Esta vez nadie gritó «¡trata de arrancarlo!» emulando el tristemente famoso episodio sufrido por Carlos Sainz y Luis Moya en el Mundial de rallies de 1998 , pero la situación vivida este jueves en la penúltima etapa del Dakar tuvo idénticos tintes dramáticos, afortunadamente con final feliz.«Era consciente de lo que se estaba jugando Nani, así que hemos intentado correr todo lo que podíamos. El tramo de enlace no era fácil y hemos ido esquivando coches»Luchaba Nani Roma por conservar su segundo puesto en la clasificación general de la categoría de coches cuando, a 500 metros de la meta, una piedra en el camino destrozó la suspensión y la rueda derechas de su vehículo. Fruto de la tensión del momento, el veterano (53 años) bicampeón del Dakar —en motos (2004) y en coches (2014)— no pudo contener las lágrimas, en una imagen que ya forma parte de la leyenda de este duro raid. Ya repuesto, Roma y su copiloto, Álex Haro, ayudados por otros pilotos y miembros del equipo Ford, trabajaron a contrarreloj para reparar la avería. Resuelto el problema mecánico y tras cruzar meta, quedaban por recorrer los 170 kilómetros de enlace distantes del campamento. Es este un capítulo del Dakar menos conocido por el público, pero igual de obligatorio y, en ocasiones, peliagudo. En ese trecho final diario no hace falta ser más rápido que los rivales, pero sí hay que completarlo en el tiempo fijado por la organización, 2 horas y 45 minutos como máximo en la 12ª etapa disputada este viernes.En ello estaban Roma y Haro cuando el coche se detuvo. No quedaba ni una gota gasolina en el depósito, así que no iban a poder finalizar la etapa por sus propios medios. Parados en medio de la nada y cuando ya daban por perdida la jornada y, fruto de ello, el podio final, apareció una compatriota, Laia Sanz (40 años) .«Fue un milagro. Hoy no tendríamos que haber llegado y al final se ha dado todo para que llegásemos. Ha habido mucho estrés, porque el único error que hemos tenido ha estado a punto de costar muchísimo, pero es parte del juego» Nani Roma Piloto de FordLa también piloto catalana —14 veces campeona del mundo de trial y otras 6 de enduro—, participante en la misma categoría de coches, se detuvo, se bajó y enganchó el vehículo de Roma a su Ebro, dispuesta a remolcarlo hasta el vivac.Los kilómetros pasaban lentamente, pero los minutos volaban en la cabeza de Nani Roma . No lo iba a lograr. Laia, con un pilotaje tan fino como veloz, aceleraba, siempre procurando mantener al Ford unido a su enganche mediante un cable. Y cuando la hora límite marcada por los comisarios expiraba, el dúo de automóviles irrumpió en el campamento levantando una polvareda de alivio y alegría.Nani salió de su habitáculo, se dirigió inmediatamente al coche de Laia y le dio un sentido abrazo que selló el que ya es, para siempre, el milagro español del 15 de enero de 2026. Luego, el barcelonés, exhausto, rompió de nuevo a llorar. Ahora, con lágrimas de emoción. Esta vez nadie gritó «¡trata de arrancarlo!» emulando el tristemente famoso episodio sufrido por Carlos Sainz y Luis Moya en el Mundial de rallies de 1998 , pero la situación vivida este jueves en la penúltima etapa del Dakar tuvo idénticos tintes dramáticos, afortunadamente con final feliz.«Era consciente de lo que se estaba jugando Nani, así que hemos intentado correr todo lo que podíamos. El tramo de enlace no era fácil y hemos ido esquivando coches»Luchaba Nani Roma por conservar su segundo puesto en la clasificación general de la categoría de coches cuando, a 500 metros de la meta, una piedra en el camino destrozó la suspensión y la rueda derechas de su vehículo. Fruto de la tensión del momento, el veterano (53 años) bicampeón del Dakar —en motos (2004) y en coches (2014)— no pudo contener las lágrimas, en una imagen que ya forma parte de la leyenda de este duro raid. Ya repuesto, Roma y su copiloto, Álex Haro, ayudados por otros pilotos y miembros del equipo Ford, trabajaron a contrarreloj para reparar la avería. Resuelto el problema mecánico y tras cruzar meta, quedaban por recorrer los 170 kilómetros de enlace distantes del campamento. Es este un capítulo del Dakar menos conocido por el público, pero igual de obligatorio y, en ocasiones, peliagudo. En ese trecho final diario no hace falta ser más rápido que los rivales, pero sí hay que completarlo en el tiempo fijado por la organización, 2 horas y 45 minutos como máximo en la 12ª etapa disputada este viernes.En ello estaban Roma y Haro cuando el coche se detuvo. No quedaba ni una gota gasolina en el depósito, así que no iban a poder finalizar la etapa por sus propios medios. Parados en medio de la nada y cuando ya daban por perdida la jornada y, fruto de ello, el podio final, apareció una compatriota, Laia Sanz (40 años) .