Vivir peor

Un grupo de jóvenes grababa y fotografiaba el acto electoral de Santiago Abascal el pasado día 12 en Toro (Zamora).

Todo el mundo, sin darse cuenta del daño que hacía, aceptó ese lema de que los jóvenes de ahora iban a ser la primera generación que viviría peor que sus padres. La idea se fue imponiendo como una especie de lluvia fina que nadie se atrevía a cuestionar. Es habitual enfrentar a las generaciones para que se perciban unas a otras como enemigos, en lugar de buscar los verdaderos culpables de sus carencias. Lo grave es que muchos jóvenes se han hecho andorranos espirituales, individualistas y antitributarios, convencidos de que los jubilados y los mayores lastran sus ambiciones. No haberles defendido a tiempo de ese proceso de intoxicación ahora nos convierte en cómplices de su egoísmo. Las generaciones que padecieron las consecuencias de una guerra civil difícilmente podrán comparar sus carencias con las de hoy. Los que vivieron el desarrollismo también podrían recordar que raramente se concedían un restaurante, un viaje o un capricho. En el caso de las mujeres, conquistaron el acceso al mundo laboral o escolar con enormes sacrificios, si es que lo lograron del todo. Así que eso de la sensación de vivir mejor o vivir peor es una batalla interesada y estéril.

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 Nadie ha vivido mejor cuando ha apostado por la violencia, la agresividad y la virilidad en lugar de hacerlo por la inteligencia, la convivencia y la preparación intelectual  

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Nadie ha vivido mejor cuando ha apostado por la violencia, la agresividad y la virilidad en lugar de hacerlo por la inteligencia, la convivencia y la preparación intelectual

Un grupo de jóvenes grababa y fotografiaba el acto electoral de Santiago Abascal el pasado día 12 en Toro (Zamora). Emilio Fraile
David Trueba

Todo el mundo, sin darse cuenta del daño que hacía, aceptó ese lema de que los jóvenes de ahora iban a ser la primera generación que viviría peor que sus padres. La idea se fue imponiendo como una especie de lluvia fina que nadie se atrevía a cuestionar. Es habitual enfrentar a las generaciones para que se perciban unas a otras como enemigos, en lugar de buscar los verdaderos culpables de sus carencias. Lo grave es que muchos jóvenes se han hecho andorranos espirituales, individualistas y antitributarios, convencidos de que los jubilados y los mayores lastran sus ambiciones. No haberles defendido a tiempo de ese proceso de intoxicación ahora nos convierte en cómplices de su egoísmo. Las generaciones que padecieron las consecuencias de una guerra civil difícilmente podrán comparar sus carencias con las de hoy. Los que vivieron el desarrollismo también podrían recordar que raramente se concedían un restaurante, un viaje o un capricho. En el caso de las mujeres, conquistaron el acceso al mundo laboral o escolar con enormes sacrificios, si es que lo lograron del todo. Así que eso de la sensación de vivir mejor o vivir peor es una batalla interesada y estéril.

Lo conveniente sería detenerse sobre el retroceso experimentado en los últimos años. La evolución social de las décadas anteriores vino acompañada por una moral del esfuerzo hoy inconcebible salvo en los inmigrantes, esos que sacrifican su vida para concederles una vida mejor a sus hijos. Y son esos hijos los que vivirán, seguro, mejor que sus padres. Y además sabrán reconocerlo y valorarlo. Hoy, el ascenso ultra aupado por el apoyo de muchos jóvenes podría terminar por dar razón a los que auguraban que esta nueva generación vivirá peor que sus padres. Y el motivo no radica en las condiciones económicas. Al fin y al cabo, en todas las épocas hay vaivenes, crisis y retrocesos. El motivo es porque la actitud personal condiciona el desarrollo colectivo. Nadie puede vivir bien si odia, si localiza su rencor en el de enfrente y si le niega sus derechos al otro. Nadie ha vivido mejor cuando ha apostado por la violencia, la agresividad y la virilidad en lugar de hacerlo por la inteligencia, la convivencia y la preparación intelectual.

En el mundo se puede apreciar ya con claridad que hay una parte considerable de la juventud que se ha dejado seducir por los liderazgos autoritarios que hacen uso de la fuerza y promueven el ultranacionalismo. Por ese camino se acaba, y bien rápido, viviendo peor. Así que empeorar tu vida o mejorarla es también un esfuerzo mental. Todas las sociedades han aumentado su nivel de vida cuando han apostado por el desarrollo de la mujer y el respeto a las libertades civiles de las minorías. Estados Unidos no se convirtió en la mayor economía del mundo cuando explotó a los esclavos, sino cuando los liberó y especialmente cuando les concedió los derechos plenos. También cuando supo implicar a los inmigrantes en la construcción de su país y no los consideró el enemigo interior. Lo mismo se puede aplicar a Europa. Que las mujeres accedieran a las universidades, a las carreras profesionales, al divorcio y a la maternidad autocontrolada propulsó la mejora de la calidad de vida para todos. La reacción en contra de estos avances, la cofradía de un machismo reivindicador de viejos privilegios, unido al terco error de apostar por las guerras y los enfrentamientos entre países, comprometen esa mejora del futuro cercano. Vivir peor es fácil; solo tienes que dejarte engatusar por las causas equivocadas.

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