
En los últimos setenta y en los ochenta, en una España liberada de la represión, había más espacio para el caos creativo. En el Madrid que incubó la Movida, y que tenía de alcalde a Enrique Tierno Galván, pasaban muchas cosas más. Proliferaron las llamadas radios libres, por sus promotores, o radios piratas, por sus competidores comerciales. No eran nada profesionales, ahí estaba su gracia. Ni vendían publicidad ni tenían ánimo de lucro, abrían los micrófonos a quien llamara, estaban muy conectadas con el movimiento vecinal y, en algún caso, eran apoyadas por las nacientes juntas de distrito que trataban de dinamizar los barrios.
El acoso a Radio Enlace busca apagar a uno de los pocos supervivientes de un movimiento contracultural y vecinal surgido hace cuatro décadas
En los últimos setenta y en los ochenta, en una España liberada de la represión, había más espacio para el caos creativo. En el Madrid que incubó la Movida, y que tenía de alcalde a Enrique Tierno Galván, pasaban muchas cosas más. Proliferaron las llamadas radios libres, por sus promotores, o radios piratas, por sus competidores comerciales. No eran nada profesionales, ahí estaba su gracia. Ni vendían publicidad ni tenían ánimo de lucro, abrían los micrófonos a quien llamara, estaban muy conectadas con el movimiento vecinal y, en algún caso, eran apoyadas por las nacientes juntas de distrito que trataban de dinamizar los barrios.
Aparecieron por todo el dial de la FM, donde hasta entonces había poco más de un puñado de emisoras. Conectaban con las nuevas generaciones hablando su lenguaje y acercándose a sus inquietudes. Algo que hoy tratan de hacer youtubers, streamers o podcasters sin esa magia que siempre tuvo la radio. Era ese tiempo en el que se editaban fanzines —en un puñado de fotocopias grapadas— y en el que se seguía el lema del punk: hazlo tú mismo. No pasaba solo en Madrid, ni solo en España.
Alguna de estas radios contraculturales alcanzó cierta repercusión, y no salía mal en el EGM, como la que respondía al largo nombre Arradio La Voz de la Experiencia de la Cadena del Water. Más comprometida con un humor espontáneo y disparatado que con las causas que movían a otras, vivió el inesperado éxito de una panda de amigos charlando, riendo y poniendo música. Organizaban quedadas de oyentes (dementes) para tomar cañas y recaudar algo de dinero, y alguna fue una aglomeración. Tenían ciertos medios: un estudio clandestino en Malasaña (oculto: no querían a los fans en la puerta) y repetidores para llegar a toda la ciudad. Importaban equipos desde Italia, a través de la tienda de electrónica de uno de ellos, y los facilitaban a otras radios.
Breve confesión: quien firma esto se inició en la comunicación, que no en el periodismo, con 17 años en Radio Fhortaleza (y junto a José Alcaraz, que tenía 15). Aquella emisora, en el distrito madrileño de Hortaleza, no solo confiaba a dos adolescentes la conducción de un programa, sino que hasta los dejaba solos en el estudio, ubicado en un pequeño sótano de una asociación vecinal, de forma que, si la bombilla parpadeaba porque llamaban a la puerta, pinchaban un disco para subir a abrir. En aquellos micrófonos viejos de aquel sótano se iniciaron Iker Jiménez, que ya hablaba de fenómenos paranormales pero todavía no hacía el juego a los ultras, o Emilio Silva, hoy presidente de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica.
Entre 1987 y 1989, el Gobierno socialista puso orden en el dial para sacar nuevas licencias y se apagaron muchas de esas voces alternativas. La Voz con mayúsculas se despidió con una maratón de fin de semana que hacían sonar algunos bares para sus clientes, así era ese Madrid. Silva recuerda que el cierre de la Cadena del Water fue un mazazo para el movimiento de las radios libres, pero sitúa el inicio de su declive un poco antes, en 1986, cuando fracasó en referéndum el no a la OTAN con el que la mayoría de estas emisoras se habían volcado. No todo acabó: perviven, entre otras, Radio Vallekas, nacida de la anterior Onda Verde Vallekana, y Onda Verde a secas, de donde salió otro conocido activista, Esteban Ibarra, líder del Movimiento contra la Intolerancia.
Radio Fhortaleza se reencarnó en Radio Enlace, que sigue en el aire desde 1989. Una heroicidad. Pasaron por ahí más nombres ilustres, de la periodista Macarena Berlín al cómico Agustín Jiménez. Ahora la emisora comunitaria de Hortaleza se ve amenazada por el acoso de la autoridad municipal. Un concejal de distrito, David Pérez, apodado el Aguafiestas porque es dado a cancelar verbenas y conciertos, ya le quitó a Radio Enlace su chiringuito en las fiestas, que llevaban montando tres décadas. Y ahora les niega la concesión, y les ordena el desahucio, del local donde tienen el estudio. Al que se habían movido, por cierto, para que fuera accesible a las personas discapacitadas que tienen allí sus propios programas. Por ahora han vuelto al sótano de empinadas escaleras, al que no pueden bajar sus colaboradores. Está por ver si servirá la protesta de los vecinos encariñados con la radio más local posible.
La caída de las últimas radios libres, ya no piratas porque las que quedan se legalizaron, sería una derrota, una más, del espíritu de esos años salvajes en los que todo parecía posible.
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