La actitud de frontera ya no explora continentes: explora la inteligencia; la nueva frontera tecnológica conduce, paradójicamente, a los interrogantes más antiguos de Occidente Leer La actitud de frontera ya no explora continentes: explora la inteligencia; la nueva frontera tecnológica conduce, paradójicamente, a los interrogantes más antiguos de Occidente Leer
Con Ulises de plena actualidad gracias a la película de Christopher Nolan, asistimos a un reverdecer del héroe homérico, y su significado hoy. Ese enfrentar el horizonte como invitación a ultrapasarlo -que constituye el hilo conductor de La Odisea– me ha acompañado en la lectura de The Infinity Machine: Demis Hassabis, DeepMind, and the Quest for Superintelligence, la espléndida biografía escrita por Sebastian Mallaby sobre el cofundador de DeepMind, figura señera de la inteligencia artificial. El libro cuenta su extraordinaria historia; pero, además, retrata una forma de mirar el mundo. Hassabis pasa del ajedrez a los videojuegos, de éstos a la neurociencia y de allí a la inteligencia artificial con una naturalidad desconcertante. No porque vaya cambiando de intereses, sino porque persigue siempre las mismas preguntas. ¿Cómo funciona la mente? ¿Qué hay detrás de lo que todavía no comprendemos? ¿Dónde se encuentra hoy la frontera del conocimiento? No le interesa una disciplina concreta; busca los engranajes profundos que hacen posible el entendimiento mismo. Mallaby no marca énfasis en los éxitos tecnológicos, resalta una rara coherencia intelectual: la fidelidad durante toda una vida al desarrollo investigador.
Mientras avanzaba en la lectura volvía una y otra vez a Ulises.
La Odisea no es simplemente el relato de un regreso. Si Ítaca da sentido al viaje, el poema existe porque entre la partida y el regreso se abre un mundo que merece ser explorado. Ulises nunca pierde de vista su hogar, por eso puede adentrarse en lo incógnito. Tiene su anclaje en Ítaca, pero su vocación le arrastra a ensanchar el horizonte. Quizá ahí resida uno de los rasgos más característicos de Occidente.
No es solo curiosidad. Ni siquiera anhelo de superar escollos, de innovar. Es una comezón enraizada en la convicción fundante del espíritu científico: que el saber dilata la envergadura de la existencia. Esa disposición hunde sus raíces en la tradición intelectual griega y encuentra en la Ilustración una de sus formulaciones más ambiciosas. La razón no aparece como ejercicio abstracto, sino como medio de emancipación. Comprender para transformar. Descubrir para ampliar la libertad. En esta corriente forjadora de Occidente, la idea misma de progreso descansa sobre esa confianza: que se puede ir siempre más allá y, en el proceso, mejorar la humanidad en marcha. No es una confianza ingenua. Es una filosofía de la Historia. El progreso no está garantizado, pero sí es concebible, y la Historia avanza porque el permanente reto de la razón -junto con la libertad- permiten expandir el conocimiento, corregir errores y construir un mundo mejor que el heredado.
De Grecia al orden internacional nacido tras la Segunda Guerra Mundial, pasando por la Ilustración, los grandes descubrimientos y la revolución científica, Occidente ha vivido bajo el signo de la frontera. Siempre ha existido un nuevo territorio por cartografiar, una nueva enfermedad por vencer, una nueva teoría por formular, una nueva generación llamada a vivir mejor que la anterior. La frontera era un planteamiento sobre la condición humana. En algún momento, sin embargo, ese imaginario cambió. A partir de los años setenta del pasado siglo -el primer informe del Club de Roma simboliza ese giro-, la metáfora dominante dejó de ser la frontera para convertirse en el límite. Ya no era un planeta por desvelar, sino un planeta a preservar; se alteró nuestra relación con el progreso. Dejamos de pensar en términos de confines abiertos para acostumbrarnos a pensar en términos de contención.
Quizá por eso la inteligencia artificial nos desconcierta tanto. Nos sitúa frente a un universo vertiginoso cuando nuestras categorías mentales siguen organizadas alrededor de los límites. Ya no exploramos continentes; exploramos el entendimiento, el lenguaje, la vida, la conciencia. La cartografía no ha desaparecido. Se ha desplazado a la mente, a la esencia y a las barreras de lo humano. En cuanto al explorador, forma ahora parte del espacio que intenta balizar; y esta indagación del futuro acaba devolviéndonos a los interrogantes que acompañan a Occidente desde sus orígenes intelectuales. La terra ignota tecnológica desemboca, paradójicamente, en la frontera más antigua de todas: la del conocimiento de nosotros mismos.
Ésa es, probablemente, la intuición más valiosa que transmite el libro. Hassabis no aparece únicamente como científico brillante o empresario visionario. Aparece como explorador. Mallaby comprende que la aventura de DeepMind no empieza como empresa, sino como obsesión intelectual. Por eso su obra termina siendo mucho más que la biografía del éxito de un individuo; es el relato de una búsqueda que muda de instrumentos sin abandonar nunca su propósito. En otro tiempo, la inquietud de Hassabis podría haberle conducido a recorrer los océanos. Hoy el reto le lleva a navegar por la inteligencia. Cambian los cauces; permanece intacta la disposición.
Desde niño, Hassabis parece considerar cada logro como acceso a una pregunta más difícil. El ajedrez lo encamina a reflexionar sobre las reglas de la inteligencia; los videojuegos a la construcción de mundos alternativos y la capacidad de aprender dentro de ellos; la neurociencia lo introduce en los mecanismos de la memoria y la imaginación; la inteligencia artificial lo ilumina en la posibilidad de reunir esas búsquedas. Sin olvidar que fue galardonado en 2024 con el premio Nobel de química. Aparentemente pasa de una materia a otra; agota un campo y se lanza a otro. No es así; persigue, bajo formas distintas, un mismo horizonte.
Henry Kissinger advirtió, con la clarividencia suya tan particular, que la inteligencia artificial planteaba un problema para el que la filosofía dominante no estaba preparada. Y sí, durante décadas dimos por supuesto que el futuro hablaría el lenguaje de la ciencia. Está ocurriendo algo más complejo. Cuanto más avanzan las máquinas, más urgente resulta volver a interrogarnos sobre aquello que nos distingue de ellas: comprender, imaginar, juzgar, crear o asumir responsabilidades. La cuestión no radica en regular una tecnología nueva. Consiste en preguntarnos qué ontología puede orientar una civilización que ha descubierto los límites físicos del planeta sin renunciar a las fronteras abiertas del conocimiento. Ésa podría ser la gran tarea intelectual de nuestro tiempo. No elegir entre límites y fronteras, sino reconciliar los límites del mundo con una cosmovisión que hizo del conocimiento superador de fronteras el fundamento de su idea de progreso.
Y acaso por eso el libro de Mallaby termina llevándonos más allá de la inteligencia artificial. Nos recuerda que lo técnico evoluciona, mientras las grandes preguntas permanecen. Cambian las herramientas. Cambian los escenarios. Pero se mantiene intacta la actitud de frontera que impulsó el periplo de Ulises.
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