‘Más que rivales’: mucho sexo gay, poca combustión 

Más que rivales no es solo una serie, sino también un fenómeno cultural de primera magnitud. La producción canadiense de la que medio mundo lleva semanas hablando era, en origen, una modesta serie rodada en apenas un mes y basada en una saga de libros de consumo rápido sobre el deseo homosexual de varios jugadores de hockey sobre hielo. Todo la condenaba a ocupar un nicho, hasta que logró congregar a cerca de nueve millones de espectadores por episodio en su estreno en Estados Unidos. Muchos de ellos, mujeres seducidas por los romances gais, igual que los hombres acostumbran a ver porno lésbico. El resultado se puede ver desde este jueves en Movistar Plus+.

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 Convertida en fenómeno global, la serie sobre el amor clandestino de dos jugadores de hockey exhibe una carnalidad poco frecuente, pero carece de auténtica ambición dramática. El resultado calienta pero no quema  

Más que rivales no es solo una serie, sino también un fenómeno cultural de primera magnitud. La producción canadiense de la que medio mundo lleva semanas hablando era, en origen, una modesta serie rodada en apenas un mes y basada en una saga de libros de consumo rápido sobre el deseo homosexual de varios jugadores de hockey sobre hielo. Todo la condenaba a ocupar un nicho, hasta que logró congregar a cerca de nueve millones de espectadores por episodio en su estreno en Estados Unidos. Muchos de ellos, mujeres seducidas por los romances gais, igual que los hombres acostumbran a ver porno lésbico. El resultado se puede ver desde este jueves en Movistar Plus+.

La premisa es sencilla: una nueva variación de los relatos de amor impedido, tan habitual en el arco temporal que va Tristán e Isolda hasta Los Bridgerton, protagonizados por enemigos públicos separados por su clase social o por temperamentos incompatibles. Dos jugadores profesionales de hockey, el canadiense Shane Hollander (Hudson Williams, entre lo magnético y lo inexpresivo) y el ruso Ilya Rozanov (Connor Storrie, revelación inmediata), se enfrentan en la pista y se buscan con furia fuera de ella, en el secreto de habitaciones de hotel y apartamentos de lujo. Shane es el niño prodigio, un buen chico criado entre contratos publicitarios gestionados por sus padres y managers. Ilya, en cambio, fue moldeado por el rigor soviético: torturado y venenoso, huérfano de madre, con un padre militar y un hermano malo e inútil. Desde 2008 y a lo largo de casi una década, la relación progresa a base de mensajes de texto y encuentros furtivos, en una clandestinidad que resulta casi irónica en plena era del love wins y su falso triunfalismo igualitario.

El resultado se desmarca con valentía de la castidad edulcorada que domina muchas ficciones ‘queer’. El problema es que, pasado el impacto inicial, a la serie no le queda mucho más que ofrecer

Desde el comienzo, la serie juega con gran astucia su carta más valiosa: una carnalidad explícita, muy infrecuente en el cine y las series de hoy. En un contexto cada vez más pudoroso —The Economist calculó en 2024 que el contenido sexual en las 250 películas más taquilleras de EE UU había caído cerca de un 40 % desde el año 2000—, Más que rivales solo tarda 15 minutos en llevar a sus protagonistas a la cama. Y lo hace sin muchos rodeos: en la serie hay desnudos prolongados y nada tímidos (aunque sin planos frontales, el último tabú), escenas de masturbación, felaciones reiteradas, ingesta de semen, intercambio de fotos explícitas y referencias a consoladores anales. El resultado se desmarca con valentía de la castidad edulcorada que domina muchas ficciones queer.

El problema es que,pasado el impacto inicial, a Más que rivales no le queda mucho más que ofrecer. Su estructura dramática se instala pronto en una monotonía alarmante: un sinfín de SMS cargados de doble sentido, planos enérgicos de partidos de hockey —que el creador de la serie, Jacob Tierney, antiguo actor y coguionista de Xavier Dolan, resuelve con rapidez, un alivio para los alérgicos al deporte sobre hielo—, sexo salvaje coreografiado con gran esmero y elipsis temporales al ritmo de una canción pop melancólica. Y vuelta a empezar, durante cinco episodios.

Más que rivales reclama una lectura seria mientras se permite juegos de palabras de brocha gorda —“una banana siempre lo arregla todo”— y una sobreabundancia machacona de fucks y assholes con evidente doble sentido. El punto medio entre el drama y la distancia irónica no termina de cuajar, aunque esa indecisión conserve cierto encanto. La puesta en escena, a base de zooms suaves y una iluminación elegante, disimula el vacío durante un tiempo. Hasta que un diálogo cualquiera nos devuelve con violencia a una inanidad solo tolerable si se escoge una lectura camp que la serie nunca asume del todo.

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Lo mejor está en otra parte, y ocupa poco más de un episodio de los seis en total. A la historia de deseo primario de sus dos protagonistas, Más que rivales le adosa otra más suave, que arranca con el cortejo dulce entre otro jugador en el armario, Scott Hunter (François Arnaud, al que nos hubiera gustado ver un rato más), y un barista especializado en los smoothies de frutas. La ilusión se desinfla pronto: su relación también quedará sometida al secreto y la vergüenza. Ambos protagonizan, al final del quinto episodio, el mejor momento de esta primera temporada (spoiler: los dos aparecen vestidos). Otro que nos viene en mente: cuando Shane escribe a su amante, después de un mal polvo, un mensaje que nunca enviará: “Ni siquiera nos hemos besado”. Faltan muchos más así.

En la serie, la homofobia no se muestra, se presupone. Determina las vidas en secreto de los protagonistas, pero se manifiesta como un ruido de fondo, como un zumbido constante, sin insultos ni agresiones directas. En esa violencia sorda, propia de una época que creyó haber cerrado el capítulo de la discriminación del colectivo —la serie empieza el año de la victoria de Barack Obama y termina, qué casualidad, justo antes del primer triunfo electoral de Donald Trump—, asoma una verdad poco común en pantalla.

La terrible duda es si nos encontramos ante una sutileza deliberada o ante una forma de cobardía por parte de una serie que, en el fondo, elimina todo lo que podría complicar su conflicto (o lo que es lo mismo, politizarlo). Y que transcurre en un mundo sin apps, promiscuidad o profilaxis. Y que convierte, de manera poco realista, el sexo gay en un engranaje sin fricciones ni incompatibilidades, como si los cuerpos, siempre atléticos e inverosímiles, obedecieran a lo que dicta el guion. Así, lo que parecía audaz se vuelve un tanto conservador: lo queer entra en el mainstream, sí, pero a condición de presentarse en versión pulida, perfecta, inofensiva. ¿Homosexuales gordos o pobres? Esa sería una serie muy distinta, y seguramente tendría menos éxito.

Hacia el final, la trama esboza otro régimen afectivo, dejando atrás la clandestinidad y la excitante lógica de la dominación y sumisión que marcaba los encuentros esporádicos entre sus protagonistas. Asoma entonces la fantasía inalcanzable del amor salvador, capaz de cancelar todo el daño sufrido anteriormente, y una idea turbadora con la que la serie tampoco hace gran cosa: la dificultad de dar y recibir afecto cuando solo has conocido el odio. Tal vez ese sea su mayor problema: Más que rivales calienta, pero casi nunca quema.

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