Restaurar la naturaleza: una oportunidad que España no puede dejar escapar

El pasado 31 de agosto, el Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico (Miteco) remitió a la Comisión Europea su proyecto de Plan Nacional de Restauración de la Naturaleza. Se trata del documento que debe determinar dónde, cómo y cuándo se va a actuar para recuperar nuestros ecosistemas hasta alcanzar su buen estado ecológico en 2050, tal y como establece la Ley europea de Restauración de la Naturaleza. Este reglamento es la primera norma que establece objetivos vinculantes para recuperar ecosistemas terrestres y marinos, aumentar los espacios verdes y la cobertura arbórea de nuestras ciudades, eliminar barreras en ríos y recuperar sus llanuras aluviales, mejorar la biodiversidad de los ecosistemas agrícolas y forestales o recuperar las poblaciones y diversidad de polinizadores.

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 Transición Ecológica ha enviado a Bruselas el Plan Nacional de Restauración sin hacerlo público y con unas metas muy por debajo de lo que exige el Reglamento europeo  

El pasado 31 de agosto, el Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico (Miteco) remitió a la Comisión Europea su proyecto de Plan Nacional de Restauración de la Naturaleza. Se trata del documento que debe determinar dónde, cómo y cuándo se va a actuar para recuperar nuestros ecosistemas hasta alcanzar su buen estado ecológico en 2050, tal y como establece la Ley europea de Restauración de la Naturaleza. Este reglamento es la primera norma que establece objetivos vinculantes para recuperar ecosistemas terrestres y marinos, aumentar los espacios verdes y la cobertura arbórea de nuestras ciudades, eliminar barreras en ríos y recuperar sus llanuras aluviales, mejorar la biodiversidad de los ecosistemas agrícolas y forestales o recuperar las poblaciones y diversidad de polinizadores.

Durante los dos últimos años, la Subdirección General de Biodiversidad Terrestre y Marina del Miteco ha desarrollado el proceso de coordinación y elaboración del plan. Sin embargo, este proceso ha estado marcado, desde el principio, por la incapacidad de incorporar a la sociedad en la elaboración de un documento que va a determinar buena parte de las políticas de conservación y restauración de la naturaleza de las próximas décadas. En la práctica, la participación social se ha reducido a reuniones carentes de información técnica suficiente y en las que apenas se han trasladado avances reales sobre la redacción del plan. A ello se han sumado el boicot de algunas comunidades autónomas gobernadas por la derecha y las dificultades de coordinación entre ministerios, que han generado desencuentros y enfrentamientos durante el proceso.

Y ahora, para sorpresa de nadie, llega el colofón. En una nueva muestra de opacidad, el Miecto ha enviado el plan a la Comisión Europea sin haberlo sometido siquiera a consulta pública y sin aclarar cuándo piensa hacerlo público. Una forma de proceder difícil de comprender cuando otros países, como Portugal o Países Bajos, han optado por publicar sus borradores y someterlos al debate público. A falta de conocer el contenido completo del plan, las cifras adelantadas por el propio Gobierno ya permiten extraer una conclusión y no es precisamente alentadora: el Plan Nacional de Restauración nace muy por debajo de lo que España necesita y de lo que Europa exige.

Los objetivos conocidos parecen quedar lejos de la magnitud del reto que plantea la propia Ley de Restauración de la Naturaleza. En el ámbito marino, por ejemplo, el Plan prevé actuar sobre apenas 288 kilómetros cuadrados antes de 2030: menos de un 0,03% de la superficie marina estatal. En tierra, las actuaciones previstas para los hábitats de interés comunitario abarcan 9.475 kilómetros cuadrados, menos del 2% de la superficie terrestre del país. Son cifras difíciles de conciliar con el objetivo europeo de restaurar al menos el 20% de los hábitats terrestres y marinos para 2030.

Algo similar ocurre con los ríos. El Gobierno plantea recuperar 65 kilómetros de cursos de agua de flujo libre antes de 2030: apenas un 2,2% de los 3.000 kilómetros que su propia Estrategia Nacional de Restauración de Ríos fija como objetivo para ese año, aprobada antes que el reglamento europeo. En los bosques, las actuaciones anunciadas abarcan 3.241 kilómetros cuadrados, aproximadamente el 1,13% de la superficie forestal española.

En resumidas cuentas: España ha pasado de ser uno de los Estados miembros que han defendido con mayor firmeza el Reglamento europeo de Restauración de la Naturaleza a convertir una oportunidad histórica para recuperar nuestros ecosistemas en un plan de mínimos.

Tras un verano en el que hemos vuelto a superar récords de temperatura y en el que los grandes incendios han vuelto a ser la norma, después de años acumulando episodios climáticos extremos y mientras espacios tan emblemáticos como Doñana o la Albufera de Valencia afrontan periódicamente situaciones críticas, resulta difícil entender que España haya dejado pasar estos dos últimos años sin convertir el Plan Nacional de Restauración en una verdadera oportunidad.

La restauración de la naturaleza, sin embargo, no es una idea abstracta ni algo que esté por suceder. Ya está ocurriendo en distintos lugares de nuestro país. La Pletera, en Girona, es un buen ejemplo. Allí se desmanteló una urbanización proyectada sobre un humedal costero y se recuperaron las lagunas y hábitats litorales que habían sido alterados. Donde estaban previstas calles y viviendas, hoy vuelve a haber agua. Este y otros proyectos demuestran lo que puede conseguirse cuando hay conocimiento, voluntad política y recursos. El reto ahora es que estas experiencias dejen de ser actuaciones aisladas y que la restauración alcance la escala que exige la crisis ecológica.

El próximo año, hasta el envío definitivo del plan en septiembre de 2027, debería servir para corregir el rumbo. El Ministerio y el resto de Administraciones tienen que construir un plan basado en el conocimiento científico, con objetivos claros y vinculantes, financiación suficiente y una participación real de los territorios y de la sociedad. Un plan que, además, no quede encerrado en las políticas de conservación de la naturaleza, sino que atraviese las políticas agrícolas, forestales, hídricas, urbanas y climáticas. Un marco capaz de multiplicar y conectar las iniciativas de restauración que ya existen y convertirlas, por fin, en una verdadera política de Estado.

Lo primero, sin embargo, es conocer qué se ha enviado a Bruselas. El Plan Nacional de Restauración debe hacerse público de inmediato. Solo así podremos debatir qué se propone y qué necesitamos cambiar. Todo lo demás es ir a ciegas.

En un momento en el que la desesperanza ante la crisis ecológica se extiende, restaurar la naturaleza ofrece un horizonte que necesitamos con urgencia: la posibilidad de imaginar y construir un futuro deseable. No partimos de cero. La cuestión es si seremos capaces de trasladar todo lo que ya se está haciendo a la escala que la naturaleza necesita.

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