La tradición dicta que un mejor o peor verano depende en gran parte del número de suspensos con el que tu hijo despidió el curso escolar en junio. Y ya no hablamos si le tocó repetir.
Vivimos en un sistema donde el profesorado dedica excesivo tiempo a justificar la calificación final de sus estudiantes
La tradición dicta que un mejor o peor verano depende en gran parte del número de suspensos con el que tu hijo despidió el curso escolar en junio. Y ya no hablamos si le tocó repetir.
Cada final de trimestre, miles de familias españolas viven ese pequeño drama doméstico: se trata de valorar si el esfuerzo o la falta de éste ha tenido fiel correspondencia. Luego está lo que cada tutor plasma en el boletín de notas, claro está, si lo logramos entender.
La información sobre las calificaciones finales debería ser clara y comprensible, pero las nuevas leyes la han convertido en un jeroglífico pedagógico: Siglas como IN, SU, BI, NT y SB o códigos como PA, AD, MA y EX resultan familiares a muchos; ya cuando son mayores, en Bachillerato, empezamos a ver los tradicionales números, que recuerdan por fin a un lenguaje común. El legendario 0 o el deseado 10 son termómetros que auditan lo que cualquiera de nuestros chavales hizo durante el año escolar.
La evaluación escolar debería ser ese deseable puente entre escuela y familia, parte de una conversación pedagógica cercana, pero se ha transformado en un lenguaje paralelo que muchos no entienden. Y en ese desconcierto cotidiano se libra la guerra de las notas.
Cada nueva reforma escolar quiere cambiar la cultura evaluativa del sistema educativo español. Ahora más que nunca se habla de una evaluación continua, formativa y competencial, centrada en recorridos más que en resultados. Pero, erre que erre, el código que todos entendemos sigue siendo un número. Mi hijo y el del vecino serán siempre ese ocho o ese nueve que ha colocado a los jóvenes en una competición ya histórica.
Entre la teoría y la práctica se abre una brecha que explica buena parte de las confusiones actuales, que muchas veces desembocan en reclamaciones al final: el trabajo del profesor, puesto en duda.
Para las familias, el boletín es el único documento que reciben para saber cómo progresa su hijo o hija, pero el sistema les entrega un código que no siempre saben interpretar. ¿Qué diferencia real hay entre un “Bien” y un “Notable”? ¿Cómo es posible que una competencia esté en “Adecuado” pero la materia aparezca suspensa? ¿Qué significa realmente una lista de criterios de evaluación no superados anotados en una observación de un documento digital? Dicho de otra manera: ¿Qué les contamos a las familias sobre sus hijos y qué necesitan saber realmente?
La normativa pudiera parecer clara en su estructura, pero no en su traducción social. La escuela lleva años hablando un idioma técnico que confunde hasta a los docentes, refugiados en tecnicismos ante el temor a represalias. Imaginemos la situación de las familias, que además no tienen un asistente que les traduzca todo este lenguaje, más allá de lo que la IA, con sus errores, ofrece como solución.
Mientras, el profesorado vive esta guerra desde la trinchera, pidiendo hace años aclarar y unificar esta neolengua. Se exige diseñar instrumentos, matrices, rúbricas, indicadores de logro o evidencias. Así, un largo etcétera: son las herramientas para medir lo que el estudiante va aprendiendo. El resultado es que nos enfrentamos a tres tensiones simultáneas: la presión social por calificar, la obligación normativa de evaluar según nuevos estándares y la necesidad imperiosa de comunicar con claridad (obligación de la administración). El resultado: vivimos en un sistema donde el profesorado dedica excesivo tiempo a justificar la calificación final de sus estudiantes.
Las paradojas son evidentes. La evaluación debe ser objetiva, válida y fiable, pero la evaluación competencial introduce inevitablemente un alto componente interpretativo. La guerra de las notas es, en realidad, la guerra entre dos modelos que conviven enfrentados: el modelo tradicional, basado en la calificación numérica y la aparente objetividad, y el modelo competencial, basado en el desempeño y la interpretación profesional, al que no logramos acostumbrarnos.
La evaluación es también un fenómeno cultural. Durante décadas, las notas han sido el principal mecanismo de reconocimiento social del éxito escolar. Cambiar ese paradigma exige tiempo, formación y una narrativa compartida que no existe. Las familias quieren claridad. El profesorado, coherencia. La administración, rigor. El alumnado quiere saber si lo está haciendo bien. Todos hablan lenguajes distintos.
La guerra de las notas no se resolverá con más tablas que rellenar. Se resolverá cuando el sistema educativo asuma tres cambios profundos: el primero, la creación de un lenguaje común: necesitamos una gramática comprensible para todos, definitiva y alejada de modismos. Hay que explicar qué significa un resultado y cómo se interpreta. El segundo es una formación masiva y unificada en evaluación. La evaluación competencial exige una claridad técnica que dé seguridad al profesorado. El tercero es un modelo de comunicación transparente con las familias. Los boletines deben ser comprensibles, contextualizados y acompañados de información accesible.
La evaluación es el corazón del sistema educativo. De ella dependen la equidad, la calidad y la confianza social. Hoy, ese corazón late en un idioma ininteligible, y eso genera una desconfianza que se plasma en reclamaciones. Pero estamos ante un conflicto evitable. La guerra de las notas puede convertirse en paz si logramos que la evaluación deje de ser un código y vuelva a ser lo que siempre debió ser: una conversación honesta sobre el aprendizaje.
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