Queda lejos aquel arranque espectacular de Marcelo Bielsa al frente de la selección de Uruguay en el otoño de 2023 con aquellas victorias ante Brasil y, sobre todo, ante Argentina en La Bombonera. Queda lejos este párrafo de ‘El País’, el principal periódico de Montevideo. «El Uruguay de Marcelo Bielsa no sólo es un deleite a los ojos en cada partido, sino que además logra los resultados, y a la vista están los números del entrenador al frente de la selección. Es que, desde la llegada de rosarino de 68 años a la conducción de la Celeste, todo cambió. Atrás quedó el Mundial de Catar 2022 y la ilusión se renovó de cara a la Copa del Mundo 2026». Menos de tres años después, precisamente en esa Copa del Mundo que se veía como una bella oportunidad en el horizonte, la historia se escribe a la inversa. Así se despachaba el lunes en su crónica el diario ‘El Observador’ tras el empate a dos de los charrúas ante Cabo Verde. «Uruguay fue la sucursal del infierno, el desmoronamiento de una ilusión falsa y el imperio de lo efímero».¿Qué ha ocurrido para que la Celeste sea una de las decepciones del Mundial tras sus empates con Arabia Saudí y Cabo Verde? ¿Cómo puede ser que, en un grupo tan fácil como el H, pueda caer eliminada a las primeras de cambio si pierde el sábado contra España? Hay una respuesta que se impone si uno analiza la trayectoria de Uruguay desde la llegada de Bielsa. Es la de un lento declive que arranca un año después, tras la Copa América de 2024. Los charrúas llegaron a aquel torneo en un estado magnífico. Eran un equipo de Bielsa en estado puro y todos sus rivales querían evitarlo como la peste; sin duda, uno de los grandes favoritos al título. Su paso hasta las semifinales, eliminando a Brasil en cuartos en los penaltis, no pudo ser más firme. Sin embargo, Uruguay cayó en las semifinales ante Colombia, otra de las favoritas. Un gol de Jefferson Lerma en el minuto 40 tras un córner sacado por James Rodríguez dio la victoria a los cafeteros. No tuvo suerte la Celeste en aquel partido disputado en Charlotte (Carolina del Norte). Perdió a Betancur por lesión en el minuto 35 y, en un toma y daca trepidante, no acertó en sus ocasiones. En una de las más claras, Luis Suárez, que salió en la segunda parte, mandó un balón al poste. El caso es que Uruguay tuvo que resignarse a jugar el partido por el tercer y cuarto puesto, donde se impuso a Canadá a los penaltis. En principio, no había razones para pensar que aquella decepción podía suponer algo más que una gran ilusión perdida. Pero sí las había. Lo que ocurre es que estaban escondidas: la relación de varios jugadores con su seleccionador se había deteriorado. Un mar de fondo peligroso comenzaba a alterar el vestuario de la cuádruple campeona del mundo. Cinco meses después de aquella Copa América, Uruguay estalló con unas declaraciones incendiarias de Luis Suárez contra Bielsa. Le acusaba, básicamente, de maltrato a los futbolistas. Las palabras del exjugador del Barça, entonces en el Inter de Miami y suplente con su selección, fueron ventajistas e inoportunas. Las hizo cuando, ya en los primeros partidos de clasificación para el Mundial 2026, sus compañeros entraron en una crisis de resultados con tres empates a cero contra Paraguay, Venezuela y Ecuador, y una derrota contra Perú. Ahora bien, nadie discute que evidenciaban el deterioro que se vivía en ese vestuario.No había la armonía necesaria con el entrenador; un técnico muy peculiar, visionario, genial y obsesivo en su trabajo, un hombre que vive en su mundo, que habla desde la distancia, como dicen muchos jugadores que ha tenido a su mando, y cuya exigencia es enorme. Pocos entrenadores enseñan más a un jugador que Bielsa, pero pocos le desgastan tanto. Él mismo no ha dudado en definirse como «una persona tóxica». Y en el plantel de una selección grande como la uruguaya la convivencia puede acabar siendo muy problemática si los resultados no acompañan y atemperan