La Policía francesa descubre una colección de 127 vídeos y 197 fotos como evidencia de los abusos de Romain G., acusado de violaciones y agresiones sexuales contra menores de entre dos a nueve años Leer La Policía francesa descubre una colección de 127 vídeos y 197 fotos como evidencia de los abusos de Romain G., acusado de violaciones y agresiones sexuales contra menores de entre dos a nueve años Leer
Un nuevo caso de perversión sexual ha sacudido las conciencias de los franceses. Un hombre conocido como Romain G., de 40 años, casado y padre de dos hijos, ha sido acusado de violaciones y agresiones sexuales contra 34 niños de entre dos a nueve años, en un pueblo de 2.000 habitantes cerca de Lyon, Lucenay, emparentado ya en la sórdida geografía gala con el Mazan de Gisèle Pelicot.
Una colección de 127 vídeos y 197 fotos como evidencia de sus abusos ha sido recuperada por la Policía en el ordenador portátil de Romain G., cineasta de profesión, que llegó a trabajar como asistente de dirección en la famosa serie Kaamelott. El acusado usó a sus propios hijos como cebo para atraer a compañeros de clase y celebrar fiestas en pijama en su propia casa, donde cometía sus agresiones sexuales en las escapadas al baño de los menores o mientras dormían en las camas para invitados.
Los padres de tres niños le denunciaron en enero de 2025, cuando fue detenido por primera vez y no se conocía aún el auténtico alcance de su depravación sexual. La investigación, revelada la semana pasada por Le Monde, ha llegado a identificar hasta 34 menores, «aunque no todos han sido víctimas de los mismos delitos», según precisó la fiscal Laetitia Francart.
La investigación ha tipificado de hecho los delitos en tres categorías: imágenes grabadas, agresiones y violaciones. La fiscal precisó que todas las familias potencialmente afectadas (en la escuela Robert-Doisneau y en otras poblaciones del entorno) han sido ya contactadas. La investigación se cerrará en las próximas semanas y los afectados serán convocados a una sesión informativa, en la que posiblemente se anunciará la fecha del juicio.
«Soy un monstruo y debo morir: he hecho daño a mi familia y a muchas personas», llegó a escribir Romain G., en una carta encontrada en un hotel de Lyon, como testimonio de la lucha contra sus propios demonios. Durante la investigación, el sospechoso intentó ahorcarse en un roble en el bosque de Charnay, pero la Policía lo halló con vida.
Según un informe psiquiátrico elaborado durante la prisión preventiva, Romain G. sufre una «desviación pedófila característica», manifestada por «fantasías sexuales con niños prepúberes de tres a nueve años, impulsos y conductas de violación reiteradas con estrategias para mantenerlas en secreto». El informe destaca su «peligrosidad criminal» como pederasta, bajo la apariencia de amigable padre de familia.
En su última declaración policial, Romain G. ha reconocido «la gran mayoría de los hechos» que se le imputan y ha llegado a dar detalles precisos de sus acciones: «La única barrera que tenía era no traumatizarlos, para que no vieran lo que estaba haciendo. Yo mismo sufrí demasiado por las consecuencias [de una violación] y era importante que no se dieran cuenta».
Romain G. aseguró haber sido víctima de la violencia sexual infligida por un primo mayor cuando tenía 10 años. 25 años después, ofició como padrino del hijo de su primo abusador, que figura también entre sus propias víctimas.
En su relato a la Policía, el acusado reconoce haber recurrido a la «sumisión química» de los menores, propiciándoles somníferos «para que permanecieran inconscientes durante la penetración sexual o digital». Lo más habitual era, sin embargo, recurrir a argucias como el «juego del gusto», vendando los ojos a los niños y pidiéndoles que adivinaran lo que les ponía en la boca. Como parte integral de su perversión, y en otra escalofriante analogía con el caso Pelicot, Romain G. grababa sus abusos y los archivaba en su portátil.
«No tengo las imágenes y no las quiero», declaró a Le Monde la madre de uno de los niños. «Las tengo en la cabeza y eso es lo que logró: obligarme a imaginar un acto sexual de un adulto con mi hijo de seis años«. El padre de otra víctima reconoció con resignación: «Mi hijo es el eslabón más débil de la familia, habría preferido ser yo».
El padre de otra víctima recordó cómo la casa de Romain G. se había convertido en «una especie de parque de atracciones» para captar a los niños del pueblo, «con una piscina, una cabaña, toboganes, videojuegos e iluminaciones navideñas por la toda la casa». En su teléfono móvil tenía contacto directo con varios niños, con quienes intercambiaba emojis y a quienes deseaba «una infancia hermosa».
La noticia ha creado una conmoción en Lucenay, el apacible pueblo en la bucólica región de Beaujolais a media hora de Lyon, convertido de pronto en el epicentro mediático en pleno puente del 1 de mayo. «Estamos todos en estado de shock: todos les conocíamos y le teníamos como un hombre normal», reconoció a la cadena televisiva BFM Lyon una madre identificada como Sandrine, madre de una niña de 11 años. «Ella no estuvo nunca en sus fiestas de cumpleaños ni en las fiestas de pijama de ese canalla. Lo que seguimos sin entender es por qué tardaron tanto en descubrir todo esto desde la primera denuncia».
Como telón de fondo está la inquietante historia familiar de Romain G., que conoció su esposa Elodie en el plató de Kaamelott y a la que llegó a considerar como «mi joya». Según Le Monde, Elodie ha lamentado estar durante años «bajo la influencia de un hombre manipulador que tiene un problema con el género femenino y que se está vengando de mí». Sus parientes han reconocido que el sospechoso «trataba particularmente mal a su hija, en comparación con su hijo», pero que no llegaron a ver indicios de su grado de perversión hacia los niños.
El caso de Romain G. ha traído a la memoria de los franceses un escándalo similar, protagonizado en 2015 por su tocayo Romain Farina, director de un colegio Villefontaine (al sur de Lyon) y acusado de decenas de casos de abusos y pertenencia de miles de archivos con imágenes de pedofilia. Romain Farina se suicidó en la celda de la cárcel en vísperas del juicio. Romain G. tendrá posiblemente su cita con los tribunales a lo largo de este año.
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