El nacionalismo cristiano refuerza la alianza entre Trump y los evangélicos, mientras candidatos demócratas apelan a la fe para ganar terreno en estados conservadores Leer El nacionalismo cristiano refuerza la alianza entre Trump y los evangélicos, mientras candidatos demócratas apelan a la fe para ganar terreno en estados conservadores Leer
El reverendo Kenneth Copeland, telepredicador texano y antiguo miembro del consejo asesor evangélico de Donald Trump, lo tiene muy claro desde hace 20 años y no se cansa de decirlo: los creyentes que no vayan a votar, o no voten al Partido Republicano, «serán culpables de asesinato». Lo ha dicho una y otra vez antes de cada gran cita electoral. «Serán culpables de una abominación ante Dios. Serán culpables de cada bebé que sea abortado a partir de estas elecciones», dijo en 2016. «He visto, en espíritu, lo que pasará el Día del Juicio. Jesús estará ahí y a quien no votó le dirá que tuvo la oportunidad y su castigo será escuchar los nombres de todos los niños que nunca tuvieron la oportunidad de nacer. Y son muchos, más de 65 millones», añadió esta semana en referencia al aborto.
La religión es un tema esencial para la mayoría de los estadounidenses y tiene un peso creciente en política. Pero en las últimas semanas, en medio de la campaña de las elecciones de mitad de mandato, está teniendo un papel todavía más relevante. Hace una semana, el arzobispo de Denver, James Golka, y más de media docena de obispos católicos estadounidenses, se reunieron con el presidente Trump en el Despacho Oval, en una reunión organizada por la responsable de la Oficina de Asuntos Religiosos de la Casa Blanca, la influyente Paula White-Cain, asesora espiritual de Trump. No era el primer rezo ni será el último promovido por quien es conocida por trazar paralelismos entre la vida política del presidente y el sufrimiento de Jesús, o comparar la resurrección de Cristo con el regreso político de Trump tras su derrota en 2020.
Pero hay mucho más allá de actos para intentar mostrar el lado espiritual del presidente. Están el miedo y los brutales ataques al musulmán Abdul El-Sayed, candidato demócrata al Senado por Michigan, acusado de yihadista cada día por sus rivales. Están las palabras del senador Bernie Moreno, quien aseguró el miércoles por la noche durante un mitin en Ohio que cualquiera que no crea que Jesús murió por su salvación no es apto para servir en el Senado y «no debería estar cerca de Washington».
Lo decía por El-Sayed, pero ofendió a muchas otras confesiones. Y lo hacía recogiendo argumentos que son muy conocidos, difundidos por figuras como Al Mohler, presidente del Southern Baptist Theological Seminary, que sostiene que el cristianismo debe ser reconocido como fundamento de la nación y de sus leyes. O la visión todavía más extrema de Doug Wilson, un pastor evangélico famoso por defender la necesidad de que Estados Unidos sea una teocracia cristiana, en la que la sociedad y el Gobierno deberían regirse por la ley bíblica. Wilson tiene publicados 40 libros y miles de posts en blogs, pero ahora, por primera vez, tiene acólitos en Washington. Participa en eventos del movimiento MAGA, habla en asociaciones conservadoras que antes lo vetaban. Y tiene en el secretario de Guerra, Pete Hegseth, fiel de su Iglesia en la rama de Tennessee, un fiel seguidor y cicerone.
Hasta hace unas décadas, los evangélicos blancos, especialmente del sur, votaban al Partido Demócrata y adoraban a figuras como Jimmy Carter. A partir de los años ochenta, sin embargo, cada vez más sectores del conservadurismo religioso se acercaron al Partido Republicano. Primero por su oposición al aborto, después por el feminismo, la defensa de los valores familiares tradicionales, la resistencia al cambio cultural. Poco a poco, la religión se convirtió así en una de las señas de identidad de la derecha estadounidense. Algo que todos los presidentes republicanos han aprovechado, incluso Donald Trump, el que claramente menos perfil creyente ha mostrado a lo largo de su vida y su carrera.
El movimiento evangélico conservador se convirtió en una fuerza política muy organizada y muy influyente. Todas las grandes figuras, los pastores y telepredicadores, con mayor influencia política en Estados Unidos durante las últimas cinco décadas, han sido muy próximos a los republicanos y han constituido una fuerza electoral de primer orden. Jerry Falwell, fundador de la Moral Majority, fue clave en la movilización electoral de los evangélicos en favor de Ronald Reagan. Pat Robertson, fundador de Christian Broadcasting Network y de la Christian Coalition, intentó ser presidente en 1988. Billy Graham fue consejero espiritual de varios presidentes, especialmente Richard Nixon, y una figura de enorme influencia religiosa y cultural. Como su hijo, aunque a menor escala.
