Las extinciones masivas son los grandes ‘botones de reinicio’ de la evolución, porque cuando suceden, cambian el mundo para siempre. A lo largo de la tumultuosa historia de nuestro planeta, brutales oleadas de muerte han barrido la superficie terrestre y los océanos una y otra vez, borrando del mapa a innumerables especies y dejando el campo libre para que los supervivientes pudieran reclamar los ecosistemas vacíos. Así fue, por ejemplo, con los dinosaurios, que dejaron el campo libre para los mamíferos , nosotros, cuando hace 66 millones de años un asteroide de 10 km causó su súbita (en la escala de tiempo geológico) extinción. Pero antes de esa, hubo otras. Los científicos, de hecho, reconocen tradicionalmente cinco grandes extinciones masivas en el registro fósil, ‘salpicadas’ entre medias por otros eventos de extinción más limitados. La primera de estas ‘Cinco Grandes’ se pensaba que fue la del Ordovícico Tardío, hace unos 445 millones de años. Sin embargo, un nuevo y revelador estudio acaba de sacudir esta creencia, y sugiere que, en realidad, hemos estado pasando por alto la que fue la primerísima gran hecatombe global de la Tierra. Un apocalipsis biológico muchísimo más desastroso de lo que nadie había imaginado y que sucedió hace 550 millones de años. Es decir, muchísimo antes de los dinosaurios, de los primeros peces e incluso de que las primeras plantas abandonaran el mar para empezar a conquistar la tierra firme.Noticia relacionada general No No El misterio del ‘tercer ojo’: los primeros vertebrados de la Tierra tenían cuatro José Manuel NievesEstamos en el período Ediacárico, una época comprendida entre hace 635 y 538 millones de años. En aquel entonces, los continentes eran inmensos desiertos sin el menor atisbo de vida, pero bajo la superficie del mar, la Tierra albergaba ecosistemas vibrantes, llenos de extrañas criaturas que, a nuestros ojos, parecerían extraterrestres.Gran parte de la vida en los mares ediacáricos, de hecho, estaba dominada por organismos de cuerpos blandos, de formas extrañas y estructuras fractales. Criaturas que a simple vista se parecían más a helechos gigantes o tubos acolchados anclados al suelo marino que a animales como hoy los entendemos . Sin embargo, lo eran, y los científicos los consideran nuestros primeros parientes de la vida animal compleja . Hasta ahora, los investigadores que estudian esta exótica ‘biota ediacárica’ habían dividido su evolución en tres grandes etapas ecológicas, que se creía que se sucedieron en el tiempo hasta la ‘Explosión del Cámbrico’, el irrepetible momento en que la naturaleza pareció volverse loca y creó, casi de golpe, todas las formas y estrategias corporales de los animales de hoy.Hasta un 80% de todos los macroorganismos que poblaban aquellos primeros mares desaparecieron de forma repentina Las extrañas criaturas de las profundidades no se extinguieron lentamente como se creía; prosperaron hasta que un cataclismo global las barrió de golpeLas extrañas criaturas de las profundidades no se extinguieron lentamente como se creía; prosperaron hasta que un cataclismo global las barrió de golpePero volvamos al Ediacárico. La primera etapa, el ‘Ensamblaje de Avalon’ (hace entre 575 y 560 millones de años) estaba caracterizada por los enigmáticos rangeomorfos, como la célebre Charnia, que prosperaban en las aguas frías, profundas y completamente oscuras alrededor del antiguo continente de Avalonia.La segunda, el ‘Ensamblaje del Mar Blanco’ (hace entre 560 y 550 millones de años) fue el periodo que marcó el verdadero apogeo de la biodiversidad ediacárica. Las criaturas se trasladaron a mares cálidos y poco profundos bañados por la luz del sol. Es aquí donde encontramos a algunos de los animales más famosos, como Dickinsonia o Kimberella, que ya empezaban a poder arrastrarse por el fondo oceánico en busca de tapetes microbianos.Por último, hace entre 550 y 538 millones de años, apareció el ‘Ensamblaje de Nama’, una