Basta la huella de una bota, o la rodada de un rover, para crear en la Luna un entorno habitable para microorganismos de la Tierra. Esa es la sorprendente conclusión de un nuevo estudio recién publicado en ‘ Science Advances ‘ y llevado a cabo por investigadores de la NASA en el Centro de Vuelo Espacial Goddard, entre ellos Prabal Saxena y Heather Graham. Durante décadas hemos asumido que nuestro satélite natural, donde reinan temperaturas extremas y siempre bajo el azote de una radiación ultravioleta incompatible con la vida, era un ‘ territorio prohibido ‘ para la biología. Sin embargo, la exploración moderna está a punto de demostrar que nuestros más diminutos, invisibles e inseparables compañeros de viaje podrían acompañarnos hasta mucho más lejos de lo previsto , y llegar incluso a alterar para siempre los entornos de otros planetas y satélites del Sistema Solar. Aún resuena en muchos despachos de la NASA el accidente de abril de 2019, cuando una sonda israelí repleta de tardígrados se estrelló contra la superficie lunar. Los tardígrados no son microbios, desde luego, pero sí una de las criaturas más resistentes de la Tierra, y muchos se preguntan aún si aquellos ‘pioneros’ involuntarios lograron, o no, encontrar algún modo de sobrevivir.El refugio imprevisto de las sombras polaresAccidentes aparte, hasta ahora, la comunidad científica ha estado siempre de acuerdo en que la superficie lunar es radicalmente hostil para cualquier forma de vida conocida. Trabajos anteriores, como un estudio publicado en 2019 , señalaban que los rayos ultravioleta del Sol y el calor abrasador diurno eran barreras insuperables para la persistencia microbiana. No obstante, y según el nuevo estudio de la NASA, aquellos análisis previos pasaban por alto un factor geográfico decisivo: la topografía local.En el polo sur lunar, en efecto, donde el Sol nunca se eleva demasiado sobre el horizonte, existen cráteres y depresiones que permanecen sumidos en una sombra perpetua, lo que les permite albergar grandes depósitos de hielo milenario . En la nueva investigación, los científicos analizaron tres tipos de bacterias y dos de hongos (organismos extraordinariamente resistentes al vacío y al frío que suelen acompañar a las misiones espaciales) y los cruzaron con mapas topográficos de alta resolución térmica y lumínica. ¿El resultado? Regiones enteras del polo sur presentan condiciones sorprendentemente benignas y en las que estos intrusos microscópicos podrían sobrevivir, ya que los rincones abrigados del fondo de un cráter polar actúan como un escudo natural contra los rigores del espacio.Criptobiosis: la vida en pausaLos autores sin embargo, aclaran que no se trata de que estos microorganismos vayan a multiplicarse y colonizar activamente el satélite (la fantasía de una terraformación lunar queda completamente descartada), sino de algo mucho más sutil y fascinante: la criptobiosis.La ilustración muestra la distribución de las regiones permanentemente en sombra (en azul) en la Luna en un área de su Polo Sur. NASA/GSFC/Timothy P. McClanahanSe trata de algo similar a cuando a un ordenador portátil se le acaba la batería y entra en suspensión profunda: todos sus procesos operativos visibles se detienen por completo, pero el sistema conserva intacta su estructura interna a la espera de recibir una chispa de energía para reactivarse. Del mismo modo, y en un estado de letargo metabólico extremo, los microbios resisten la desecación y la radiación más feroz. Como señala el planetólogo Prabal Saxena, codirector del trabajo: «Incluso la huella de una bota o la rodada de un rover pueden crear un área habitable». De hecho, cualquier diminuto surco o compactación en el regolito lunar bastaría para bloquear la radiación dispersa y aislar térmicamente a uno de estos ‘polizones’ microscópicos.Proteger y ser protegidosEsta revelación abre un debate espinoso en la astrobiología contemporánea. Históricamente, los programas espaciales se han obsesionado con la protección planetaria inversa: evitar que los astronautas traigan a la Tierra patógenos o muestras nocivas de otros mundos. Sin embargo, el peligro simétrico (que nosotros infectemos cuerpos celestes vírgenes) ha recibido mucha menos atención, especialmente