El «bloque del cambio» se queda muy lejos de la mayoría para formar Gobierno en un país abocado a pactos complejos o a nuevas elecciones. El éxito sin precedentes de dos partidos árabes israelíes reduce el número de escaños de los dos bloques. Leer El «bloque del cambio» se queda muy lejos de la mayoría para formar Gobierno en un país abocado a pactos complejos o a nuevas elecciones. El éxito sin precedentes de dos partidos árabes israelíes reduce el número de escaños de los dos bloques. Leer
El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, ha perdido la mayoría en la Knésset pasando de 64 (elecciones del 2022) a 56 escaños – según el recuento del 66,2% de los votos- y no tiene posibilidad de formar un nuevo Gobierno. Hasta aquí las malas noticias para el Likud. El dirigente, que cumplió 77 años hace unos días, puede estar más que satisfecho porque, a medida que pasaba la dramática noche electoral, el llamado «bloque del cambio» de Gadi Eisenkot iba perdiendo su ventaja hasta llegar a un empate entre bloques y ve desvanecerse su sueño de formar Gobierno en solitario.
Sin declarar la victoria como en anteriores ocasiones, Netanyahu celebró esta madrugada ser el partido más votado, superando una vez más los pronósticos de los últimos sondeos y sobre todo el duro examen de las urnas tras cuatro traumáticos años marcados por el ataque más grave en la historia de Israel que tuvo lugar bajo su mandato hace 3 años y 21 días y un tema tan impopular como la exención militar de los ultraortodoxos.
El éxito sin precedentes de los dos partidos árabes (al menos 16 escaños) ha contribuido a evitar la mayoría de Netanyahu en la Knésset pero también a que Eisenkot se acerque a los deseados 61 escaños.
Tras unas elecciones con el mayor porcentaje de participación desde 1999 y a la espera de los resultados definitivos, se abre un periodo de especulaciones, cálculos y negociaciones que oscilan desde un Gobierno del ex jefe del Estado Mayor con los partidos árabes, un pacto de unidad con Netanyahu o un bloqueo que conduzca a nuevos comicios. Algunos escenarios requieren la ruptura de promesas electorales.
«Los resultados a pie de urna indican una desconfianza total en Netanyahu y el Gobierno del 7 de octubre a cargo del sector mayoritario sionista y de la mayoría de los ciudadanos de Israel», había reaccionado Eisenkot horas antes de que empezaran llegar las malas noticias para su partido y bloque.
Al inicio de la jornada, la gran incógnita era si el cambio en Israel no sería solo climatológico, sino también político. Las primeras lluvias de la temporada llegaron al sur del país. Precisamente en la zona invadida por Hamas hace tres años y 20 días. Su ataque, que cambió la realidad del país y provocó un terremoto regional, y el hecho de que Netanyuahu no asumió la responsabilidad del fracaso, estuvo en el subconsciente de muchos de los electores pero no en las urnas.
Los datos de la Comisión Central Electoral (77,7) confirmaron las imágenes de las largas colas en los colegios desde primera hora de la mañana. La participación ha sido tan masiva que estaba claro que superaría a la de 2022 (70,6%). Reflejo de que los israelíes, sean de la ideología que sean, entendieron que son las elecciones más trascendentales desde las primeras realizadas en 1949. Entonces, la Knésset se formó con una participación del 86,9%..
Una de las claves fue el sector árabe (16 escaños). Un voto de protesta por el aumento de la criminalidad en su comunidad y contra el Gobierno más derechista en la historia de Israel y en concreto de los ministros ultranacionalistas Bezalel Smotrish y sobre todo Itamar Ben Gvir. Estos dos dirigentes han sido los principales «motivadores» en la movilización del voto árabe desde la norteña Sahnin hasta la sureña Rahat.
