Los astrónomos llevan mucho tiempo avisando. Insistiendo en la necesidad de que nos preparemos lo mejor posible para resistir el golpe de una gran tormenta solar, una catástrofe natural con el potencial de causar miles, puede que millones de muertes, daños materiales incalculables e incluso el retroceso de nuestra civilización a la era preindustrial .Sabemos, con absoluta certeza, que no podemos evitar que esa tormenta se produzca. A lo largo de la historia de nuestro planeta ha habido muchas, y en el futuro también las habrá. La cuestión, como se suele decir, no es si esa tormenta llegará, sino cuándo lo hará. Y si en ese momento estaremos, o no, lo suficientemente preparados para encajar el impacto.Y ahora, lejos de darnos un respiro, un nuevo estudio recién publicado en ‘ Nature ‘ asegura que los efectos de un ‘evento de clima espacial extremo’ se han subestimado sistemáticamente durante décadas. Es decir, que los peligros inherentes a una supertormenta solar serían bastante peores de lo que pensábamos .El falso techo de nuestra protecciónHasta ahora, la ciencia de los fenómenos espaciales había operado bajo una premisa que resultaba, en cierto modo, tranquilizadora. Existía, de hecho, el consenso generalizado de que la Tierra poseía un límite natural a la hora de absorber la furia del viento solar, ese chorro incesante de plasma y gases ardientes que nuestra estrella escupe continuamente. Las observaciones sugerían que, a medida que aumentaba la fuerza del viento solar, las corrientes eléctricas inducidas en la atmósfera superior de la Tierra crecían hasta llegar a un punto de saturación en el cual, sencillamente, se estabilizaban. Es decir, que por muy violenta que fuera la erupción, nuestro mundo no podía ‘electrificarse’ más allá de ese límite.Sin embargo, el equipo liderado por Nithin Sivadas, del Centro de Vuelo Espacial Goddard de la NASA, y Maria Walach, de la Universidad de Lancaster, ha echado por tierra esa reconfortante suposición. En realidad, el ‘escudo’ del planeta no es inagotable y, peor aún, el supuesto límite superior es en realidad una ilusión, un espejismo estadístico provocado por la incertidumbre en nuestras propias herramientas de medición.Igual que un radar mal calibrado puede ignorar las velocidades más altas, nuestros satélites han estado interpretando a la baja la fuerza del SolLa trampa de medir desde lejosEl error detectado por los investigadores equivale a un radar de tráfico que estuviera mal calibrado en sus mediciones más altas y registrara, por lo tanto, velocidades muy por debajo de las que realmente llevan los coches más rápidos. Al hacer la media de los datos recopilados, los ingenieros podrían creer erróneamente que ningún vehículo supera jamás los 200 km/h, diseñando en consecuencia barreras de contención deficientes.Pues bien, algo muy parecido nos ha ocurrido en el espacio. Las mediciones que usamos para predecir el clima espacial provienen principalmente de satélites estacionados en el Punto de Lagrange 1 (L1), situado a un millón y medio de kilómetros de la Tierra en dirección al Sol. La enorme distancia y los errores propios de los sensores en momentos de saturación generan un efecto que en estadística se conoce como ‘regresión a la media’. Y al promediar las lecturas de numerosos eventos, los datos sugieren falsamente que los peores vientos solares no provocan corrientes igual de fuertes porque, de media, los vientos solares que llegan a la Tierra son más débiles.«Normalmente -advierte Sivadas- asumimos que la verdad puede estar cerca de lo que medimos. Pero la teoría de la probabilidad dice que se inclina hacia un lado. Es por eso que los riesgos del clima espacial parecen subestimados».Un huracán magnético sin frenosPara descubrir la verdad, el equipo de investigación ignoró los datos más lejanos (los tomados desde el punto L1) y analizó más de un millón de registros adquiridos directamente por naves de la NASA en órbita baja, rozando casi nuestro planeta. Los datos revelaron una relación directa e inquebrantable. A más fuerza del viento solar, más corriente en nuestra atmósfera. No existe ningún límite superior.