en los entornos lunares.Es posible que muchos piensen que ese no debería ser un gran motivo de preocupación, pero lo cierto es que la presencia accidental de microbios terrestres en la Luna supone un riesgo mayúsculo para la ciencia. En palabras de la coautora Heather Graham, investigadora de la NASA: «Nuestros hallazgos demuestran que debemos ser mucho más reflexivos sobre los materiales que podríamos llevar involuntariamente con nosotros cuando exploramos el espacio, y sobre los impactos que podríamos generar».Si las misiones del Programa Artemis y los futuros asentamientos depositan bacterias viables en el polo sur, las próximas generaciones de científicos podrían confundir moléculas orgánicas de origen terrestre con biofirmas autóctonas o indicios de vida alienígena en Marte y más allá.MÁS INFORMACIÓN noticia Si Inundaciones, sequías extremas y olas de calor históricas: ¿por qué ‘El Niño’ es ahora tan destructivo? noticia Si Ni estrellas imposibles ni errores cosmológicos: el Webb revela qué son los puntos rojos del Universo primitivoAdemás, el estudio sugiere otra hipótesis intrigante: la posibilidad de que antiguos impactos de asteroides en la Tierra primordial hubieran eyectado rocas cargadas de microorganismos que terminaron aterrizando en la Luna. Si esto fuera así, nuestro satélite podría estar funcionando como un ‘congelador’ natural que preserva los vestigios más antiguos de la historia biológica de nuestro planeta. Desde luego, la cosa da qué pensar… Basta la huella de una bota, o la rodada de un rover, para crear en la Luna un entorno habitable para microorganismos de la Tierra. Esa es la sorprendente conclusión de un nuevo estudio recién publicado en ‘ Science Advances ‘ y llevado a cabo por investigadores de la NASA en el Centro de Vuelo Espacial Goddard, entre ellos Prabal Saxena y Heather Graham. Durante décadas hemos asumido que nuestro satélite natural, donde reinan temperaturas extremas y siempre bajo el azote de una radiación ultravioleta incompatible con la vida, era un ‘ territorio prohibido ‘ para la biología. Sin embargo, la exploración moderna está a punto de demostrar que nuestros más diminutos, invisibles e inseparables compañeros de viaje podrían acompañarnos hasta mucho más lejos de lo previsto , y llegar incluso a alterar para siempre los entornos de otros planetas y satélites del Sistema Solar. Aún resuena en muchos despachos de la NASA el accidente de abril de 2019, cuando una sonda israelí repleta de tardígrados se estrelló contra la superficie lunar. Los tardígrados no son microbios, desde luego, pero sí una de las criaturas más resistentes de la Tierra, y muchos se preguntan aún si aquellos ‘pioneros’ involuntarios lograron, o no, encontrar algún modo de sobrevivir.El refugio imprevisto de las sombras polaresAccidentes aparte, hasta ahora, la comunidad científica ha estado siempre de acuerdo en que la superficie lunar es radicalmente hostil para cualquier forma de vida conocida. Trabajos anteriores, como un estudio publicado en 2019 , señalaban que los rayos ultravioleta del Sol y el calor abrasador diurno eran barreras insuperables para la persistencia microbiana. No obstante, y según el nuevo estudio de la NASA, aquellos análisis previos pasaban por alto un factor geográfico decisivo: la topografía local.En el polo sur lunar, en efecto, donde el Sol nunca se eleva demasiado sobre el horizonte, existen cráteres y depresiones que permanecen sumidos en una sombra perpetua, lo que les permite albergar grandes depósitos de hielo milenario . En la nueva investigación, los científicos analizaron tres tipos de bacterias y dos de hongos (organismos extraordinariamente resistentes al vacío y al frío que suelen acompañar a las misiones espaciales) y los cruzaron con mapas topográficos de alta resolución térmica y lumínica. ¿El resultado? Regiones enteras del polo sur presentan condiciones sorprendentemente benignas y en las que estos intrusos microscópicos podrían sobrevivir, ya que los rincones abrigados del fondo de un cráter polar actúan como un escudo natural contra los rigores del espacio.Criptobiosis: la vida en pausaLos autores sin embargo, aclaran que no se trata de que estos microorganismos vayan a multiplicarse y colonizar