En un festival tan comprometido políticamente en su programación como es la Berlinale, es llamativo que, alcanzado el primer fin de semana del certamen, solo se hable de que no se habla de política en las ruedas de prensa. En las pantallas se siguen proyectando filmes que retratan el mundo de hoy. Pero en sus comparecencias ante los periodistas, muchas estrellas regatean las cuestiones.
En el festival más político de la temporada, en la sala de prensa ha triunfado el miedo a hablar de Trump o de Gaza. Las redes sociales buscan vídeos con frases contundentes mientras poca gente reflexiona sobre las películas
En un festival tan comprometido políticamente en su programación como es la Berlinale, es llamativo que, alcanzado el primer fin de semana del certamen, solo se hable de que no se habla de política en las ruedas de prensa. En las pantallas se siguen proyectando filmes que retratan el mundo de hoy. Pero en sus comparecencias ante los periodistas, muchas estrellas regatean las cuestiones.
Como Wim Wenders, presidente del jurado, cuyas palabras explotaron en redes sociales (un elemento que altera el debate) y llevaron a que la escritora india Arundhati Roy cancelara su viaje a la capital alemana. El sábado por la noche el festival envió dos comunicados: uno desde la organización, otro desde la propia máxima responsable, la estadounidense Tricia Tuttle. Lo hacían “en defensa de nuestros cineastas, y especialmente de nuestro jurado y de su presidente”, tras lo que describen como una “tormenta mediática que ha arrasado el festival”. Como decía anoche el músico Tom Morello, al presentar un documental sobre la banda de heavy metal Judas Priest: “Qué momento para estar vivo, cuando puedes hacer un documental sobre una de tus bandas favoritas y luchar contra el fascismo al mismo tiempo”.
En realidad, en la capital alemana han confluido distintos problemas. El primero y más evidente es que el certamen se volcó en apoyar a Ucrania tras la invasión rusa e incluso se sigue ofreciendo como plataforma para los creadores ucranianos. Lo mismo ha hecho con los directores iraníes. En esta edición iban a rendir homenaje a los dos realizadores persas que han ganado el Oso de Oro en la última década, Jafar Panahi y Mohammad Rasoulof, en una charla el próximo jueves que se ha aplazado tras la petición de ambos creadores.

Pero, ¿y Gaza? En Alemania hablar sobre el conflicto entre Palestina e Israel puede incluso constituir delito, dependiendo de la expresión usada. En el land de Berlín, ciudad-estado en Alemania, decir “desde el río hasta el mar”, frase muy usada para apoyar la causa palestina y considerada por tribunales regionales como constitutiva de delito, ya que se entiende que niega la existencia del Estado de Israel. El año pasado, el director hongkonés Jun Li reprodujo esas palabras en un escenario (en realidad, leía el texto enviado por uno de sus actores, el iraní Erfran Shekarriz) y la Oficina Regional de lo Criminal de Berlín abrió de oficio una investigación, tras difundirse el discurso en redes.
El jueves, en la rueda de prensa de presentación del jurado, el polémico bloguero alemán Tilo Jung preguntó si el apoyo de Alemania a Israel, y su apoyo financiero a la Berlinale, un certamen financiado principalmente con dinero público, comprometían la libertad de expresión del festival. Es decir, ¿se está amordazando al festival? La primera en saltar fue la productora polaca Ewa Puszczyńska (procedente de un país que también lidia con sus propios fantasmas de un pasado antijudío): “Las películas no son políticas en el sentido que ustedes le dan a la palabra. Hacer esta pregunta es un poco injusto. Usamos la frase ‘cambiar el mundo’, pero, por supuesto, intentamos hablar con cada espectador, hacerles creer que no podemos ser responsables de la decisión que tome”.

