Dos aviadores y un destino

Para esos días en que el suelo, con sus miserias y su ruindad, te parece insoportable, nada como ascender al firmamento para tener otra perspectiva, amplia y limpia, panorámica. Yo me he ido a volar (literariamente) con dos jóvenes e intrépidos pilotos de caza, el teniente de la fuerza aérea estadounidense Robert Cassada y el feldwebel —suboficial— de la Luftwaffe del final de la Segunda Guerra Mundial Nikolaus Wedekind. Ambos son ficticios pero con mimbres de personajes auténticos. El primero, inolvidable desde su sonoro nombre, es el principal carácter de Cassada, novela primeriza y basada en sus recuerdos de aviador del gran James Salter, y que es noticia porque estaba inédita en castellano y se acaba de traducir por primera vez (por Eugenia Vázquez Nacarino, Salamandra, 2026). Y el segundo, el alemán, protagoniza Ciel en ruine, una estupenda y documentadísima serie de cómic en francés (cinco volúmenes) con guion de Philippe Pinard y dibujo de Olivier Dauger (Paquet). Pinard es el autor de aquel álbum sobrecogedor sobre el bombardeo de Hamburgo, Inferno, que publicó Norma en 2022.

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Una página del cuarto álbum de la serie 'Ciel en ruine' de Pinard / Dauger, 'Piège en Pomèranie'.Reactores F-100 en vuelo.Un Super Sabre North American F-100A ascendiendo La publicación de la conmovedora novela ‘Cassada’, de James Salter, que estaba inédita en castellano, y un intenso cómic sobre un piloto de los reactores alemanes de la Segunda Guerra Mundial invitan a levantar el vuelo  

Para esos días en que el suelo, con sus miserias y su ruindad, te parece insoportable, nada como ascender al firmamento para tener otra perspectiva, amplia y limpia, panorámica. Yo me he ido a volar (literariamente) con dos jóvenes e intrépidos pilotos de caza, el teniente de la fuerza aérea estadounidense Robert Cassada y el feldwebel —suboficial— de la Luftwaffe del final de la Segunda Guerra Mundial Nikolaus Wedekind. Ambos son ficticios pero con mimbres de personajes auténticos. El primero, inolvidable desde su sonoro nombre, es el principal carácter de Cassada, novela primeriza y basada en sus recuerdos de aviador del gran James Salter, y que es noticia porque estaba inédita en castellano y se acaba de traducir por primera vez (por Eugenia Vázquez Nacarino, Salamandra, 2026). Y el segundo, el alemán, protagoniza Ciel en ruine, una estupenda y documentadísima serie de cómic en francés (cinco volúmenes) con guion de Philippe Pinard y dibujo de Olivier Dauger (Paquet). Pinard es el autor de aquel álbum sobrecogedor sobre el bombardeo de Hamburgo, Inferno, que publicó Norma en 2022.

Cassada vuela en los años cincuenta reactores F-86 Sabre y F-100 Super Sabre del 44 º Escuadrón de caza de EE UU desde varias bases en la Alemania ocupada por los Aliados como la de Bitburg (Renania) en la que estuvo el propio Salter o la de Giebelstadt, en Baviera, que curiosamente fue diez años antes nido de los legendarios Me-262, mi avión favorito, los pioneros reactores alemanes que tanto sorprendieron al final de la segunda contienda mundial y que pilota nuestro otro aviador, Wedekind. Este tiene su base en otro aeródromo cercano, Lechfeld (a unos 250 kilómetros del primero) y sus vuelos, dibujados con maestría y emoción, son desesperadas misiones de combate, siempre a vida o muerte, en el umbral de que la Alemania nazi pierda la guerra.

Pinard y Dauger, los autores, solventan el problema moral de poner a un piloto del III Reich como protagonista de su historia haciendo de Nikolaus Wedekind un personaje muy especial: es un opositor contra el régimen nazi que incluso abuchea al Gauletier Giesler en su alocución a los estudiantes de la Universidad de Múnich, redacta octavillas de la Rosa Blanca y tiene una hermana a la que detiene y condena a muerte la Gestapo y que se llama Sophie (como Sophie Scholl); además su hermano mayor, as de caza en los reactores se suicida tras fracasar el atentado contra Hitler del 20 de julio, del que era cómplice. Ciertamente, con esos antecedentes, es un poco increíble que pongan en las manos del joven Nikolaus un rutilante y secreto Me-262 —con el que inicialmente trata de desertar a Suiza—, pero es verdad que al final de la guerra la Luftwaffe era un desbarajuste total, una casa de locos con los pilotos de caza enfrentados a Goering (el famoso “motín”) y Hitler que echaba pestes del orondo mariscal y su fuerza aérea.

A Wedekind lo adoptan los camaradas de su hermano, todos fogueados y bastante pasados de vueltas Experten con la Cruz de Caballero al cuello, y lo reclutan para su unidad, la Jagdgeschwader, ala de caza, JG 7, la más prolífica operadora del Me-262, formada en la estela del abatido as Nowotny y que se embarca en misiones de aúpa. El cómic es tan pormenorizado que casi crees que con lo que te explican en las viñetas podrías pilotar tú mismo ese reactor, verdadero tiburón del cielo. Hay dos cameos sensacionales: aparecen Johanes Steinhoff, el célebre y ex guapo as de caza que se dejó literalmente la cara en un terrible accidente con su Me-262 (destino que compartirá nuestro joven aviador en el quinto álbum, Eden Hôtel), y el mismísimo diablo, en forma de un mastín omnisciente y cabronazo llamado elocuentemente Fisto que hereda Nikolaus de su hermano y que remite a Fausto (pero tranquilos: el elemento sobrenatural funciona muy bien en la trama).

