Terremotos en el cielo: los sismómetros ‘aprenden’ a cazar la basura espacial antes de que nos caiga encima

Imagine por un instante que está sentado tranquilamente frente a su casa y que, de repente, un objeto metálico de una tonelada y media cruza el cielo a treinta veces la velocidad del sonido, envuelto en llamas, y termina estrellándose a pocos kilómetros de su hogar. No es ciencia ficción, ni el inicio de una película de catástrofes de Hollywood. Es una realidad estadística cada vez más palpable.La cuestión es que, y a pesar de que el cielo, literalmente, se nos está cayendo encima, hasta ahora no hemos sido del todo conscientes de ello. Y esto se debe, en parte, a que hemos estado casi ciegos a la hora de saber dónde caerían exactamente los fragmentos de antiguos satélites y naves espaciales. Pero eso acaba de cambiar.Un basurero en el espacioTodo el mundo lo sabe. La órbita terrestre se ha convertido en un vertedero de piezas de todo tipo que vuelan a alta velocidad. Miles de objetos fabricados por el hombre, desde simples tornillos a satélites muertos y etapas de cohetes abandonadas, giran sobre nuestras cabezas convertidos en lo que hemos dado en llamar ‘basura espacial’. Tarde o temprano, sin embargo, la gravedad termina por reclamar lo que es suyo, y estos objetos reingresan en la atmósfera. Y resulta que, cuando lo hacen, a menudo perdemos su rastro, justo en el momento más crítico.Pero un nuevo estudio recién publicado en ‘ Science ‘ podría cambiar las reglas de este peligroso juego. Bajo la dirección de Benjamin Fernando, sismólogo planetario de la Universidad Johns Hopkins, un equipo internacional de investigadores ha descubierto una forma ingeniosa de reutilizar una tecnología que ya tenemos: los sismómetros que vigilan el pulso geológico del planeta. Resulta que estas máquinas, diseñadas para escuchar el rugido de las placas tectónicas, tienen también la capacidad de oir los ‘gritos’ de la chatarra espacial al caer.El estruendo hipersónicoCuando un fragmento de basura espacial se precipita hacia la Tierra, no cae suavemente como lo haría una hoja. Entra a velocidades enormes, superando con creces la barrera del sonido. Se trata, pues de un movimiento violento que genera ondas de choque, los famosos ‘estampidos sónicos’ de los aviones de reacción. Es algo similar a lo que ocurre cuando pasa un avión de combate, pero mucho más fuerte. Un caza moderno puede volar a Mach 2,5, dos veces y media la velocidad del sonido (que es de 340 m/s), pero la basura espacial puede entrar en la atmósfera incluso a Mach 30.El año pasado se produjeron, cada día, múltiples reingresos de satélites sin saber si se quemaron o si acabaron impactando contra el sueloEsas ondas de choque no se quedan en el aire, sino que golpean el suelo con fuerza suficiente para hacerlo vibrar. Y ahí es donde entran los detectores sísmicos. Fernando y su colega Constantinos Charalambous, del Imperial College de Londres, se dieron cuenta de que esas vibraciones pueden quedar registradas en los sismómetros instalados por todo el mundo.«Las reentradas ocurren cada vez con más frecuencia -explica Benjamín Fernando-. El año pasado, tuvimos múltiples satélites entrando en nuestra atmósfera cada día, y no tenemos verificación independiente de dónde entraron, si se rompieron en pedazos, si se quemaron en la atmósfera o si llegaron al suelo. Es un problema creciente, y va a seguir empeorando».El caso de la Shenzhou-15Para probar su teoría, los investigadores no se basaron en simulaciones, sino en un evento real y reciente. Utilizaron los datos de una densa red de 127 sismómetros situados en el sur de California para reconstruir la trayectoria de los restos de la nave espacial china Shenzhou-15. El módulo orbital de esta nave reingresó en la atmósfera terrestre el pasado 2 de abril de 2024 y no era una pieza pequeña: medía más de un metro de ancho y pesaba más de 1,5 