La sarna diezma las poblaciones de cabra montes

Todo empezó, creo recordar (aunque a veces recuerde mal) hace ya doce otoños… Empezó, leí, al lado de mi pueblo, en Bot, a los pies de los puertos de Tortosa-Beceite. Paraíso, otrora, de la cabra hispánica. Coincidió (los males nunca vienen solos) con la traumática escisión, que no independencia ni segregación, en mi despacho profesional y con la marcha (a esos eternos cazaderos de bisontes) de mi gran amigo (sí, ese que me regaló mi –hasta el momento– única arma rayada, el Santa Bárbara 7mm RM), mi mirlo blanco… MI PADRE. Vino sin avisar, aunque –otros– pensamos que las campanas doblaban desde hacía ya unos meses. Esa especie de letal guadaña microscópica apareció, primero lenta y diminutamente como una casi inapreciable mancha de aceite en el vestido de los domingos, para acabar abarcando todo el macizo (¡y sigue!) de norte a sur y de este a oeste: el ‘Sarcoptes’. Cruel, donde los haya, silencioso y persistente (no crea inmunidad el parásito, leo), recurrente y (vuelvo a leer) muy posiblemente endémico. Por donde pasa, arrasa. Se lleva por delante un 90% de la cabaña existente. Cabaña, tal vez, con una excesiva población tolerada por unas mentes pensantes, que piensan en todo menos en lo que hay que pensar, para garantizar una óptima sanidad del ungulado rey de nuestra fauna cinegética ibérica.Noticia relacionada general No No La reducción de la caza menor y la disminución del número de cazadores Rafael Serrano VicenteEl intrínseco gregarismo (el macho en celo se desplaza innumerables kilómetros en busca del que será su disputado y ganado harén para luego regresar, pasado su celo anual, al rebaño de machos que lo acompaña el resto del año) de nuestra cabra hispánica ha significado la pólvora y gasolina necesaria para este incendio (desastre ecológico) que no amaina y cuyos rescoldos ‘revifan’, aquí y allá, de manera periódica y recurrente… Como castigo divino, suerte de siete plagas, vino a caer –como casi siempre pasa– en unas zonas rurales (esas de pocos votos) endémicamente desfavorecidas, vacías y vaciadas ‘in aeternum’. Donde, ahora, se nace poco y se emigra mucho. Donde apenas hay griterío en el recreo de los parvularios y ser ochentañero ‘está de moda’. Tal como íbamos diciendo, su perversidad ‘se hizo carne’ en un macizo en el que ponen sus picas tres Administraciones autonómicas diferentes: la aragonesa, la valenciana y la catalana (antiguo centro geográfico de la Corona de Aragón). Tres Administraciones que se rigen desde despachos de la ciudad y para la ciudad (urbanismo letal), desconociendo y queriendo desconocer la realidad rural que las conforma: el agricultor, el cazador y los pueblos (micro) que, habitados por estos, se resisten a dar sus últimos coletazos. Dicho triunvirato (ineficaz y mastodóntico) se erigió, a cuál más soberbio y prepotente (ignorantes todas), como el salvapatrias particular e interesado del enfermo (nuestra cabra hispánica). Se aplicaron o dejaron de aplicar diferentes e improvisadas ‘soluciones’ para acabar con el bichito, todas ellas –tal como se ha vivido y padecido– enteramente ineficaces pero no, eso sí, gratuitas. La vida sobrevive, se sobrelleva, la sarna se reproduce por la inexistente (supongo) falta de criterio para combatirla (por condescendientes, inapetentes e incompetentes), se divisan animales enfermos y no se abaten, los despachos siguen poblados, la ‘omertá’ se perpetúa, nadie ha sido cesado, el (supuesto) desastre ecológico ha sido y es acallado, ocultado, ninguneado… Ahora, algunas voces en los sectores privado, científico y cinegético empiezan a oírse a lo lejos, a postularse… Veremos… Yo, mientras, a mis cincuenta y muchos, con ‘mi hierro’, mi inseparable y fiel amigo, intento y seguiré intentando, desde este rinconcito del mundo, matar al olvido. Todo empezó, creo recordar (aunque a veces recuerde mal) hace ya doce otoños… Empezó, leí, al lado de mi pueblo, en Bot, a los pies de los puertos de Tortosa-Beceite. Paraíso, otrora, de la cabra hispánica. Coincidió (los males nunca vienen solos) con la traumática