comunidad biológica sumamente empobrecida y de bajísima diversidad que a duras penas sobrevivió hasta el evento de radiación cámbrica.La crisis de KotlinLos científicos sabían desde hace tiempo que justo en la frontera temporal entre los ensamblajes del Mar Blanco y Nama, hace exactamente 550 millones de años, se produjo una caída repentina y dramática en la diversidad de la vida. A este evento se le denominó la ‘Crisis de Kotlin’. No obstante, hasta el día de hoy, el porcentaje de especies perdidas se consideraba demasiado bajo para que este evento alcanzara el estatus oficial de ‘extinción masiva’, que para ser tal debe aniquilar al menos al 75% de todas las especies de la Tierra en un lapso de tiempo muy corto. La Crisis de Kotlin no parecía dar la talla, y se consideraba una simple fluctuación ecológica, un pequeño declive previo a la gran explosión de vida que vendría justo después.A diferencia de la extinción de los dinosaurios, este antiguo apocalipsis aún no tiene un culpable claro: por ahora, no hay rastro de asteroides ni de supervolcanesSin embargo, nuevos datos recién publicados en ‘Geology’ por un equipo de investigadores de la Universidad Memorial en Terranova (Canadá) acaban de dinamitar esa vieja creencia gracias a un minucioso trabajo de campo que ha sacado a la luz un nuevo yacimiento en Canadá, conocido como la superficie EM Coombs, en Inner Meadow.Se escribe una nueva historiaLo que los científicos encontraron en las rocas sedimentarias de Inner Meadow fue un conjunto de fósiles excepcionalmente bien conservados y de gran diversidad que quedaron encapsulados por una antigua lluvia de cenizas volcánicas. Al someter esas cenizas a una datación radiométrica de altísima precisión, los resultados arrojaron una fecha inequívoca de 550,78 millones de años. Es decir, los fósiles estaban viviendo su mejor momento apenas un suspiro antes de la Crisis de Kotlin.¿Y por qué es esto tan novedoso? Porque las criaturas enterradas en Inner Meadow pertenecen claramente al Ensamblaje de Avalon (los seres de aguas profundas en forma de helecho). Y según los libros de texto, esas criaturas deberían haber desaparecido 13 millones de años antes de que se formara esa roca. Esta revelación, por lo tanto, difumina por completo las fronteras entre las distintas fases ediacáricas y demuestra, sin lugar a dudas, que el Ensamblaje de Avalon y el Ensamblaje del Mar Blanco fueron contemporáneos. Las diferencias entre ambos ecosistemas no eran una cuestión de tiempo, sino de ecología y profundidad del mar.«La importancia de las extensiones temporales de los fósiles en Inner Meadow -explica Duncan McIlroy, autor principal del estudio- radica en el hecho de que las apariciones finales que documentan aumentan drásticamente la pérdida de biodiversidad registrada en el evento de extinción de hace 550 millones de años». En otras palabras, las criaturas de Avalon no se habían desvanecido pacíficamente a lo largo de eones. Estaban allí, prosperando a gran profundidad en las mismas aguas que sus parientes del Mar Blanco, hasta que algo letal, y mundial, barrió a los dos grupos al mismo tiempo.El 80% de la vidaSi sumamos las especies perdidas del Ensamblaje de Avalon a las que perecieron en las aguas someras del Mar Blanco, la factura de muerte durante la Crisis de Kotlin se dispara astronómicamente. La nueva investigación, de hecho, sostiene que aproximadamente el 80% de todos los organismos conocidos en aquel momento fueron aniquilados.Con estas cifras en la mano, la Crisis de Kotlin supera con creces el umbral del 75%, lo cual convierte oficialmente a este suceso en la primera gran extinción masiva experimentada por la vida animal en toda la historia de la Tierra.