Hay tardes de atletismo que parecen escritas por un novelista de esos que ya no publican. En Hayward Field, el templo del tartán en Oregón, un universitario de 20 años llamado Ja’Kobe Tharp volvió locos a los cronómetros y a la historia: 12.75 segundos en las semifinales de los 110 metros vallas de los Campeonatos Universitarios. Cinco centésimas menos que los 12.80 que Aries Merritt había dejado intactos desde 2012. Era el primer récord del mundo en los universitarios estadounidenses desde el salto de Dwight Stones, allá por 1976. Y todo con un viento a favor de apenas 1,0 metros por segundo, impecablemente legal.Pero la hazaña no se entiende del todo sin el ritual. Según ha revelado la revista ‘Runner’s World’, tres horas antes de ponerse en los tacos, Tharp acudió al mostrador de McDonald’s y pidió lo de siempre: dos cheeseburgers, una ración grande de patatas fritas y seis nuggets de pollo. Nada de pasta, nada de arroz, nada de batidos proteicos ni de las elaboradas estrategias nutricionales que los nutricionistas de élite prescriben desde hace décadas. Comida rápida. Grasa. Sal. Carbohidratos de los que hacen daño al alma de cualquier dietista.El propio Tharp lo ha contado sin complejos. El ritual nació en el instituto, en Murfreesboro, Tennessee. Segundo año, llegó tercero en el campeonato estatal. Tercer año, volvió a pedir exactamente el mismo menú y se proclamó campeón. Desde entonces, no ha fallado. «Una vez que ganas con algo, más vale que te quedes con ello», ha dicho. Su entrenador en Auburn, Ken Harnden, exolímpico por Zimbabue y hombre de una generación que aún cree en el trabajo limpio y en la disciplina, no es precisamente un entusiasta de esta dieta. «Al principio no le gustaba, pero si funciona, funciona». El vallista ha comprado este menú en cuatro continentes. En Lima, cuando se coronó campeón del mundo sub-20. En Mónaco, en su debut en la Diamond League. Y, por supuesto, en Oregón, justo antes de reescribir los libros de récords.«Si yo me como eso, ¡me voy al baño rápido!», indica a ABC, entre risas, Carlos Sala, uno de los mejores vallistas de la historia. «En realidad, lo que eso indica es que, cuando uno está en forma y corre muy, muy rápido, pues, la dieta, puff… yo creo que ahí da igual lo que comas, si te va bien psicológicamente, pues adelante con ello, no lo toques. En lo de los nuggets no es el primero que lo hace. ¡A ver si va a estar ahí el secreto! Si llego a saberlo en mi época, madre mía… ¡Pero a mí no me gustaban, jajaja!».Hay algo profundamente norteamericano y, al mismo tiempo, muy humano, en esta historia. En una época en la que el atletismo de élite se mide en gramos de glucógeno, en ratios de omega-3 y en planes de comidas supervisados por equipos enteros, un chico de 1,93 metros, de zancada larga y técnica todavía en construcción, decide que su combustible predilecto es el mismo que cualquier adolescente pide tras un partido de baloncesto. No es romanticismo barato. Es superstición, sí, pero también una forma de anclarse. De recordar que, antes de ser el hombre más rápido de la historia sobre diez vallas, era un chaval al que echaron del equipo de baloncesto en el colegio y que acabó en las vallas porque un entrenador del instituto le dijo que medía demasiado para los 100 lisos.Tharp no esperaba el 12.75. Su marca personal anterior era 13.01. Había visto la noche anterior, como hace a veces antes de las grandes citas, el vídeo del récord de Merritt. Se convenció de que pertenecía a ese club. Al día siguiente, en las semifinales, solo quería clasificarse. Ejecutar. «Las tres últimas vallas fueron un poco basura», admitió después, todavía sin aliento. «Tengo más en las piernas». El marcador le devolvió un número que no estaba en su bingo particular. El estadio se vino abajo. Él se llevó las