toneladas. Un objeto de ese calibre tiene el potencial de causar daños serios si cae en una zona habitada.Al analizar las minúsculas vibraciones del suelo, los científicos pudieron ‘dibujar’ el camino del módulo mientras cruzaba el cielo del noreste sobre Santa Bárbara y Las Vegas. Los cálculos fueron asombrosos: el objeto viajaba entre Mach 25 y Mach 30, aproximadamente diez veces la velocidad del avión más rápido del mundo.Hasta ahora, para tener datos de estos fragmentos espaciales dependíamos casi exclusivamente de los radares y las predicciones del Comando Espacial de EE. UU. para saber dónde caerían estos objetos. Pero cuando Fernando y su equipo compararon sus datos sísmicos con las predicciones oficiales, encontraron una discrepancia notable. Sus cálculos, basados en el ‘ruido’ real del impacto atmosférico, situaron la trayectoria del módulo aproximadamente 40 kilómetros al norte de lo que había predicho el Comando Espacial basándose sólo en la órbita.El fantasma de la Mars 96: se creía que su pila nuclear cayó al mar, pero el plutonio apareció años después en los Andes, en un glaciar de Chile. La nueva tecnología habría evitado el errorEsta diferencia puede parecer pequeña a escala planetaria, pero marca la diferencia entre que un objeto caiga en un campo desierto o en medio de una ciudad. Los sistemas actuales de predicción, que a veces pueden errar por miles de kilómetros, tienen un punto ciego justo cuando el objeto empieza a quemarse. Los sismómetros, en cambio, siguen ‘escuchando’ hasta el final.El fantasma de la Mars 96Pero no se trata sólo del riesgo de impacto físico. La basura espacial, de hecho, a menudo es tóxica, y al quemarse puede liberar nubes de partículas nocivas que quedan suspendidas en la atmósfera o contaminan el lugar del accidente. Fernando ilustra este peligro con un ejemplo histórico que muchos habrán olvidado: la misión rusa Mars 96.«En 1996 -explica el investigador-, los restos de la nave espacial rusa Mars 96 cayeron a la Tierra. La gente pensó que se habían quemado, y que su fuente de energía radiactiva aterrizó intacta en el océano».Durante años, ese fue el relato oficial. Pero la realidad fue mucho más siniestra. «Más recientemente -prosigue Fernando-, un grupo de científicos encontró plutonio artificial en un glaciar en Chile que creen que es evidencia de que la fuente de energía se abrió durante el descenso y contaminó el área».Si hubiéramos tenido entonces la tecnología que proponen ahora Fernando y su equipo, habríamos sabido que el plutonio no estaba en el fondo del mar, sino en los Andes. «Nos habríamos beneficiado de tener herramientas de seguimiento adicionales, especialmente para esas raras ocasiones en las que los escombros tienen material radiactivo».Carrera contra relojEl estudio se suma a una creciente literatura científica que alerta sobre la saturación de la órbita baja terrestre , un fenómeno a menudo relacionado con el llamado Síndrome de Kessler, que predice una cascada de colisiones que podría hacer el espacio inoperable. Mientras agencias como la ESA (Agencia Espacial Europea) trabajan en formas de limpiar la órbita, saber qué cae y dónde cae supone la primera línea de defensa.El nuevo método no requiere construir infraestructuras millonarias; la red de sismómetros ya está ahí, escuchando la Tierra las 24 horas. Solo tenemos que ‘enseñarles’ a mirar hacia arriba.Como concluye el propio Fernando, en una situación de emergencia, el tiempo es oro: «Si quieres ayudar, importa si averiguas dónde ha caído rápidamente: en 100 segundos en lugar de en 100 días, por ejemplo». MÁS INFORMACIÓN noticia No Cómo se evaporó el Mediterráneo: uno de los episodios más increíbles de la Tierra noticia Si Una vaca sorprende a los científicos al ser la primera que usa herramientasCon miles de satélites lanzados al espacio cada año, saber esquivar, o al menos localizar, lo que nos cae de vuelta ya no es