«La gravedad del evento de extinción de la Crisis de Kotlin -explica McIlroy- es mucho más profunda de lo que pensábamos. El registro fósil de las faunas ediacáricas más tempranas es extraño en el sentido de que la tasa de extinción de fondo en aquellas primeras biotas es casi nula, por lo que la Crisis de Kotlin no se produce en un escenario de pérdida progresiva de especies, como sí ocurre durante el resto del Eón Fanerozoico».Para entender esto, hay que saber que el Ediacárico era, literalmente, un paraíso pacífico en el que las especies prácticamente no se extinguían de forma natural; la vida se había estabilizado sin depredadores voraces ni grandes presiones de supervivencia. «Es asombroso -reflexiona el investigador- pensar que los organismos fosilizados en Inner Meadow preceden inmediatamente al primer evento de extinción y que hubo una pérdida de diversidad tan enorme en un momento en que el la vida estática había sido la norma, y cuando los parientes de los grupos animales modernos acababan de evolucionar».En busca del culpable¿Pero qué desencadenó esta auténtica extinción olvidada? Los grandes ‘shocks’ medioambientales suelen dejar huellas inconfundibles. Si para los dinosaurios fue un asteroide del tamaño del monte Everest, y para la gran mortandad del Pérmico fueron erupciones volcánicas cataclísmicas a escala continental, para la Crisis de Kotlin, sin embargo, no hay una ‘pistola humeante’ clara.Hasta la fecha, en efecto, no se ha identificado el desencadenante de aquella primera matanza global prehistórica. Algunos sugieren que pudo tratarse de fluctuaciones violentas en los niveles de oxígeno oceánico, un cambio drástico en las corrientes globales o quizá un repentino enfriamiento, pero la confirmación se resiste. La tarea de los geólogos es ahora buscar en las formaciones rocosas más profundas cualquier indicio que delate a este ‘asesino’ misterioso.MÁS INFORMACIÓN noticia Si Hallan en el asteroide Ryugu las cinco letras del ADN, el ‘abecedario’ completo de la vida noticia Si Descubren una nueva clase de planeta con un océano global de magmaSea como fuere, lo que sí sabemos es que las extinciones masivas actúan, también, como ‘motores evolutivos’ imparables. De hecho, la radical ‘limpieza biológica’ que supuso la Crisis de Kotlin vació los océanos, eliminando de golpe a aquellos primeros organismos sésiles y anclados a los fondos marinos. De modo que, sin ellos acaparando el espacio y los nutrientes, los pocos supervivientes tuvieron carta blanca para evolucionar de formas impensables: desarrollaron ojos, patas, conchas duras y espinas. En poco más de 10 millones de años se desataría la Explosión Cámbrica, el Big Bang de la biología. Así, de las cenizas del primer apocalipsis animal de la Tierra, acabaron emergiendo todas las maravillas evolutivas que, cientos de millones de años después, acabarían por convertirse en nosotros. Las extinciones masivas son los grandes ‘botones de reinicio’ de la evolución, porque cuando suceden, cambian el mundo para siempre. A lo largo de la tumultuosa historia de nuestro planeta, brutales oleadas de muerte han barrido la superficie terrestre y los océanos una y otra vez, borrando del mapa a innumerables especies y dejando el campo libre para que los supervivientes pudieran reclamar los ecosistemas vacíos. Así fue, por ejemplo, con los dinosaurios, que dejaron el campo libre para los mamíferos , nosotros, cuando hace 66 millones de años un asteroide de 10 km causó su súbita (en la escala de tiempo geológico) extinción. Pero antes de esa, hubo otras. Los científicos, de hecho, reconocen tradicionalmente cinco grandes extinciones masivas en el registro fósil, ‘salpicadas’ entre medias por otros eventos de extinción más limitados. La primera de estas ‘Cinco Grandes’ se pensaba que fue la del Ordovícico Tardío, hace unos 445 millones de años. Sin embargo, un nuevo y revelador estudio acaba de sacudir esta creencia, y sugiere que, en realidad, hemos estado pasando por alto la que fue la primerísima gran hecatombe global de la Tierra. Un apocalipsis biológico muchísimo más desastroso de lo que nadie había imaginado y que sucedió hace 550 millones de años. Es decir, muchísimo antes de los