las hostilidades internas. Y esto es lo que empezó a pasar en la Celeste, que fue perdiendo brillo y acabó certificando la clasificación para el Mundial en la última jornada con una victoria ante Perú en el estadio del Centenario. Coincidiendo con todo ello, la conversación sobre Marcelo Bielsa comenzó a girar mucho más sobre sus extravagancias que sobre su aportación al fútbol. A nadie se le ocurrió, por ejemplo, destacar la manera en que el estilo de fútbol del rosarino -presión alta agobiante, ritmo frenético, ataques en manada y marcajes individuales- impregnó el inolvidable duelo entre el PSG y el Bayern en el Parque de los Príncipes. Fin de cicloLas grandes ilusiones creadas en el primer año de Bielsa se desvanecieron sin remedio. Uruguay estaba lejos de poder aspirar a algo realmente grande en el Mundial 2026. En realidad, pensaron muchos, el equipo no daba para tanto como había aparecido en aquellos primeros meses locos con el ‘Loco’ en los que hasta la pérdida de Cavani y la decadencia de Luis Suárez parecieron un problema menor. Era un buen equipo, sin duda, pero con escaso fondo de armario y una falta de gol preocupante. Darwin Núñez, el delantero llamado a sustituir a Forlán, Cavani y Luis Suárez, lleva desde 2024 sin marcar con su selección y, con sólo 26 años, ha pasado de jugar en el Liverpool a hacerlo en el Al-Hilal. Con eso está dicho todo. Si quería competir en este Mundial, en fin, Uruguay necesitaba a sus mejores jugadores en buena forma. El resto lo haría el espíritu guerrero propio de los charrúas. El problema es que ha llegado justo al revés, con un buen número de futbolistas en mal estado. Giménez está entre algodones y no jugó contra Cabo Verde; Araujo se tuvo que ir a Barcelona a tratarse de una lesión en plena concentración; Matías Viña sale de una lesión que le impidió jugar la final del Torneo de Apertura con River y no está en forma; De Arrascaeta fue incluido en la convocatoria pero no está para jugar, y Darwin Núñez viene de estar cinco meses sin jugar en su equipo saudí… El caso es que Uruguay es incapaz de rendir, como si cargara con un lastre excesivo. Bielsa hace pruebas -Valverde ha actuado ya en tres posiciones-, pero no encuentra la manera de salir del laberinto. Y sufre. Le pasó en su segunda temporada en el Athletic. Ocurre, sencillamente, que su equipo es incapaz de ofrecer el fútbol que él le propone. Como dijo el lunes el periodista Diego Chavo Fucks, el ideal de Bielsa «no se hace carne» en este equipo uruguayo. Lo que parece encarnar más, ciertamente, es un fin de ciclo. Queda lejos aquel arranque espectacular de Marcelo Bielsa al frente de la selección de Uruguay en el otoño de 2023 con aquellas victorias ante Brasil y, sobre todo, ante Argentina en La Bombonera. Queda lejos este párrafo de ‘El País’, el principal periódico de Montevideo. «El Uruguay de Marcelo Bielsa no sólo es un deleite a los ojos en cada partido, sino que además logra los resultados, y a la vista están los números del entrenador al frente de la selección. Es que, desde la llegada de rosarino de 68 años a la conducción de la Celeste, todo cambió. Atrás quedó el Mundial de Catar 2022 y la ilusión se renovó de cara a la Copa del Mundo 2026». Menos de tres años después, precisamente en esa Copa del Mundo que se veía como una bella oportunidad en el horizonte, la historia se escribe a la inversa. Así se despachaba el lunes en su crónica el diario ‘El Observador’ tras el empate a dos de los charrúas ante Cabo Verde. «Uruguay fue la sucursal del infierno, el desmoronamiento de una ilusión falsa y el imperio de lo efímero».