Min Aung Hlaing, de 69 años, veterano de décadas en el Tatmadaw, la fuerza armada que ha gobernado directa o indirectamente durante décadas, es un hombre de disciplina férrea y ambiciones expansivas Leer Min Aung Hlaing, de 69 años, veterano de décadas en el Tatmadaw, la fuerza armada que ha gobernado directa o indirectamente durante décadas, es un hombre de disciplina férrea y ambiciones expansivas Leer
La rueda autoritaria parece girar de nuevo en Birmania: cinco años después del golpe que derrocó a un gobierno civil elegido democráticamente en las urnas, el general que encabezó el asalto al poder, Min Aung Hlaing, ha sido proclamado presidente por un Parlamento dominado por militares. La elección formaliza lo que ya era un hecho: el ejército mantiene su control absoluto sobre un país desgarrado por la guerra civil y la represión sistemática.
Min, de 69 años, veterano de décadas en el Tatmadaw, la fuerza armada que ha gobernado directa o indirectamente durante décadas, es un hombre de disciplina férrea y ambiciones expansivas. Su ascenso a la presidencia, votado este viernes por una Cámara donde los legisladores designados por la cúpula militar y los partidos afines al ejército suman una mayoría abrumadora, no sorprendió a nadie.
La operación estaba calculada al milímetro: transformar la figura del jefe militar en la de un presidente «civil» permite al régimen proyectar una fachada de legitimidad internacional, sin ceder ni un centímetro de poder.
Las primeras elecciones desde el golpe de 2021, celebradas entre diciembre y enero, habían preparado el terreno para este paso. El Partido Unión, Solidaridad y Desarrollo (USDP), de corte militar, arrasó con más del 80% de los escaños en disputa.
Los principales partidos opositores estaban prohibidos, miles de activistas y políticos encarcelados o exiliados, y no hubo observadores internacionales independientes que dieran credibilidad a los comicios. En la práctica, la democracia de Birmania permanece suspendida. Lo que los actuales líderes llaman «transición civil» es, en realidad, un maquillaje institucional sobre un régimen de facto.
El movimiento estratégico del general se acompaña de un relevo interno: la cúpula militar ha confiado el mando del ejército a Ye Win Oo, antiguo jefe de inteligencia y hombre de confianza de Min. El traspaso subraya la intención de consolidar el poder en un gobierno nominalmente civil y, al mismo tiempo, proteger los intereses de un Tatmadaw acostumbrado a controlar todos los resortes del Estado.
El contexto en el terreno es brutal. Birmania se enfrenta a múltiples frentes, desde milicias urbanas prodemocráticas hasta ejércitos étnicos con décadas de experiencia en guerra de guerrillas. Según organizaciones locales, más de 7.000 civiles han muerto; la ONU estima que 3,6 millones han sido desplazados. En un país de 51 millones de habitantes, la crisis humanitaria se desarrolla lejos de los focos internacionales, mientras aliados como China y Rusia respaldan diplomáticamente al régimen y la gran mayoría de la comunidad global, distraída por otras guerras lejanas, guarda silencio cómplice.
La guerra civil lleva cinco años fragmentando el país. El Tatmadaw ha perdido terreno frente a la Alianza de las Tres Hermanas, coalición de combatientes étnicos que controla bases militares, puestos fronterizos y corredores comerciales estratégicos, muchos vinculados al comercio con China. En el corazón de Birmania, en regiones como Sagaing y Magway las Fuerzas de Defensa del Pueblo (PDF), formadas principalmente por jóvenes urbanitas que dejaron sus estudios y empleos, resisten mediante sabotajes y tácticas de guerrilla frente a bombardeos y detenciones masivas.
Mientras el régimen proyecta una imagen de normalidad institucional, el mapa del país se sigue rompiendo. La reciente legitimidad formal de Min Aung Hlaing como presidente no oculta que Birmania sigue atrapada entre la dictadura militar y varios conflictos armados, algunos heredados de épocas pasadas, que no dan señales de resolución.
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