dinosaurios, de los primeros peces e incluso de que las primeras plantas abandonaran el mar para empezar a conquistar la tierra firme.Noticia relacionada general No No El misterio del ‘tercer ojo’: los primeros vertebrados de la Tierra tenían cuatro José Manuel NievesEstamos en el período Ediacárico, una época comprendida entre hace 635 y 538 millones de años. En aquel entonces, los continentes eran inmensos desiertos sin el menor atisbo de vida, pero bajo la superficie del mar, la Tierra albergaba ecosistemas vibrantes, llenos de extrañas criaturas que, a nuestros ojos, parecerían extraterrestres.Gran parte de la vida en los mares ediacáricos, de hecho, estaba dominada por organismos de cuerpos blandos, de formas extrañas y estructuras fractales. Criaturas que a simple vista se parecían más a helechos gigantes o tubos acolchados anclados al suelo marino que a animales como hoy los entendemos . Sin embargo, lo eran, y los científicos los consideran nuestros primeros parientes de la vida animal compleja . Hasta ahora, los investigadores que estudian esta exótica ‘biota ediacárica’ habían dividido su evolución en tres grandes etapas ecológicas, que se creía que se sucedieron en el tiempo hasta la ‘Explosión del Cámbrico’, el irrepetible momento en que la naturaleza pareció volverse loca y creó, casi de golpe, todas las formas y estrategias corporales de los animales de hoy.Hasta un 80% de todos los macroorganismos que poblaban aquellos primeros mares desaparecieron de forma repentina Las extrañas criaturas de las profundidades no se extinguieron lentamente como se creía; prosperaron hasta que un cataclismo global las barrió de golpeLas extrañas criaturas de las profundidades no se extinguieron lentamente como se creía; prosperaron hasta que un cataclismo global las barrió de golpePero volvamos al Ediacárico. La primera etapa, el ‘Ensamblaje de Avalon’ (hace entre 575 y 560 millones de años) estaba caracterizada por los enigmáticos rangeomorfos, como la célebre Charnia, que prosperaban en las aguas frías, profundas y completamente oscuras alrededor del antiguo continente de Avalonia.La segunda, el ‘Ensamblaje del Mar Blanco’ (hace entre 560 y 550 millones de años) fue el periodo que marcó el verdadero apogeo de la biodiversidad ediacárica. Las criaturas se trasladaron a mares cálidos y poco profundos bañados por la luz del sol. Es aquí donde encontramos a algunos de los animales más famosos, como Dickinsonia o Kimberella, que ya empezaban a poder arrastrarse por el fondo oceánico en busca de tapetes microbianos.Por último, hace entre 550 y 538 millones de años, apareció el ‘Ensamblaje de Nama’, una comunidad biológica sumamente empobrecida y de bajísima diversidad que a duras penas sobrevivió hasta el evento de radiación cámbrica.La crisis de KotlinLos científicos sabían desde hace tiempo que justo en la frontera temporal entre los ensamblajes del Mar Blanco y Nama, hace exactamente 550 millones de años, se produjo una caída repentina y dramática en la diversidad de la vida. A este evento se le denominó la ‘Crisis de Kotlin’. No obstante, hasta el día de hoy, el porcentaje de especies perdidas se consideraba demasiado bajo para que este evento alcanzara el estatus oficial de ‘extinción masiva’, que para ser tal debe aniquilar al menos al 75% de todas las especies de la Tierra en un lapso de tiempo muy corto. La Crisis de Kotlin no parecía dar la talla, y se consideraba una simple fluctuación ecológica, un pequeño declive previo a la gran explosión de vida que vendría justo después.A diferencia de la extinción de los dinosaurios, este antiguo apocalipsis aún no tiene un culpable claro: por ahora, no hay rastro de asteroides ni de supervolcanesSin embargo, nuevos datos recién publicados en ‘Geology’ por un equipo de investigadores de la Universidad Memorial en Terranova (Canadá) acaban de dinamitar esa vieja creencia gracias a un minucioso trabajo de campo que ha sacado a la luz un nuevo yacimiento en Canadá, conocido como la superficie EM Coombs, en Inner Meadow.Se escribe una nueva historiaLo que los científicos encontraron en las rocas sedimentarias de Inner Meadow fue un conjunto de fósiles excepcionalmente bien conservados y de gran diversidad que quedaron encapsulados por una antigua lluvia de cenizas volcánicas. Al someter esas cenizas a una datación radiométrica de altísima precisión, los resultados arrojaron una fecha inequívoca de 550,78 millones de años. Es decir, los fósiles estaban viviendo su mejor momento apenas un suspiro antes de la Crisis de Kotlin.