Josep Maria Pou: “Sigo creyendo que soy el peor actor del mundo”

El actor Josep María Pou, el 26 de marzo de 2026 en Madrid.

Es gigante de veras Josep Maria Pou, el actor. Y hace ahora de Gigante, el personaje de Roald Dahl, en el teatro del Círculo de Bellas Artes de Madrid. Ya lo hizo en Barcelona, en catalán. Mark Rosenblatt es el autor de la obra. Pou (nacido en Mollet del Vallés, Barcelona, en 1944) se enamoró de ese libreto y lo ha puesto como un estandarte que representa, ahora mismo, el drama mayor del mundo: la guerra. La de Gaza y, en realidad, todas.

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El actor Josep María Pou, el 26 de marzo de 2026, en Madrid. El actor Josep María Pou, el 26 de marzo de 2026, en Madrid.  El intérprete encarna a Roald Dahl en ‘Gigante’, obra que nació para abordar las polémicas generadas por las críticas del escritor a Israel en 1983 y que cobra nueva vigencia con la masacre en Gaza  

Es gigante de veras Josep Maria Pou, el actor. Y hace ahora de Gigante, el personaje de Roald Dahl, en el teatro del Círculo de Bellas Artes de Madrid. Ya lo hizo en Barcelona, en catalán. Mark Rosenblatt es el autor de la obra. Pou (nacido en Mollet del Vallés, Barcelona, en 1944) se enamoró de ese libreto y lo ha puesto como un estandarte que representa, ahora mismo, el drama mayor del mundo: la guerra. La de Gaza y, en realidad, todas.

La obra teatral de Rosenblatt nace de la diatriba que mantuvo Roald Dahl tras ser acusado de antisemita a raíz de sus duras críticas a la invasión israelí de Líbano en 1982. Ahora, el espectáculo parece evocar lo que sigue pasando en Palestina. El escalofrío que produce esta terrible coincidencia entre aquel tiempo y el que ahora se vive llena a diario el teatro madrileño.

Pregunta. ¿Qué es inolvidable para usted en la vida?

Respuesta. Grabado a fuego, algo que no se va nunca: un fracaso de mi infancia. Yo era un monaguillo, nueve, 10 años, en mi pueblo, Mollet. Jueves, viernes santo… Diez minutos después de cantar el Gloria se me resbaló de la mano y se me cayó el paño que yo debía aguantar, así que se cayó la imagen que yo custodiaba. Me quedé tan avergonzado, tan muerto de miedo que, vestido de monaguillo, me fui corriendo hasta llegar a mi casa. Me metí en la cama, sin quitarme la sotana. El fracaso más terrible… Me acompaña como una señal para que no se repita.

P. Quizá eso le lleva a sentirse como Michael Caine. Como usted recuerda, él siempre estuvo persuadido de que lo iban a despedir.

R. Claro, y por eso me identifiqué con él toda la vida…

P. Le ocurrió también un grave accidente cuando interpretaba Arte en el Marquina.

R. En torno a 2001, tarde y noche en el Marquina, al tiempo que hacía la serie Policías. Me pasaba la vida corriendo… En aquel rodaje me caí redondo por una escalera brutal y me rompí los ligamentos del tobillo. El traumatólogo era aquel del Madrid, Del Corral. Tenía rotos los ligamentos, había que escayolar y por la tarde tenía la función. No se podía suspender la obra. El doctor no me hizo caso, me escayoló hasta la rodilla, y así fui a la función.

P. ¿Y cómo se las arregló?

R. Había que hacer la función. Allí estábamos Josep Maria Flotats, Carlos Hipolito y yo, y el director era Flotats. Había tres butacas blancas en un escenario asimismo blanco. La solución era que los otros hicieran sus caminos sobre el escenario y yo me quedara siempre en la escena, sentado, no podía caminar ni con muletas, siempre con la pierna apoyada en el taburete. Cuando había que hacer mutis yo me tapaba la cara con las manos. El público entonces entendía perfectamente que yo no estuviera en escena. Y me quitaba las manos de la cara cuando ya me tocaba hablar. Con elegancia y con una sola mano.

P. ¿Cómo lo recuerda ahora?

R. Se me ponen los pelos de punta: al final la gente aplaudió durante cinco minutos. Allí estaba mi escayola, con mi pierna en primer término, con los dedos saliendo… Fue de las ovaciones más brutales que he vivido.