escisión, que no independencia ni segregación, en mi despacho profesional y con la marcha (a esos eternos cazaderos de bisontes) de mi gran amigo (sí, ese que me regaló mi –hasta el momento– única arma rayada, el Santa Bárbara 7mm RM), mi mirlo blanco… MI PADRE. Vino sin avisar, aunque –otros– pensamos que las campanas doblaban desde hacía ya unos meses. Esa especie de letal guadaña microscópica apareció, primero lenta y diminutamente como una casi inapreciable mancha de aceite en el vestido de los domingos, para acabar abarcando todo el macizo (¡y sigue!) de norte a sur y de este a oeste: el ‘Sarcoptes’. Cruel, donde los haya, silencioso y persistente (no crea inmunidad el parásito, leo), recurrente y (vuelvo a leer) muy posiblemente endémico. Por donde pasa, arrasa. Se lleva por delante un 90% de la cabaña existente. Cabaña, tal vez, con una excesiva población tolerada por unas mentes pensantes, que piensan en todo menos en lo que hay que pensar, para garantizar una óptima sanidad del ungulado rey de nuestra fauna cinegética ibérica.Noticia relacionada general No No La reducción de la caza menor y la disminución del número de cazadores Rafael Serrano VicenteEl intrínseco gregarismo (el macho en celo se desplaza innumerables kilómetros en busca del que será su disputado y ganado harén para luego regresar, pasado su celo anual, al rebaño de machos que lo acompaña el resto del año) de nuestra cabra hispánica ha significado la pólvora y gasolina necesaria para este incendio (desastre ecológico) que no amaina y cuyos rescoldos ‘revifan’, aquí y allá, de manera periódica y recurrente… Como castigo divino, suerte de siete plagas, vino a caer –como casi siempre pasa– en unas zonas rurales (esas de pocos votos) endémicamente desfavorecidas, vacías y vaciadas ‘in aeternum’. Donde, ahora, se nace poco y se emigra mucho. Donde apenas hay griterío en el recreo de los parvularios y ser ochentañero ‘está de moda’. Tal como íbamos diciendo, su perversidad ‘se hizo carne’ en un macizo en el que ponen sus picas tres Administraciones autonómicas diferentes: la aragonesa, la valenciana y la catalana (antiguo centro geográfico de la Corona de Aragón). Tres Administraciones que se rigen desde despachos de la ciudad y para la ciudad (urbanismo letal), desconociendo y queriendo desconocer la realidad rural que las conforma: el agricultor, el cazador y los pueblos (micro) que, habitados por estos, se resisten a dar sus últimos coletazos. Dicho triunvirato (ineficaz y mastodóntico) se erigió, a cuál más soberbio y prepotente (ignorantes todas), como el salvapatrias particular e interesado del enfermo (nuestra cabra hispánica). Se aplicaron o dejaron de aplicar diferentes e improvisadas ‘soluciones’ para acabar con el bichito, todas ellas –tal como se ha vivido y padecido– enteramente ineficaces pero no, eso sí, gratuitas. La vida sobrevive, se sobrelleva, la sarna se reproduce por la inexistente (supongo) falta de criterio para combatirla (por condescendientes, inapetentes e incompetentes), se divisan animales enfermos y no se abaten, los despachos siguen poblados, la ‘omertá’ se perpetúa, nadie ha sido cesado, el (supuesto) desastre ecológico ha sido y es acallado, ocultado, ninguneado… Ahora, algunas voces en los sectores privado, científico y cinegético empiezan a oírse a lo lejos, a postularse… Veremos… Yo, mientras, a mis cincuenta y muchos, con ‘mi hierro’, mi inseparable y fiel amigo, intento y seguiré intentando, desde este rinconcito del mundo, matar al olvido.  

Todo empezó, creo recordar (aunque a veces recuerde mal) hace ya doce otoños… Empezó, leí, al lado de mi pueblo, en Bot, a los pies de los puertos de Tortosa-Beceite. Paraíso, otrora, de la cabra hispánica. Coincidió (los males nunca vienen solos) con la … traumática escisión, que no independencia ni segregación, en mi despacho profesional y con la marcha (a esos eternos cazaderos de bisontes) de mi gran amigo (sí, ese que me regaló mi –hasta el momento– única arma rayada, el Santa Bárbara 7mm RM), mi mirlo blanco… MI PADRE.

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