¿Y por qué es esto tan novedoso? Porque las criaturas enterradas en Inner Meadow pertenecen claramente al Ensamblaje de Avalon (los seres de aguas profundas en forma de helecho). Y según los libros de texto, esas criaturas deberían haber desaparecido 13 millones de años antes de que se formara esa roca. Esta revelación, por lo tanto, difumina por completo las fronteras entre las distintas fases ediacáricas y demuestra, sin lugar a dudas, que el Ensamblaje de Avalon y el Ensamblaje del Mar Blanco fueron contemporáneos. Las diferencias entre ambos ecosistemas no eran una cuestión de tiempo, sino de ecología y profundidad del mar.«La importancia de las extensiones temporales de los fósiles en Inner Meadow -explica Duncan McIlroy, autor principal del estudio- radica en el hecho de que las apariciones finales que documentan aumentan drásticamente la pérdida de biodiversidad registrada en el evento de extinción de hace 550 millones de años». En otras palabras, las criaturas de Avalon no se habían desvanecido pacíficamente a lo largo de eones. Estaban allí, prosperando a gran profundidad en las mismas aguas que sus parientes del Mar Blanco, hasta que algo letal, y mundial, barrió a los dos grupos al mismo tiempo.El 80% de la vidaSi sumamos las especies perdidas del Ensamblaje de Avalon a las que perecieron en las aguas someras del Mar Blanco, la factura de muerte durante la Crisis de Kotlin se dispara astronómicamente. La nueva investigación, de hecho, sostiene que aproximadamente el 80% de todos los organismos conocidos en aquel momento fueron aniquilados.Con estas cifras en la mano, la Crisis de Kotlin supera con creces el umbral del 75%, lo cual convierte oficialmente a este suceso en la primera gran extinción masiva experimentada por la vida animal en toda la historia de la Tierra.«La gravedad del evento de extinción de la Crisis de Kotlin -explica McIlroy- es mucho más profunda de lo que pensábamos. El registro fósil de las faunas ediacáricas más tempranas es extraño en el sentido de que la tasa de extinción de fondo en aquellas primeras biotas es casi nula, por lo que la Crisis de Kotlin no se produce en un escenario de pérdida progresiva de especies, como sí ocurre durante el resto del Eón Fanerozoico».Para entender esto, hay que saber que el Ediacárico era, literalmente, un paraíso pacífico en el que las especies prácticamente no se extinguían de forma natural; la vida se había estabilizado sin depredadores voraces ni grandes presiones de supervivencia. «Es asombroso -reflexiona el investigador- pensar que los organismos fosilizados en Inner Meadow preceden inmediatamente al primer evento de extinción y que hubo una pérdida de diversidad tan enorme en un momento en que el la vida estática había sido la norma, y cuando los parientes de los grupos animales modernos acababan de evolucionar».En busca del culpable¿Pero qué desencadenó esta auténtica extinción olvidada? Los grandes ‘shocks’ medioambientales suelen dejar huellas inconfundibles. Si para los dinosaurios fue un asteroide del tamaño del monte Everest, y para la gran mortandad del Pérmico fueron erupciones volcánicas cataclísmicas a escala continental, para la Crisis de Kotlin, sin embargo, no hay una ‘pistola humeante’ clara.Hasta la fecha, en efecto, no se ha identificado el desencadenante de aquella primera matanza global prehistórica. Algunos sugieren