El intento de atacar un avión ucraniano muestra cómo Putin ha reconstruido sus redes de sabotaje con un enfoque más duro que en la Guerra Fría Leer El intento de atacar un avión ucraniano muestra cómo Putin ha reconstruido sus redes de sabotaje con un enfoque más duro que en la Guerra Fría Leer
Leipzig conoce bien la larga mano de Moscú desde que en 1945 quedó integrada en la zona soviética y después en la RDA: hasta su universidad fue rebautizada en 1953 con el nombre de Karl Marx. Pero Leipzig también abrió una de las primeras grietas decisivas en ese sistema: en octubre de 1989 unas 70.000 personas recorrieron pacíficamente el centro al grito de «Wir sind das Volk» (nosotros somos el pueblo). Las fuerzas de seguridad no dispararon, el Kremlin de Gorbachov ya no estaba dispuesto a salvar con tanques a sus aliados… y un mes después cayó el Muro de Berlín, con un joven Vladimir Putin observando impotente poco después el revuelo desde la verja de la sede del KGB en Dresde, a unos 120 kilómetros de Leipzig, que pasó así de escaparate del poder soviético a escenario de su descomposición. Ese aflojamiento del sistema ahora Moscú quiere inocularlo en sentido contrario. El reciente intento contra un avión ucraniano muestra cómo Moscú ha reconstruido sus redes europeas con agentes baratos, los hombres con gabardina de las películas del siglo XX han dado paso a desempleados e inmigrantes embaucados por Telegram.
Alemania acusa a Rusia del intento de atentado del 4 de agosto en Leipzig/Halle. Empleados del aeropuerto encontraron cerca de varios Antonov ucranianos un dron con 600 gramos de explosivo y un detonador que falló. El objetivo probable era un An-124 empleado para transportar material militar. Rusia ha identificado a Alemania como la retaguardia profunda de Ucrania.
Putin recupera una herramienta que el KGB tardío había aparcado. Durante los años setenta y ochenta, la inteligencia soviética en Occidente se centró en espiar, infiltrar, financiar grupos afines y desinformar. Mientras en Alemania o Francia se agita a los electorados con la ideas como buscar la paz o por otro lado prepararse para una posible guerra, la Rusia actual no separa con claridad la paz de la guerra en Europa. Sus servicios operan bajo la protección de la disuasión nuclear y por debajo del umbral de una respuesta de la OTAN. El sabotaje actual busca encarecer la ayuda a Ucrania, sembrar inseguridad y obligar a proteger miles de objetivos. Cuando no da resultado no se abandona el proyecto, sino que se sube la apuesta.
Andrei Soldatov e Irina Borogan, expertos en espionaje ruso, describen en un informe de CEPA la «estalinización» de los servicios rusos. «Para Stalin, la guerra no era una excepción, sino la condición natural del régimen», escriben. Ahora que el Kremlin cree afrontar una gran confrontación con Occidente, «sus servicios parecen estar regresando a métodos estalinistas»: espionaje, subversión, sabotaje y asesinatos pertenecen al mismo repertorio. El GRU es su brazo más agresivo. El Servicio de Actividades Especiales del general Andrei Averyanov integra la unidad 29155, relacionada con el envenenamiento de Serguei Skripal y la explosión del depósito checo de Vrbetice. El Quinto Servicio del FSB mantiene redes propias de sabotaje exterior. Compiten por el favor de Putin, aunque sus tareas se solapan.
Las expulsiones de diplomáticos rusos posteriores a 2022 dañaron las redes tradicionales. Moscú respondió operando a distancia mediante intermediarios, delincuentes y reclutas sin historial militar. El «agente desechable» recibe por Telegram el encargo de fotografiar una vía, instalar una cámara, incendiar un almacén… o colocar un dron. Cobra poco, a veces en criptomonedas, y puede no saber quién da la orden. Si cae, su controlador abre otra cuenta. Se recluta por vulnerabilidad, no por ideología: el candidato útil no tiene por qué ser prorruso: puede ser un joven endeudado, un delincuente menor, un inmigrante, un refugiado ucraniano o alguien que busca dinero rápido. Telegram, Instagram, Viber y hasta comunidades de videojuegos permiten ofrecer encargos sin explicar quién los paga. Algunos reclutas creen trabajar para una empresa privada o una banda criminal.
Incluso el fracaso resulta útil: revela accesos y tiempos de respuesta, consume recursos policiales y amplifica la vulnerabilidad. Reclutar ucranianos ofrece un doble rendimiento: permite dañar una infraestructura y, si son detenidos, alimentar la hostilidad contra los refugiados y erosionar el apoyo a Kiev. El sabotaje organizado es hoy barato, fragmentado, escalable y negable.
El mapa de precedentes salpica Europa: se detectaron paquetes incendiarios en Leipzig, Birmingham y Polonia; hubo un Ikea quemado en Vilna y operaciones en Estonia y Francia. Moscú no necesita paralizar el continente, le basta con demostrar que puede tocarlo en cualquier punto. En Alemania y en las «tierras de sangre» masacradas por Hitler y Stalin sobre las que escribió el historiador Timothy Snyder, Rusia regresa ahora sin tanques ni bandera. El salto respecto a la Guerra Fría está ya a la vista de todos.
Internacional // elmundo
