Así vivían los denisovanos, nuestros ancestros más misteriosos

Hasta ahora, los únicos restos que teníamos de ellos eran unos pocos dientes aislados, un fragmento de mandíbula hallado en el Tíbet y la pequeña falange de un dedo meñique, lo justo para saber, gracias al análisis de ADN, cuál fue su ascendencia y parentesco con los humanos actuales, pero del todo insuficiente para conocer sus costumbres, sus habilidades, su comportamiento, sus sociedades… A día de hoy, los denisovanos siguen siendo un enigma científico sin resolver.Pero un excepcional hallazgo llevado a cabo por un equipo multidisciplinar de la Academia China de Ciencias y recién publicado en dos artículos diferentes de la revista ‘Nature’ ( aquí y aquí ), ha permitido, por primera vez, atisbar cómo vivían los que son, sin duda, los más misteriosos de los ancestros de la humanidad.Los denisovanos son, literalmente, los fantasmas de nuestro árbol genealógico. Fueron identificados por primera vez en 2010 en la gélida cueva de Denisova, en Siberia. Y desde entonces, los genetistas han demostrado que se expandieron por toda Asia y que incluso llegaron a cruzarse con nuestra propia especie, Homo sapiens . De hecho, poblaciones actuales del sudeste asiático y Oceanía conservan en sus genes un inconfundible rastro denisovano. Sin embargo, la escasez de sus fósiles era exasperante. Sabíamos que existían, pero carecíamos de evidencias físicas que nos mostraran qué aspecto tenían o cómo se desenvolvían en la vida.Un oasis en la Edad de HieloEsta vez, el escenario de este espectacular hallazgo no está en las estepas rusas, sino en la cueva de Bianfu, en la provincia de Yunnan, en el suroeste de China. Durante el Pleistoceno Medio tardío, hace entre 190.000 y 70.000 años, el planeta atravesaba la llamada ‘Etapa Isotópica Marina 6’, una durísima glaciación que cubrió de hielo inmensas extensiones del hemisferio norte.El hallazgo permite conocer, por fin, el entorno y las costumbres del linaje más enigmático de la evolución humanaPero la meseta de Yunnan-Guizhou fue diferente. Actuó como un verdadero refugio climático. Según detalla el primero de los estudios de ‘Nature’, dirigido por el investigador Fahu Chen, el entorno que rodeaba la cueva era un frondoso bosque dominado por coníferas, con un clima relativamente cálido y abundantes recursos naturales. Un auténtico oasis en medio de un desierto de hielo.En aquel ‘edén’ prehistórico, los denisovanos prosperaron. Sus restos indican que eran cazadores especializados, capaces de abatir de forma sistemática a presas de tamaño mediano y grande. Y junto a sus huesos fósiles, los arqueólogos han desenterrado más de 1.300 artefactos de piedra y diversas herramientas de hueso con un nivel de procesamiento mínimo. Se trata de una tecnología lítica que, curiosamente, nos recuerda de forma sorprendente a la que utilizaban los neandertales al otro lado del mundo.Una aguja en un pajar de 60.000 huesosLlegar hasta los artífices de esas herramientas, no obstante, no fue una tarea sencilla. El equipo de la investigadora Qiaomei Fu, del Instituto de Paleontología de Vertebrados de Pekín y autora principal del segundo estudio , se enfrentó a un yacimiento con más de 60.000 fragmentos óseos. Encontrar un homínido ahí era como buscar una aguja en un inmenso pajar. Por no decir que analizar el frágil ADN de cada uno de los restos resultaba técnica y económicamente inviable.El radio descubierto presenta una mezcla anatómica asombrosa: un hueso robusto como el de un neandertal, pero con la forma externa propia de los humanos modernosDe modo que los científicos recurrieron a una técnica revolucionaria llamada ZooMS (Zooarqueología por Espectrometría de Masas). Algo similar (salvando las distancias) a un moderno escáner de códigos de barras en la caja de un supermercado. Así, y en lugar de descifrar la larguísima y degradada cadena del ADN, la técnica ZooMS ‘lee’ los diminutos restos de proteínas fosilizadas en el colágeno del hueso. Es un método extraordinariamente rápido, muy barato y que