«El campo magnético de nuestro planeta -explica la doctora Walach- hace un gran trabajo protegiéndonos de muchos de los efectos del clima espacial que, a menudo, sólo se manifiestan como fallos puntuales o hermosas auroras. Sin embargo, hay casos extremos, en los que los satélites caen inesperadamente a la Tierra, o perdemos la comunicación y las señales GPS».Un Evento Carrington en el siglo XXI costaría más de dos billones de dólares, calcinando satélites e infraestructuras eléctricas vitales y devolviendo a continentes enteros a una era preindustrialNo hace falta retroceder mucho en el tiempo para comprobar nuestra extrema vulnerabilidad tecnológica. En marzo de 1989, por ejemplo, una tormenta solar moderada colapsó toda la red eléctrica de la provincia de Quebec (Canadá) en apenas 90 segundos. Seis millones de personas se quedaron sumidas en la oscuridad y el frío, lo que generó pérdidas millonarias.Pero el verdadero terror de los astrofísicos es la posibilidad de que se repita el Evento Carrington de 1859 . Aquella erupción masiva inyectó tanta energía en la atmósfera que las líneas de telégrafo de Europa y Norteamérica ardieron, y las auroras boreales iluminaron los cielos del Caribe con un resplandor que permitía leer a medianoche. Según estimaciones de la Academia Nacional de Ciencias de EE. UU., si un evento de esa magnitud nos golpeara hoy, los daños iniciales superarían los dos billones de dólares, friendo transformadores vitales y devolviendo a continentes enteros a una era preindustrial.Descubrir que la Tierra no tiene un límite para absorber ese castigo, implica que nuestros escudos actuales son insuficientes de manera alarmante. «Si no hay un límite superior a la respuesta de nuestro planeta al viento solar -concluye Walach-, los modelos para casos extremos deben tener esto en cuenta y debemos estar alerta. Afortunadamente, estos casos muy extremos son raros, pero esto también significa que tenemos datos limitados para trabajar y solo el tiempo dirá qué sucede en un evento muy extremo, del tipo que ocurre una vez cada mil años». Los astrónomos llevan mucho tiempo avisando. Insistiendo en la necesidad de que nos preparemos lo mejor posible para resistir el golpe de una gran tormenta solar, una catástrofe natural con el potencial de causar miles, puede que millones de muertes, daños materiales incalculables e incluso el retroceso de nuestra civilización a la era preindustrial .Sabemos, con absoluta certeza, que no podemos evitar que esa tormenta se produzca. A lo largo de la historia de nuestro planeta ha habido muchas, y en el futuro también las habrá. La cuestión, como se suele decir, no es si esa tormenta llegará, sino cuándo lo hará. Y si en ese momento estaremos, o no, lo suficientemente preparados para encajar el impacto.Y ahora, lejos de darnos un respiro, un nuevo estudio recién publicado en ‘ Nature ‘ asegura que los efectos de un ‘evento de clima espacial extremo’ se han subestimado sistemáticamente durante décadas. Es decir, que los peligros inherentes a una supertormenta solar serían bastante peores de lo que pensábamos .El falso techo de nuestra protecciónHasta ahora, la ciencia de los fenómenos espaciales había operado bajo una premisa que resultaba, en cierto modo, tranquilizadora. Existía, de hecho, el consenso generalizado de que la Tierra poseía un límite natural a la hora de absorber la furia del viento solar, ese chorro incesante de plasma y gases ardientes que nuestra estrella escupe continuamente. Las observaciones sugerían que, a medida que aumentaba la fuerza del viento solar, las corrientes eléctricas inducidas en la atmósfera superior de la Tierra crecían hasta llegar a un punto de saturación en el cual, sencillamente, se estabilizaban. Es decir, que por muy violenta que fuera la erupción, nuestro mundo no podía ‘electrificarse’ más allá de ese límite.Sin embargo, el equipo liderado por Nithin Sivadas, del Centro de Vuelo Espacial Goddard de la NASA, y Maria Walach, de la Universidad de Lancaster, ha echado por tierra esa reconfortante suposición. En realidad, el ‘escudo’ del planeta no es inagotable y, peor aún, el supuesto límite superior es en realidad una ilusión, un espejismo estadístico provocado por la incertidumbre en nuestras propias herramientas de medición.Igual que un radar mal calibrado puede ignorar las velocidades más altas, nuestros satélites han estado interpretando a la baja la fuerza del SolLa trampa de medir desde lejosEl error detectado por los investigadores equivale a un radar de tráfico que estuviera mal calibrado en sus mediciones más altas y registrara, por lo tanto, velocidades muy por debajo de las que realmente llevan los coches más rápidos. Al hacer la media de los datos recopilados, los ingenieros podrían creer erróneamente que ningún vehículo supera jamás los 200 km/h, diseñando en consecuencia barreras de contención deficientes.Pues bien, algo muy parecido nos ha ocurrido en el espacio. Las mediciones que usamos para predecir el clima espacial provienen principalmente de satélites estacionados en el Punto de Lagrange 1 (L1), situado a un millón y medio de kilómetros de la Tierra en dirección al Sol. La enorme distancia y los errores propios de los sensores en momentos de saturación generan un efecto que en estadística se conoce como ‘regresión a la media’. Y al promediar las lecturas de numerosos eventos, los datos sugieren falsamente que los peores vientos solares no provocan corrientes igual de fuertes porque, de media, los vientos solares que llegan a la Tierra son más débiles.