‘La Regenta’ de Netflix, del orbayu al txirimiri 

Ojiplática me tiene que Netflix adapte La Regenta. Me chirría, pero tiene cierto sentido: hay romance, traición y salseo con miriñaques. El principal shock fue su protagonista, aunque la belleza de Ester Expósito se ajusta a la descripción de Ana Ozores. Los prejuicios me asaltan por su trayectoria previa, que tiene como hito la disparatada Élite. Precisamente lo que la convierte en el mejor reclamo para el sector de la audiencia al que aspira la plataforma. Al leer su nombre, se me quedó la misma cara que pondría ese sector si les dicen que la primera Ana Ozores fue la Concha de Aquí no hay quien viva. Tremenda belleza era Emma Penella, como lo era (y lo es) la Ozores noventera, Aitana Sánchez Gijón. Aitana también tiene pasado en series juveniles, aunque Segunda enseñanza era mucho más moderna que Élite. La serie de Ana Diosdado se rodó en Oviedo, pero podría haberse desarrollado en cualquier ciudad de provincias de aquellos ochenta en los que la carcundia combatía con denuedo cualquier signo de progreso. Como ahora, pero con hombreras y permanentes.

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 Es el mercado, amigos. A Netflix le sale más barato el País Vasco, cosas de las fiscalidades. Tampoco ayuda que los que tienen las llaves de la Catedral de Oviedo, escenario ‘a priori’ imprescindible, veten el acceso porque la novela de Clarín los trata mal  

Columna

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Es el mercado, amigos. A Netflix le sale más barato el País Vasco, cosas de las fiscalidades. Tampoco ayuda que los que tienen las llaves de la Catedral de Oviedo, escenario ‘a priori’ imprescindible, veten el acceso porque la novela de Clarín los trata mal

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María Zamora, Esther Expósito y Mar Coll en una imagen promocional de la película de Netflix ‘La Regenta’.
Eva Güimil

Ojiplática me tiene que Netflix adapte La Regenta. Me chirría, pero tiene cierto sentido: hay romance, traición y salseo con miriñaques. El principal shock fue su protagonista, aunque la belleza de Ester Expósito se ajusta a la descripción de Ana Ozores. Los prejuicios me asaltan por su trayectoria previa, que tiene como hito la disparatada Élite. Precisamente lo que la convierte en el mejor reclamo para el sector de la audiencia al que aspira la plataforma. Al leer su nombre, se me quedó la misma cara que pondría ese sector si les dicen que la primera Ana Ozores fue la Concha de Aquí no hay quien viva. Tremenda belleza era Emma Penella, como lo era (y lo es) la Ozores noventera, Aitana Sánchez Gijón. Aitana también tiene pasado en series juveniles, aunque Segunda enseñanza era mucho más moderna que Élite. La serie de Ana Diosdado se rodó en Oviedo, pero podría haberse desarrollado en cualquier ciudad de provincias de aquellos ochenta en los que la carcundia combatía con denuedo cualquier signo de progreso. Como ahora, pero con hombreras y permanentes.

Aquella ciudad podría ser cualquiera, pero su director Pedro Masó eligió Oviedo. Creíamos que Vetusta solo podía rodarse en Oviedo, pero Netflix ha elegido Vizcaya. Podemos rasgarnos las vestiduras, aunque no es novedad. El oeste americano era Almería y el Pekín de Charlton Heston y Ava Gardner, la madrileña Las Matas. Para más ejemplos, échenle un vistazo al documentadísimo libro de Raquel Piñeiro Un país en la pantalla. Es el mercado, amigos. A Netflix le sale más barato el País Vasco, cosas de las fiscalidades. Tampoco ayuda que los que tienen las llaves de la Catedral de Oviedo, escenario a priori imprescindible, veten el acceso porque la novela de Clarín los trata mal. Como la obra es igual que hace 100 años, entendemos que los anteriores propietarios del inmueble no la habían leído. O igual es que les pagaron más. Méndez-Leite apoquinó un millón de pesetas por rodar allí. El anticlericalismo entra mejor vía Bizum. También dicen que es mucho follón. Al deán le ha faltado asomarse al campanario gritando el pantojil: “¡Esa es mi casa, no me vas a grabar más!”. Da igual, en esto, como en las elecciones, ganan todos o al menos no pierde ninguno. A Netflix lo que le abre mercados es Expósito, no Oviedo, y la polémica es publicidad gratuita; las editoriales aumentarán ventas y la Iglesia mantiene las esencias que le llevan funcionando dos mil años. Aunque ahora haya un Papa que vota, la institución sigue siendo igual de vetusta.

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