¿Qué ha ocurrido para que la Celeste sea una de las decepciones del Mundial tras sus empates con Arabia Saudí y Cabo Verde? ¿Cómo puede ser que, en un grupo tan fácil como el H, pueda caer eliminada a las primeras de cambio si pierde el sábado contra España? Hay una respuesta que se impone si uno analiza la trayectoria de Uruguay desde la llegada de Bielsa. Es la de un lento declive que arranca un año después, tras la Copa América de 2024. Los charrúas llegaron a aquel torneo en un estado magnífico. Eran un equipo de Bielsa en estado puro y todos sus rivales querían evitarlo como la peste; sin duda, uno de los grandes favoritos al título. Su paso hasta las semifinales, eliminando a Brasil en cuartos en los penaltis, no pudo ser más firme. Sin embargo, Uruguay cayó en las semifinales ante Colombia, otra de las favoritas. Un gol de Jefferson Lerma en el minuto 40 tras un córner sacado por James Rodríguez dio la victoria a los cafeteros. No tuvo suerte la Celeste en aquel partido disputado en Charlotte (Carolina del Norte). Perdió a Betancur por lesión en el minuto 35 y, en un toma y daca trepidante, no acertó en sus ocasiones. En una de las más claras, Luis Suárez, que salió en la segunda parte, mandó un balón al poste. El caso es que Uruguay tuvo que resignarse a jugar el partido por el tercer y cuarto puesto, donde se impuso a Canadá a los penaltis. En principio, no había razones para pensar que aquella decepción podía suponer algo más que una gran ilusión perdida. Pero sí las había. Lo que ocurre es que estaban escondidas: la relación de varios jugadores con su seleccionador se había deteriorado. Un mar de fondo peligroso comenzaba a alterar el vestuario de la cuádruple campeona del mundo. Cinco meses después de aquella Copa América, Uruguay estalló con unas declaraciones incendiarias de Luis Suárez contra Bielsa. Le acusaba, básicamente, de maltrato a los futbolistas. Las palabras del exjugador del Barça, entonces en el Inter de Miami y suplente con su selección, fueron ventajistas e inoportunas. Las hizo cuando, ya en los primeros partidos de clasificación para el Mundial 2026, sus compañeros entraron en una crisis de resultados con tres empates a cero contra Paraguay, Venezuela y Ecuador, y una derrota contra Perú. Ahora bien, nadie discute que evidenciaban el deterioro que se vivía en ese vestuario.No había la armonía necesaria con el entrenador; un técnico muy peculiar, visionario, genial y obsesivo en su trabajo, un hombre que vive en su mundo, que habla desde la distancia, como dicen muchos jugadores que ha tenido a su mando, y cuya exigencia es enorme. Pocos entrenadores enseñan más a un jugador que Bielsa, pero pocos le desgastan tanto. Él mismo no ha dudado en definirse como «una persona tóxica». Y en el plantel de una selección grande como la uruguaya la convivencia puede acabar siendo muy problemática si los resultados no acompañan y atemperan las hostilidades internas. Y esto es lo que empezó a pasar en la Celeste, que fue perdiendo brillo y acabó certificando la clasificación para el Mundial en la última jornada con una victoria ante Perú en el estadio del Centenario. Coincidiendo con todo ello, la conversación sobre Marcelo Bielsa comenzó a girar mucho más sobre sus extravagancias que sobre su aportación al fútbol. A nadie se le ocurrió, por ejemplo, destacar la manera en que el estilo de fútbol del rosarino -presión alta agobiante, ritmo frenético, ataques en manada y marcajes individuales- impregnó el inolvidable duelo entre el PSG y el Bayern en el Parque de los Príncipes. Fin de cicloLas grandes ilusiones creadas en el primer año de Bielsa se desvanecieron sin remedio. Uruguay estaba lejos de poder aspirar a algo realmente grande en el Mundial 2026. En realidad, pensaron muchos, el equipo no daba para tanto como había aparecido en aquellos primeros meses locos con el ‘Loco’ en los que hasta la pérdida de Cavani y la decadencia de Luis Suárez parecieron un problema menor. Era un buen equipo, sin duda, pero con escaso fondo de armario y una falta de gol preocupante. Darwin Núñez, el delantero llamado a sustituir a Forlán, Cavani y Luis Suárez, lleva desde 2024 sin marcar con su selección y, con sólo 26 años, ha pasado de jugar en el Liverpool a hacerlo en el Al-Hilal. Con eso está dicho