activamente el satélite (la fantasía de una terraformación lunar queda completamente descartada), sino de algo mucho más sutil y fascinante: la criptobiosis.La ilustración muestra la distribución de las regiones permanentemente en sombra (en azul) en la Luna en un área de su Polo Sur. NASA/GSFC/Timothy P. McClanahanSe trata de algo similar a cuando a un ordenador portátil se le acaba la batería y entra en suspensión profunda: todos sus procesos operativos visibles se detienen por completo, pero el sistema conserva intacta su estructura interna a la espera de recibir una chispa de energía para reactivarse. Del mismo modo, y en un estado de letargo metabólico extremo, los microbios resisten la desecación y la radiación más feroz. Como señala el planetólogo Prabal Saxena, codirector del trabajo: «Incluso la huella de una bota o la rodada de un rover pueden crear un área habitable». De hecho, cualquier diminuto surco o compactación en el regolito lunar bastaría para bloquear la radiación dispersa y aislar térmicamente a uno de estos ‘polizones’ microscópicos.Proteger y ser protegidosEsta revelación abre un debate espinoso en la astrobiología contemporánea. Históricamente, los programas espaciales se han obsesionado con la protección planetaria inversa: evitar que los astronautas traigan a la Tierra patógenos o muestras nocivas de otros mundos. Sin embargo, el peligro simétrico (que nosotros infectemos cuerpos celestes vírgenes) ha recibido mucha menos atención, especialmente en los entornos lunares.Es posible que muchos piensen que ese no debería ser un gran motivo de preocupación, pero lo cierto es que la presencia accidental de microbios terrestres en la Luna supone un riesgo mayúsculo para la ciencia. En palabras de la coautora Heather Graham, investigadora de la NASA: «Nuestros hallazgos demuestran que debemos ser mucho más reflexivos sobre los materiales que podríamos llevar involuntariamente con nosotros cuando exploramos el espacio, y sobre los impactos que podríamos generar».Si las misiones del Programa Artemis y los futuros asentamientos depositan bacterias viables en el polo sur, las próximas generaciones de científicos podrían confundir moléculas orgánicas de origen terrestre con biofirmas autóctonas o indicios de vida alienígena en Marte y más allá.MÁS INFORMACIÓN noticia Si Inundaciones, sequías extremas y olas de calor históricas: ¿por qué ‘El Niño’ es ahora tan destructivo? noticia Si Ni estrellas imposibles ni errores cosmológicos: el Webb revela qué son los puntos rojos del Universo primitivoAdemás, el estudio sugiere otra hipótesis intrigante: la posibilidad de que antiguos impactos de asteroides en la Tierra primordial hubieran eyectado rocas cargadas de microorganismos que terminaron aterrizando en la Luna. Si esto fuera así, nuestro satélite podría estar funcionando como un ‘congelador’ natural que preserva los vestigios más antiguos de la historia biológica de nuestro planeta. Desde luego, la cosa da qué pensar…
Basta la huella de una bota, o la rodada de un rover, para crear en la Luna un entorno habitable para microorganismos de la Tierra. Esa es la sorprendente conclusión de un nuevo estudio recién publicado en ‘Science Advances‘ y llevado a cabo por … investigadores de la NASA en el Centro de Vuelo Espacial Goddard, entre ellos Prabal Saxena y Heather Graham.
Durante décadas hemos asumido que nuestro satélite natural, donde reinan temperaturas extremas y siempre bajo el azote de una radiación ultravioleta incompatible con la vida, era un ‘territorio prohibido‘ para la biología. Sin embargo, la exploración moderna está a punto de demostrar que nuestros más diminutos, invisibles e inseparables compañeros de viaje podrían acompañarnos hasta mucho más lejos de lo previsto, y llegar incluso a alterar para siempre los entornos de otros planetas y satélites del Sistema Solar.
Aún resuena en muchos despachos de la NASA el accidente de abril de 2019, cuando una sonda israelí repleta de tardígrados se estrelló contra la superficie lunar. Los tardígrados no son microbios, desde luego, pero sí una de las criaturas más resistentes de la Tierra, y muchos se preguntan aún si aquellos ‘pioneros’ involuntarios lograron, o no, encontrar algún modo de sobrevivir.
