Me ha sorprendido descubrir cuánta gente conocida es fan de la película El desafío de las águilas (1968) y del autor de la historia, escrita directamente para la pantalla, Alistair MacLean, que la convirtió luego en una novela tan estupenda como el filme. Entre los que admiran la película de Brian G. Hutton y al autor escocés están nada menos que Michael Ondaatje, el novelista de El paciente inglés (una historia bastante más sutil, ciertamente), Steven Spielberg, que la ha destacado como su favorita del género bélico, y un escritor que me encanta desde que leí su preciosa —especialmente la primera parte— Amor en Venecia, muerte en Benarés (Random House, 2010), Geoff Dyer.


Un entusiasta y divertidísimo libro de Geoff Dyer invita a revisar la icónica película bélica de Richard Burton y Clint Eastwood y la novela de Alistair MacLean
Me ha sorprendido descubrir cuánta gente conocida es fan de la película El desafío de las águilas (1968) y del autor de la historia, escrita directamente para la pantalla, Alistair MacLean, que la convirtió luego en una novela tan estupenda como el filme. Entre los que admiran la película de Brian G. Hutton y al autor escocés están nada menos que Michael Ondaatje, el novelista de El paciente inglés (una historia bastante más sutil, ciertamente), Steven Spielberg, que la ha destacado como su favorita del género bélico, y un escritor que me encanta desde que leí su preciosa —especialmente la primera parte— Amor en Venecia, muerte en Benarés (Random House, 2010), Geoff Dyer.
Con Dyer nos unen varias cosas: somos casi de la misma edad (68 años, él unos meses más joven), a los dos nos gusta viajar y hemos tenido desencuentros con la aurora boreal —véase el capítulo al respecto en su libro Arenas blancas (Random House, 2017)—, y nos tiene robada el alma la espada Stormbringer del Elric de Melniboné de Michael Moorcock. Además, ambos hemos estado a bordo de un portaviones estadounidense en misión de combate para escribir una historia. Dyer embarcó en el USS George H. W. Bush y yo lo hice, con el fotógrafo Guillermo Cervera y mucho susto, en el USS Harry S. Truman, también puro musculado estrépito. De mi estancia salió un reportaje y de la del escritor un libro estupendo, Another great day at sea (Pantheon Books, 2014). Tanto él como yo éramos de largo los mayores en nuestros barcos y Dyer el más alto.

Pues bien, el otro día, husmeando por la librería Foyles de Londres fui a dar con un librito (120 páginas) del escritor que no tenía ni idea de que existía. Se trata de Broadsword calling Danny Boy (Penguin, 2018) y al tomarlo en mis manos me puse literalmente a temblar de emoción (y mira que hacía calor en Londres). El libro está consagrado a hablar de la película El desafío de las águilas y su título alude, como habrán deducido los fans del filme, al código radiofónico que usa el mayor británico Jonathan Smith (Richard Burton) para comunicarse con los que lo han enviado, junto al teniente estadounidense de los Rangers Morris Schaffer (Clint Eastwood) y la agente Mary Ellison (Mary Ure), a una peligrosa misión de comandos en un castillo nazi, Schlöss Adler, el Castillo de las Águilas, en las montañas bávaras. En la versión española de la película, el código, que Smith/Burton emplea en diversas comunicaciones, con su inolvidable énfasis shakespeariano, era “Espada llamando a Daniel”. En inglés la frase se ha convertido en un lugar común instalado en la psique nacional.
Descubrir que Dyer es un apasionado de El desafío de las águilas, Where eagles dare, Donde se atreven las águilas, que es el título original de esa apoteosis de la aventura con castillo, teleférico, nazis y agentes dobles y triples, me ha encantado. Pero es que al leer el libro me he enterado de que compartimos todavía muchas más cosas de lo que creía. Por ejemplo, Dyer cita con entusiasmo el libro que yo también tengo The nazis, de Piotr Uklański (Patrick Frey Edition 1999), un volumen convertido casi en obra de culto que recoge a toda página 164 fotos de actores de cine que se han caracterizado de personajes del III Reich para otras tantas películas. Están ahí en uniforme pardo o negro, desde Robert Duvall y Michael Caine en otra peli de águilas, Ha llegado el águila, hasta Lee Marvin y Charles Bronson en Doce del patíbulo, pasando por James Coburn en La cruz de Hierro, Marlon Brando en El baile de los malditos, James Mason como el Rommel de El zorro del desierto, Ralph Fiennes en La lista de Schindler, Helmut Berger en Salon Kitty o Robert Vaughn en El puente de Remagen, entre otros muchos.