P. ¿Sigue teniendo miedo al fracaso, a que le echen, como Michael Caine?

R. Ya no. Él estaba persuadido de que lo echarían al día siguiente porque no era adecuado para hacer el personaje y que el coche lo devolvería a casa. Ese sentimiento lo he tenido también muchas veces. Pero no puedes exponerte en público si no tienes una confianza absoluta en ti mismo, por mucho que dudes en algún momento.

P. La estatura también lo ha perseguido, hasta ahora que es verdaderamente gigante.

R. Eso es, Gigante, nada menos. La primera película que hice fue una con Fernando Guillén. Debíamos hacer una pareja de policías. Los asesores de comportamiento avisaron al productor que yo no podía hacer de policía, y menos de policía secreto: era demasiado alto, un agente no podía tener tamaña estatura. Tenía que pasar desapercibido. No me echaron. Fui así de alto como policía secreto.

P. ¿Cómo se ha visto en el escenario?

R. Cuando venían los aplausos me decía: “He vuelto a engañarles”. Porque siempre sentí que lo hacía mal. Aunque sigo creyendo que soy el peor actor del mundo, pienso que ya tengo crédito para seguir viviendo hasta el próximo estreno.

P. ¿De qué le salva tener recuerdos?

R. Son armas para seguir avanzando. Los recuerdos llenan una mochila enorme en la que caben las experiencias. Cuando intento dormir lo mejor es que aparezcan recuerdos. Para cargar baterías… Mi vida personal es mi profesión. Mi hermano mayor murió con cuarenta y tantos años. Recuerdo una tarde merendando con él y con su mujer; todos intentábamos ayudarle a quitarle dramatismo a aquellos momentos. Él levantó la vista, me miró y me dijo: “Yo no quiero sufrir; que quede claro: yo no quiero sufrir”. Simplemente eso. Me marcó mucho, lo recuerdo como un momento increíble. Lo guardo como el recuerdo que tengo de mi padre. Veíamos la televisión, y ahí dieron la noticia de una muerte de alguien a los 80 años. Dijo mi padre: “Con esa edad me vale”. Él no tenía ninguna enfermedad. Murió de cáncer de próstata a los cuatro días de cumplir los 80. No tenía nada grave. Había dicho: “Con esa edad me vale”. Como si me hiciera a mí un encargo.

P. ¿Y el teatro qué le ha ido diciendo?

R. El rey Lear me marcó la vida. Muchas veces estaba en la escena convencido de estar en otro mundo, no en el mundo real. Que era otra persona la que estaba en escena. Que no había espectadores. Perdía la noción de la realidad y del espacio, flotando. Era el Rey Lear el que estaba allí, ni siquiera dependía de mí. Hasta que sentía un clic y me decía: “¡Hostia, hostia, si está el público!”, y entonces veía al resto de los compañeros del reparto, y el escenario, y la oscuridad del público. Pero yo había estado ausente.

P. ¿Le pasó con muchas obras?

R. Con el capitán Ahabde Moby Dick, que también era un enloquecido, un personaje extremo. Había que meterse tanto en esa locura, el texto te acompañaba tanto que lo que hacía era arrancarme de la realidad desde otro lugar, como desde otra galaxia. Yo me he sentido el personaje, no el actor. Eso lo recuerdo con un placer enorme: he tenido la sensación de que yo salía de mi cuerpo y me veía allí. No era el personaje, era yo.

P. Eran personajes que se parecen a usted, tan gigantes como Gigante.

R. En Gigante sí parece que podría ser imprescindible. Requiere, como el protagonista, actores de más de un metro noventa. Roald Dahl era gigante físicamente, gigante de las letras, gigantes eran los personajes de sus cuentos infantiles. Así que la palabra gigante envuelve todo su mundo.

P. ¿Hay un momento en que esta estatura suya le impidió algo?

R. Estoy seguro de que sí, que me impidió hacer algunos papeles, pero yo no me he enterado de que eso sucediera. Yo no podía ser el guapito de turno con metro noventa y pico. A los 30 años, sin embargo, ya hacía papeles de cardenales, de jueces, de militares, de coroneles. Salía a escena mandando, dando órdenes, y eso me dio mucha confianza. ¡En Prado del Rey me llamaban el Hijo del Altísimo! ¡Ahí viene Pau, el hijo del Altísimo! Y a las mujeres les gustaba trabajar conmigo: ¡tenían que mirar hacia arriba!

