La forma más habitual de definir las tandas de penaltis es decir que «son una lotería». Puede que esa visión haya cambiado en los últimos años, porque cada vez son más los equipos que las preparan en los entrenamientos. Incluso los porteros suelen ir acompañados de una ‘chuleta’ en toallas o botellas con las zonas habituales a las que disparan sus rivales. En esa supuesta lotería hay futbolistas que parecen tener más décimos que el resto y, por eso, los entrenadores confían en ellos para acercarse al premio.Hay una situación que se da habitualmente cuando la tanda de penaltis se acerca. El partido llega empatado a los últimos minutos de la prórroga y el entrenador mira al banquillo en busca de un especialista. No entra para cambiar el encuentro, porque apenas queda tiempo para eso. Entra para una acción concreta, quizá la más solitaria de todas. Un penalti.La lógica parece evidente. Si la eliminatoria se va a resolver desde los once metros, mejor tener sobre el campo a un buen lanzador. Alguien fresco, con golpeo y elegido para aumentar las opciones de marcar. Sin embargo, la práctica ha ido dejando una paradoja incómoda. Ese cambio pensado para dar seguridad acaba saliendo mal muchas más veces de las esperadas. En Eurocopas y Mundiales, ocho de los últimos once jugadores que entraron después del minuto 115 para la tanda fallaron su lanzamiento, un 72,7%. En esa lista aparecen Valbuena, Benoun, Sarabia, Sancho, Rashford, Rodri, Zaza y Carragher, aunque el interés no está tanto en repasarlos uno a uno como en la paradoja que reflejan.Noticia relacionada general No No Lopes Cabral, una obra de arte, manos a la cabeza y el festejo más alocado Miguel ZarzaEl Mundial actual ha vuelto a alimentar esa sensación. Justin Kluivert falló en la tanda del Holanda-Marruecos después de haber entrado en el minuto 113, algo antes del corte exacto de esa estadística, pero en una situación muy parecida. Fabián Valbuena sí encaja de lleno en el patrón. Saltó al campo en el minuto 122 del Paraguay- Alemania , prácticamente con los penaltis encima, y tampoco convirtió. En el Australia-Egipto apareció la excepción, Mahmoud Saber, que entró en el 120 y marcó su lanzamiento. El recurso funcionó para Egipto, pero la tendencia general sigue siendo llamativa.También los porteros forman parte de esta ecuación. Australia cambió a su guardameta en el minuto 119 y dio entrada a Mathew Ryan para intentar condicionar la tanda, pero la apuesta no tuvo efecto. Egipto marcó sus cuatro penaltis y el portero australiano no detuvo ninguno. El precedente más famoso sigue siendo Tim Krul, al que Louis van Gaal introdujo en el minuto 120 del Holanda-Costa Rica del Mundial 2014. Aquel día sí funcionó, porque Krul paró dos lanzamientos y llevó a Países Bajos a semifinales. Precisamente por eso se recuerda tanto. Es el ejemplo perfecto de una maniobra que, cuando sale bien, parece una genialidad.El problema es que no siempre ocurre así. En Qatar 2022, Luis Enrique metió a Pablo Sarabia en el minuto 118 del Marruecos-España. Era uno de los mejores lanzadores de la selección, pero su disparo se fue al poste. En esa misma tanda también falló Badr Benoun, que había entrado por Marruecos en el 120. En la final de aquel Mundial, en cambio, Paulo Dybala sí acertó tras saltar al campo en el minuto 120. La fórmula puede funcionar, pero está muy lejos de ser automática.Los datos ayudan a entender que no se trata solo de una sensación. Según un análisis de ‘The Athletic’ sobre tandas de Eurocopas y Mundiales desde 1996, los futbolistas que empezaron el partido marcaron el 73% de sus penaltis, mientras que los suplentes en general bajaron al 66%. La cifra cae todavía más entre los jugadores que entraron en la segunda parte de la prórroga, con 18 aciertos en 32 intentos, un 56%. La muestra mezcla competiciones, pero refuerza una idea que también se ve en el fútbol de clubes y selecciones. Entrar desde el banquillo para tirar no siempre es una ventaja.No hay una sola razón que explique todos esos fallos. El penalti dura apenas unos segundos, pero llega cargado de todo lo anterior. Puede influir el frío físico, porque el jugador entra sin ritmo competitivo y apenas ha tenido tiempo de acelerar antes de enfrentarse al portero. También pesa el frío mental. Un titular llega a la tanda después de haber fallado pases, ganado duelos, sufrido el partido y respirado su tensión desde dentro. El especialista que entra al final, en