La energía deja de ser autóctona si la tecnología depende de terceros; China aúna tecnología, industria y fuerzas armadas en un mismo magma estratégico Leer La energía deja de ser autóctona si la tecnología depende de terceros; China aúna tecnología, industria y fuerzas armadas en un mismo magma estratégico Leer
En las últimas semanas, la comunicación política y mediática ha estado absorbida por la conflagración en Oriente Medio, sus repercusiones regionales y su onda expansiva sobre energía, rutas marítimas y seguridad. En España, esa arremetida de Estados Unidos e Israel contra Irán ha discurrido por tres cauces: las divisiones entre europeos, las grandes invocaciones al orden jurídico internacional junto al «no a la guerra» partisano preelectoral del gobierno, y las consecuencias inmediatas en precios, suministros y estabilidad. Mientras, en el Imperio del Medio estaban pasando cosas, ni episódicas ni aisladas. Desarrollos de alcance. Que dicen mucho sobre cómo se está reconfigurando el poder y sobre cómo lee Pekín el momento internacional. Conviene, pues, no perder de vista a China precisamente cuando la actualidad más estridente nos empuja a hacerlo.
Marzo ha sido allí un mes denso en acontecimientos. Han coincidido las llamadas «Dos Sesiones»: la Asamblea Popular Nacional y la Conferencia Consultiva Política del Pueblo Chino. A ello se suma la aprobación del XV Plan Quinquenal 2026-2030 el día 12, que no debe leerse como un documento económico más. No estamos ante un trámite burocrático, sino ante la plasmación de la estrategia a cinco años en la que el régimen establece metas y moviliza recursos. Lo que refleja no es tanto la percepción de un entorno hostil cuanto la de un mundo imprevisible, convulso y difícil de encajar. La maraña de actuaciones y sectores afectados -la falta de inteligibilidad en un contexto abrupto y lastrado por decisiones erráticas singularmente de Washington- provoca desconcierto en un sistema centralizado pensado desde la lógica piramidal, jerárquica y de continuidad del PCC.
China busca blindarse contra la contención que parece orientar la política de la Administración americana que le va destinada. Por eso la prudencia exterior de Pekín no debe confundirse con pasividad. Lo vimos en Ucrania y lo estamos viendo con Irán. China tiene intereses evidentes en el Golfo: petróleo iraní comprado con descuento, relaciones complejas con las monarquías árabes, y le perjudicaría gravemente que el área entre el estrecho de Ormuz y el mar Rojo entrara en prolongado desorden. Su perfil bajo, sin perjuicio de la ayuda encubierta que presta tanto a Moscú como a Teherán, responde a la táctica elaborada de no exponerse mientras consolida su estado interno.
Así, el XV Plan no prioriza el crecimiento, apunta a robustecer la resiliencia y reducir vulnerabilidades: autosuficiencia en tecnología, manufactura avanzada, inteligencia artificial, seguridad energética, materiales críticos. No hay énfasis en la globalización tal y como la conocimos, sino en navegar una etapa de rivalidad -que se prevé larga- y de interdependencia armada (weaponized).
Hay, además, una consistencia estratégica que merece subrayarse. China ha ido mudando de motor de desarrollo según se agotaba el anterior. Primero fábrica del mundo tras la entrada en la OMC. Después, ladrillo e inversión masiva en infraestructuras tras la crisis de 2008. Más tarde, externalización del exceso de capacidad. Ahora la apuesta es tecnología, electrificación, datos, IA y control de estándares. No estamos ante una mera rectificación, sino ante una nueva fase del ascenso del país.
La transición energética ocupa un lugar destacado, realista, alejado del dogmatismo. Para Pekín, energía y seguridad figuran en el mismo capítulo. Electrificación, baterías, solar, vehículos eléctricos, redes y almacenamiento componen una arquitectura de poder. El objetivo dista mucho del europeo contenido en el Green Deal; China plantea dominar las tecnologías de la descarbonización para situarse en el corazón del modelo industrial del siglo XXI.
Mientras, la UE proclama autonomía estratégica, pero encadena unas vinculaciones con otras. La dependencia del GNL estadounidense corre paralela a una sumisión omnímoda a China en las tecnologías de transición: paneles, baterías, materiales procesados y, cada vez más, equipos críticos. En electrolizadores, por ejemplo, la presión a la baja en precios preocupa abiertamente al empresariado europeo, del mismo modo que ocurrió con los paneles solares o las baterías. Reuters recogía en febrero la advertencia por compañías comunitarias del riesgo de perjudicar la industria naciente del hidrógeno frente al gigante asiático, que ya concentra en torno al 60% del total global de electrolizadores.
