El misterio del trozo de piedra que resultó ser una diosa romana

Esos pliegues tallados como si estuviesen mojados hasta dibujar el ombligo; la torsión de la cadera; ese mármol blanco de fina factura. El investigador Diego Romero Vera ya intuía que ese trozo de piedra que encontró arrumbado en el patio de un convento de Lebrija (Sevilla), maltratado por el verdín y el cemento, no era un bloque de acarreo cualquiera.

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 Un estudio identifica en un mármol de acarreo a la primera representación escultórica de Venus, la deidad que pudo proteger a la ciudad de Lebrija, antigua Nabrissa  

Esos pliegues tallados como si estuviesen mojados hasta dibujar el ombligo; la torsión de la cadera; ese mármol blanco de fina factura. El investigador Diego Romero Vera ya intuía que ese trozo de piedra que encontró arrumbado en el patio de un convento de Lebrija (Sevilla), maltratado por el verdín y el cemento, no era un bloque de acarreo cualquiera.

“Ya se veía que era una mano ejecutora de calidad, pero ese drapeado con transparencias, el contraposto… Había algo más, nos pusimos a comparar modelos y sonó la campanita”, explica Romero. Era el fragmento de una representación de Venus de cuyo tipo solo se conocían otros tres ejemplares de procedencia hispana. Para Nabrissa Veneria, la ciudad romana que precedió a la actual Lebrija, esa no era una deidad cualquiera: “Era su diosa tutelar”, sostiene el arqueólogo. El estudio plantea esa posible condición protectora y vincula a Venus con el sobrenombre o cognomen con el que Plinio identificó a una ciudad aún en gran medida desconocida.

El salto entre el mármol de acarreo y la posible protectora de la comunidad —comparable en ese aspecto a las actuales patronas católicas— está contenido en un fragmento de apenas 35 por 33 por 27 centímetros. Los investigadores Diego Romero Vera, de la Universidad de Sevilla, y Daniel Becerra Fernández, de la Universidad Complutense de Madrid, han estudiado sus formas y la composición de la piedra en un artículo científico que se publicará en el próximo número de la revista Archivo Español de Arqueología, del CSIC. En Venus en Nabrissa Veneria (Lebrija, Sevilla): el primer testimonio escultórico, ambos investigadores defienden que esa pieza, cuya identidad las mutilaciones casi habían borrado, corresponde al tipo escultórico de Afrodita Louvre-Nápoles, llamado así por dos de sus ejemplares más destacados.

“Su estado fragmentario y la suciedad que presentaba, con una espesa capa de verdín y restos de cemento, hicieron que su verdadera naturaleza pasara desapercibida”, escriben en el trabajo sobre el hallazgo. El mármol estaba depositado en el patio del convento de San Francisco. Antes había formado parte del muro de una estancia auxiliar de las huertas del convento, desde donde fue trasladado al patio. Allí se lo encontró Romero, profesor del área de Arqueología de la facultad de Geografía e Historia de la Universidad de Sevilla y especialista en el mundo romano, a finales de 2023. “Me percaté de que, pese a lo fragmentado, parecía romano. Yo creía que iba a ser imposible de detectar quién era porque lo normal y más común en estos casos es encontrar la parte de la toga”, añade el especialista.

El profesor de la Universidad de Sevilla se puso en contacto con el Ayuntamiento, que decidió trasladar la pieza a la cripta arqueológica situada en el sótano de la Casa de la Juventud, donde aún permanece. Tras una limpieza superficial, Romero pudo apreciar que detrás del tallado “había una mano ejecutora de calidad”. La clave para reconocer a la diosa estaba en aquello que el escultor había conseguido sugerir bajo la ropa. La túnica fina se adhiere al vientre y permite distinguir el ombligo. Los pliegues envuelven las caderas y se reúnen entre los muslos. Por detrás sobreviven parte de un manto y las formas del glúteo derecho. Es el efecto de los llamados paños mojados.