un lujo científico, sino una cuestión de seguridad. Imagine por un instante que está sentado tranquilamente frente a su casa y que, de repente, un objeto metálico de una tonelada y media cruza el cielo a treinta veces la velocidad del sonido, envuelto en llamas, y termina estrellándose a pocos kilómetros de su hogar. No es ciencia ficción, ni el inicio de una película de catástrofes de Hollywood. Es una realidad estadística cada vez más palpable.La cuestión es que, y a pesar de que el cielo, literalmente, se nos está cayendo encima, hasta ahora no hemos sido del todo conscientes de ello. Y esto se debe, en parte, a que hemos estado casi ciegos a la hora de saber dónde caerían exactamente los fragmentos de antiguos satélites y naves espaciales. Pero eso acaba de cambiar.Un basurero en el espacioTodo el mundo lo sabe. La órbita terrestre se ha convertido en un vertedero de piezas de todo tipo que vuelan a alta velocidad. Miles de objetos fabricados por el hombre, desde simples tornillos a satélites muertos y etapas de cohetes abandonadas, giran sobre nuestras cabezas convertidos en lo que hemos dado en llamar ‘basura espacial’. Tarde o temprano, sin embargo, la gravedad termina por reclamar lo que es suyo, y estos objetos reingresan en la atmósfera. Y resulta que, cuando lo hacen, a menudo perdemos su rastro, justo en el momento más crítico.Pero un nuevo estudio recién publicado en ‘ Science ‘ podría cambiar las reglas de este peligroso juego. Bajo la dirección de Benjamin Fernando, sismólogo planetario de la Universidad Johns Hopkins, un equipo internacional de investigadores ha descubierto una forma ingeniosa de reutilizar una tecnología que ya tenemos: los sismómetros que vigilan el pulso geológico del planeta. Resulta que estas máquinas, diseñadas para escuchar el rugido de las placas tectónicas, tienen también la capacidad de oir los ‘gritos’ de la chatarra espacial al caer.El estruendo hipersónicoCuando un fragmento de basura espacial se precipita hacia la Tierra, no cae suavemente como lo haría una hoja. Entra a velocidades enormes, superando con creces la barrera del sonido. Se trata, pues de un movimiento violento que genera ondas de choque, los famosos ‘estampidos sónicos’ de los aviones de reacción. Es algo similar a lo que ocurre cuando pasa un avión de combate, pero mucho más fuerte. Un caza moderno puede volar a Mach 2,5, dos veces y media la velocidad del sonido (que es de 340 m/s), pero la basura espacial puede entrar en la atmósfera incluso a Mach 30.El año pasado se produjeron, cada día, múltiples reingresos de satélites sin saber si se quemaron o si acabaron impactando contra el sueloEsas ondas de choque no se quedan en el aire, sino que golpean el suelo con fuerza suficiente para hacerlo vibrar. Y ahí es donde entran los detectores sísmicos. Fernando y su colega Constantinos Charalambous, del Imperial College de Londres, se dieron cuenta de que esas vibraciones pueden quedar registradas en los sismómetros instalados por todo el mundo.«Las reentradas ocurren cada vez con más frecuencia -explica Benjamín Fernando-. El año pasado, tuvimos múltiples satélites entrando en nuestra atmósfera cada día, y no tenemos verificación independiente de dónde entraron, si se rompieron en pedazos, si se quemaron en la atmósfera o si llegaron al suelo. Es un problema creciente, y va a seguir empeorando».El caso de la Shenzhou-15Para probar su teoría, los investigadores no se basaron en simulaciones, sino en un evento real y reciente. Utilizaron los datos de una densa red de 127 sismómetros situados en el sur de California para reconstruir la trayectoria de los restos de la nave espacial china Shenzhou-15. El módulo orbital de esta nave reingresó en la atmósfera terrestre el pasado 2 de abril de 2024 y no era una pieza pequeña: medía más de un metro de ancho y pesaba más de 1,5 toneladas. Un objeto de ese calibre tiene el potencial de