Dicho sin rodeos: una energía formalmente autóctona deja de serlo plenamente si terceros controlan las tecnologías de generación, transporte, almacenamiento y/o de integración en red. Europa se tranquiliza pregonando seguridad de suministro mientras acepta un vaciamiento industrial que compromete exactamente esa seguridad a futuro. China, por su parte, hace lo contrario: usa la transición para ganar músculo productivo y margen estratégico.
La diferencia va más allá de la economía. Antes, China podía ser descrita como potencia de número: masa demográfica, inmenso territorio, algunas cabezas nucleares y una fuerza militar todavía incompleta. Hoy, su modernización militar progresa a buen ritmo, también en el mar, espacio, misiles, drones y ámbito atómico. El instituto de estudios estratégicos SIPRI estima hoy unas 600 ojivas y el Pentágono mantiene su previsión de 1.000 hacia 2030. No estamos, pues, solo ante un gigante fabril, sino ante una potencia que aúna tecnología, industria y fuerzas armadas en un mismo magma estratégico.
El cálculo chino se extiende igualmente al asunto más sensible de todos: Taiwán. Pekín aprecia que, tras la retórica de dureza, la naturaleza de Trump es transaccional y, por tanto, maleable. No es un matiz. En la Estrategia de Seguridad Nacional estadounidense de noviembre se han deslizado modificaciones de lenguaje sobre el statu quo en el Estrecho -la Estrategia de Defensa de 2026 omitió incluso a Taiwán en su versión pública-. El tira y afloja entre el Presidente y el Congreso en torno a un significativo contrato de armas a la isla para no enturbiar la cumbre en Pekín favorece la impresión de que el norteamericano podría admitir concesiones verbales a cambio de un entendimiento amplio. Xi cree ver un ámbito de negociación. Especialmente cuando, en paralelo con el cataclismo en Oriente Medio, el Ejército Popular de Liberación anuncia estar listo para el combate en 2027, en tanto incrementa incursiones y borra paulatinamente la medianera del Estrecho.
Este es el telón de fondo de la reunión de Trump y Xi en Pekín. La Casa Blanca ha confirmado el viaje los días 14 y 15 de mayo, aplazado por la guerra con Irán. No hay razón para augurar un acuerdo general. La rivalidad tecnológica, comercial y estratégica perdurará. Pero a ambos beneficia administrar la competencia. Trump necesita demostrar fortaleza sin multiplicar frentes hasta lo inmanejable. Xi precisa estabilidad relativa para seguir ganando tiempo, mercado y envergadura. Más que una reconciliación, cabe esperar una tregua táctica entre adversarios hegemónicos.
El desplazamiento inminente de Pedro Sánchez se mueve en distinto plano. Para Pekín, estas citas con actores europeos sirven para proyectar normalidad, explorar oportunidades bilaterales y aprovechar las fisuras del andamiaje bruselita. La prensa china viene insistiendo en ello: España se presenta como interlocutor útil, que ha hecho bandera de su distanciamiento de la agenda estadounidense. Esa explotación paciente de las grietas ajenas es consustancial al método del Imperio del Medio. No aspira a romper Europa; le basta con anidar en sus desavenencias.
Mientras Pekín planifica, prioriza y ejecuta en horizontes largos, la UE oscila entre la gesticulación moral, la improvisación industrial y la subordinación maquillada. Hablamos de autonomía aún cuando externalizamos seguridad, importamos vulnerabilidad tecnológica y disentimos internamente como si el contexto internacional fuera el de veinte años atrás. China prospera, en efecto, en los intersticios de las querellas intestinas europeas. Y lo hace porque puede. Porque no encuentra enfrente una voluntad comparable de articular poder. La Unión continúa anclada en la norma allí donde otros han entendido que, sin capacidad material hard detrás, la regla acaba siendo solo retórica.
No perder de vista a China no es, pues, una recomendación académica ni un exotismo de especialistas. Es una exigencia política. Mientras aquí seguimos cautivos del sobresalto inmediato, Pekín trabaja sobre las condiciones de ensanchamiento del poder en el mundo que viene. Ese mundo al que Europa parece abocada a llegar tarde.
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