Pedro Sánchez choca con una UE antinmigración

Pedro Sánchez ha catado el giro europeo en inmigración. Parece ya evidente que la regularización masiva de inmigrantes no sentó bien en varios países, y que el episodio de Ceuta solo ha sido la excusa para protestar de forma soterrada. El Gobierno podrá indignarse, pero Europa se ceba con quienes actúan a su aire. Esta vez los socios comunitarios solo presionaron para que nuestro país actúe con mayor dureza en su frontera, quizás sospechando que ha hecho lo contrario.

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 El Gobierno podrá indignarse con sus socios, pero Europa se ceba con los que actúan a su aire  

TRIBUNA

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El Gobierno podrá indignarse con sus socios, pero Europa se ceba con los que actúan a su aire

Pedro Sánchez hablaba con Giorgia Meloni en un Consejo Europeo el pasado octubre.Francois Walschaerts (REUTERS)
Estefanía Molina

Pedro Sánchez ha catado el giro europeo en inmigración. Parece ya evidente que la regularización masiva de inmigrantes no sentó bien en varios países, y que el episodio de Ceuta solo ha sido la excusa para protestar de forma soterrada. El Gobierno podrá indignarse, pero Europa se ceba con quienes actúan a su aire. Esta vez los socios comunitarios solo presionaron para que nuestro país actúe con mayor dureza en su frontera, quizás sospechando que ha hecho lo contrario.

No es de extrañar su recelo. Para empezar, el 65% del crecimiento poblacional neto de la UE entre 2025 y 2026 se produjo en España. Por más que Sánchez diga que no somos el país con más llegadas por mar, hay que recordar que la gran mayoría de los inmigrantes irregulares llegaron como turistas vía aeroportuaria. Asimismo, el comisario Interior y Migración ya avisó a España de que vigile bien que los regularizados no generen efectos en el espacio Schengen: el mero hecho de enunciarlo ya habla de los recelos que existían previamente. A ello se le suma que el viento sopla ahora en dirección contraria a la del Welcome refugees, porque Europa ya no es la de antaño. El cóctel estaba servido, y solo ha hecho falta asistir a las imágenes de una avalancha en Ceuta, después de que las peticiones de regularización en España ascendieran a casi 1,2 millones de personas, más del doble de lo anunciado. Decisiones como expedir permisos de residencia atañen a los Estados, pero sus consecuencias pueden ser europeas a largo plazo.

Así pues, Sánchez se topó con el malestar latente, y no solo de gobiernos ultraderechistas: existe una socialdemocracia en Dinamarca que, cabría reflexionar el motivo, no ve con tan buenos ojos la inmigración como la izquierda en España. La realidad es que Europa es un club de Estados, y que todos hacen política doméstica. La Italia de Giorgia Meloni aprovecha para desmarcarse a las puertas de las elecciones de 2027, mientras su Gobierno fija cupos anuales para la contratación de trabajadores extranjeros. Del mismo modo, antes otros colegas vieron con estupor cómo Sánchez se plantaba ante la OTAN —buscando el favor de los votantes de Podemos y Sumar—, aunque una buena parte de los países tampoco pensaba llegar al 5% de gasto militar, sino asentir ante Donald Trump, esperando que no siga en el cargo en 2029.

El caso es que Europa encontró motivos para presionar a España, de modo que actuara de forma contundente en la crisis reciente. Primero, los socios comunitarios se habrán dado cuenta de que la inmigración no es una política más para nuestro presidente, sino un pilar básico. Sirve para hablar de milagro económico, mientras crecemos mayormente por volumen de trabajadores que por sustanciales incrementos salariales. Segundo, tal vez varios países corrieron a poner el grito en el cielo bajo la creencia de que el Ejecutivo podía actuar de forma laxa, en su papel de antagonista de Trump o del resto de ultraderechas. Tercero, nuestro país ni siquiera ha sido capaz de señalar el papel de Marruecos, ya fuera por acción u omisión, en la tarea de blindar la frontera, mientras pedía a los socios europeos que no sean “egoístas”. Aunque no se quiera arremeter contra el Gobierno vecino para no exacerbar la crisis, no es menos cierto que todo aquello que atañe al país de Mohamed VI parece secreto de Estado: se elogió la gestión del salto a la valla de Melilla en 2022, o se cedió con el Sáhara. Antes se citó a consultas al embajador italiano que a la embajadora marroquí.

En consecuencia, el Ejecutivo se encontró con el recelo europeo, no lejano del que existe en una parte de la opinión pública en España. Se han anunciado 25 millones de euros para más de un millar de menores no acompañados, pero el baile de cifras es palmario: en el fin de semana incluso parecía que se habían marchado más personas de las que entraron. Es llamativo que solo se haya destituido a la responsable de comunicación de Seguridad Nacional por publicar información sobre la magnitud de la avalancha —se dice que fue por la pérdida de confianza— mientras sigue sin haber una cifra oficial de fallecidos. El ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, asegura que el CNI no alertó de la magnitud del suceso, mientras los servicios de inteligencia niegan no haber informado. Se desmonta la supuesta conspiración yanqui-israelí que algunos han pregonado.

En definitiva, Europa cierra ahora filas con Sánchez, afirmando que no es un problema de la regularización —por un supuesto efecto llamada—, sino de la presión de otra potencia extranjera. Como se dice en inglés: “Buenas vallas hacen buenos vecinos”. Los socios comunitarios probablemente se tranquilizaron al ver que su presión funcionaba: el grueso de personas han sido devueltas o han regresado a Marruecos de forma inmediata. En cambio, la barrera flotante puesta en el espigón de Ceuta pinchó al poco de ser colocada. Terrible metáfora. Es llamativo que los socios de izquierdas del PSOE no hayan protestado con los decibelios habituales: muestra que quizás el giro no solo es ya europeo, sino inconfesablemente, también, de opinión pública en España.

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