causar daños serios si cae en una zona habitada.Al analizar las minúsculas vibraciones del suelo, los científicos pudieron ‘dibujar’ el camino del módulo mientras cruzaba el cielo del noreste sobre Santa Bárbara y Las Vegas. Los cálculos fueron asombrosos: el objeto viajaba entre Mach 25 y Mach 30, aproximadamente diez veces la velocidad del avión más rápido del mundo.Hasta ahora, para tener datos de estos fragmentos espaciales dependíamos casi exclusivamente de los radares y las predicciones del Comando Espacial de EE. UU. para saber dónde caerían estos objetos. Pero cuando Fernando y su equipo compararon sus datos sísmicos con las predicciones oficiales, encontraron una discrepancia notable. Sus cálculos, basados en el ‘ruido’ real del impacto atmosférico, situaron la trayectoria del módulo aproximadamente 40 kilómetros al norte de lo que había predicho el Comando Espacial basándose sólo en la órbita.El fantasma de la Mars 96: se creía que su pila nuclear cayó al mar, pero el plutonio apareció años después en los Andes, en un glaciar de Chile. La nueva tecnología habría evitado el errorEsta diferencia puede parecer pequeña a escala planetaria, pero marca la diferencia entre que un objeto caiga en un campo desierto o en medio de una ciudad. Los sistemas actuales de predicción, que a veces pueden errar por miles de kilómetros, tienen un punto ciego justo cuando el objeto empieza a quemarse. Los sismómetros, en cambio, siguen ‘escuchando’ hasta el final.El fantasma de la Mars 96Pero no se trata sólo del riesgo de impacto físico. La basura espacial, de hecho, a menudo es tóxica, y al quemarse puede liberar nubes de partículas nocivas que quedan suspendidas en la atmósfera o contaminan el lugar del accidente. Fernando ilustra este peligro con un ejemplo histórico que muchos habrán olvidado: la misión rusa Mars 96.«En 1996 -explica el investigador-, los restos de la nave espacial rusa Mars 96 cayeron a la Tierra. La gente pensó que se habían quemado, y que su fuente de energía radiactiva aterrizó intacta en el océano».Durante años, ese fue el relato oficial. Pero la realidad fue mucho más siniestra. «Más recientemente -prosigue Fernando-, un grupo de científicos encontró plutonio artificial en un glaciar en Chile que creen que es evidencia de que la fuente de energía se abrió durante el descenso y contaminó el área».Si hubiéramos tenido entonces la tecnología que proponen ahora Fernando y su equipo, habríamos sabido que el plutonio no estaba en el fondo del mar, sino en los Andes. «Nos habríamos beneficiado de tener herramientas de seguimiento adicionales, especialmente para esas raras ocasiones en las que los escombros tienen material radiactivo».Carrera contra relojEl estudio se suma a una creciente literatura científica que alerta sobre la saturación de la órbita baja terrestre , un fenómeno a menudo relacionado con el llamado Síndrome de Kessler, que predice una cascada de colisiones que podría hacer el espacio inoperable. Mientras agencias como la ESA (Agencia Espacial Europea) trabajan en formas de limpiar la órbita, saber qué cae y dónde cae supone la primera línea de defensa.El nuevo método no requiere construir infraestructuras millonarias; la red de sismómetros ya está ahí, escuchando la Tierra las 24 horas. Solo tenemos que ‘enseñarles’ a mirar hacia arriba.Como concluye el propio Fernando, en una situación de emergencia, el tiempo es oro: «Si quieres ayudar, importa si averiguas dónde ha caído rápidamente: en 100 segundos en lugar de en 100 días, por ejemplo». MÁS INFORMACIÓN noticia No Cómo se evaporó el Mediterráneo: uno de los episodios más increíbles de la Tierra noticia Si Una vaca sorprende a los científicos al ser la primera que usa herramientasCon miles de satélites lanzados al espacio cada año, saber esquivar, o al menos localizar, lo que nos cae de vuelta ya no es un lujo científico, sino una cuestión de seguridad.  

