Confiesa Julian Barnes en su libro Mis cambios de opinión que ha votado a casi todas las opciones políticas de su país —laboristas, conservadores, liberales, demócratas liberales o verdes…— pero en literatura siempre se ha declarado un devoto seguidor de Flaubert. En Asturias tienen su propia Madame Bovary: Ana Ozores, La Regenta. La creó Leopoldo Alas Clarín, y el escritor británico la adora, pese a haberla descubierto algo tarde.
El escritor británico, premio princesa de Asturias de las Letras, confiesa su admiración por la gran novela de Clarín y visita su legado
Confiesa Julian Barnes en su libro Mis cambios de opinión que ha votado a casi todas las opciones políticas de su país —laboristas, conservadores, liberales, demócratas liberales o verdes…— pero en literatura siempre se ha declarado un devoto seguidor de Flaubert. En Asturias tienen su propia Madame Bovary: Ana Ozores, La Regenta. La creó Leopoldo Alas Clarín, y el escritor británico la adora, pese a haberla descubierto algo tarde.
No es culpa suya, todos los lectores de habla inglesa tuvieron que esperar un siglo para disfrutarla en su idioma: lo que tardó en publicarse con una traducción que le costó lo suyo al hispanista de la Universidad de Oxford John Rutherford. Barnes pudo saciar su curiosidad a fondo en Oviedo este jueves delante de notas originales de Clarín y con las explicaciones de Ana Cristina Toloibar Alas, bisnieta del escritor asturiano.
En una visita a la Biblioteca Ramón Pérez de Ayala, en la plaza del Fontán, el autor de El loro de Flaubert escudriñó notas y originales sobre La Regenta y otras obras, aunque no del manuscrito: “¿Qué pasó con él?”, preguntó el escritor: “Se perdió su rastro en Barcelona, donde se publicó la primera vez, nunca le fue devuelto”, contó su bisnieta.
Así fue: la obra vio la luz en dos tomos durante los años 1884 y 1885 gracias a la editorial Cortez y Cia, pero el original se extravió. Lo que sí se conserva en la biblioteca ovetense son las notas primigenias del autor en las que aún duda si titularla como finalmente lo hizo o como Vetusta, la ciudad ficticia que es sinónimo hoy de Oviedo. Ana Cristina Toloibar también le contó sus vacilaciones respecto a la primera frase: “La heroica ciudad dormía la siesta…”. Podía haberse decidido por otra: “La heroica ciudad se acostaba…”. Pero la tachó finalmente en sus notas.
A los personajes los dibujaba, como pudo ver Julian Barnes. Era otra de las aficiones de Clarín, lo mismo que el teatro. “De joven escribió cerca de 40 obras que representaba con sus compañeros de clase con una condición: dirigirlas y protagonizarlas. “Incluso quiso una vez representar el papel principal de una mujer”, contó su descendiente ante las carcajadas de Barnes: “No creo que el productor le hubiera dejado”, contestó el británico.

Leopoldo Alas no quiso seguir su carrera como actor, según su bisnieta, “porque se consideraba feo”, aseguró: “Siempre podría haber hecho de malo…”, le contestó Barnes. Tampoco triunfó más adelante en el teatro como dramaturgo. El estreno de Teresa en 1895, una obra de madurez, resultó un fracaso. Pero no tanto como para arrebatarle una pasión por la escena que labró toda su vida como espectador. El edificio que alberga hoy la biblioteca donde se encuentra parte de su legado fue en su época el teatro del Fontán, o, si lo prefieren los lectores de su obra maestra, el de la Plaza del Pan, como aparece en los callejeros de Vetusta.
También lo llamaban el teatro de las pulmonías, porque sus pésimas condiciones producían continuos contagios de todo tipo de virus. En su época de concejal del ayuntamiento de Oviedo, entre 1887 y 1891, Clarín lucho por su mejora, cuenta su bisnieta. No lo logró, pero, según ella, sí consiguió en cambio impulsar que se construyera un teatro mejor: el Campoamor, donde este viernes recibirá su premio Princesa de Asturias de las Letras Julian Barnes.
Junto a los materiales de la gran novela, Barnes pudo curiosear otras piezas con obras en las que Clarín resultó prolífico. No solo artículos de prensa, que empezó a escribir a los 16 años con una publicación semanal en su etapa de bachiller y continuó al trasladarse a estudiar la carrera de Derecho en Madrid. En los medios de la capital se convirtió en un gran polemista desde que empezara a destacar en El solfeo con su columna El azotacalles de Madrid. Allí comenzó a utilizar su pseudónimo definitivo y se labró adeptos y detractores que le divertían a partes iguales con sus puyas que siguieron en otras publicaciones como El globo, La Ilustración, Madrid cómico o El imparcial. “En esas carpetas está la mayoría, equivalen a 17 regentas”. Es decir, unas 17.000 páginas. También había cuentos, un género que frecuentó con más de cien piezas y algunos poemas. En las carpetas había varios inéditos que Barnes quiso saber por qué no fueron publicados: “No le gustaban…”.
El escritor considera La regenta a la altura de Madame Bovary o la Ana Karenina de Tolstoi, tal como dijo ante 2.000 personas de clubes de lectura de toda Asturias y comunidades autónomas vecinas reunidas en el Palacio de Congresos y Exposiciones de Oviedo el pasado martes: “Es una de las grandes novelas universales”, aseguró. La obra que justifica que un autor como Clarín pasara a la Historia con tan poca producción novelística, apenas cuatro títulos, debido a una muerte temprana: “¿Cómo murió tan joven?”, se interesó Barnes. Un tumor digestivo se lo llevó, contó su bisnieta. Tenía 49 años.
Desde entonces, su esposa llevaba en el misal que reposa sobre el escritorio original de su marido expuesto en la biblioteca una tarjeta negra en la que figuraba su nombre: Onofre García Argüelles, viuda de Clarín, con dos hijos, Leopoldo y Adolfo. Por eso, Ana Cristina regaló al visitante una biografía de su bisabuela: Onofre, la gran olvidada, de Francisco Trinidad. Para que así pudiera conocerla mejor.
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