«Fue un milagro. Hoy no tendríamos que haber llegado y al final se ha dado todo para que llegásemos. Ha habido mucho estrés, porque el único error que hemos tenido ha estado a punto de costar muchísimo, pero es parte del juego» Nani Roma Piloto de FordLa también piloto catalana —14 veces campeona del mundo de trial y otras 6 de enduro—, participante en la misma categoría de coches, se detuvo, se bajó y enganchó el vehículo de Roma a su Ebro, dispuesta a remolcarlo hasta el vivac.Los kilómetros pasaban lentamente, pero los minutos volaban en la cabeza de Nani Roma . No lo iba a lograr. Laia, con un pilotaje tan fino como veloz, aceleraba, siempre procurando mantener al Ford unido a su enganche mediante un cable. Y cuando la hora límite marcada por los comisarios expiraba, el dúo de automóviles irrumpió en el campamento levantando una polvareda de alivio y alegría.Nani salió de su habitáculo, se dirigió inmediatamente al coche de Laia y le dio un sentido abrazo que selló el que ya es, para siempre, el milagro español del 15 de enero de 2026. Luego, el barcelonés, exhausto, rompió de nuevo a llorar. Ahora, con lágrimas de emoción.
Esta vez nadie gritó «¡trata de arrancarlo!» emulando el tristemente famoso episodio sufrido por Carlos Sainz y Luis Moya en el Mundial de rallies de 1998, pero la situación vivida este jueves en la penúltima etapa del Dakar tuvo idénticos tintes dramáticos, afortunadamente con … final feliz.
Luchaba Nani Roma por conservar su segundo puesto en la clasificación general de la categoría de coches cuando, a 500 metros de la meta, una piedra en el camino destrozó la suspensión y la rueda derechas de su vehículo.
Fruto de la tensión del momento, el veterano (53 años) bicampeón del Dakar —en motos (2004) y en coches (2014)— no pudo contener las lágrimas, en una imagen que ya forma parte de la leyenda de este duro raid. Ya repuesto, Roma y su copiloto, Álex Haro, ayudados por otros pilotos y miembros del equipo Ford, trabajaron a contrarreloj para reparar la avería.
Resuelto el problema mecánico y tras cruzar meta, quedaban por recorrer los 170 kilómetros de enlace distantes del campamento. Es este un capítulo del Dakar menos conocido por el público, pero igual de obligatorio y, en ocasiones, peliagudo. En ese trecho final diario no hace falta ser más rápido que los rivales, pero sí hay que completarlo en el tiempo fijado por la organización, 2 horas y 45 minutos como máximo en la 12ª etapa disputada este viernes.
En ello estaban Roma y Haro cuando el coche se detuvo. No quedaba ni una gota gasolina en el depósito, así que no iban a poder finalizar la etapa por sus propios medios. Parados en medio de la nada y cuando ya daban por perdida la jornada y, fruto de ello, el podio final, apareció una compatriota, Laia Sanz (40 años).
La también piloto catalana —14 veces campeona del mundo de trial y otras 6 de enduro—, participante en la misma categoría de coches, se detuvo, se bajó y enganchó el vehículo de Roma a su Ebro, dispuesta a remolcarlo hasta el vivac.
Los kilómetros pasaban lentamente, pero los minutos volaban en la cabeza de Nani Roma. No lo iba a lograr. Laia, con un pilotaje tan fino como veloz, aceleraba, siempre procurando mantener al Ford unido a su enganche mediante un cable. Y cuando la hora límite marcada por los comisarios expiraba, el dúo de automóviles irrumpió en el campamento levantando una polvareda de alivio y alegría.
Nani salió de su habitáculo, se dirigió inmediatamente al coche de Laia y le dio un sentido abrazo que selló el que ya es, para siempre, el milagro español del 15 de enero de 2026. Luego, el barcelonés, exhausto, rompió de nuevo a llorar. Ahora, con lágrimas de emoción.
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