manos a la cabeza, señaló el reloj y empezó a saltar como el niño que todavía es.Hay quien verá en el menú de McDonald’s una provocación, un gesto de desprecio a la ciencia del deporte. Otros, más lúcidos, entenderán que el rendimiento de alto nivel sigue siendo, en su núcleo más profundo, un asunto misterioso. Que la confianza, el hábito y la ausencia de dudas pesan tanto como los macronutrientes. Usain Bolt ya sorprendió al mundo cuando confesó que en los Juegos de Pekín lo único que comía eran nuggets de pollo. Cien trozos de pollo al día y agua. Eso era todo.En realidad, Tharp no pretende dar lecciones de nutrición. Solo cuenta lo que le funciona. Y cuando algo te lleva de ser el número 32 del ranking de todos los tiempos a ser el hombre más rápido que ha existido sobre las vallas altas, resulta difícil discutir.Desde hace unas semanas, Tharp ya es profesional. Ya lleva el peso de ser el dueño de la plusmarca. Pero cada vez que se acerque a una gran cita, tres horas antes, alguien le entregará una bolsa de papel grasienta con dos hamburguesas con queso, patatas y nuggets. El mismo menú que un día de instituto lo hizo campeón estatal. El mismo que, en Oregón, lo convirtió en leyenda. En el atletismo, como en la vida, a veces la gloria llega envuelta en papel del McDonald’s con sabor a ketchup. Hay tardes de atletismo que parecen escritas por un novelista de esos que ya no publican. En Hayward Field, el templo del tartán en Oregón, un universitario de 20 años llamado Ja’Kobe Tharp volvió locos a los cronómetros y a la historia: 12.75 segundos en las semifinales de los 110 metros vallas de los Campeonatos Universitarios. Cinco centésimas menos que los 12.80 que Aries Merritt había dejado intactos desde 2012. Era el primer récord del mundo en los universitarios estadounidenses desde el salto de Dwight Stones, allá por 1976. Y todo con un viento a favor de apenas 1,0 metros por segundo, impecablemente legal.Pero la hazaña no se entiende del todo sin el ritual. Según ha revelado la revista ‘Runner’s World’, tres horas antes de ponerse en los tacos, Tharp acudió al mostrador de McDonald’s y pidió lo de siempre: dos cheeseburgers, una ración grande de patatas fritas y seis nuggets de pollo. Nada de pasta, nada de arroz, nada de batidos proteicos ni de las elaboradas estrategias nutricionales que los nutricionistas de élite prescriben desde hace décadas. Comida rápida. Grasa. Sal. Carbohidratos de los que hacen daño al alma de cualquier dietista.El propio Tharp lo ha contado sin complejos. El ritual nació en el instituto, en Murfreesboro, Tennessee. Segundo año, llegó tercero en el campeonato estatal. Tercer año, volvió a pedir exactamente el mismo menú y se proclamó campeón. Desde entonces, no ha fallado. «Una vez que ganas con algo, más vale que te quedes con ello», ha dicho. Su entrenador en Auburn, Ken Harnden, exolímpico por Zimbabue y hombre de una generación que aún cree en el trabajo limpio y en la disciplina, no es precisamente un entusiasta de esta dieta. «Al principio no le gustaba, pero si funciona, funciona». El vallista ha comprado este menú en cuatro continentes. En Lima, cuando se coronó campeón del mundo sub-20. En Mónaco, en su debut en la Diamond League. Y, por supuesto, en Oregón, justo antes de reescribir los libros de récords.