Imagine por un instante que está sentado tranquilamente frente a su casa y que, de repente, un objeto metálico de una tonelada y media cruza el cielo a treinta veces la velocidad del sonido, envuelto en llamas, y termina estrellándose a pocos kilómetros de su … hogar. No es ciencia ficción, ni el inicio de una película de catástrofes de Hollywood. Es una realidad estadística cada vez más palpable.

La cuestión es que, y a pesar de que el cielo, literalmente, se nos está cayendo encima, hasta ahora no hemos sido del todo conscientes de ello. Y esto se debe, en parte, a que hemos estado casi ciegos a la hora de saber dónde caerían exactamente los fragmentos de antiguos satélites y naves espaciales. Pero eso acaba de cambiar.

Un basurero en el espacio

Todo el mundo lo sabe. La órbita terrestre se ha convertido en un vertedero de piezas de todo tipo que vuelan a alta velocidad. Miles de objetos fabricados por el hombre, desde simples tornillos a satélites muertos y etapas de cohetes abandonadas, giran sobre nuestras cabezas convertidos en lo que hemos dado en llamar ‘basura espacial’. Tarde o temprano, sin embargo, la gravedad termina por reclamar lo que es suyo, y estos objetos reingresan en la atmósfera. Y resulta que, cuando lo hacen, a menudo perdemos su rastro, justo en el momento más crítico.

Pero un nuevo estudio recién publicado en ‘Science‘ podría cambiar las reglas de este peligroso juego. Bajo la dirección de Benjamin Fernando, sismólogo planetario de la Universidad Johns Hopkins, un equipo internacional de investigadores ha descubierto una forma ingeniosa de reutilizar una tecnología que ya tenemos: los sismómetros que vigilan el pulso geológico del planeta. Resulta que estas máquinas, diseñadas para escuchar el rugido de las placas tectónicas, tienen también la capacidad de oir los ‘gritos’ de la chatarra espacial al caer.

El estruendo hipersónico

Cuando un fragmento de basura espacial se precipita hacia la Tierra, no cae suavemente como lo haría una hoja. Entra a velocidades enormes, superando con creces la barrera del sonido. Se trata, pues de un movimiento violento que genera ondas de choque, los famosos ‘estampidos sónicos’ de los aviones de reacción. Es algo similar a lo que ocurre cuando pasa un avión de combate, pero mucho más fuerte. Un caza moderno puede volar a Mach 2,5, dos veces y media la velocidad del sonido (que es de 340 m/s), pero la basura espacial puede entrar en la atmósfera incluso a Mach 30.

El año pasado se produjeron, cada día, múltiples reingresos de satélites sin saber si se quemaron o si acabaron impactando contra el suelo

Esas ondas de choque no se quedan en el aire, sino que golpean el suelo con fuerza suficiente para hacerlo vibrar. Y ahí es donde entran los detectores sísmicos. Fernando y su colega Constantinos Charalambous, del Imperial College de Londres, se dieron cuenta de que esas vibraciones pueden quedar registradas en los sismómetros instalados por todo el mundo.

«Las reentradas ocurren cada vez con más frecuencia -explica Benjamín Fernando-. El año pasado, tuvimos múltiples satélites entrando en nuestra atmósfera cada día, y no tenemos verificación independiente de dónde entraron, si se rompieron en pedazos, si se quemaron en la atmósfera o si llegaron al suelo. Es un problema creciente, y va a seguir empeorando».

El caso de la Shenzhou-15

Para probar su teoría, los investigadores no se basaron en simulaciones, sino en un evento real y reciente. Utilizaron los datos de una densa red de 127 sismómetros situados en el sur de California para reconstruir la trayectoria de los restos de la nave espacial china Shenzhou-15. El módulo orbital de esta nave reingresó en la atmósfera terrestre el pasado 2 de abril de 2024 y no era una pieza pequeña: medía más de un metro de ancho y pesaba más de 1,5 toneladas. Un objeto de ese calibre tiene el potencial de causar daños serios si cae en una zona habitada.

