroz, la retirada de Hamilton sin frenos, y poco más. Mucho protagonismo para los ingenieros, las tácticas, las paradas, los segundos en el pit… Carrera táctica, ‘catenaccio’, 0-0 en el fútbol.Antonelli se salta dos chicanes en la primera vuelta y, chico listo, devuelve la posición antes de que le penalicen o se monte el lío. Con ese paso atrás garantiza su segunda posición y la opción de pelear por el triunfo.El gran premio gira hacia Lando Norris, gran ritmo, cero errores y mucha pulcritud en la conducción sin rozar en los muros. Hizo la pole por algo y marca las vueltas más rápidas en carrera.Hamilton anticipa su retirada, cuando pugna por el podio. «No tengo frenos», dice antes de abandonar. Alonso se enfada con Carlos Sainz, que no le deja espacio en el único punto donde en teoría se puede adelantar, la frenada de la curva 5. «Me ha apretado contra el muro -protesta el asturiano- Y en la salida lo mismo, casi choca con dos coches». No hay amigos, solo rivales en una carrera de F1.Con el alerón delantero dañado por el toque, Alonso pierde su ritmo. Tampoco iba a ganar la carrera ni sumar puntos, se dirige hacia las profundidades de la clasificación. A Sainz lo sancionan, cinco segundos, y es último. No quiere eso para su estreno en Madring, embajador del circuito. Abandona.Un coche de seguridad virtual (VSC) por retirada de Stroll provoca el desastre en McLaren. Norris entra a cambiar ruedas cuando el VSC se marcha, error que lo expulsa del liderato (más una parada de 7 segundos) y lo manda a la quinta plaza.La prueba queda al mando de Leclerc, que tiene una parada obligatoria en boxes y la estira lo que puede en busca de un coche de seguridad o bandera roja salvadora. El percance no llega, nadie se estrella, parece increíble, y tampoco pasa nada en la carrera. Antonelli se prepara para cazar el rebote. Puede ser la suerte del campeón el fallo de McLaren, pero el adolescente italiano siempre está ahí, cerca del éxito, al contrario que su compañero Russell, pasajero del mismo Mercedes pero ofuscado con la táctica. «No sé por qué hemos parado», se queja.Leclerc cambia ruedas en la vuelta 49 de 57 y Antonelli accede al poder. Son ocho vueltas contrarreloj, de clasificación, a tope, tres pilotos muy próximos en menos de dos segundos. Pero no hay lugar para adelantar, la recta de meta es muy corta, 22 curvas la mayoría enlazadas, los pilotos no lo intentan. No hay manera. Gana Antonelli, con Verstappen y Norris a la espalda.
El circuito de Madrid se estrena con el enésimo destello de un futuro ídolo de la Fórmula 1. Kimi Antonelli vence en Madring en una carrera que llevaba el apellido de Norris colgado de la espalda y en la que no hubo adelantamientos. La … expectación que generó el gran premio en su preámbulo con todos los aditivos externos se rebajó mucho con la ausencia de adelantamientos, la sal de este deporte.
Fue una prueba estratégica, de posición, de cálculos de los ingenieros y en la que faltaron peleas cuerpo a cuerpo más allá del habitual berenjenal de las salidas y las primeras curvas. No es fácil rebasar a un rival en Madring, quedó claro. Antonelli lleva el viento de cara y suma su octava victoria del curso, lanzado hacia su primer título con veinte años.
Para Fernando Alonso y Carlos Sainz queda la agria sensación de no poder lucirse ante un público que acudió a adorarlos. El asturiano fue penúltimo, 17 de 18 que acabaron, y el madrileño se retiró cuando era el farolillo rojo.
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Fórmula 1 en Madrid
José Carlos Carabias
Suena el himno de Italia al noreste de Madrid, Antonelli se pone la mano derecha en el corazón y su padre entona con fuerza el ‘Fratelli d’Italia’, emocionado el hombre que le puso el nombre de Kimi por su adicción a Raikkonen y al automovilismo.
La ciudad sigue con su vida, buena tarde de domingo, paseos con niños por el Parque Juan Carlos I o el Juan Pablo II, gente haciendo footing por su recorrido habitual en zonas verdes y amplias del barrio o esperando a amistades en el cercano Palacio de Hielo. Y un par de manzanas más allá, la Fórmula 1.