que pudo tratarse de fluctuaciones violentas en los niveles de oxígeno oceánico, un cambio drástico en las corrientes globales o quizá un repentino enfriamiento, pero la confirmación se resiste. La tarea de los geólogos es ahora buscar en las formaciones rocosas más profundas cualquier indicio que delate a este ‘asesino’ misterioso.MÁS INFORMACIÓN noticia Si Hallan en el asteroide Ryugu las cinco letras del ADN, el ‘abecedario’ completo de la vida noticia Si Descubren una nueva clase de planeta con un océano global de magmaSea como fuere, lo que sí sabemos es que las extinciones masivas actúan, también, como ‘motores evolutivos’ imparables. De hecho, la radical ‘limpieza biológica’ que supuso la Crisis de Kotlin vació los océanos, eliminando de golpe a aquellos primeros organismos sésiles y anclados a los fondos marinos. De modo que, sin ellos acaparando el espacio y los nutrientes, los pocos supervivientes tuvieron carta blanca para evolucionar de formas impensables: desarrollaron ojos, patas, conchas duras y espinas. En poco más de 10 millones de años se desataría la Explosión Cámbrica, el Big Bang de la biología. Así, de las cenizas del primer apocalipsis animal de la Tierra, acabaron emergiendo todas las maravillas evolutivas que, cientos de millones de años después, acabarían por convertirse en nosotros.
Las extinciones masivas son los grandes ‘botones de reinicio’ de la evolución, porque cuando suceden, cambian el mundo para siempre. A lo largo de la tumultuosa historia de nuestro planeta, brutales oleadas de muerte han barrido la superficie terrestre y los océanos una y otra … vez, borrando del mapa a innumerables especies y dejando el campo libre para que los supervivientes pudieran reclamar los ecosistemas vacíos.
Así fue, por ejemplo, con los dinosaurios, que dejaron el campo libre para los mamíferos, nosotros, cuando hace 66 millones de años un asteroide de 10 km causó su súbita (en la escala de tiempo geológico) extinción. Pero antes de esa, hubo otras. Los científicos, de hecho, reconocen tradicionalmente cinco grandes extinciones masivas en el registro fósil, ‘salpicadas’ entre medias por otros eventos de extinción más limitados. La primera de estas ‘Cinco Grandes’ se pensaba que fue la del Ordovícico Tardío, hace unos 445 millones de años.
Sin embargo, un nuevo y revelador estudio acaba de sacudir esta creencia, y sugiere que, en realidad, hemos estado pasando por alto la que fue la primerísima gran hecatombe global de la Tierra. Un apocalipsis biológico muchísimo más desastroso de lo que nadie había imaginado y que sucedió hace 550 millones de años. Es decir, muchísimo antes de los dinosaurios, de los primeros peces e incluso de que las primeras plantas abandonaran el mar para empezar a conquistar la tierra firme.
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Estamos en el período Ediacárico, una época comprendida entre hace 635 y 538 millones de años. En aquel entonces, los continentes eran inmensos desiertos sin el menor atisbo de vida, pero bajo la superficie del mar, la Tierra albergaba ecosistemas vibrantes, llenos de extrañas criaturas que, a nuestros ojos, parecerían extraterrestres.
Gran parte de la vida en los mares ediacáricos, de hecho, estaba dominada por organismos de cuerpos blandos, de formas extrañas y estructuras fractales. Criaturas que a simple vista se parecían más a helechos gigantes o tubos acolchados anclados al suelo marino que a animales como hoy los entendemos. Sin embargo, lo eran, y los científicos los consideran nuestros primeros parientes de la vida animal compleja. Hasta ahora, los investigadores que estudian esta exótica ‘biota ediacárica’ habían dividido su evolución en tres grandes etapas ecológicas, que se creía que se sucedieron en el tiempo hasta la ‘Explosión del Cámbrico’, el irrepetible momento en que la naturaleza pareció volverse loca y creó, casi de golpe, todas las formas y estrategias corporales de los animales de hoy.
