Cuando era pequeña era costumbre aplaudir al terminar las películas. En lo físico aplaudíamos a la pantalla, pero en lo emocional se aplaudía una historia. A finales de los noventa los aplausos empezaron a desaparecer, quizás porque también lo hicieron las grandes salas, sustituidas por multicines. Tal vez el público empezó a ser consciente de que aplaudir a una pantalla no tenía mucho sentido; quizás fue que la gente dejó de ir al cine como había dejado de leer o de ir a salas de espectáculo.
El cine es un sitio donde se ven películas, donde uno se olvida de los problemas del exterior y donde, por supuesto, hay sitio para la reflexión
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El cine es un sitio donde se ven películas, donde uno se olvida de los problemas del exterior y donde, por supuesto, hay sitio para la reflexión


Cuando era pequeña era costumbre aplaudir al terminar las películas. En lo físico aplaudíamos a la pantalla, pero en lo emocional se aplaudía una historia. A finales de los noventa los aplausos empezaron a desaparecer, quizás porque también lo hicieron las grandes salas, sustituidas por multicines. Tal vez el público empezó a ser consciente de que aplaudir a una pantalla no tenía mucho sentido; quizás fue que la gente dejó de ir al cine como había dejado de leer o de ir a salas de espectáculo.
En el siglo XXI solo he presenciado aplausos en dos ocasiones (sin contar festivales, preestrenos o eventos de nicho). Una fue en 2014 con Ocho apellidos vascos. La otra fue este fin de semana en Torrente, presidente. En ambas ocasiones he detectado el mismo patrón: público heterogéneo que rara vez pisa una sala de cine y que aplaude, primero, porque ha disfrutado de la película, y segundo, porque considera que esa película es una bofetada a lo que ellos creen que es el cine español.
Lo segundo lo sé por los comentarios a la salida. En las dos películas se ha tratado de pases en los que se ha colgado el cartel de “localidades agotadas”. Y el caso concreto de Torrente, presidente es digno de un análisis que no cabe en una columna. Podría ser objeto —lo digo en serio— de un estudio amplio.
La última entrega la he visto en los Multicines Cáceres; la gente reía a carcajadas con los chistes más espinosos de la cinta, pero no con los más finos. La lejana primera película la vi en los cines Princesa de Madrid, con un público bien distinto. También se reían con las barbaridades que salían por la boca del expolicía, pero ¿reirían hoy? Me encantaría saberlo.
Ese público que se desplaza al cine una media de dos veces al año —otra historia es lo que vean en casa— a ver un Oppenheimer o un Vengadores: Endgame, es el público que no va a ver cine español. No entiendo cómo esa amplia porción de público ve adoctrinamiento en los Goya pero no en los mondongos que ven en YouTube o en esos tosquísimos memes que se envían por WhatsApp los unos a los otros.
Estaría bien que, más allá de imaginarias venganzas políticas, descubrieran que el cine es un sitio donde se ven películas, donde uno se olvida de los problemas del exterior y donde, por supuesto, hay sitio para la reflexión.
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