apenas requiere raspar una cantidad microscópica de polvo del fósil.Previamente, eso sí, los investigadores seleccionaron a ojo, basándose en la morfología, 22 huesos especialmente prometedores entre la inmensa pila de fragmentos. Y al pasarles el ‘escáner’ ZooMS, confirmaron asombrados que tres de ellos pertenecían a homínidos. Se trataba de dos fragmentos de hueso parietal (del cráneo) y un trozo de radio proximal (del antebrazo), datados entre los 167.000 y los 134.000 años de antigüedad. A los que después se sumaron dos valiosos dientes descubiertos en la misma capa geológica.La huella dactilar de las proteínasA pesar del hallazgo, quedaba una duda fundamental que despejar: ¿quiénes eran exactamente esos homínidos? En Asia deambulaban por aquel entonces otras especies, como los arcaicos Homo erectus. Para disipar cualquier duda, el equipo extrajo y analizó proteínas de múltiples tejidos: hueso, dentina y esmalte.Y resultó que todos los especímenes portaban una variante específica de aminoácidos llamada COL1A2 R996K, que es una firma exclusiva de los denisovanos. Además, el análisis de una proteína presente en el esmalte dental (la amelogenina) demostró a las claras que los dientes pertenecían a individuos varones. «La cueva de Bianfu -escriben los investigadores en Nature- posee el registro fósil de denisovanos más rico que se conoce hoy en día fuera de la propia cueva de Denisova».El primer brazo de un denisovanoDe todo el conjunto arqueológico, sin embargo, el resto más valioso es, sin duda, el hueso del radio. De hecho, es la primera vez en la historia de la paleoantropología que encontramos un hueso largo de las extremidades de esta especie. Hasta ahora no sabíamos en absoluto cómo era el cuerpo de estos individuos del cuello para abajo.«El descubrimiento del primer radio denisovano -escriben los autores-proporciona conocimientos cruciales sobre su anatomía por debajo del cráneo». El hueso en cuestión presenta un inesperado mosaico evolutivo. Por un lado, tiene unas dimensiones enormes y unas marcas de inserción que recuerdan a la robustez y a la asombrosa potencia física de los neandertales. Pero su forma externa general y la geometría de su sección transversal le alinean mucho más con nosotros, los humanos modernos. Esta extraña mezcla anatómica nos desvela que los denisovanos poseían unas adaptaciones biomecánicas únicas en todo el reino homínido.El eslabón asiático perdidoEl yacimiento de Bianfu soluciona, además, uno de los mayores quebraderos de cabeza relacionados con esta especie: el ‘vacío geográfico’. Sabíamos que los denisovanos debieron habitar extensas zonas del continente para poder mezclarse con las poblaciones que viajaron hacia Filipinas o Australia, pero los huesos se resistían a aparecer en esas latitudes intermedias. Por eso, este hallazgo en el suroeste de China tiende por fin el ansiado puente físico entre los hielos perpetuos de Siberia y las selvas tropicales del sudeste asiático.Gracias al detallado análisis de las proteínas, los científicos han podido reconstruir árboles genealógicos que confirman lo que el ADN ya insinuaba: los humanos modernos somos una rama hermana del grupo cerrado que formaban neandertales y denisovanos.Las evidencias únicas de Bianfu nos permiten, por fin, poner entorno y costumbres a nuestros ancestros más esquivos. Ya no son solo una anomalía en el monitor de un genetista; ahora sabemos que los denisovanos fabricaban tecnología lítica avanzada, procesaban herramientas de hueso, cazaban a gran escala en los bosques de coníferas de China, lucían brazos increíblemente fuertes pero similares a los nuestros y sobrevivieron con éxito innegable a las peores glaciaciones del Pleistoceno. La densa niebla del tiempo empieza a disiparse, y el linaje fantasma se hace, al fin, de carne y hueso. Hasta ahora, los únicos restos que teníamos de ellos eran unos pocos dientes aislados, un fragmento de mandíbula hallado en el Tíbet y la pequeña falange de un dedo meñique, lo justo para saber, gracias al análisis de ADN, cuál fue su