«Si yo me como eso, ¡me voy al baño rápido!», indica a ABC, entre risas, Carlos Sala, uno de los mejores vallistas de la historia. «En realidad, lo que eso indica es que, cuando uno está en forma y corre muy, muy rápido, pues, la dieta, puff… yo creo que ahí da igual lo que comas, si te va bien psicológicamente, pues adelante con ello, no lo toques. En lo de los nuggets no es el primero que lo hace. ¡A ver si va a estar ahí el secreto! Si llego a saberlo en mi época, madre mía… ¡Pero a mí no me gustaban, jajaja!».Hay algo profundamente norteamericano y, al mismo tiempo, muy humano, en esta historia. En una época en la que el atletismo de élite se mide en gramos de glucógeno, en ratios de omega-3 y en planes de comidas supervisados por equipos enteros, un chico de 1,93 metros, de zancada larga y técnica todavía en construcción, decide que su combustible predilecto es el mismo que cualquier adolescente pide tras un partido de baloncesto. No es romanticismo barato. Es superstición, sí, pero también una forma de anclarse. De recordar que, antes de ser el hombre más rápido de la historia sobre diez vallas, era un chaval al que echaron del equipo de baloncesto en el colegio y que acabó en las vallas porque un entrenador del instituto le dijo que medía demasiado para los 100 lisos.Tharp no esperaba el 12.75. Su marca personal anterior era 13.01. Había visto la noche anterior, como hace a veces antes de las grandes citas, el vídeo del récord de Merritt. Se convenció de que pertenecía a ese club. Al día siguiente, en las semifinales, solo quería clasificarse. Ejecutar. «Las tres últimas vallas fueron un poco basura», admitió después, todavía sin aliento. «Tengo más en las piernas». El marcador le devolvió un número que no estaba en su bingo particular. El estadio se vino abajo. Él se llevó las manos a la cabeza, señaló el reloj y empezó a saltar como el niño que todavía es.Hay quien verá en el menú de McDonald’s una provocación, un gesto de desprecio a la ciencia del deporte. Otros, más lúcidos, entenderán que el rendimiento de alto nivel sigue siendo, en su núcleo más profundo, un asunto misterioso. Que la confianza, el hábito y la ausencia de dudas pesan tanto como los macronutrientes. Usain Bolt ya sorprendió al mundo cuando confesó que en los Juegos de Pekín lo único que comía eran nuggets de pollo. Cien trozos de pollo al día y agua. Eso era todo.En realidad, Tharp no pretende dar lecciones de nutrición. Solo cuenta lo que le funciona. Y cuando algo te lleva de ser el número 32 del ranking de todos los tiempos a ser el hombre más rápido que ha existido sobre las vallas altas, resulta difícil discutir.Desde hace unas semanas, Tharp ya es profesional. Ya lleva el peso de ser el dueño de la plusmarca. Pero cada vez que se acerque a una gran cita, tres horas antes, alguien le entregará una bolsa de papel grasienta con dos hamburguesas con queso, patatas y nuggets. El mismo menú que un día de instituto lo hizo campeón estatal. El mismo que, en Oregón, lo convirtió en leyenda. En el atletismo, como en la vida, a veces la gloria llega envuelta en papel del McDonald’s con sabor a ketchup.
Hay tardes de atletismo que parecen escritas por un novelista de esos que ya no publican. En Hayward Field, el templo del tartán en Oregón, un universitario de 20 años llamado Ja’Kobe Tharp volvió locos a los cronómetros y a la historia: 12.75 segundos en las semifinales … de los 110 metros vallas de los Campeonatos Universitarios. Cinco centésimas menos que los 12.80 que Aries Merritt había dejado intactos desde 2012. Era el primer récord del mundo en los universitarios estadounidenses desde el salto de Dwight Stones, allá por 1976. Y todo con un viento a favor de apenas 1,0 metros por segundo, impecablemente legal.
Pero la hazaña no se entiende del todo sin el ritual. Según ha revelado la revista ‘Runner’s World’, tres horas antes de ponerse en los tacos, Tharp acudió al mostrador de McDonald’s y pidió lo de siempre: dos cheeseburgers, una ración grande de patatas fritas y seis nuggets de pollo. Nada de pasta, nada de arroz, nada de batidos proteicos ni de las elaboradas estrategias nutricionales que los nutricionistas de élite prescriben desde hace décadas. Comida rápida. Grasa. Sal. Carbohidratos de los que hacen daño al alma de cualquier dietista.