Con Donald Trump, la alianza ha evolucionado y sectores crecientes del movimiento evangélico han mutado hacia un nacionalismo cristiano que hace una lectura mucho más política, y menos piadosa, de la dimensión religiosa y la fe. Hay cientos, miles, de podcasts, youtubers y figuras radicales. El periodista de The Atlantic Tim Alberta, hijo de un pastor evangélico, explora en el extraordinario The Kingdom, the Power, and the Glory cómo una parte importante del movimiento evangélico ha cambiado la predicación religiosa por una lucha por el poder político, hasta fusionar la identidad cristiana con el nacionalismo y el trumpismo. El libro parte de una experiencia personal muy dolorosa pero muy ilustrativa. El mismo día del entierro de su padre, algunos miembros de la congregación familiar lo atacaron por sus artículos críticos hacia Donald Trump. A partir de ahí, el periodista recorrió iglesias y visitó organizaciones de todo el país para entender y mostrar cómo la alianza con la derecha política y sobre todo ahora con el trumpismo ha fracturado a la Iglesia y ha llevado a algunos creyentes a anteponer la nación y el poder a su fe. Marginando o arruinando, además, a todos los responsables de congregaciones que se niegan a convertir la misa en un mitin político semana.
No son sólo los evangélicos. El Papa, estadounidense, encuentra mucha contestación en su propio país porque hay muchos fieles convencidos de que el mensaje de Cristo no trata de virtudes teologales y la compasión, sino de la defensa de las fronteras y el rechazo al diferente. La socióloga Nancy Ammerman, profesora emérita de sociología de la religión en la Universidad de Boston, considera que las ideas «nacionalistas cristianas» se han convertido en la «lengua franca» de la denominación bautista también. Tras analizar casi 100 resoluciones de la Convención Bautista del Sur, un movimiento importantísimo, adoptadas durante las elecciones presidenciales estadounidenses entre 1972 y 2024, concluyó que la mayor denominación protestante del país ha experimentado una clara transformación, pasando de ser una organización «moderadamente progresista» a una «cada vez más conservadora» en la que las posturas antiaborto y antihomosexuales «se convirtieron en la norma y las cuestiones de paz mundial, hambre, pobreza y derechos civiles simplemente desaparecieron del panorama».
A principios de este mes, el presidente de la Convención Bautista, Willy Rice, instó a los pastores a intensificar su activismo político e identificó cuatro temas específicos: el aborto, la redefinición del matrimonio, la identidad transgénero y la inmigración ilegal, los «imperativos bíblicos innegociables» para cada vez más fieles.
Los mensajes radicales son constantes y se producen en todas direcciones. Este mes, por ejemplo, el pastor texano Joel Webbon, conocido por su antisemitismo, pidió en una publicación en redes sociales la ejecución pública de Mike Huckabee, un ex político y pastor republicano, ahora embajador de Estados Unidos en Israel, comparándolo con Nidal Hasan, el soldado que mató a 13 compañeros en una base y será ejecutado el mes que viene.
Pero aunque desde Europa puede parecer que la religión en Estados Unidos es un asunto que pertenece políticamente casi por completo a los republicanos, esa imagen, aunque tiene una base, es incompleta. El país nunca ha tenido una única cultura religiosa. Las iglesias protestantes afroamericanas, sin ir más lejos, mantienen una larga tradición de compromiso con los derechos civiles y el Partido Demócrata. Entre sus representantes hay pastores como Raphael Warnock, senador por Georgia. Desde el metodismo, Adam Hamilton, de Kansas, representa otra opción entre fe cristiana, justicia social y política más o menos progresista.
