El Sevilla FC de José María del Nido Carrasco ha vuelto a activar el botón de supervivencia. Con un plan reducido a los continuos ajustes económicos, el proyecto deportivo no existe. Mantenerse en Primera División es el único objetivo de unos dirigentes que han dilapidado todo lo conseguido anteriormente. La palabra, también. Cuando continuamente anuncias que empieza una etapa nueva para entrar en un bucle que repetirá la historia poco después, la credibilidad se reduce al cero. Cambiar de entrenadores y de directores deportivos para que nada cambie. Quedarse en la máxima categoría como único anhelo para evitar el desastre y poder mantener los onerosos sueldos de los altos ejecutivos. Una cantera que añora sus tiempos de esplendor y que, además, ahora mira con envidia al vecino. Cuestión de confianza y de dinero.La afición se encuentra hastiada. No atisba la luz en el túnel en el que se metió el Sevilla desde el adiós de Monchi. Todo lo sucedido después, con la cuota de responsabilidad que se le quiera colocar al de San Fernando -reducida y con atenuantes en mi versión-, ha sido una mala decisión que se enterraba con la siguiente. Un modelo de gestión del que se presumía en el mundo del fútbol convertido en un compadreo del que sólo obtienen réditos unos cuantos y genera sufrimiento y cansancio en el aficionado. Un Sevilla de palabras vacías y eslóganes efímeros. El renovado García Pimienta o Matías Almeyda como ejemplos de ese usar y tirar desde arriba. Ya hasta nos olvidamos de José Luis Mendilibar, el último entrenador de éxito…Sólo desde esta introducción y bajo este prisma se entiende la esperanza del sevillista en Sergio Ramos. Ni su regreso como futbolista le sirvió para alcanzar ese perdón que le siguió negando buena parte de la afición, por más que su figura fuera clave para que aquella temporada el Sevilla no se precipitara al infierno. Ahora la situación es distinta. Dicen los que más y mejor conocen al camero que su ilusión se desborda ante la posibilidad de entrar en el puesto de mando de la entidad. E igual sucede entre los sevillistas, que se aferran a cualquier figura que les permita escapar de la actual pesadilla. Si no pueden ser Antonio Lappí y Fede Quintero, los únicos que formalizaron una propuesta formal por el Sevilla FC, que sea Sergio Ramos. Que aparezca un comprador que acabe con el triste final de unos grandes accionistas que debieron reaccionar antes y que todavía están a tiempo de apartarse a un lado, aunque sea llenándose los bolsillos.La situación deportiva es delicada, la institucional es peor. En manos de Luis García Plaza para evitar la caída a los infiernos. Con la necesidad de que los que rigen el Sevilla entiendan que esta película no puede continuar. Que si la gestión de estas familias fue maravillosa, como muestran las vitrinas del Ramón Sánchez-Pijzuán, la realidad actual es de vídeo comunitario. El fútbol sólo entiende de presente y saber salir a tiempo también es un don. Presumir de sevillismo para toda la vida no sólo requiere de palabras, también de acciones. Dejarle el marrón a Del Nido Carrasco tampoco está siendo la mejor opción. La falta de transparencia supone un lastre y una desconsideración hacia el sevillista. Apelar a cláusulas de confidencialidad que se saltan a la torera cuando le conviene a los que intrigan suena a pitorreo. El sevillismo, desde el gran accionista al de base pero también ese aficionado que paga su abono, merece un mayor respeto de los que dicen compartir esos colores. Para recuperar esa grandeza añorada primero hay que inyectarse esas virtudes que quedaron por el camino. El Sevilla necesita virar el rumbo, ya sea con el pujante Sergio Ramos o con otra figura que colme a los accionistas. Seguir penando en la mediocridad sólo alarga la agonía, aunque para algunos sea rentable. La dignidad hay que ganársela cuando más la necesita el Sevilla FC. El Sevilla FC de José María del Nido Carrasco ha vuelto a activar el botón de supervivencia. Con un plan reducido a los continuos ajustes económicos, el proyecto deportivo no existe. Mantenerse en Primera División es el único objetivo de unos dirigentes que han dilapidado todo lo conseguido anteriormente. La palabra, también. Cuando continuamente anuncias que empieza una etapa nueva para entrar en un bucle que repetirá la historia poco después, la credibilidad se reduce al cero. Cambiar de entrenadores y de directores deportivos para que nada cambie. Quedarse en la máxima categoría como único anhelo para evitar el desastre y poder mantener los onerosos sueldos de los altos ejecutivos. Una cantera que añora sus tiempos de esplendor y que, además, ahora mira con envidia al vecino. Cuestión de confianza y de dinero.La afición se encuentra hastiada. No atisba la luz en el túnel en el que se metió el Sevilla desde el adiós de Monchi. Todo lo sucedido después, con la cuota de responsabilidad que se le quiera colocar al de San Fernando -reducida y con atenuantes en mi versión-, ha sido una mala decisión que se enterraba con la siguiente. Un modelo de gestión del que se presumía en el mundo del fútbol convertido en un compadreo del que sólo obtienen réditos unos cuantos y genera sufrimiento y cansancio en el aficionado. Un Sevilla de palabras vacías y eslóganes efímeros. El renovado García Pimienta o Matías Almeyda como ejemplos de ese usar y tirar desde arriba. Ya hasta nos olvidamos de José Luis Mendilibar, el último entrenador de éxito…Sólo desde esta introducción y bajo este prisma se entiende la esperanza del sevillista en Sergio Ramos. Ni su regreso como futbolista le sirvió para alcanzar ese perdón que le siguió negando buena parte de la afición, por más que su figura fuera clave para que aquella temporada el Sevilla no se precipitara al infierno. Ahora la situación es distinta. Dicen los que más y mejor conocen al camero que su ilusión