Su mayor participación evitó que los dos bloques se acercaran a los 61 escaños y acabó con las esperanzas del nuevo partido derechista Amja para cruzar el umbral necesario (3,25%). En una jornada festiva en Israel, muchos temas sacaron a sus ciudadanos a las urnas, alternándolas con las compras y los paseos: El fracaso del 7-0, la ausencia de una comisión de investigación estatal al respecto, la gestión de la guerra posterior contra Hamas, Hizbulá e Irán, la cuestión de la exención militar de a los jóvenes jaredíes, el miedo de unos a la retirada de la Franja de Gaza y de un Gobierno apoyado por partidos árabes, el pánico de otros por la continuación del Gobierno más nacionalista y derechista en la historia de Israel, la división interna, la factura diplomática, económica, cultural y de imagen por el creciente aislamiento internacional, la polémica iniciativa para debilitar el poder judicial, la carestía de vida, el legado y figura de Netanyahu,etc.
«Mi generación creció con Netanyahu y ha llegado el momento de que se vaya. En las últimas elecciones voté a Yair Lapid y ahora a Eisenkot. Es el líder adecuado para volver a tener esperanzas, que Israel tenga una mejor imagen y mejorar las relaciones con nuestros aliados en todo el mundo», nos cuenta Yali Goren en un colegio electoral en el centro de Tel Aviv.
Las cafeterías en el principal feudo liberal de Israel estaban llenas desde primera hora de la mañana. «Es un día de fiesta. No podemos dar por obvia la democracia sino que hay que luchar por ella», comentaba Daniel con el fondo de música del famoso cantante Aviv Gefen.
A medida que aumentaban las informaciones sobre la alta participación en ciudades consideradas cercanas a su bloque opositor, Netanyahu elevaba sus alertas con llamamientos a los suyos. Con un gráfico del voto en ciudades tradicionalmente del Likud como Ofakim y Netivot (en la periferia del sur), Netanyahu alentaba al voto «para salvar a Israel». A cinco horas del cierre de los colegios electorales, el Likud pidió sin éxito a la Comisión Central Electoral alargar una hora más de voto.
Netanyahu, que hace exactamente 30 años se presentó por primera vez como candidato del Likud siendo elegido el primer ministro más joven de Israel, votó en Jerusalén. Una ciudad donde los apoyos se concentran en los partidos ultraortodoxos y el Likud. Fuera de unos de los colegios al norte de Jerusalén, pudimos presenciar un duro enfrentamiento verbal entre un seguidor del Likud y un voluntario de Democratim. Se trata del partido más a la izquierda en el bloque antiBibi que pivota en el el centro derecha. Ya dentro del colegio electoral, las conversaciones en la cola eran mantenidas con una exquisita amabilidad. Nadie se atrevía a estropear el buen ambiente con preguntas sobre el voto del interlocutor. Se animaban coincidiendo que «son elecciones muy importantes».
«Es realmente significativo votar por primera vez. Tras el ataque del 7 de octubre, necesitamos un cambio y por eso votaré por Naftali Bennett y Yair Lapid,», nos dice Halel Mishan, recordando que varios amigos de sus hermanos murieron en la guerra. A sus 18 años, esta joven del Moshav Bnei Darom (centro del país) pertenece al colectivo de más de 600.000 israelíes que debutaron en las urnas.
Un dato que los sondeos no contemplan son los electores que viven en el exterior. No hay cifras sobre cuantos de los 810.000 israelíes en el extranjero han vuelto para influir en el presente y futuro de Israel. Entre ellos, residentes en España. Como Dana, de Madrid, que votó en Tel Aviv. «Fue una locura ya que esperé una hora para votar. Es muy buena señal», explica a este diario contando que algunos amigos suyos viajaron solo 48 horas para poder votar. Según revela su opción elegida es Democratim, el partido de centro izquierda que integra el llamado bloque del cambio.
¿Las elecciones en España? «Justo estaba hablando con un amigo aquí que vota a la derecha en Israel y le dije que se puede sorprender pero yo quiero que gane la derecha en España», contesta reflejando el sentir israelí contrario al presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. En su caso, apuesta por el cambio en los dos países.
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