¿Por qué solemos preguntar “¿cuánto vale?” cuando nos interesa conocer el precio de un activo?
El valor de un activo incorpora a veces componentes irracionales o emocionales que ningún modelo matemático capta
¿Por qué solemos preguntar “¿cuánto vale?” cuando nos interesa conocer el precio de un activo?
Desde un punto de vista financiero, asimilar valor a precio es una aberración. No obstante, en el lenguaje cotidiano, la mayoría de la gente usa indistintamente las expresiones “¿cuánto vale?” o “¿cuánto cuesta?” para referirse a un precio.
Podemos afirmar que valer y costar son sinónimos en la práctica. De hecho, la RAE avala perfectamente el uso indistinto de ambas expresiones, aclarando que “¿cuánto vale?” y “¿cuánto cuesta?” son formas perfectamente válidas para preguntar por un precio en el habla cotidiana. Por lo tanto, no es de extrañar que el verbo valer se utilice todos los días en expresiones tan comunes como “¿cuánto vale este café?”, “ha valido la pena” o “¡hazte valer, hijo mío!”.
Sin embargo, cuando nos acercamos al mundo de las finanzas, la equivalencia cotidiana entre valer y costar desaparece. El poeta Antonio Machado ya nos dejó una reflexión que encaja perfectamente: “todo necio confunde valor y precio”. Y es que los conceptos de valor y precio son indudablemente la piedra angular de cualquier inversión financiera. El ilustrísimo inversor Warren Buffett resumió el asunto con una frase ya célebre: “El precio es lo que pagas, el valor es lo que recibes”.
Efectivamente, todos pagamos un precio para recibir algo a cambio, pero no todos estamos dispuestos a pagar el mismo precio porque no todos atribuimos el mismo valor a lo que recibimos. Esta frase ilustra que el precio es un dato objetivo y único, mientras que el valor de lo que recibimos depende de la utilidad, las expectativas y las circunstancias de cada uno. Dos compradores potenciales pueden enfrentarse al mismo precio y, sin embargo, percibir un valor totalmente distinto por diversos motivos objetivos, subjetivos o incluso, a veces, muy personales o íntimos.
Un ejemplo sencillo lo ilustra bien: una pequeña botella de agua costará 50 céntimos en un supermercado para todos los compradores, pero para un aventurero perdido en un desierto con 50 ºC a la sombra, su valor será incalculable y muy superior a lo que pagaría cualquier persona en su casa, a dos pasos del grifo de la cocina. Este simple ejemplo muestra una relación directa entre valor y utilidad. Recuerdo también otro ejemplo de un buen amigo que vendió (carísimo) su pequeño piso a un comprador que valoraba mucho –¡nunca mejor dicho!– la diminuta vista que tenía desde la ventana de la cocina a la iglesia donde se casaron sus padres, fallecidos años atrás. A veces, el valor de un activo puede incorporar componentes irracionales o emocionales imposibles de medir y plasmar en un modelo matemático.
Esta idea adquiere una especial relevancia al hablar de activos infravalorados. Ahí, valorar consiste en analizar, calcular, pensar y extrapolar para atribuir un valor correcto a un activo que compararemos con el precio indicado en la pantalla. Espero no decepcionar a nadie, pero ahí está el gran secreto de cualquier inversión: valor y precio. ¡Ni más ni menos!
Ahora bien, calcular un valor correcto dista mucho de ser una ciencia exacta, incluso en el caso de compañías muy grandes y archiconocidas como Nvidia, por ejemplo (mayor capitalización bursátil del planeta): su cotización actual es de 209 dólares y podemos encontrar en Bloomberg el trabajo de un centenar de analistas financieros de las más prestigiosas compañías de todo el mundo. Todos estudian la misma firma desde hace varios años y disponen de la misma información, pero sus hipótesis, sus modelos y sus expectativas difieren. Atendiendo únicamente a las valoraciones calculadas en julio (datos muy recientes entonces para todos), el valor objetivo que calculan estos analistas va desde 180 dólares (-15% respecto a la cotización actual) hasta 413 dólares (+95%), con una media de 302 dólares (+42%). Entonces, ¿cuánto vale realmente la compañía más grande del mundo y cómo podemos saber si está infravalorada (precio menor que valor) o sobrevalorada (precio mayor que valor)?
El proceso de valoración no sigue un único camino: integra muchos factores y puede apoyarse en distintos criterios, como los beneficios esperados o la generación de flujos de caja, por ejemplo. En algún momento, este proceso exige, además de un profundo conocimiento de la compañía y de su entorno, mucho sentido común y una buena dosis de prudencia, porque valorar una compañía es un proceso de estimaciones. No he empleado expresamente la palabra adivinar porque no conviene en absoluto, pero sí estimar, ya que valorar una compañía es un trabajo riguroso, ordenado y profundamente sensato. Analizar los flujos de caja de una compañía, cifrar su crecimiento hasta la eternidad de manera razonable, sin optimismo exagerado, y descontar un futuro incierto por naturaleza es un ejercicio que requiere mucha capacidad. Un buen discounted free cash flow es como un concurso ecuestre de salto de obstáculos donde el binomio formado por el caballo y el jinete se une para realizar un recorrido sin derribar ningún obstáculo.
En un mundo global y cambiante como el actual, donde las tensiones geopolíticas y los tuits marcan el ritmo de la vida económica y social, analizar una compañía es una tarea constante. Nunca nada está garantizado.
Invertir es una actividad muy importante para las familias, las empresas y todas las economías del planeta. Es fundamental que los inversores entiendan las grandes ventajas de invertir en activos cotizados y dejen de considerar la Bolsa como un gran casino para ricos o especuladores.
Invertimos en las mejores compañías, con sólidos balances y grandes ventajas competitivas, porque creemos simplemente que el mercado sigue infravalorando los negocios de estas compañías, cuya actividad y perspectivas son mucho más valiosas de lo que refleja su cotización. Con la visión largoplacista del buen inversor, alejada de la especulación, sabemos que la cotización de una compañía acabará, tarde o temprano, reflejando su valor real ligado a la evolución de sus beneficios.
Hoy en día, es indiscutible que la IA va a revolucionar nuestras vidas y, para muchos, parece que bastará con ser el mejor amigo de Claude (Anthropic), de ChatGPT (OpenAI) o de Gemini (Google Alphabet) para convertirse en el mejor inversor del planeta en unos pocos clics. No obstante, las grandes revoluciones tecnológicas y las altísimas valoraciones bursátiles no siempre andan de la mano. El sentido común empieza por pagar precios razonables y no perseguir modas ciegamente, sino comprender una diferencia que lo cambia todo: el precio se paga, el valor se recibe.
Economía en EL PAÍS
