Rebeca Grynspan se postula como favorita, pero los aspirantes necesitan el apoyo de al menos nueve miembros del Consejo de Seguridad y esquivar los vetos de los permanentes Leer Rebeca Grynspan se postula como favorita, pero los aspirantes necesitan el apoyo de al menos nueve miembros del Consejo de Seguridad y esquivar los vetos de los permanentes Leer
Este jueves, 30 de julio, ha comenzado oficialmente la fase final del proceso de elección del próximo secretario general de la ONU, una serie de trámites y duras y largas negociaciones para encontrar relevo al portugués Antonio Guterres, que acaba mandato a finales de año. Aunque oficialmente se aspira a una figura con amplia experiencia internacional, capacidad de mediación, espíritu reformista y autoridad moral para defender la Carta de Naciones Unidas, en la práctica el perfil estará determinado por un criterio mucho más prosaico: no resultar inaceptable para ninguna de las cinco potencias con derecho de veto en el Consejo de Seguridad.
En Nueva York se busca a un equilibrista, alguien capaz de mantener abiertas las líneas de diálogo sin desafiar frontalmente sobre todo a Washington. Que sea asumible por Moscú y, cada vez más, aceptable para Pekín. Que lidere una transformación y seguramente reducción de las Naciones Unidas, en un momento marcado por las guerras de Ucrania e Irán, y con Estados Unidos cuestionando el multilateralismo y reduciendo buena parte de la financiación del organismo.
El pistoletazo ha sido la celebración de la primera straw poll (algo así como un primer sondeo informal) a puerta cerrada en el seno del Consejo de Seguridad, entre sus 15 miembros. Las deliberaciones son confidenciales, pero las primeras filtraciones de fuentes diplomáticas apuntan a que si bien no hay «consenso» sobre nadie en concreto, la costarricense Rebeca Gryspan emerge por ahora como la mejor posicionada tras la ronda, que ni es vinculante ni tampoco da las suficientes pistas.
No se prevé que la elección sea algo rápido, sino una operación de desgaste hasta encontrar un nombre de consenso, preferiblemente con equilibrios geográficos y de género. Este jueves los embajadores de los 15 miembros del Consejo de Seguridad se han pronunciado, de forma secreta, sobre cada uno de los candidatos, decantándose por tres posibles opciones: Encourage* (lo apoyo), Discourage* (no lo apoyo) y No opinion («sin opinión»), ha explicado el embajador congoleño al concluir la sesión, de algo menos de una hora en los cuarteles generales de Nueva York.
En esta primera ronda no se distingue entre los cinco miembros permanentes (Estados Unidos, China, Rusia, Francia y Reino Unido) y los diez miembros no permanentes, por lo que formalmente no se sabe aún si un rechazo concreto a un candidato procede de un país con derecho de veto, salvo que el no haya sido por unanimidad o casi.
Por el momento hay siete candidatos declarados, haciendo campaña y buscando apoyos. Algunos desde hace tiempo, otros desde esta misma semana, pero todos ellos con experiencia en Naciones Unidas o agencias internacionales. La ex presidenta chilena Michelle Bachelet, ex alta comisionada de la ONU para los Derechos Humanos y primera directora de ONU Mujeres. La mencionada Rebeca Grynspan, ex vicepresidenta de costa Rica, veterano de los foros internacionales y secretaria general de la UNCTAD. El argentino Rafael Grossi, director general del Organismo Internacional de Energía Atómica. La ecuatoriana María Fernanda Espinosa, ex ministra de Exteriores y Defensa y antigua presidenta de la Asamblea General. Carolyn Rodrigues-Birkett, la embajadora de Guyana ante la institución. El ex presidente senegalés Macky Sall, que también fue máximo responsable de Unión Africana. Y desde hace unos días, el político y diplomático ugandés Olara Otunnu, que ya fue secretario general adjunto y conoce bien la casa.
Tras esa primera ronda, diferentes fuentes diplomáticas han señalado a medios como Reuters y Passblue que Grynspan es la que más apoyos parece haber recibido, seguida de Rodrigues-Birkett y Grossi. «En los últimos meses, me he reunido con Estados Miembros de todas las regiones, he visitado capitales y me he reunido con ministros y Jefes de Estado y de Gobierno. Esas conversaciones han moldeado mi visión para el cargo: una definida por una estricta imparcialidad, fundamentada en la Carta de las Naciones Unidas y dedicada a servir a todos los países, grandes y pequeños. Un Secretario General debe estar presente cuando importa y ser capaz de unir a las personas cuando el consenso parece inalcanzable. Ese es el estándar por el cual creo que debería ser juzgado el próximo líder de la ONU», escribió hace tan solo unas horas la aspirante de Costa Rica.
El problema, sin saber siquiera la postura de China o Rusia, es que Estados Unidos no está nada cómodo, aparentemente, con ninguno de los candidatos. El proceso permite que haya nuevos nombres sobre le mesa hasta que se tome una decisión formal, y Washington ha barajado posibilidades tan rocambolescas como el polémico Gianni Infantino, actual presidente de la FIFA, amigo y aliado de Trump y muy cuestionado por su reciente propuesta de privatizar su organización, algo que ha provocado un cisma inédito con la UEFA.
El embajador estadounidense, Mike Waltz, ha sonreído de forma sardónica, o como mínimo críptica, cuando le han preguntado por la calidad de los candidatos conocidos. «Dejaremos que el proceso siga su curso. Hemos votado confidencialmente y es importante y positivo que el proceso ya esté en marcha. Necesitamos un secretario general que reforme esta institución, que la haga más eficiente, más eficaz y más relevante en el ámbito internacional. Hemos tenido un buen comienzo con la ONU80, pero aún necesitamos consolidar las agencias, menos sedes centrales, más personal sobre el terreno y que una mayor parte de cada dólar (que proviene principalmente de Estados Unidos) vaya a ayudar directamente a las personas necesitadas. Es decir, menos personal aquí y más personal sobre el terreno», ha concluido.
En las próximas semanas, quizás incluso en los días previos a la semana grande de la ONU en septiembre, cuando acuden la gran mayoría de los jefes de Estado y de Gobierno, tendrán lugar las sucesivas rondas de voto, incorporando un cambio en el sistema que resulta determinante. Cuando el proceso esté más maduro los cinco miembros permanentes votarán con papeletas de un color y los diez restantes con otro, para que las delegaciones sepan si sus candidatos tienen un veto potencial, o más de uno, de los miembros permanentes, lo que podría llevar a una retirada con resignación.
Cuando haya un candidato con al menos nueve apoyos fijos y no reciba ningún veto de un miembro permanente, el Consejo de Seguridad hace una recomendación a la Asamblea General, que hasta ahora siempre ha confirmado sin poner obstáculo.
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