ascendencia y parentesco con los humanos actuales, pero del todo insuficiente para conocer sus costumbres, sus habilidades, su comportamiento, sus sociedades… A día de hoy, los denisovanos siguen siendo un enigma científico sin resolver.Pero un excepcional hallazgo llevado a cabo por un equipo multidisciplinar de la Academia China de Ciencias y recién publicado en dos artículos diferentes de la revista ‘Nature’ ( aquí y aquí ), ha permitido, por primera vez, atisbar cómo vivían los que son, sin duda, los más misteriosos de los ancestros de la humanidad.Los denisovanos son, literalmente, los fantasmas de nuestro árbol genealógico. Fueron identificados por primera vez en 2010 en la gélida cueva de Denisova, en Siberia. Y desde entonces, los genetistas han demostrado que se expandieron por toda Asia y que incluso llegaron a cruzarse con nuestra propia especie, Homo sapiens . De hecho, poblaciones actuales del sudeste asiático y Oceanía conservan en sus genes un inconfundible rastro denisovano. Sin embargo, la escasez de sus fósiles era exasperante. Sabíamos que existían, pero carecíamos de evidencias físicas que nos mostraran qué aspecto tenían o cómo se desenvolvían en la vida.Un oasis en la Edad de HieloEsta vez, el escenario de este espectacular hallazgo no está en las estepas rusas, sino en la cueva de Bianfu, en la provincia de Yunnan, en el suroeste de China. Durante el Pleistoceno Medio tardío, hace entre 190.000 y 70.000 años, el planeta atravesaba la llamada ‘Etapa Isotópica Marina 6’, una durísima glaciación que cubrió de hielo inmensas extensiones del hemisferio norte.El hallazgo permite conocer, por fin, el entorno y las costumbres del linaje más enigmático de la evolución humanaPero la meseta de Yunnan-Guizhou fue diferente. Actuó como un verdadero refugio climático. Según detalla el primero de los estudios de ‘Nature’, dirigido por el investigador Fahu Chen, el entorno que rodeaba la cueva era un frondoso bosque dominado por coníferas, con un clima relativamente cálido y abundantes recursos naturales. Un auténtico oasis en medio de un desierto de hielo.En aquel ‘edén’ prehistórico, los denisovanos prosperaron. Sus restos indican que eran cazadores especializados, capaces de abatir de forma sistemática a presas de tamaño mediano y grande. Y junto a sus huesos fósiles, los arqueólogos han desenterrado más de 1.300 artefactos de piedra y diversas herramientas de hueso con un nivel de procesamiento mínimo. Se trata de una tecnología lítica que, curiosamente, nos recuerda de forma sorprendente a la que utilizaban los neandertales al otro lado del mundo.Una aguja en un pajar de 60.000 huesosLlegar hasta los artífices de esas herramientas, no obstante, no fue una tarea sencilla. El equipo de la investigadora Qiaomei Fu, del Instituto de Paleontología de Vertebrados de Pekín y autora principal del segundo estudio , se enfrentó a un yacimiento con más de 60.000 fragmentos óseos. Encontrar un homínido ahí era como buscar una aguja en un inmenso pajar. Por no decir que analizar el frágil ADN de cada uno de los restos resultaba técnica y económicamente inviable.El radio descubierto presenta una mezcla anatómica asombrosa: un hueso robusto como el de un neandertal, pero con la forma externa propia de los humanos modernosDe modo que los científicos recurrieron a una técnica revolucionaria llamada ZooMS (Zooarqueología por Espectrometría de Masas). Algo similar (salvando las distancias) a un moderno escáner de códigos de barras en la caja de un supermercado. Así, y en lugar de descifrar la larguísima y degradada cadena del ADN, la técnica ZooMS ‘lee’ los diminutos restos de proteínas fosilizadas en el colágeno del hueso. Es un método extraordinariamente rápido, muy barato y que apenas requiere raspar una cantidad microscópica de polvo del fósil.Previamente, eso sí, los investigadores seleccionaron a ojo, basándose en la morfología, 22 huesos especialmente prometedores entre la inmensa pila de fragmentos. Y al pasarles el ‘escáner’ ZooMS, confirmaron asombrados que tres de