Jürgen Habermas, el último intelectual

Jürgen Habermas, en su discurso al recoger el Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales 2003.

El último intelectual, sí, pero también el último representante de tantas otras cosas. Con Jürgen Habermas se pierde algo más que la vida de un gran filósofo, se nos va el pensador impenitente, el único que nunca dejó de abrirse a la discusión con todos los grandes de su tiempo, desde su maestro Adorno, pasando por los Luhmann, Rorty, Foucault, Derrida y cualquier otro autor que mereciera su atención. La lista sería inmensa. En eso no hizo más que aplicar los fundamentos de la teoría por la que siempre será recordado, la teoría de la acción comunicativa. De lo que se trata en ella es de intentar desarrollar un concepto de razón dirigido al entendimiento mutuo mediante procesos comunicativos libres de distorsiones y a la vez capaces de desvelar las estrategias de ocultación y engaño y los intereses del poder. Lo importante no es el acceso a la “verdad” en un sentido sustantivo, sino al mejor argumento; pero para eso hay que argumentar, desde luego, entrar en un diálogo intersubjetivo, eso que jamás dejó de practicar. Por eso es el padre de eso que llamamos “democracia deliberativa”, ese constante ejercicio de ilustración mutua entre ciudadanos libres e iguales que disuelven sus diferencias en un proceso de deliberación constante y bajo condiciones que aseguren una perfecta inclusión y simetría entre quienes así discuten.

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 Con la muerte del pensador alemán se pierde algo más que la vida de un gran filósofo, se nos va el único que nunca dejó de abrirse a la discusión con todos los grandes de su tiempo  

FILOSOFÍA
Opinión

Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Con la muerte del pensador alemán se pierde algo más que la vida de un gran filósofo, se nos va el único que nunca dejó de abrirse a la discusión con todos los grandes de su tiempo

Jürgen Habermas, en su discurso al recoger el Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales 2003.
Fernando Vallespín

El último intelectual, sí, pero también el último representante de tantas otras cosas. Con Jürgen Habermas se pierde algo más que la vida de un gran filósofo, se nos va el pensador impenitente, el único que nunca dejó de abrirse a la discusión con todos los grandes de su tiempo, desde su maestro Adorno, pasando por los Luhmann, Rorty, Foucault, Derrida y cualquier otro autor que mereciera su atención. La lista sería inmensa. En eso no hizo más que aplicar los fundamentos de la teoría por la que siempre será recordado, la teoría de la acción comunicativa. De lo que se trata en ella es de intentar desarrollar un concepto de razón dirigido al entendimiento mutuo mediante procesos comunicativos libres de distorsiones y a la vez capaces de desvelar las estrategias de ocultación y engaño y los intereses del poder. Lo importante no es el acceso a la “verdad” en un sentido sustantivo, sino al mejor argumento; pero para eso hay que argumentar, desde luego, entrar en un diálogo intersubjetivo, eso que jamás dejó de practicar. Por eso es el padre de eso que llamamos “democracia deliberativa”, ese constante ejercicio de ilustración mutua entre ciudadanos libres e iguales que disuelven sus diferencias en un proceso de deliberación constante y bajo condiciones que aseguren una perfecta inclusión y simetría entre quienes así discuten.

En su empeño por reivindicar el poder de esta dimensión de la razón, Habermas probablemente haya sido también el último ilustrado, la roca en el camino de la filosofía posmoderna, su némesis. Es curioso cómo ese carácter tan abierto y afable que lo caracterizaba podía mutar enseguida en el intelectual indignado y sin concesiones, siempre dispuesto a elevar su voz contra todo aquello que a su juicio se desviaba de las promesas y las exigencias de cualquier sistema democrático. Ningún tema le era ajeno, ni desperdiciaba ninguna ocasión para hacerse presente en el espacio público -ese ámbito que tanto contribuyó a teorizar- cada vez que asomaba cualquier indicio de irracionalismo político. En su día fue calificado como la “conciencia de la República Federal”, por su casi siempre irreprimible presencia en cualquier debate de su país, que poco a poco fue ampliándose a Europa u otros acontecimientos internacionales. Cada vez que carecíamos de guía intelectual frente a algún gran acontecimiento, ahí estaba Habermas para orientarnos. La última ocasión que recuerdo, hace escasos meses, fue con motivo del retorno de Trump, la guerra de Ucrania y Europa. Ay, Europa, eso por lo que tanto venía luchando.

Quiso el destino que el último libro de Habermas –Un nuevo cambio estructural de la esfera pública y la democracia deliberativa (Trotta, 2025)- volviera sobre el mismo tema que, 60 años antes, contribuyera a hacerle famoso. Esta vez, sin embargo, lo hizo para elevar su enorme preocupación por cómo la digitalización, las redes sociales y las plataformas -tanto la estructura como el funcionamiento de la comunicación pública- hacían ya casi imposible el despliegue de una opinión pública compatible con los criterios de legitimación democrática. Antes, nonagenario ya, nos regaló un denso tratado de 1.700 páginas titulado Otra historia de la filosofía. Combinó, así, hasta el final, la atención a la actualidad apoyada en su sólido compromiso cívico, con la reflexión pausada propia del filósofo de raza.

Como nos cuenta Philipp Felsch (El filósofo, Trotta,2025), sus últimos años estuvieron marcados por la frustración y la desesperanza. “Actualmente, todo a lo que había dedicado mi vida se está perdiendo paso a paso”, le confesó. Ante el terrible devenir del mundo político al que estamos asistiendo se veía en el rol del escritor de la época helenística que “conserva la memoria de las promesas incumplidas de su declinante cultura para los nacidos después de él”. Hoy empieza a cundir la impresión de que quizá hayamos entrado en esa fase, en la decadencia de la polis democrática. Pero gracias a pensadores como él no solo hemos aprendido a saber cómo detectar sus insuficiencias, sino también cómo armarnos para defenderla. Descanse en paz.

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