Al analizar las minúsculas vibraciones del suelo, los científicos pudieron ‘dibujar’ el camino del módulo mientras cruzaba el cielo del noreste sobre Santa Bárbara y Las Vegas. Los cálculos fueron asombrosos: el objeto viajaba entre Mach 25 y Mach 30, aproximadamente diez veces la velocidad del avión más rápido del mundo.

Hasta ahora, para tener datos de estos fragmentos espaciales dependíamos casi exclusivamente de los radares y las predicciones del Comando Espacial de EE. UU. para saber dónde caerían estos objetos. Pero cuando Fernando y su equipo compararon sus datos sísmicos con las predicciones oficiales, encontraron una discrepancia notable. Sus cálculos, basados en el ‘ruido’ real del impacto atmosférico, situaron la trayectoria del módulo aproximadamente 40 kilómetros al norte de lo que había predicho el Comando Espacial basándose sólo en la órbita.

El fantasma de la Mars 96: se creía que su pila nuclear cayó al mar, pero el plutonio apareció años después en los Andes, en un glaciar de Chile. La nueva tecnología habría evitado el error

Esta diferencia puede parecer pequeña a escala planetaria, pero marca la diferencia entre que un objeto caiga en un campo desierto o en medio de una ciudad. Los sistemas actuales de predicción, que a veces pueden errar por miles de kilómetros, tienen un punto ciego justo cuando el objeto empieza a quemarse. Los sismómetros, en cambio, siguen ‘escuchando’ hasta el final.

El fantasma de la Mars 96

Pero no se trata sólo del riesgo de impacto físico. La basura espacial, de hecho, a menudo es tóxica, y al quemarse puede liberar nubes de partículas nocivas que quedan suspendidas en la atmósfera o contaminan el lugar del accidente. Fernando ilustra este peligro con un ejemplo histórico que muchos habrán olvidado: la misión rusa Mars 96.

«En 1996 -explica el investigador-, los restos de la nave espacial rusa Mars 96 cayeron a la Tierra. La gente pensó que se habían quemado, y que su fuente de energía radiactiva aterrizó intacta en el océano».

Durante años, ese fue el relato oficial. Pero la realidad fue mucho más siniestra. «Más recientemente -prosigue Fernando-, un grupo de científicos encontró plutonio artificial en un glaciar en Chile que creen que es evidencia de que la fuente de energía se abrió durante el descenso y contaminó el área».

Si hubiéramos tenido entonces la tecnología que proponen ahora Fernando y su equipo, habríamos sabido que el plutonio no estaba en el fondo del mar, sino en los Andes. «Nos habríamos beneficiado de tener herramientas de seguimiento adicionales, especialmente para esas raras ocasiones en las que los escombros tienen material radiactivo».

Carrera contra reloj

El estudio se suma a una creciente literatura científica que alerta sobre la saturación de la órbita baja terrestre, un fenómeno a menudo relacionado con el llamado Síndrome de Kessler, que predice una cascada de colisiones que podría hacer el espacio inoperable. Mientras agencias como la ESA (Agencia Espacial Europea) trabajan en formas de limpiar la órbita, saber qué cae y dónde cae supone la primera línea de defensa.

El nuevo método no requiere construir infraestructuras millonarias; la red de sismómetros ya está ahí, escuchando la Tierra las 24 horas. Solo tenemos que ‘enseñarles’ a mirar hacia arriba.

Como concluye el propio Fernando, en una situación de emergencia, el tiempo es oro: «Si quieres ayudar, importa si averiguas dónde ha caído rápidamente: en 100 segundos en lugar de en 100 días, por ejemplo».

Con miles de satélites lanzados al espacio cada año, saber esquivar, o al menos localizar, lo que nos cae de vuelta ya no es un lujo científico, sino una cuestión de seguridad.

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