P. Fue elegido por el poder que representaba. Y del poder, también del poder político, por ejemplo, ¿qué piensa ahora?

R. Los que interpreté tenían algo, si no de locos, sí de mesiánicos que pensaban tener el poder de cambiar el mundo. Si me pregunta por el poder real, creo que he tenido en algunos momentos la sensación de tener un poder relativo. He dirigido dos o tres teatros, y eso es un pequeño poder. Y una gran responsabilidad: el poder para mí es la capacidad de poder hacer el bien. Pero mire lo que pasa ahora, lo que denuncia por ejemplo Robert De Niro criticando el poder de Donald Trump. No podemos permitir que el mundo esté en manos de un enfermo mental, que quiere ser rico, emperador y no sé cuántas cosas más. Yo creo que el poder es la posibilidad de hacer el bien en la comunidad en la que vives. Si tienes esa conciencia puedes hacer cosas maravillosas.

P. Cuando debutó en Madrid con Gigante aun no había estallado la guerra en Irán, pero ya había ocurrido la de Gaza, en la que incide la obra que usted representa. ¿Cómo vive usted estas coincidencias?

R. Me ha dado más conciencia. Siempre he pensado que, sobre todo, soy un ciudadano comprometido con la sociedad con una pequeña ventaja: una tribuna que otros no tienen, que es un escenario donde puedo contar historias con las que me sienta implicado y que puedan ayudar a los espectadores, mis coetáneos, a entender ciertas cosas a través del arte. Toda mi vida he sido de izquierdas y progresista. Cuando decidí hacer esta función la obra empezaba a estrenarse en Londres, en octubre de 2024. Me conmocionó. La pudieron haber escrito Arthur Miller, Tennessee Williams o Pirandello. Se estrenó cuando los atentados del 7 de octubre en Londres y el genocidio de Gaza era material de primera página en todos los periódicos. Ahí decidí hacerla ya, en Nueva York se estrenó anteayer.

P. Ahí está usted, hablando de lo que ocurre ahora mismo, dando voz a un escritor que lo vivía en 1983. Y resulta que ahora pasan hechos parecidos. ¿Cómo se encuentra usted ahí arriba, en el escenario, ante el público?

R. Es fantástico. La acción de la función es una anécdota en la vida personal de Roald Dahl. Lo que él escribió provocó el escándalo: venía de cuando Israel invadió Líbano y se produjeron las famosas matanzas de Sabra y Shatila en 1982. Y resulta que la historia se ha repetido exactamente igual. Ahora, en la escena, yo he sentido que todo sucede exactamente como entonces. Y el público me parece que lo recibe también como si ocurriera esta mañana.

P. ¿Cómo se siente como persona contando una historia que no es pasado sino presente?

R. Me siento como si fuera un médico contándole un mal a la gente. Como si tratara de explicarles lo que pasa ahora exactamente. Yo quiero que el público se conmocione. Me siento un transmisor.

P. La editora de Roald Dahl juega un papel extraordinario en el escenario. Ella es judía, ese es su personaje. Y usted, su personaje, es antisemita. ¿Hay algún momento en que usted, como persona, está con ella?

R. Los separa a los dos un abismo total. Hay dos minutos en que se rompe el abismo. Roald Dahl se da cuenta de cómo está ella, que tiene un hijo con problemas de atención. Le habla entonces con cierta amabilidad y le dice, en el segundo acto, antes de que ella se vaya, si echa de menos al hijo. Y ella le dice: “Sí, le echo de menos, dejarlo en casa es muy difícil”.

P. ¿En qué momento es usted Roald Dahl aquí?

R. Me gusta mucho Roald Dahl y lo entiendo. Hay cosas que no comparto. Me separo cuando él reclama la destrucción total del Estado de Israel, estoy con él cuando tengo que representarlo porque es mi obligación entender al personaje para poder hacerlo.

P. ¿Qué personaje consideraría para una próxima obra?

R. Si llegara a más de 100 años haría Bernhard Minetti, el más grande autor de Alemania de los años cincuenta y sesenta. Era muy extremo, odiaba el teatro y hasta la literatura y hablaba pestes de todo. Yo sería un personaje de más de 90 años que bajara de un tren con una pequeña maleta en la que llevara tan solo la máscara del rey Lear. Si me queda un año para acabar mi vida de actor, entonces sería Minetti.

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