Me ronda últimamente la idea de esos nombres que cambian el aire de un aula antes de que su profesor entre. Quienes damos clase a adolescentes lo sabemos: basta mencionar a un docente para que aparezcan la estima, la confianza, el respeto. O justo lo contrario. No se trata de miedo ni de pompa; me refiero más bien a esa autoridad que no necesita anunciarse.
Lo grave no es sólo el uso inescrupuloso y frecuente de la IA para fabricar la burla, sino la infantilización sistemática del debate público
Me ronda últimamente la idea de esos nombres que cambian el aire de un aula antes de que su profesor entre. Quienes damos clase a adolescentes lo sabemos: basta mencionar a un docente para que aparezcan la estima, la confianza, el respeto. O justo lo contrario. No se trata de miedo ni de pompa; me refiero más bien a esa autoridad que no necesita anunciarse.
Hannah Arendt distinguía la autoridad de la fuerza y de la persuasión: su fundamento es el reconocimiento, no la imposición. Roma separó la potestas, el poder formal, de la auctoritas, el prestigio reconocido a quien habla. Ese respeto no viene incluido en el cargo sino que se apoya en la ejemplaridad. Hoy, cuando hablamos, nos mostramos y nos sobreexplicamos, confundimos que hacernos visibles es hacernos respetar.
Hace apenas unos días, por ejemplo, una fotografía real de afecto dio pie a un fotomontaje generado mediante inteligencia artificial que convirtió una escena personal en munición política. Avanza el tiempo y vemos que se añade otro escalón: vídeos que imitan rostros y voces de figuras públicas para atribuirles declaraciones que nunca hicieron, con una apariencia de IA apenas perceptible. Ni mucho menos es lo mismo caricaturizar a alguien que fabricar su testimonio a través de vídeos falsos. Celebrar semejante alcance como un éxito de “creatividad” confunde la eficacia de un montaje con la calidad del debate que produce.
Lo grave no es sólo el uso inescrupuloso y frecuente de la IA para fabricar la burla, que va a más, sino la infantilización sistemática del debate público. Cuando representar a los ciudadanos consiste en disputar el meme más mordaz, la deliberación y el bien común quedan relegados. No me preocupa que una institución sea objeto de humor: me preocupa que haga de la humillación su lenguaje. Esa renuncia no termina en el Congreso ni en redes; llega también al aula, donde después pedimos respeto, atención y una confianza que nosotros mismos contribuimos a desgastar.
Por ejemplo, en los institutos de nuestro país se está propagando una dinámica inquietante: proliferan cuentas anónimas de TikTok donde los alumnos se dedican a ridiculizar, mediante imágenes y memes, a sus propios docentes, compañeros y centro donde estudian. Cuando se les interpela sobre la gravedad de estas agresiones simbólicas, la respuesta suele ser el encogimiento de hombros: ¡que era solo una broma!
¿Cómo vamos a exigir a nuestros adolescentes que respeten el principio de autoridad si ven a sus adultos de referencia degradarlo a diario en la plaza pública? ¿Con qué legitimidad pediremos a un joven que no difunda un montaje con el nombre de su profesor de historia si observa que esa misma artimaña se utiliza para desacreditar a quien piensa distinto?
Veo un vínculo entre la pérdida del prestigio institucional y el deterioro de la imagen de unos profesores que, además, están actualmente siendo objeto de cargas policiales y críticas por manifestarse para mejorar el servicio público que ofrecen. El Parlamento y el aula corren un riesgo común: conservar la potestas de la norma mientras se debilita la auctoritas que la vuelve creíble. No equiparo sus responsabilidades; señalo que ninguna institución se sostiene sólo en reglamentos. Cuando la política desciende a la trinchera del montaje digital y la burla viral, abdica del peso de su nombre y dificulta que otras instituciones defiendan el suyo.
Me resisto a culpar a los jóvenes por buscar ídolos en la pantalla. Antes me preguntaría qué vacíos de referencia les hemos dejado. La cercanía no es el problema; lo es confundirla con la obligación de gustar. Ni enseñar exige hacerse colega ni representar exige hacerse viral. Si rebajamos la responsabilidad a popularidad, ¿qué razón les damos para elegir el rigor frente al brillo inmediato?
Quiero que mi nombre cierre una conversación por temor; quiero que permita abrirla con confianza.
Vuelvo a ese nombre que cambia el aire del aula. Se construye cumpliendo lo que se dice, dominando lo que se enseña, sirviendo con rigor y ejerciendo el cargo con dignidad. No lo fabrica una campaña ni lo impone un reglamento. Pienso también en lo pequeño: preparar una clase aunque nadie vaya a aplaudirla, reconocer un error sin buscar excusas, sostener un criterio sin convertir al otro en enemigo.
Ahí se gana, para mí, el perdón y el buen nombre. No en parecer infalible, sino en resultar fiable. Como docente, no quiero que mi nombre cierre una conversación por temor; quiero que permita abrirla con confianza. Y quisiera algo semejante de quienes nos representan: que su palabra conserve valor incluso cuando no coincide con la nuestra. Hacerse un nombre no debería ser un acto de vanidad, sino de responsabilidad.
Me gustaría que, al pronunciarnos, quedara algo más que el eco de una burla. Que quedara una razón para confiar.
Sociedad en EL PAÍS