se desborda ante la posibilidad de entrar en el puesto de mando de la entidad. E igual sucede entre los sevillistas, que se aferran a cualquier figura que les permita escapar de la actual pesadilla. Si no pueden ser Antonio Lappí y Fede Quintero, los únicos que formalizaron una propuesta formal por el Sevilla FC, que sea Sergio Ramos. Que aparezca un comprador que acabe con el triste final de unos grandes accionistas que debieron reaccionar antes y que todavía están a tiempo de apartarse a un lado, aunque sea llenándose los bolsillos.La situación deportiva es delicada, la institucional es peor. En manos de Luis García Plaza para evitar la caída a los infiernos. Con la necesidad de que los que rigen el Sevilla entiendan que esta película no puede continuar. Que si la gestión de estas familias fue maravillosa, como muestran las vitrinas del Ramón Sánchez-Pijzuán, la realidad actual es de vídeo comunitario. El fútbol sólo entiende de presente y saber salir a tiempo también es un don. Presumir de sevillismo para toda la vida no sólo requiere de palabras, también de acciones. Dejarle el marrón a Del Nido Carrasco tampoco está siendo la mejor opción. La falta de transparencia supone un lastre y una desconsideración hacia el sevillista. Apelar a cláusulas de confidencialidad que se saltan a la torera cuando le conviene a los que intrigan suena a pitorreo. El sevillismo, desde el gran accionista al de base pero también ese aficionado que paga su abono, merece un mayor respeto de los que dicen compartir esos colores. Para recuperar esa grandeza añorada primero hay que inyectarse esas virtudes que quedaron por el camino. El Sevilla necesita virar el rumbo, ya sea con el pujante Sergio Ramos o con otra figura que colme a los accionistas. Seguir penando en la mediocridad sólo alarga la agonía, aunque para algunos sea rentable. La dignidad hay que ganársela cuando más la necesita el Sevilla FC.
El Sevilla FC de José María del Nido Carrasco ha vuelto a activar el botón de supervivencia. Con un plan reducido a los continuos ajustes económicos, el proyecto deportivo no existe. Mantenerse en Primera División es el único objetivo de unos dirigentes que han dilapidado … todo lo conseguido anteriormente. La palabra, también. Cuando continuamente anuncias que empieza una etapa nueva para entrar en un bucle que repetirá la historia poco después, la credibilidad se reduce al cero. Cambiar de entrenadores y de directores deportivos para que nada cambie. Quedarse en la máxima categoría como único anhelo para evitar el desastre y poder mantener los onerosos sueldos de los altos ejecutivos. Una cantera que añora sus tiempos de esplendor y que, además, ahora mira con envidia al vecino. Cuestión de confianza y de dinero.
La afición se encuentra hastiada. No atisba la luz en el túnel en el que se metió el Sevilla desde el adiós de Monchi. Todo lo sucedido después, con la cuota de responsabilidad que se le quiera colocar al de San Fernando -reducida y con atenuantes en mi versión-, ha sido una mala decisión que se enterraba con la siguiente. Un modelo de gestión del que se presumía en el mundo del fútbol convertido en un compadreo del que sólo obtienen réditos unos cuantos y genera sufrimiento y cansancio en el aficionado. Un Sevilla de palabras vacías y eslóganes efímeros. El renovado García Pimienta o Matías Almeyda como ejemplos de ese usar y tirar desde arriba. Ya hasta nos olvidamos de José Luis Mendilibar, el último entrenador de éxito…
Sólo desde esta introducción y bajo este prisma se entiende la esperanza del sevillista en Sergio Ramos. Ni su regreso como futbolista le sirvió para alcanzar ese perdón que le siguió negando buena parte de la afición, por más que su figura fuera clave para que aquella temporada el Sevilla no se precipitara al infierno. Ahora la situación es distinta. Dicen los que más y mejor conocen al camero que su ilusión se desborda ante la posibilidad de entrar en el puesto de mando de la entidad. E igual sucede entre los sevillistas, que se aferran a cualquier figura que les permita escapar de la actual pesadilla. Si no pueden ser Antonio Lappí y Fede Quintero, los únicos que formalizaron una propuesta formal por el Sevilla FC, que sea Sergio Ramos. Que aparezca un comprador que acabe con el triste final de unos grandes accionistas que debieron reaccionar antes y que todavía están a tiempo de apartarse a un lado, aunque sea llenándose los bolsillos.
La situación deportiva es delicada, la institucional es peor. En manos de Luis García Plaza para evitar la caída a los infiernos. Con la necesidad de que los que rigen el Sevilla entiendan que esta película no puede continuar. Que si la gestión de estas familias fue maravillosa, como muestran las vitrinas del Ramón Sánchez-Pijzuán, la realidad actual es de vídeo comunitario. El fútbol sólo entiende de presente y saber salir a tiempo también es un don. Presumir de sevillismo para toda la vida no sólo requiere de palabras, también de acciones. Dejarle el marrón a Del Nido Carrasco tampoco está siendo la mejor opción.
La falta de transparencia supone un lastre y una desconsideración hacia el sevillista. Apelar a cláusulas de confidencialidad que se saltan a la torera cuando le conviene a los que intrigan suena a pitorreo. El sevillismo, desde el gran accionista al de base pero también ese aficionado que paga su abono, merece un mayor respeto de los que dicen compartir esos colores. Para recuperar esa grandeza añorada primero hay que inyectarse esas virtudes que quedaron por el camino. El Sevilla necesita virar el rumbo, ya sea con el pujante Sergio Ramos o con otra figura que colme a los accionistas. Seguir penando en la mediocridad sólo alarga la agonía, aunque para algunos sea rentable. La dignidad hay que ganársela cuando más la necesita el Sevilla FC.
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