La combinación de esos rasgos les ha permitido adscribirla al tipo escultórico de Afrodita Louvre-Nápoles, un modelo que tuvo una amplia difusión en el mundo romano y del que se conservan más de medio centenar de versiones marmóreas. Sin embargo, hasta ahora solo se conocían tres ejemplares de procedencia hispana, todos incompletos: dos conservados en el Museo Arqueológico de Córdoba y un tercero hallado en la villa de Paulenca, en Granada, cuya adscripción al modelo se plantea con reservas. A ellos se suma ahora la pieza lebrijana. La Venus de Lebrija sería una adaptación romana de un modelo griego atribuido mayoritariamente a Calímaco, un escultor activo en Atenas a finales del siglo V a. C.

En las versiones más extendidas de este tipo, relacionado con la protección del matrimonio y la fecundidad, la diosa viste una túnica larga y casi transparente, deja un seno al descubierto y levanta un brazo para sujetar el manto. En la otra mano puede ofrecer una manzana, vinculada al juicio de Paris, o una granada. Nada de esos brazos o atributos se conserva en Lebrija, pero sí los indicios suficientes para reconocer el esquema. El bloque también da pistas de la escala de lo perdido: los autores calculan que la estatua completa alcanzaría alrededor de metro y medio.

La piedra también guarda información sobre la ciudad de la que procede la imagen. Los análisis microscópicos, químicos e isotópicos realizados para el estudio señalan al mármol de Luni-Carrara, en Italia, como la opción más plausible. El material era “de gran prestigio y elevado coste” y procedía de canteras imperiales. La talla debió realizarla un taller cualificado, habituado a trabajar con esa materia prima, según la investigación. Aunque no han llegado a incluir la datación en su artículo, Romero encuadra la escultura en el siglo I después de Cristo, ya que “es el de mayor uso de esa cantera y cuando se monumentalizan” ciudades de la Hispania romana como Lebrija.

La espalda de la escultura, trabajada con menos detalle, sugiere que estaba concebida para ser contemplada de frente, quizá dentro de una hornacina. Por sus dimensiones y características, los investigadores creen que pudo tener un uso público o semipúblico. “Al ser de calidad y de exportación, debía estar dentro de un templo o de un espacio representativo. La tercera hipótesis, menos plausible, es que las mujeres de alta posición se podían representar siguiendo la forma del dios al que tenían más devoción cuando morían”, detalla el arqueólogo.

Más allá de su singularidad, el contexto lebrijano del hallazgo le da más valor, en una ciudad cuyo pasado romano aún está muy desdibujado. “La mayor parte son restos descontextualizados, no sabemos con exactitud dónde estaba el foro, las calles o el límite de la ciudad”, apunta el arqueólogo. Lo que sí se conoce es el sobrenombre que acompañaba al nombre de la población —de origen posiblemente tartésico— gracias a la referencia de Plinio el Viejo en el libro III de su Historia natural. El autor latino la sitúa entre los esteros del Betis y la identifica como “Nabrissa, de sobrenombre Veneria”. En 1634, el historiador Rodrigo Caro ya interpretó ese apelativo como una señal de la devoción de sus habitantes por Venus.

“Era habitual que las ciudades romanas tuviesen dioses protectores”, abunda Romero. El sobrenombre Veneria también se ha relacionado con Julio César, cuya familia reivindicaba una ascendencia mítica que remontaba hasta la diosa Venus, y con una posible promoción jurídica de la ciudad. Aunque, de nuevo, los investigadores se topan con un vacío, como matiza el arqueólogo: “Ni siquiera sabemos si llegó a ser municipio o era colonia”. Con todo, el profesor de la Universidad de Sevilla y lebrijano de nacimiento se siente orgulloso del resultado: “Hemos trabajado con paralelos. Es una historia detectivesca”.

Sin certeza de si esa delicada Venus presidía un templo u otro edificio representativo, los investigadores se quedan con lo que aporta: “El primer testimonio arqueológico que refrenda materialmente el epíteto transmitido por Plinio”. Para dar a conocer el hallazgo, Romero lanza un guante al Ayuntamiento, que ha corrido con los gastos de las pruebas de laboratorio necesarias para el estudio: “Lo ideal es que se adecue museísticamente, que la gente pueda conocerla. Lanzo el guante…”. Todo sea por esa diosa protectora que ha aguardado durante siglos a que alguien le devolviese su nombre.

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