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Vuelta a la Luna
Patricia Biosca
El refugio imprevisto de las sombras polares
Accidentes aparte, hasta ahora, la comunidad científica ha estado siempre de acuerdo en que la superficie lunar es radicalmente hostil para cualquier forma de vida conocida. Trabajos anteriores, como un estudio publicado en 2019, señalaban que los rayos ultravioleta del Sol y el calor abrasador diurno eran barreras insuperables para la persistencia microbiana. No obstante, y según el nuevo estudio de la NASA, aquellos análisis previos pasaban por alto un factor geográfico decisivo: la topografía local.
En el polo sur lunar, en efecto, donde el Sol nunca se eleva demasiado sobre el horizonte, existen cráteres y depresiones que permanecen sumidos en una sombra perpetua, lo que les permite albergar grandes depósitos de hielo milenario. En la nueva investigación, los científicos analizaron tres tipos de bacterias y dos de hongos (organismos extraordinariamente resistentes al vacío y al frío que suelen acompañar a las misiones espaciales) y los cruzaron con mapas topográficos de alta resolución térmica y lumínica. ¿El resultado? Regiones enteras del polo sur presentan condiciones sorprendentemente benignas y en las que estos intrusos microscópicos podrían sobrevivir, ya que los rincones abrigados del fondo de un cráter polar actúan como un escudo natural contra los rigores del espacio.
Criptobiosis: la vida en pausa
Los autores sin embargo, aclaran que no se trata de que estos microorganismos vayan a multiplicarse y colonizar activamente el satélite (la fantasía de una terraformación lunar queda completamente descartada), sino de algo mucho más sutil y fascinante: la criptobiosis.

(NASA/GSFC/Timothy P. McClanahan)
Se trata de algo similar a cuando a un ordenador portátil se le acaba la batería y entra en suspensión profunda: todos sus procesos operativos visibles se detienen por completo, pero el sistema conserva intacta su estructura interna a la espera de recibir una chispa de energía para reactivarse. Del mismo modo, y en un estado de letargo metabólico extremo, los microbios resisten la desecación y la radiación más feroz.
Como señala el planetólogo Prabal Saxena, codirector del trabajo: «Incluso la huella de una bota o la rodada de un rover pueden crear un área habitable». De hecho, cualquier diminuto surco o compactación en el regolito lunar bastaría para bloquear la radiación dispersa y aislar térmicamente a uno de estos ‘polizones’ microscópicos.
Proteger y ser protegidos
Esta revelación abre un debate espinoso en la astrobiología contemporánea. Históricamente, los programas espaciales se han obsesionado con la protección planetaria inversa: evitar que los astronautas traigan a la Tierra patógenos o muestras nocivas de otros mundos. Sin embargo, el peligro simétrico (que nosotros infectemos cuerpos celestes vírgenes) ha recibido mucha menos atención, especialmente en los entornos lunares.
Es posible que muchos piensen que ese no debería ser un gran motivo de preocupación, pero lo cierto es que la presencia accidental de microbios terrestres en la Luna supone un riesgo mayúsculo para la ciencia. En palabras de la coautora Heather Graham, investigadora de la NASA: «Nuestros hallazgos demuestran que debemos ser mucho más reflexivos sobre los materiales que podríamos llevar involuntariamente con nosotros cuando exploramos el espacio, y sobre los impactos que podríamos generar».
Si las misiones del Programa Artemis y los futuros asentamientos depositan bacterias viables en el polo sur, las próximas generaciones de científicos podrían confundir moléculas orgánicas de origen terrestre con biofirmas autóctonas o indicios de vida alienígena en Marte y más allá.
Además, el estudio sugiere otra hipótesis intrigante: la posibilidad de que antiguos impactos de asteroides en la Tierra primordial hubieran eyectado rocas cargadas de microorganismos que terminaron aterrizando en la Luna. Si esto fuera así, nuestro satélite podría estar funcionando como un ‘congelador’ natural que preserva los vestigios más antiguos de la historia biológica de nuestro planeta. Desde luego, la cosa da qué pensar…
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