todo. Si quería competir en este Mundial, en fin, Uruguay necesitaba a sus mejores jugadores en buena forma. El resto lo haría el espíritu guerrero propio de los charrúas. El problema es que ha llegado justo al revés, con un buen número de futbolistas en mal estado. Giménez está entre algodones y no jugó contra Cabo Verde; Araujo se tuvo que ir a Barcelona a tratarse de una lesión en plena concentración; Matías Viña sale de una lesión que le impidió jugar la final del Torneo de Apertura con River y no está en forma; De Arrascaeta fue incluido en la convocatoria pero no está para jugar, y Darwin Núñez viene de estar cinco meses sin jugar en su equipo saudí… El caso es que Uruguay es incapaz de rendir, como si cargara con un lastre excesivo. Bielsa hace pruebas -Valverde ha actuado ya en tres posiciones-, pero no encuentra la manera de salir del laberinto. Y sufre. Le pasó en su segunda temporada en el Athletic. Ocurre, sencillamente, que su equipo es incapaz de ofrecer el fútbol que él le propone. Como dijo el lunes el periodista Diego Chavo Fucks, el ideal de Bielsa «no se hace carne» en este equipo uruguayo. Lo que parece encarnar más, ciertamente, es un fin de ciclo.
Queda lejos aquel arranque espectacular de Marcelo Bielsa al frente de la selección de Uruguay en el otoño de 2023 con aquellas victorias ante Brasil y, sobre todo, ante Argentina en La Bombonera. Queda lejos este párrafo de ‘El País’, el principal periódico de Montevideo. « … El Uruguay de Marcelo Bielsa no sólo es un deleite a los ojos en cada partido, sino que además logra los resultados, y a la vista están los números del entrenador al frente de la selección. Es que, desde la llegada de rosarino de 68 años a la conducción de la Celeste, todo cambió. Atrás quedó el Mundial de Catar 2022 y la ilusión se renovó de cara a la Copa del Mundo 2026». Menos de tres años después, precisamente en esa Copa del Mundo que se veía como una bella oportunidad en el horizonte, la historia se escribe a la inversa. Así se despachaba el lunes en su crónica el diario ‘El Observador’ tras el empate a dos de los charrúas ante Cabo Verde. «Uruguay fue la sucursal del infierno, el desmoronamiento de una ilusión falsa y el imperio de lo efímero».
¿Qué ha ocurrido para que la Celeste sea una de las decepciones del Mundial tras sus empates con Arabia Saudí y Cabo Verde? ¿Cómo puede ser que, en un grupo tan fácil como el H, pueda caer eliminada a las primeras de cambio si pierde el sábado contra España? Hay una respuesta que se impone si uno analiza la trayectoria de Uruguay desde la llegada de Bielsa. Es la de un lento declive que arranca un año después, tras la Copa América de 2024. Los charrúas llegaron a aquel torneo en un estado magnífico. Eran un equipo de Bielsa en estado puro y todos sus rivales querían evitarlo como la peste; sin duda, uno de los grandes favoritos al título. Su paso hasta las semifinales, eliminando a Brasil en cuartos en los penaltis, no pudo ser más firme. Sin embargo, Uruguay cayó en las semifinales ante Colombia, otra de las favoritas. Un gol de Jefferson Lerma en el minuto 40 tras un córner sacado por James Rodríguez dio la victoria a los cafeteros.
No tuvo suerte la Celeste en aquel partido disputado en Charlotte (Carolina del Norte). Perdió a Betancur por lesión en el minuto 35 y, en un toma y daca trepidante, no acertó en sus ocasiones. En una de las más claras, Luis Suárez, que salió en la segunda parte, mandó un balón al poste. El caso es que Uruguay tuvo que resignarse a jugar el partido por el tercer y cuarto puesto, donde se impuso a Canadá a los penaltis. En principio, no había razones para pensar que aquella decepción podía suponer algo más que una gran ilusión perdida. Pero sí las había. Lo que ocurre es que estaban escondidas: la relación de varios jugadores con su seleccionador se había deteriorado. Un mar de fondo peligroso comenzaba a alterar el vestuario de la cuádruple campeona del mundo.