El encaje de un piloto en una unidad, y por extensión de cualquiera en un grupo, es el tema también de Cassada, de la que Salter no estaba muy contento —fue una reescritura de su segunda novela The arm of flesh, de 1961, que le parecía un fracaso y que revisó porque su editor consideró que podía complementar su gran novela de aviación, la primera, Los cazadores—. Cassada está ambientada en la Guerra Fría y no hay combates reales, a diferencia de Los cazadores que transcurre durante la Guerra de Corea, en la que Salter participó como piloto de caza. Sin embargo, es una maravilla, una verdadera lección de orfebrería literaria con pasajes que te estrangulan de emoción (“miró hacia el este, allí se alzaban los pilares de la noche, los azules profundos, insondables, tras la estela del sol”). La fría, contenida y sobria emoción de Salter, que te abre en canal como la estela de condensación de un reactor en un cielo deslumbrante. Cuando vuelves a Salter, como he hecho ahora releyendo Cassada en castellano (tengo la edición original de Counterpoint del 2000 dedicada por el mismo autor con la frase “Jacinto, here’s some bad wk!”) te preguntas cómo has podido estar sin él, sin su irresistible prosa lapidaria, cortante y depurada.

Aquí la aventura vital del piloto que no acaba de cuadrar en la escuadrilla y de alcanzar sus ideales y sueños se revela más esencial y desgarradora que en Los cazadores porque no hay guerra de telón de fondo sino la cotidianeidad —nunca exenta de peligro, esto es la aviación militar— construida alrededor de la aparente rutina operacional. Los personajes y sus sentimientos destacan más en ese vacío existencial en el que el enemigo no son los Migs sino los elementos, la mecánica, la rivalidad o la indiferencia. El drama, envuelto en la paradójica sensación de inmortalidad y plenitud del vuelo que Salter describe tan bien (“sentía el cuerpo etéreo, la mente purificada”), se encuentra especialmente en tierra, donde Cassada, ese extraño portorriqueño rubio y de ojos azul marino, con algunos rasgos de Lord Jim y de Billy Budd, no consigue integrarse entre los que deberían ser sus pares, ni destacar y ganarse la aceptación y hasta una reputación —un asunto que obsesionó siempre a Salter, tanto al aviador como al escritor—. Lo más doloroso es que no hay ninguna causa objetiva para ello. Cuántos hemos sentido ese no encajar, en un equipo de fútbol, en una redacción, en una relación sentimental, inexorablemente, inexplicablemente, sin poder hacer nada para remediarlo, carentes de aura.

Al estar los pilotos en las bases con sus familias, Salter puede mezclar además mejor sus dos temas favoritos, la aviación y las relaciones de pareja, que disecciona como nadie. En Cassada aparecen incluso la mujer de un mando que seduce a los pilotos jóvenes como una sosias de la señora Robinson de El graduado, y una muchacha, Karen, de la que se prenda el protagonista y que resulta —mira que hay chicas en Alemania— ser la amante de su capitán (situación reflejo de una que vivió Salter, véanse sus imprescindibles memorias Quemar los días, Salamandra, 2010). La temperatura de algunas de esas escenas, como cuando Cassada trata de limpiar el champán que ha vertido accidentalmente sobre la chorreante señora Dunning (“sécalo tú”), supera a la de las turbinas de los reactores. Curiosamente, Cassada parece una novela más adulta que Los cazadores, constreñida a una trayectoria rectilínea que conduce al enfrentamiento final de Cleve con el rayado as ruso Casey Jones, el Keyser Söze de los Migs.

En Cassada, pese a la mala consideración que le tenía, Salter consigue describir magníficamente la polarización entre las fuerzas que arrastran a los pilotos en tierra (la competitividad, el sexo adúltero o con las “sirenas” de los bares de Múnich, “diosas con la piel como la leche”, la frustración) y la exultante experiencia del vuelo, que describe con tonos elegíacos (“volaban serenos, puros como ángeles”). Volar, una metamorfosis, una epifanía: “El avión de Cassada pasó de negro a gris acero, después a plateado mientras se balanceaba de un lado a otro en la luz radiante”.

En la novela, en la que salen dos cosas inesperadas, las cerillas de Marienbad y la ciudad romana de Tréveris y su Porta Nigra, hay mucha aventura: el despliegue en el Norte de África del escuadrón de las colas rojas para unos ejercicios de combate aéreo, el episodio central de los dos reactores que tratan de llegar a la base con mal tiempo, cortos de combustible y con fallos en las comunicaciones (algo que vivió el propio Salter). Pero lo que permanece es sobre todo la sensación de una belleza inasible, que se escapa, inalcanzable como los confines del cielo de un azul profundo e inmaculado; y la constatación de lo aleatorio, evanescente y en última instancia inútil que es todo.

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