Hasta un 80% de todos los macroorganismos que poblaban aquellos primeros mares desaparecieron de forma repentina
Las extrañas criaturas de las profundidades no se extinguieron lentamente como se creía; prosperaron hasta que un cataclismo global las barrió de golpe
Pero volvamos al Ediacárico. La primera etapa, el ‘Ensamblaje de Avalon’ (hace entre 575 y 560 millones de años) estaba caracterizada por los enigmáticos rangeomorfos, como la célebre Charnia, que prosperaban en las aguas frías, profundas y completamente oscuras alrededor del antiguo continente de Avalonia.
La segunda, el ‘Ensamblaje del Mar Blanco’ (hace entre 560 y 550 millones de años) fue el periodo que marcó el verdadero apogeo de la biodiversidad ediacárica. Las criaturas se trasladaron a mares cálidos y poco profundos bañados por la luz del sol. Es aquí donde encontramos a algunos de los animales más famosos, como Dickinsonia o Kimberella, que ya empezaban a poder arrastrarse por el fondo oceánico en busca de tapetes microbianos.
Por último, hace entre 550 y 538 millones de años, apareció el ‘Ensamblaje de Nama’, una comunidad biológica sumamente empobrecida y de bajísima diversidad que a duras penas sobrevivió hasta el evento de radiación cámbrica.
La crisis de Kotlin
Los científicos sabían desde hace tiempo que justo en la frontera temporal entre los ensamblajes del Mar Blanco y Nama, hace exactamente 550 millones de años, se produjo una caída repentina y dramática en la diversidad de la vida. A este evento se le denominó la ‘Crisis de Kotlin’. No obstante, hasta el día de hoy, el porcentaje de especies perdidas se consideraba demasiado bajo para que este evento alcanzara el estatus oficial de ‘extinción masiva’, que para ser tal debe aniquilar al menos al 75% de todas las especies de la Tierra en un lapso de tiempo muy corto. La Crisis de Kotlin no parecía dar la talla, y se consideraba una simple fluctuación ecológica, un pequeño declive previo a la gran explosión de vida que vendría justo después.
A diferencia de la extinción de los dinosaurios, este antiguo apocalipsis aún no tiene un culpable claro: por ahora, no hay rastro de asteroides ni de supervolcanes
Sin embargo, nuevos datos recién publicados en ‘Geology’ por un equipo de investigadores de la Universidad Memorial en Terranova (Canadá) acaban de dinamitar esa vieja creencia gracias a un minucioso trabajo de campo que ha sacado a la luz un nuevo yacimiento en Canadá, conocido como la superficie EM Coombs, en Inner Meadow.
Se escribe una nueva historia
Lo que los científicos encontraron en las rocas sedimentarias de Inner Meadow fue un conjunto de fósiles excepcionalmente bien conservados y de gran diversidad que quedaron encapsulados por una antigua lluvia de cenizas volcánicas. Al someter esas cenizas a una datación radiométrica de altísima precisión, los resultados arrojaron una fecha inequívoca de 550,78 millones de años. Es decir, los fósiles estaban viviendo su mejor momento apenas un suspiro antes de la Crisis de Kotlin.
¿Y por qué es esto tan novedoso? Porque las criaturas enterradas en Inner Meadow pertenecen claramente al Ensamblaje de Avalon (los seres de aguas profundas en forma de helecho). Y según los libros de texto, esas criaturas deberían haber desaparecido 13 millones de años antes de que se formara esa roca. Esta revelación, por lo tanto, difumina por completo las fronteras entre las distintas fases ediacáricas y demuestra, sin lugar a dudas, que el Ensamblaje de Avalon y el Ensamblaje del Mar Blanco fueron contemporáneos. Las diferencias entre ambos ecosistemas no eran una cuestión de tiempo, sino de ecología y profundidad del mar.