«Normalmente -advierte Sivadas- asumimos que la verdad puede estar cerca de lo que medimos. Pero la teoría de la probabilidad dice que se inclina hacia un lado. Es por eso que los riesgos del clima espacial parecen subestimados».Un huracán magnético sin frenosPara descubrir la verdad, el equipo de investigación ignoró los datos más lejanos (los tomados desde el punto L1) y analizó más de un millón de registros adquiridos directamente por naves de la NASA en órbita baja, rozando casi nuestro planeta. Los datos revelaron una relación directa e inquebrantable. A más fuerza del viento solar, más corriente en nuestra atmósfera. No existe ningún límite superior.«El campo magnético de nuestro planeta -explica la doctora Walach- hace un gran trabajo protegiéndonos de muchos de los efectos del clima espacial que, a menudo, sólo se manifiestan como fallos puntuales o hermosas auroras. Sin embargo, hay casos extremos, en los que los satélites caen inesperadamente a la Tierra, o perdemos la comunicación y las señales GPS».Un Evento Carrington en el siglo XXI costaría más de dos billones de dólares, calcinando satélites e infraestructuras eléctricas vitales y devolviendo a continentes enteros a una era preindustrialNo hace falta retroceder mucho en el tiempo para comprobar nuestra extrema vulnerabilidad tecnológica. En marzo de 1989, por ejemplo, una tormenta solar moderada colapsó toda la red eléctrica de la provincia de Quebec (Canadá) en apenas 90 segundos. Seis millones de personas se quedaron sumidas en la oscuridad y el frío, lo que generó pérdidas millonarias.Pero el verdadero terror de los astrofísicos es la posibilidad de que se repita el Evento Carrington de 1859 . Aquella erupción masiva inyectó tanta energía en la atmósfera que las líneas de telégrafo de Europa y Norteamérica ardieron, y las auroras boreales iluminaron los cielos del Caribe con un resplandor que permitía leer a medianoche. Según estimaciones de la Academia Nacional de Ciencias de EE. UU., si un evento de esa magnitud nos golpeara hoy, los daños iniciales superarían los dos billones de dólares, friendo transformadores vitales y devolviendo a continentes enteros a una era preindustrial.Descubrir que la Tierra no tiene un límite para absorber ese castigo, implica que nuestros escudos actuales son insuficientes de manera alarmante. «Si no hay un límite superior a la respuesta de nuestro planeta al viento solar -concluye Walach-, los modelos para casos extremos deben tener esto en cuenta y debemos estar alerta. Afortunadamente, estos casos muy extremos son raros, pero esto también significa que tenemos datos limitados para trabajar y solo el tiempo dirá qué sucede en un evento muy extremo, del tipo que ocurre una vez cada mil años».
Los astrónomos llevan mucho tiempo avisando. Insistiendo en la necesidad de que nos preparemos lo mejor posible para resistir el golpe de una gran tormenta solar, una catástrofe natural con el potencial de causar miles, puede que millones de muertes, daños materiales incalculables e incluso … el retroceso de nuestra civilización a la era preindustrial.
Sabemos, con absoluta certeza, que no podemos evitar que esa tormenta se produzca. A lo largo de la historia de nuestro planeta ha habido muchas, y en el futuro también las habrá. La cuestión, como se suele decir, no es si esa tormenta llegará, sino cuándo lo hará. Y si en ese momento estaremos, o no, lo suficientemente preparados para encajar el impacto.
Y ahora, lejos de darnos un respiro, un nuevo estudio recién publicado en ‘Nature‘ asegura que los efectos de un ‘evento de clima espacial extremo’ se han subestimado sistemáticamente durante décadas. Es decir, que los peligros inherentes a una supertormenta solar serían bastante peores de lo que pensábamos.
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José Manuel Nieves
El falso techo de nuestra protección
Hasta ahora, la ciencia de los fenómenos espaciales había operado bajo una premisa que resultaba, en cierto modo, tranquilizadora. Existía, de hecho, el consenso generalizado de que la Tierra poseía un límite natural a la hora de absorber la furia del viento solar, ese chorro incesante de plasma y gases ardientes que nuestra estrella escupe continuamente. Las observaciones sugerían que, a medida que aumentaba la fuerza del viento solar, las corrientes eléctricas inducidas en la atmósfera superior de la Tierra crecían hasta llegar a un punto de saturación en el cual, sencillamente, se estabilizaban. Es decir, que por muy violenta que fuera la erupción, nuestro mundo no podía ‘electrificarse’ más allá de ese límite.