El propio Tharp lo ha contado sin complejos. El ritual nació en el instituto, en Murfreesboro, Tennessee. Segundo año, llegó tercero en el campeonato estatal. Tercer año, volvió a pedir exactamente el mismo menú y se proclamó campeón. Desde entonces, no ha fallado. «Una vez que ganas con algo, más vale que te quedes con ello», ha dicho. Su entrenador en Auburn, Ken Harnden, exolímpico por Zimbabue y hombre de una generación que aún cree en el trabajo limpio y en la disciplina, no es precisamente un entusiasta de esta dieta. «Al principio no le gustaba, pero si funciona, funciona». El vallista ha comprado este menú en cuatro continentes. En Lima, cuando se coronó campeón del mundo sub-20. En Mónaco, en su debut en la Diamond League. Y, por supuesto, en Oregón, justo antes de reescribir los libros de récords.
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«Si yo me como eso, ¡me voy al baño rápido!», indica a ABC, entre risas, Carlos Sala, uno de los mejores vallistas de la historia. «En realidad, lo que eso indica es que, cuando uno está en forma y corre muy, muy rápido, pues, la dieta, puff… yo creo que ahí da igual lo que comas, si te va bien psicológicamente, pues adelante con ello, no lo toques. En lo de los nuggets no es el primero que lo hace. ¡A ver si va a estar ahí el secreto! Si llego a saberlo en mi época, madre mía… ¡Pero a mí no me gustaban, jajaja!».
Hay algo profundamente norteamericano y, al mismo tiempo, muy humano, en esta historia. En una época en la que el atletismo de élite se mide en gramos de glucógeno, en ratios de omega-3 y en planes de comidas supervisados por equipos enteros, un chico de 1,93 metros, de zancada larga y técnica todavía en construcción, decide que su combustible predilecto es el mismo que cualquier adolescente pide tras un partido de baloncesto. No es romanticismo barato. Es superstición, sí, pero también una forma de anclarse. De recordar que, antes de ser el hombre más rápido de la historia sobre diez vallas, era un chaval al que echaron del equipo de baloncesto en el colegio y que acabó en las vallas porque un entrenador del instituto le dijo que medía demasiado para los 100 lisos.
Tharp no esperaba el 12.75. Su marca personal anterior era 13.01. Había visto la noche anterior, como hace a veces antes de las grandes citas, el vídeo del récord de Merritt. Se convenció de que pertenecía a ese club. Al día siguiente, en las semifinales, solo quería clasificarse. Ejecutar. «Las tres últimas vallas fueron un poco basura», admitió después, todavía sin aliento. «Tengo más en las piernas». El marcador le devolvió un número que no estaba en su bingo particular. El estadio se vino abajo. Él se llevó las manos a la cabeza, señaló el reloj y empezó a saltar como el niño que todavía es.
Hay quien verá en el menú de McDonald’s una provocación, un gesto de desprecio a la ciencia del deporte. Otros, más lúcidos, entenderán que el rendimiento de alto nivel sigue siendo, en su núcleo más profundo, un asunto misterioso. Que la confianza, el hábito y la ausencia de dudas pesan tanto como los macronutrientes. Usain Bolt ya sorprendió al mundo cuando confesó que en los Juegos de Pekín lo único que comía eran nuggets de pollo. Cien trozos de pollo al día y agua. Eso era todo.
En realidad, Tharp no pretende dar lecciones de nutrición. Solo cuenta lo que le funciona. Y cuando algo te lleva de ser el número 32 del ranking de todos los tiempos a ser el hombre más rápido que ha existido sobre las vallas altas, resulta difícil discutir.
Desde hace unas semanas, Tharp ya es profesional. Ya lleva el peso de ser el dueño de la plusmarca. Pero cada vez que se acerque a una gran cita, tres horas antes, alguien le entregará una bolsa de papel grasienta con dos hamburguesas con queso, patatas y nuggets. El mismo menú que un día de instituto lo hizo campeón estatal. El mismo que, en Oregón, lo convirtió en leyenda. En el atletismo, como en la vida, a veces la gloria llega envuelta en papel del McDonald’s con sabor a ketchup.
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