«La importancia de las extensiones temporales de los fósiles en Inner Meadow -explica Duncan McIlroy, autor principal del estudio- radica en el hecho de que las apariciones finales que documentan aumentan drásticamente la pérdida de biodiversidad registrada en el evento de extinción de hace 550 millones de años». En otras palabras, las criaturas de Avalon no se habían desvanecido pacíficamente a lo largo de eones. Estaban allí, prosperando a gran profundidad en las mismas aguas que sus parientes del Mar Blanco, hasta que algo letal, y mundial, barrió a los dos grupos al mismo tiempo.
El 80% de la vida
Si sumamos las especies perdidas del Ensamblaje de Avalon a las que perecieron en las aguas someras del Mar Blanco, la factura de muerte durante la Crisis de Kotlin se dispara astronómicamente. La nueva investigación, de hecho, sostiene que aproximadamente el 80% de todos los organismos conocidos en aquel momento fueron aniquilados.
Con estas cifras en la mano, la Crisis de Kotlin supera con creces el umbral del 75%, lo cual convierte oficialmente a este suceso en la primera gran extinción masiva experimentada por la vida animal en toda la historia de la Tierra.
«La gravedad del evento de extinción de la Crisis de Kotlin -explica McIlroy- es mucho más profunda de lo que pensábamos. El registro fósil de las faunas ediacáricas más tempranas es extraño en el sentido de que la tasa de extinción de fondo en aquellas primeras biotas es casi nula, por lo que la Crisis de Kotlin no se produce en un escenario de pérdida progresiva de especies, como sí ocurre durante el resto del Eón Fanerozoico».
Para entender esto, hay que saber que el Ediacárico era, literalmente, un paraíso pacífico en el que las especies prácticamente no se extinguían de forma natural; la vida se había estabilizado sin depredadores voraces ni grandes presiones de supervivencia. «Es asombroso -reflexiona el investigador- pensar que los organismos fosilizados en Inner Meadow preceden inmediatamente al primer evento de extinción y que hubo una pérdida de diversidad tan enorme en un momento en que el la vida estática había sido la norma, y cuando los parientes de los grupos animales modernos acababan de evolucionar».
En busca del culpable
¿Pero qué desencadenó esta auténtica extinción olvidada? Los grandes ‘shocks’ medioambientales suelen dejar huellas inconfundibles. Si para los dinosaurios fue un asteroide del tamaño del monte Everest, y para la gran mortandad del Pérmico fueron erupciones volcánicas cataclísmicas a escala continental, para la Crisis de Kotlin, sin embargo, no hay una ‘pistola humeante’ clara.
Hasta la fecha, en efecto, no se ha identificado el desencadenante de aquella primera matanza global prehistórica. Algunos sugieren que pudo tratarse de fluctuaciones violentas en los niveles de oxígeno oceánico, un cambio drástico en las corrientes globales o quizá un repentino enfriamiento, pero la confirmación se resiste. La tarea de los geólogos es ahora buscar en las formaciones rocosas más profundas cualquier indicio que delate a este ‘asesino’ misterioso.
Sea como fuere, lo que sí sabemos es que las extinciones masivas actúan, también, como ‘motores evolutivos’ imparables. De hecho, la radical ‘limpieza biológica’ que supuso la Crisis de Kotlin vació los océanos, eliminando de golpe a aquellos primeros organismos sésiles y anclados a los fondos marinos. De modo que, sin ellos acaparando el espacio y los nutrientes, los pocos supervivientes tuvieron carta blanca para evolucionar de formas impensables: desarrollaron ojos, patas, conchas duras y espinas. En poco más de 10 millones de años se desataría la Explosión Cámbrica, el Big Bang de la biología. Así, de las cenizas del primer apocalipsis animal de la Tierra, acabaron emergiendo todas las maravillas evolutivas que, cientos de millones de años después, acabarían por convertirse en nosotros.
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