Sin embargo, el equipo liderado por Nithin Sivadas, del Centro de Vuelo Espacial Goddard de la NASA, y Maria Walach, de la Universidad de Lancaster, ha echado por tierra esa reconfortante suposición. En realidad, el ‘escudo’ del planeta no es inagotable y, peor aún, el supuesto límite superior es en realidad una ilusión, un espejismo estadístico provocado por la incertidumbre en nuestras propias herramientas de medición.
Igual que un radar mal calibrado puede ignorar las velocidades más altas, nuestros satélites han estado interpretando a la baja la fuerza del Sol
La trampa de medir desde lejos
El error detectado por los investigadores equivale a un radar de tráfico que estuviera mal calibrado en sus mediciones más altas y registrara, por lo tanto, velocidades muy por debajo de las que realmente llevan los coches más rápidos. Al hacer la media de los datos recopilados, los ingenieros podrían creer erróneamente que ningún vehículo supera jamás los 200 km/h, diseñando en consecuencia barreras de contención deficientes.
Pues bien, algo muy parecido nos ha ocurrido en el espacio. Las mediciones que usamos para predecir el clima espacial provienen principalmente de satélites estacionados en el Punto de Lagrange 1 (L1), situado a un millón y medio de kilómetros de la Tierra en dirección al Sol. La enorme distancia y los errores propios de los sensores en momentos de saturación generan un efecto que en estadística se conoce como ‘regresión a la media’. Y al promediar las lecturas de numerosos eventos, los datos sugieren falsamente que los peores vientos solares no provocan corrientes igual de fuertes porque, de media, los vientos solares que llegan a la Tierra son más débiles.
«Normalmente -advierte Sivadas- asumimos que la verdad puede estar cerca de lo que medimos. Pero la teoría de la probabilidad dice que se inclina hacia un lado. Es por eso que los riesgos del clima espacial parecen subestimados».
Un huracán magnético sin frenos
Para descubrir la verdad, el equipo de investigación ignoró los datos más lejanos (los tomados desde el punto L1) y analizó más de un millón de registros adquiridos directamente por naves de la NASA en órbita baja, rozando casi nuestro planeta. Los datos revelaron una relación directa e inquebrantable. A más fuerza del viento solar, más corriente en nuestra atmósfera. No existe ningún límite superior.
«El campo magnético de nuestro planeta -explica la doctora Walach- hace un gran trabajo protegiéndonos de muchos de los efectos del clima espacial que, a menudo, sólo se manifiestan como fallos puntuales o hermosas auroras. Sin embargo, hay casos extremos, en los que los satélites caen inesperadamente a la Tierra, o perdemos la comunicación y las señales GPS».
Un Evento Carrington en el siglo XXI costaría más de dos billones de dólares, calcinando satélites e infraestructuras eléctricas vitales y devolviendo a continentes enteros a una era preindustrial
No hace falta retroceder mucho en el tiempo para comprobar nuestra extrema vulnerabilidad tecnológica. En marzo de 1989, por ejemplo, una tormenta solar moderada colapsó toda la red eléctrica de la provincia de Quebec (Canadá) en apenas 90 segundos. Seis millones de personas se quedaron sumidas en la oscuridad y el frío, lo que generó pérdidas millonarias.
Pero el verdadero terror de los astrofísicos es la posibilidad de que se repita el Evento Carrington de 1859. Aquella erupción masiva inyectó tanta energía en la atmósfera que las líneas de telégrafo de Europa y Norteamérica ardieron, y las auroras boreales iluminaron los cielos del Caribe con un resplandor que permitía leer a medianoche. Según estimaciones de la Academia Nacional de Ciencias de EE. UU., si un evento de esa magnitud nos golpeara hoy, los daños iniciales superarían los dos billones de dólares, friendo transformadores vitales y devolviendo a continentes enteros a una era preindustrial.
Descubrir que la Tierra no tiene un límite para absorber ese castigo, implica que nuestros escudos actuales son insuficientes de manera alarmante. «Si no hay un límite superior a la respuesta de nuestro planeta al viento solar -concluye Walach-, los modelos para casos extremos deben tener esto en cuenta y debemos estar alerta. Afortunadamente, estos casos muy extremos son raros, pero esto también significa que tenemos datos limitados para trabajar y solo el tiempo dirá qué sucede en un evento muy extremo, del tipo que ocurre una vez cada mil años».
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