Un paraje alucinante que nadie podía imaginar hace muchas lunas. Ese circuito perfilado, agrupado en un entorno sostenible, enorme trabajo realizado por los organizadores… Un gran premio distinto, con una curva icónica, feria de ocio y esparcimiento, actividades constantes, vida y color por cualquier agujero, gente guapa de postureo, cita que nadie se quiere perder.
Todo el envoltorio que satisface al personal, público, pilotos, organizadores y que queda rebajado por una carrera tirando a aburrida, sin adelantamientos, un Mónaco de estrategia y cerrojazo sin la historia y el pedigrí de la leyenda en Montecarlo.
El circuito no admite adelantamientos, no al menos según el manual que mostraron los pilotos, panteras que se lanzan a la yugular a la mínima ocasión en cualquier selva. Está genial el gran premio, hay emoción los sábados con las figuras lanzadas a una vuelta y el riesgo de accidente por los muros, pero el domingo no fue brillante.
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Fórmula 1
Javier Asprón
Y eso que a todos los españoles presentes en Madring les embargaba la emoción y ese punto de orgullo de las cosas bien hechas, tan lejos de aquellas chanzas chapuceras que apuntaban hace muchos lustros a los españoles. Fue emocionante la previa de la carrera, con Alonso y Sainz parados en La Monumental hablando al público, lanzando camisetas y agradeciendo el apoyo pese a que no había ningún milagro preparado para compensarlos. Williams y Aston Martin están en el pozo.
Emoción, orgullo, sentimiento y honor en un deporte que muchas veces se acerca más al algoritmo y la matemática. Pero la realidad es que la carrera se decantó en dos momentos: la salida y la entrada a boxes de Norris con el coche de seguridad virtual. Algún foco de intensidad, ese pique entre Alonso y Sainz en una lucha feroz, la retirada de Hamilton sin frenos, y poco más. Mucho protagonismo para los ingenieros, las tácticas, las paradas, los segundos en el pit… Carrera táctica, ‘catenaccio’, 0-0 en el fútbol.
Antonelli se salta dos chicanes en la primera vuelta y, chico listo, devuelve la posición antes de que le penalicen o se monte el lío. Con ese paso atrás garantiza su segunda posición y la opción de pelear por el triunfo.
El gran premio gira hacia Lando Norris, gran ritmo, cero errores y mucha pulcritud en la conducción sin rozar en los muros. Hizo la pole por algo y marca las vueltas más rápidas en carrera.
Hamilton anticipa su retirada, cuando pugna por el podio. «No tengo frenos», dice antes de abandonar. Alonso se enfada con Carlos Sainz, que no le deja espacio en el único punto donde en teoría se puede adelantar, la frenada de la curva 5. «Me ha apretado contra el muro -protesta el asturiano- Y en la salida lo mismo, casi choca con dos coches». No hay amigos, solo rivales en una carrera de F1.
Con el alerón delantero dañado por el toque, Alonso pierde su ritmo. Tampoco iba a ganar la carrera ni sumar puntos, se dirige hacia las profundidades de la clasificación. A Sainz lo sancionan, cinco segundos, y es último. No quiere eso para su estreno en Madring, embajador del circuito. Abandona.
Un coche de seguridad virtual (VSC) por retirada de Stroll provoca el desastre en McLaren. Norris entra a cambiar ruedas cuando el VSC se marcha, error que lo expulsa del liderato (más una parada de 7 segundos) y lo manda a la quinta plaza.
La prueba queda al mando de Leclerc, que tiene una parada obligatoria en boxes y la estira lo que puede en busca de un coche de seguridad o bandera roja salvadora. El percance no llega, nadie se estrella, parece increíble, y tampoco pasa nada en la carrera.
Antonelli se prepara para cazar el rebote. Puede ser la suerte del campeón el fallo de McLaren, pero el adolescente italiano siempre está ahí, cerca del éxito, al contrario que su compañero Russell, pasajero del mismo Mercedes pero ofuscado con la táctica. «No sé por qué hemos parado», se queja.
Leclerc cambia ruedas en la vuelta 49 de 57 y Antonelli accede al poder. Son ocho vueltas contrarreloj, de clasificación, a tope, tres pilotos muy próximos en menos de dos segundos. Pero no hay lugar para adelantar, la recta de meta es muy corta, 22 curvas la mayoría enlazadas, los pilotos no lo intentan. No hay manera. Gana Antonelli, con Verstappen y Norris a la espalda.
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