La Oreja de Van Gogh en Madrid: el triunfo de la fragilidad de Amaia Montero

Amaia Montero y Xabi San Martín (al fondo) en el concierto de anoche de La Oreja de Van Gogh en Movistar Arena de Madrid.

Existe algo realmente emotivo en presenciar el compromiso con su propia fragilidad con el que afronta estos conciertos Amaia Montero. Después de los dos primeros recitales en Barakaldo de esta gira de regreso de La Oreja de Van Gogh tras su salida del grupo en 2007, Movistar Arena de Madrid vivió un nuevo capítulo de la batalla de la cantante por sentirse artista otra vez. No se encuentra en plenitud la vocalista, pero es precisamente esa valentía en exponerlo la que transforma los conciertos en un asunto de alto voltaje anímico que viene acompañado de una ola innegable de esperanza subyacente. El público lo entendió perfectamente anoche y se dejó la garganta para impulsar a la protagonista, ya fuera coreando absolutamente todas las canciones o alentándola con continuos: “Amaia, Amaia”. Y así, trastabillado, con parones anticlímax entre canciones, con algunos desajustes tonales, pero también con momentos de festiva intensidad, salió adelante un concierto extrañamente exitoso.

Seguir leyendo

Amaia Montero cantando '20 de enero' anoche en Madrid.  La vocalista saca adelante un recital de alto voltaje anímico con un esfuerzo titánico desarrollado canción a canción  

Existe algo realmente emotivo en presenciar el compromiso con su propia fragilidad con el que afronta estos conciertos Amaia Montero. Después de los dos primeros recitales en Barakaldo de esta gira de regreso de La Oreja de Van Gogh tras su salida del grupo en 2007, Movistar Arena de Madrid vivió un nuevo capítulo de la batalla de la cantante por sentirse artista otra vez. No se encuentra en plenitud la vocalista, pero es precisamente esa valentía en exponerlo la que transforma los conciertos en un asunto de alto voltaje anímico que viene acompañado de una ola innegable de esperanza subyacente. El público lo entendió perfectamente anoche y se dejó la garganta para impulsar a la protagonista, ya fuera coreando absolutamente todas las canciones o alentándola con continuos: “Amaia, Amaia”. Y así, trastabillado, con parones anticlímax entre canciones, con algunos desajustes tonales, pero también con momentos de festiva intensidad, salió adelante un concierto extrañamente exitoso.

Cumplió el grupo donostiarra la primera de sus seis citas en el recinto madrileño. La capital será la ciudad que más recitales acoja de este periplo de 35 espectáculos titulado Tantas cosas que contar: la banda repite en la capital hoy viernes y el domingo, y luego se completa la media docena allá por septiembre para terminar el 30 de diciembre, en el final de la gira. A 15.000 personas por noche, hablamos de 90.000 entradas vendidas solo en Madrid. Ninguna broma este dato.

Salieron los cuatro músicos primero y comenzaron a interpretar una melodía que desembocaría en los nerviosos teclados de la introducción de 20 de enero. Ascendiendo desde el suelo (una metáfora de que dejaba atrás el infierno) apareció, llevada por un elevador, Amaia Montero. Y el escrutinio comenzó.

Su voz, esa que ha servido estos días para que indocumentados con una cuenta en X realicen todo tipo de memes, sonó en algunas fases deshilachada, pero no desafinó de forma escandalosa como se frotaban las manos los agoreros, inflexibles con ella, pero no tanto con otras voces gastadas dentro de un panorama musical que vive en el fervor de la nostalgia por retrotraerse a tiempos donde todos éramos jóvenes vitalistas con unas condiciones físicas indestructibles. El tiempo pasa, las voces cambian: no pasa nada si uno se sabe adaptar con arte a la nueva situación. Y Amaia está en ello.

Pronto surgió un problema de base en el espectáculo que tiene que ver con la puesta en escena, basada en una, en principio, bonita sucesión de paneles blancos móviles que cambiaban de color durante la noche. Un concepto que huye de lo abigarrado y apuesta por la limpieza y la asepsia. Hasta ahí, todo bien. Las pegas vienen porque cada músico ocupó una pequeña plataforma que prácticamente ninguno abandonó (un poco el bajista, Álvaro Fuentes) con lo que dejaron demasiado sola a la vocalista, que no encontró soportes para la interactuación. Todos los focos, por tanto, puestos en ella, y un grado más de presión a sus espaldas.

Los chicos de La Oreja nunca fueron la alegría de la huerta en la tarima y justo la función de ofrecer apoyo a la vocalista (tanto a Amaia como en la etapa de Leire Martínez) recaía en el guitarrista Pablo Benegas, que decidió bajarse de esta gira quizá temiéndose que no se cumplían las mejores condiciones para regresar. Su sustituto, Imanol Goikoetxea, buen músico que acompañó durante años a Álex Ubago, tocó anoche desde la retaguardia y sin dar un paso al frente.

El espectáculo se vio lastrado por algunos parones entre canciones, justificados una vez por un “hay un problema técnico”. En Tan guapa se quedó solo en el escenario Xavi San Martín y su piano. La idea era que se uniese enseguida Amaia, pero se retrasó. Había que ver al teclista girando violentamente el cuello para ver si asomaba la rubia melena de su compañera. Uno, dos, tres, cuatro… y nada. Fue solo un minuto, pero aquello se hizo eterno. Finalmente, apareció Amaia y levantaron la canción como pudieron.

Pero por encima de los contratiempos se impusieron las canciones. El periodo que mejores y más recuerdos aporta al ser humano es la solaz juventud, y para muchos españoles aquella época quedó marcada por las canciones de La Oreja de Van Gogh cuando Amaia Montero ejercía de ariete. Así que anoche todos los asistentes, una mayoría de treintañeros y cuarentañetos con ventaja de las mujeres, montaron en su delorean metal para retrotraerse a esos primeros 2000, a la época del aznariano “España va bien” con una banda sonora centralizada en la rumba canallita de Estopa, el pop-rock tosco de El Canto del Loco y el pop sensiblero de La Oreja de Gogh.

No faltó en la velada ninguno de aquellos éxitos con unas letras que abrazaban la cursilería sin pudor y que tres décadas después suenan igual de melifluas. Y ahí radica su grandeza: ya son clásicos de lo cursi. Sonaron Cuéntame al oído, La playa, El 28, Soledad o Rosas, la canción que quiso Karol G interpretar con la compañía de Amaia en aquel ya histórico recital en el Bernabéu, circunstancia a la que es de ley atribuir parte de la responsabilidad de que La Oreja de Van Gogh tenga una nueva vida. Cuando en la parte postrera sonó Cuídate, el griterío enterró a la voz de Amaia.

Ya terminado el recital, la escena final fue bastante gráfica de lo que sucedió durante una hora y 50 minutos: los cinco músicos abrazándose en círculo, con la vocalista efusivamente achuchada. Consistió en una escena de camerino que se desarrolló a la vista de todos los espectadores. Fue como decir: lo conseguimos, uno concierto más al que hemos sobrevivido. Mañana, otra batalla…

 Cultura en EL PAÍS

Noticias Similares