Y a continuación entró el presidente del jurado, Wim Wenders: “Tenemos que mantenernos al margen de la política. Somos el contrapeso de la política, lo opuesto a los políticos; hay que hacer el trabajo de la gente, no el de los políticos”. Fue esta respuesta la que ha provocado numerosas críticas en redes sociales que además recordaban cómo en la pasada edición ya hubo roces entre quienes querían apoyar al pueblo gazatí públicamente y la Berlinale, que deseaba que no se entrara en polémicas.
El viernes, mientras la Asociación de Cineastas Independientes de Irán realizaba una performance en la Potsdamer Platz, a cien metros del Berlinale Palast, con voluntarios tendidos en el suelo para simbolizar a las víctimas de las protestas de enero de 2026, la escritora india Arundhati Roy cancelaba su viaje a Alemania, donde iba a presentar una versión restaurada, en la sección Berlinale Classics, de la comedia In Which Annie Give It Those Ones (1989), de Pradip Krishen, cuyo guion redactó Roy, y explicaba en un comunicado: “Oírlos decir que el arte no debería ser político es asombroso […]. Es una forma de silenciar una conversación sobre un crimen contra la humanidad mientras se desarrolla ante nosotros en tiempo real, cuando artistas, escritores y cineastas deberían estar haciendo todo lo posible por detenerlo […]. La situación en Gaza es un genocidio del pueblo palestino por parte del Estado de Israel”.
Cine a favor de la libertad y contra el Telón de Acero
Cuando la Berlinale se fundó en 1950 por el cineasta estadounidense Oscar Martay, como un baluarte cultural en una ciudad dividida, el festival fue diseñado como un “escaparate del mundo libre”, una celebración de la libertad artística que contrastara con la vida al otro lado del Telón de Acero. Pura política a través del arte, algo de lo que siempre se ha enorgullecido este encuentro cinematográfico: la libertad, las minorías y las reivindicaciones justas siempre han encontrado una pantalla disponible en la Berlinale. Hasta Charli XCX apuntó el sábado: “Es estupendo estar en un certamen que no rehúye las películas políticas, con un enfoque social genuino. Como productora, estas son las películas que me encantan, y las que quiero defender”. Entonces, ¿qué ha cambiado?
Evidentemente, las redes sociales. Las críticas cibernéticas no analizan la programación (que también merecería un análisis en sus sesgos), sino lo que está ocurriendo en las ruedas de prensa. Los vídeos cortos han destrozado el debate, ya no hay espacio —menos aún online— para la frase larga, y por eso el comentario de Wenders (por lo rotundo y breve) multiplicó su eco. Lo mismo le pasó a Michelle Yeoh, Oso de Oro de honor, que interrogada el viernes sobre el panorama político estadounidense, respondió: “No creo estar en condiciones de hablar de algo de lo que no sé”, dijo. En la primera presidencia de Trump, la mayor parte de los cineastas estadounidenses realizaba declaraciones en clara oposición a las políticas del multimillonario neoyorquino. En esta segunda etapa, su coalición con los tecnobros y la sensación generalizada de que ahora puede hacer lo que quiera han acallado aquellas voces.

El músico Tom Morello, fundador de Rage Against The Machine, y coaligado con Bruce Springsteen como los azotes roqueros contra Trump, ayer domingo presentó un documental sobre la banda de heavy metal Judas Priest: “Qué momento para estar vivo, cuando puedes hacer un documental sobre una de tus bandas favoritas y luchar contra el fascismo al mismo tiempo”. Morello es de los pocos que no tienen miedo a calificar como “fascista” la presidencia de Trump.
Otro artista que ha visto sus palabras esparcidas críticamente en Internet ha sido el actor Neil Patrick Harris, fajador en EE UU en pos de la igualdad de los derechos para los gays, que en su rueda de prensa del sábado regateó cuestiones políticas. ¿Puede el cine combatir el fascismo? “Creo que vivimos en un mundo extrañamente algorítmico y dividido, y por eso, como artista, siempre me interesa hacer cosas apolíticas”, respondió Harris. “Porque todos, como humanos, queremos conectar de alguna manera”. Declaración que choca con decisiones previas de su carrera, como protagonizar en Broadway el musical Hedwig, un grito de rabia contra el imperio del sistema binario de género y una apuesta por una nueva visión del universo trans.
Más aún, en la película en la que Harris participa, Sunny Dancer, el equipo ha tenido acceso a un centro público estadounidense de tratamiento contra el cáncer, en mitad de la rebaja de prestaciones por parte del Gobierno Trump a la sanidad pública. “Aunque tengo mis propias opiniones políticas”, explicó, “creo que, como actor, especialmente en este tipo de películas, intento ser lo más inclusivo posible. Nunca interpreté este guion como una declaración política”. Otros sí han dado un paso adelante: la directora finlandesa Hanna Bergholm lució un pin de sandía en apoyo a Palestina durante la conferencia de prensa el sábado de Nightborn, un thriller sobre la maternidad, y dijo: “Como seres humanos adultos, creo que tenemos la responsabilidad de alzar la voz contra la violencia y la injusticia, porque no alzar la voz también es una elección”.

En el comunicado oficial del certamen, se puede leer: “Creemos que es importante alzar la voz en defensa de nuestros cineastas, y en especial de nuestro jurado y su presidente. Parte de lo que circula actualmente se basa en declaraciones de conferencias de prensa, desvinculadas no solo del contexto de las conversaciones, sino también de la trayectoria y los valores que estos artistas representan […]. Nuestra responsabilidad es crear un espacio en el que se puedan escuchar y respetar diversas perspectivas, tanto en las propias películas como por parte de quienes las realizan, incluidos aquellos que trabajan con fuertes impulsos políticos”.
Junto al comunicado, la directora del festival, Tricia Tuttle, ha escrito una larga “reflexión” titulada Sobre hablar, cine y política, en la que responde a la cantidad de veces que se ha pedido a actores y cineastas en conferencias de prensa que comenten sobre cuestiones políticas y sociales en EE UU, Medio Oriente y Alemania: “Los artistas tienen el derecho a ejercer la libertad de expresión como deseen. No se debe esperar que […] hablen sobre todos los temas políticos que se les plantean, a menos que lo deseen”.
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