Según datos de Pew Research Center, aproximadamente el 83% de los adultos cree en Dios o en un «espíritu universal». El 62% se identifica como cristiano y el 29% no tiene afiliación religiosa. La fe no es necesariamente el factor principal en las decisiones políticas de la mayoría de los ciudadanos (sólo uno de cada cuatro lo piensa), pero importa, incluso si sólo alrededor del 25% de la población asiste a servicios religiosos al menos una vez por semana
Durante mucho tiempo, los telepredicadores más agresivos se han posicionado siempre con los candidatos más conservadores. El 81% de los evangélicos blancos votó por Trump en 2024, sin ir más lejos. En Jesús y John Wayne. Cómo los evangélicos blancos corrompieron una fe y fracturaron una nación, Kristin Kobes Du Mez explica cómo durante décadas amplios sectores del evangelicalismo blanco estadounidense construyeron un ideal de masculinidad cristiana asociado con la fuerza bruta, la violencia, el militarismo, la autoridad patriarcal y el nacionalismo. John Wayne, el símbolo por excelencia del vaquero, se convirtió en el emblema cultural de ese ideal. Y al mismo tiempo explica por qué tantos evangélicos apoyan a Trump, quien a su manera encarna esa imagen de líder fuerte, deslenguado y sin complejos que el movimiento llevaba décadas promoviendo. A años luz de un George Bush o un Mitt Romney, un mormón de contrastada fe.
Dicho eso, el país es muy grande, hay diferencias notables entre confesiones y, sobre todo, empieza a haber cambios llamativos. Este año, el candidato demócrata al Senado por Texas es un seminarista, James Talarico, que recurre a las Escrituras para defender la solidaridad con los inmigrantes, la reducción de las desigualdades y una interpretación más inclusiva de la moral cristiana. Y el candidato en Kansas es nada menos que el mencionado Hamilton, un pastor que fundó en 1990 una congregación metodista con nueve iglesias y 25.000 fieles en la actualidad. El mencionado Raphael Warnock, senador en Georgia desde 2021, lleva dos décadas siendo pastor en la Ebenezer Baptist Church de Atlanta, la megaiglesia de Martin Luther King y su padre.
Hay muchos más. Según datos de Religion News Service, ocho candidatos demócratas al Congreso tienen experiencia como pastores, reverendos, capellanes o seminaristas. Por ejemplo, Frederick Douglass Haynes III, aspirante a la Cámara de Representantes en Texas y pastor bautista desde hace más de cuatro décadas. O Sarah Trone Garriott, de Iowa, ministra ordenada de la Iglesia Evangélica Luterana en América que ha trabajado como capellana hospitalaria y continúa predicando. En Georgia y Carolina del Sur, Olu Brown y Jermaine Johnson, respectivamente, ex pastor principal de la Impact United Methodist Church y laico muy implicado en los movimientos religiosos, aspiran a ser gobernadores.
Aquí en Kansas y en Iowa, estados rurales, vecinos, muy conservadores y que votaron por Trump en 2024 con 16 puntos de ventaja sobre Kamala Harris, la fe es esencial. Los actos de campaña de Adam Hamilton se celebran muy a menudo en iglesias e instalaciones religiosas de diferentes confesiones. Y cuando el vicepresidente JD Vance decidió atacar al pastor, decenas de colegas salieron en su defensa. «Adam Hamilton cree que es pecado ser blanco y que es pecado criar ganado y comer carne», espetó el vicepresidente en un mitin reciente. «Eso no es cristianismo. Eso es radicalismo de izquierda disfrazado con el traje de nuestra religión».
Esa estrategia quizás sirva en otras partes del país, o en otra época, pero es complicado desde Washington convencer a electorados muy religiosos de que sus líderes morales no son lo que parecen. Sobre todo con un presidente que nunca se ha caracterizado por su fe y su número dos, que se ha convertido recientemente al catolicismo, para chocar directamente con el Papa por cuestiones éticas o teológicas.
En el Medio Oeste, los demócratas han apostado más que antes por políticos de corte religioso para intentar lo imposible en estados rojos (en Estados Unidos, el rojo es republicano y el demócrata, azul). Opciones centristas, poco sospechosas de izquierdismo al estilo de las grandes ciudades. Y está funcionando. Según los últimos sondeos, el apoyo católico a Donald Trump se ha debilitado significativamente desde el inicio de su segundo mandato. La encuesta más reciente de Pew, realizada entre el 28 de septiembre y el 4 de octubre a 5.062 adultos estadounidenses, incluyendo 3.917 votantes registrados, revela que los católicos prefieren a los candidatos demócratas a la Cámara de Representantes frente a los republicanos en una proporción de un 42% frente a un 39%. El margen es estrecho, pero el panorama general es menos alentador para Trump: sólo el 30% de los católicos aprueba su gestión, mientras que el 67% la desaprueba. En enero de 2025, su índice de aprobación entre los católicos rondaba el 47%.
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