Cinco meses después de aquella Copa América, Uruguay estalló con unas declaraciones incendiarias de Luis Suárez contra Bielsa. Le acusaba, básicamente, de maltrato a los futbolistas. Las palabras del exjugador del Barça, entonces en el Inter de Miami y suplente con su selección, fueron ventajistas e inoportunas. Las hizo cuando, ya en los primeros partidos de clasificación para el Mundial 2026, sus compañeros entraron en una crisis de resultados con tres empates a cero contra Paraguay, Venezuela y Ecuador, y una derrota contra Perú. Ahora bien, nadie discute que evidenciaban el deterioro que se vivía en ese vestuario.
No había la armonía necesaria con el entrenador; un técnico muy peculiar, visionario, genial y obsesivo en su trabajo, un hombre que vive en su mundo, que habla desde la distancia, como dicen muchos jugadores que ha tenido a su mando, y cuya exigencia es enorme. Pocos entrenadores enseñan más a un jugador que Bielsa, pero pocos le desgastan tanto. Él mismo no ha dudado en definirse como «una persona tóxica». Y en el plantel de una selección grande como la uruguaya la convivencia puede acabar siendo muy problemática si los resultados no acompañan y atemperan las hostilidades internas. Y esto es lo que empezó a pasar en la Celeste, que fue perdiendo brillo y acabó certificando la clasificación para el Mundial en la última jornada con una victoria ante Perú en el estadio del Centenario. Coincidiendo con todo ello, la conversación sobre Marcelo Bielsa comenzó a girar mucho más sobre sus extravagancias que sobre su aportación al fútbol. A nadie se le ocurrió, por ejemplo, destacar la manera en que el estilo de fútbol del rosarino -presión alta agobiante, ritmo frenético, ataques en manada y marcajes individuales- impregnó el inolvidable duelo entre el PSG y el Bayern en el Parque de los Príncipes.
Fin de ciclo
Las grandes ilusiones creadas en el primer año de Bielsa se desvanecieron sin remedio. Uruguay estaba lejos de poder aspirar a algo realmente grande en el Mundial 2026. En realidad, pensaron muchos, el equipo no daba para tanto como había aparecido en aquellos primeros meses locos con el ‘Loco’ en los que hasta la pérdida de Cavani y la decadencia de Luis Suárez parecieron un problema menor. Era un buen equipo, sin duda, pero con escaso fondo de armario y una falta de gol preocupante. Darwin Núñez, el delantero llamado a sustituir a Forlán, Cavani y Luis Suárez, lleva desde 2024 sin marcar con su selección y, con sólo 26 años, ha pasado de jugar en el Liverpool a hacerlo en el Al-Hilal. Con eso está dicho todo.
Si quería competir en este Mundial, en fin, Uruguay necesitaba a sus mejores jugadores en buena forma. El resto lo haría el espíritu guerrero propio de los charrúas. El problema es que ha llegado justo al revés, con un buen número de futbolistas en mal estado. Giménez está entre algodones y no jugó contra Cabo Verde; Araujo se tuvo que ir a Barcelona a tratarse de una lesión en plena concentración; Matías Viña sale de una lesión que le impidió jugar la final del Torneo de Apertura con River y no está en forma; De Arrascaeta fue incluido en la convocatoria pero no está para jugar, y Darwin Núñez viene de estar cinco meses sin jugar en su equipo saudí…
El caso es que Uruguay es incapaz de rendir, como si cargara con un lastre excesivo. Bielsa hace pruebas -Valverde ha actuado ya en tres posiciones-, pero no encuentra la manera de salir del laberinto. Y sufre. Le pasó en su segunda temporada en el Athletic. Ocurre, sencillamente, que su equipo es incapaz de ofrecer el fútbol que él le propone. Como dijo el lunes el periodista Diego Chavo Fucks, el ideal de Bielsa «no se hace carne» en este equipo uruguayo. Lo que parece encarnar más, ciertamente, es un fin de ciclo.
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