ellos pertenecían a homínidos. Se trataba de dos fragmentos de hueso parietal (del cráneo) y un trozo de radio proximal (del antebrazo), datados entre los 167.000 y los 134.000 años de antigüedad. A los que después se sumaron dos valiosos dientes descubiertos en la misma capa geológica.La huella dactilar de las proteínasA pesar del hallazgo, quedaba una duda fundamental que despejar: ¿quiénes eran exactamente esos homínidos? En Asia deambulaban por aquel entonces otras especies, como los arcaicos Homo erectus. Para disipar cualquier duda, el equipo extrajo y analizó proteínas de múltiples tejidos: hueso, dentina y esmalte.Y resultó que todos los especímenes portaban una variante específica de aminoácidos llamada COL1A2 R996K, que es una firma exclusiva de los denisovanos. Además, el análisis de una proteína presente en el esmalte dental (la amelogenina) demostró a las claras que los dientes pertenecían a individuos varones. «La cueva de Bianfu -escriben los investigadores en Nature- posee el registro fósil de denisovanos más rico que se conoce hoy en día fuera de la propia cueva de Denisova».El primer brazo de un denisovanoDe todo el conjunto arqueológico, sin embargo, el resto más valioso es, sin duda, el hueso del radio. De hecho, es la primera vez en la historia de la paleoantropología que encontramos un hueso largo de las extremidades de esta especie. Hasta ahora no sabíamos en absoluto cómo era el cuerpo de estos individuos del cuello para abajo.«El descubrimiento del primer radio denisovano -escriben los autores-proporciona conocimientos cruciales sobre su anatomía por debajo del cráneo». El hueso en cuestión presenta un inesperado mosaico evolutivo. Por un lado, tiene unas dimensiones enormes y unas marcas de inserción que recuerdan a la robustez y a la asombrosa potencia física de los neandertales. Pero su forma externa general y la geometría de su sección transversal le alinean mucho más con nosotros, los humanos modernos. Esta extraña mezcla anatómica nos desvela que los denisovanos poseían unas adaptaciones biomecánicas únicas en todo el reino homínido.El eslabón asiático perdidoEl yacimiento de Bianfu soluciona, además, uno de los mayores quebraderos de cabeza relacionados con esta especie: el ‘vacío geográfico’. Sabíamos que los denisovanos debieron habitar extensas zonas del continente para poder mezclarse con las poblaciones que viajaron hacia Filipinas o Australia, pero los huesos se resistían a aparecer en esas latitudes intermedias. Por eso, este hallazgo en el suroeste de China tiende por fin el ansiado puente físico entre los hielos perpetuos de Siberia y las selvas tropicales del sudeste asiático.Gracias al detallado análisis de las proteínas, los científicos han podido reconstruir árboles genealógicos que confirman lo que el ADN ya insinuaba: los humanos modernos somos una rama hermana del grupo cerrado que formaban neandertales y denisovanos.Las evidencias únicas de Bianfu nos permiten, por fin, poner entorno y costumbres a nuestros ancestros más esquivos. Ya no son solo una anomalía en el monitor de un genetista; ahora sabemos que los denisovanos fabricaban tecnología lítica avanzada, procesaban herramientas de hueso, cazaban a gran escala en los bosques de coníferas de China, lucían brazos increíblemente fuertes pero similares a los nuestros y sobrevivieron con éxito innegable a las peores glaciaciones del Pleistoceno. La densa niebla del tiempo empieza a disiparse, y el linaje fantasma se hace, al fin, de carne y hueso.  

Hasta ahora, los únicos restos que teníamos de ellos eran unos pocos dientes aislados, un fragmento de mandíbula hallado en el Tíbet y la pequeña falange de un dedo meñique, lo justo para saber, gracias al análisis de ADN, cuál fue su ascendencia y parentesco … con los humanos actuales, pero del todo insuficiente para conocer sus costumbres, sus habilidades, su comportamiento, sus sociedades… A día de hoy, los denisovanos siguen siendo un enigma científico sin resolver.

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