Dyer habla en Broadsword calling Danny Boy de su pasión juvenil por el Action Man con la equipación de patrulla de esquí que remite tanto a Los héroes de Telemark, otro atrevido raid y otra gran película, como a las parkas blancas de las rudas tropas de montaña alemanas, Gebirgsjäger, los tipos de la Edelweiss, que custodian el abrupto reducto alpino de El desafío de las águilas y con cuyo uniforme se disfrazan Burton y sus comandos. También confiesa su fascinación por la metralleta Schmeisser y la pistola Luger (esos iconos de la Segunda Guerra Mundial y que en nuestra inocencia de niños de los años sesenta pedíamos por Navidad). Y su largo romance con las maquetas de aviones para ensamblar de Airfix (sus favoritos son el B-17 y el Avro Lancaster). Vamos, Dyer, uno de los nuestros (o nosotros unos de los suyos).
El libro, dice su autor, es un “inventario narrativo de mi propio repertorio de detalles y observaciones, acumulados a lo largo de muchos años y múltiples —y a menudo parciales— visitas”. Vamos, que dicho de otra manera, es un recorrido personal por El desafío de las águilas, “que forma parte de quien soy”, en el que Dyer desmenuza el argumento y profundiza en aspectos que le interesan o divierten. En buena medida es una gran, genial gamberrada, llena de ingeniosos y a veces disparatados comentarios de ribetes montepythonianos, juegos de palabras y mucha ironía, y que ofrece abundante información sobre la creación y desarrollo de la película. Por ejemplo, el fallo de que salga un helicóptero Bell 47, que no existían aún, pistolas con silenciador dignas de las pelis de James Bond o que uno de los mandos alemanes tenga el rango de Reichsmarschall, que solo ostentaba Goering.

Dyer comienza con la primera secuencia, en el avión que lleva a los comandos y que sobrevuela un paisaje alpino nevado mientras se suceden los títulos de crédito. Subraya que aunque parezca que estamos en un filme de horror de la Hammer dirigiéndonos al castillo de Drácula en Transilvania, nos encontramos a bordo de un Ju-52 capturado a los alemanes. Pasa a describir a los siete pasajeros, entre ellos Burton y Eastwood. Apunta que la razón de Burton para meterse en esta película es claramente monetaria: sacará un montón de dinero que le servirá para comprar a su moderna Cleopatra (Elizabeth Taylor) cosas como un reactor privado o joyas fastuosas, entre ellas el diamante Krupp y la perla La Peregrina. De hecho, Liz visitará a menudo el set de rodaje (los contratos de ambos estipulaban que tenían que poder comer juntos) y se hará fotos con Burton y el resto del elenco caracterizados de militares alemanes. A Burton le convence para participar en la película, además de la pasta, el que Gregory Peck haya quedado tan digno protagonizando ocho años antes la similar, aunque climatológicamente tan distinta, Los cañones de Navarone.
El autor recuerda que el título de la película (y la subsiguiente novela) no es de MacLean, que era muy malo poniéndolos, sino que, aunque suena al lema del SAS “Who dares wins”, quien se atreve vence, lo inspiró el nombre del propio castillo, Adler, y es en realidad de Shakespeare, del Ricardo III, cuando se dice que el mundo está yendo tan mal que los chochines cazan donde las águilas no se atreven (dare not) a posarse.

Dyer comenta con bastante sorna el personaje de Eastwood, con un peinado “post-Elvis”, señala, y un laconismo y falta de expresividad dignos de un pistolero con poncho. Dice de su método actoral que su único registro es entrecerrar los ojos, lo que lo hace monosilábico en términos de expresión facial. Al respecto, lo compara con Steve McQueen, maestro, dice, en la manifestación de una nada interior, y con otros actores sobrios como Charles Bronson o Marvin. Al que no se le puede aplicar lo de actor sobrio es a Burton, que, esto lo recuerda Jack Webster en su biografía de Alistair MacLean (Chapmans, 1991), paró, para charlar con el escritor, una escena en la que debía trepar por un muro y en una hora y media se zampó cinco vodkas largos. Entonces volvió al set y subió el muro sin contratiempos. En un encuentro posterior, el actor y MacLean, que bebía como un escocés, se liaron a puñetazos y Burton acabó en el suelo de un derechazo a la nariz.
El autor reflexiona sobre el grado de eficacia de las operaciones secretas del SOE británico tras las líneas enemigas (cuestionando de paso el concepto) y trae a colación a John Keegan y a Max Hastings y el juicio de ambos de que la aportación de ese tipo de guerra no fue mucha. El comando tiene que rescatar a un general capturado que posee secretos sobre la apertura del segundo frente, pero Burton tiene su propia agenda (y valga la palabra dado que las agendas tienen un papel tan importante en la trama; como lo tiene la Escopolamina).
Las escenas en el teleférico —el castillo es tan inaccesible que deja Colditz a la altura de un balneario— son de lo más emocionante del filme, sobre todo para los que se caen. Dyer les dedica espacio a esas escenas y también a la de la reunión en que se enreda y se desenreda el intríngulis de espionaje de la historia y ya no sabes quién es quién (siempre hay un último giro), excepto el bueno de Clint Eastwood que frunce el entrecejo más de lo habitual. Dyer relaciona la escena con la de la taberna de Malditos bastardos de Tarantino, una de las muchas influencias de El desafío de las águilas en ese filme.

Aunque Dyer se empeña en buscarle carga erótica a la relación entre el SS-Sturmbannführer Von Hapen (Derren Nesbitt), “la bestia rubia”, y las dos chicas en el bando de los buenos, Mary y Heidi (Ingrid Pitt), sugiriendo incluso que el nazi, tan malo que sale dos veces en el libro de Uklanski, trata de montar un trío, la verdad es que en El desafío de las águilas como en otras pelis y novelas de MacLean no hay prácticamente sexo: todo va demasiado deprisa y el escritor era bastante puritano. Lo más libidinoso es la manera en que Eastwood lubrica la Schmeisser.
Cultura en EL PAÍS