cambio, sabe que su presencia se justifica casi por completo en ese disparo.Luis Enrique consuela a Pablo Sarabia tras su penalti fallado. EFELa presión también cambia. El jugador no solo lanza un penalti. Lanza el penalti para el que ha sido llamado. Todo el estadio sabe por qué ha entrado. Sus compañeros también. El entrenador, por supuesto. Si marca, cumple con lo esperado. Si falla, el foco se reparte entre él y la decisión que le puso ahí.Ahí está la paradoja. El fútbol intenta controlar el momento que menos se deja controlar. Los entrenadores buscan datos, perfiles, especialistas y pequeños detalles para reducir el margen de error, pero la tanda sigue siendo un territorio extraño, donde la técnica no siempre basta y donde el contexto puede devorar al plan. Entrar para tirar parece una ventaja. Muchas veces, sin embargo, acaba siendo una trampa. Quizá por eso, por mucho que se estudie y se prepare, los penaltis siguen conservando algo de lotería. La forma más habitual de definir las tandas de penaltis es decir que «son una lotería». Puede que esa visión haya cambiado en los últimos años, porque cada vez son más los equipos que las preparan en los entrenamientos. Incluso los porteros suelen ir acompañados de una ‘chuleta’ en toallas o botellas con las zonas habituales a las que disparan sus rivales. En esa supuesta lotería hay futbolistas que parecen tener más décimos que el resto y, por eso, los entrenadores confían en ellos para acercarse al premio.Hay una situación que se da habitualmente cuando la tanda de penaltis se acerca. El partido llega empatado a los últimos minutos de la prórroga y el entrenador mira al banquillo en busca de un especialista. No entra para cambiar el encuentro, porque apenas queda tiempo para eso. Entra para una acción concreta, quizá la más solitaria de todas. Un penalti.La lógica parece evidente. Si la eliminatoria se va a resolver desde los once metros, mejor tener sobre el campo a un buen lanzador. Alguien fresco, con golpeo y elegido para aumentar las opciones de marcar. Sin embargo, la práctica ha ido dejando una paradoja incómoda. Ese cambio pensado para dar seguridad acaba saliendo mal muchas más veces de las esperadas. En Eurocopas y Mundiales, ocho de los últimos once jugadores que entraron después del minuto 115 para la tanda fallaron su lanzamiento, un 72,7%. En esa lista aparecen Valbuena, Benoun, Sarabia, Sancho, Rashford, Rodri, Zaza y Carragher, aunque el interés no está tanto en repasarlos uno a uno como en la paradoja que reflejan.Noticia relacionada general No No Lopes Cabral, una obra de arte, manos a la cabeza y el festejo más alocado Miguel ZarzaEl Mundial actual ha vuelto a alimentar esa sensación. Justin Kluivert falló en la tanda del Holanda-Marruecos después de haber entrado en el minuto 113, algo antes del corte exacto de esa estadística, pero en una situación muy parecida. Fabián Valbuena sí encaja de lleno en el patrón. Saltó al campo en el minuto 122 del Paraguay- Alemania , prácticamente con los penaltis encima, y tampoco convirtió. En el Australia-Egipto apareció la excepción, Mahmoud Saber, que entró en el 120 y marcó su lanzamiento. El recurso funcionó para Egipto, pero la tendencia general sigue siendo llamativa.También los porteros forman parte de esta ecuación. Australia cambió a su guardameta en el minuto 119 y dio entrada a Mathew Ryan para intentar condicionar la tanda, pero la apuesta no tuvo efecto. Egipto marcó sus cuatro penaltis y el portero australiano no detuvo ninguno. El precedente más famoso sigue siendo Tim Krul, al que Louis van Gaal introdujo en el minuto 120 del Holanda-Costa Rica del Mundial 2014. Aquel día sí funcionó, porque Krul paró dos lanzamientos y llevó a Países Bajos a semifinales. Precisamente por eso se recuerda tanto. Es el ejemplo perfecto de una maniobra que, cuando sale bien, parece una genialidad.El problema es que no siempre ocurre así. En Qatar 2022, Luis Enrique metió a Pablo Sarabia en el minuto 118 del Marruecos-España. Era uno de los mejores lanzadores de la selección, pero su disparo se fue al poste. En esa misma tanda también falló Badr Benoun, que había entrado por Marruecos en el 120. En la final de aquel Mundial, en cambio, Paulo Dybala sí acertó tras saltar al campo en el minuto 120. La fórmula puede funcionar, pero está muy lejos de ser automática.Los datos ayudan a entender que no se trata solo de una sensación. Según un análisis de ‘The Athletic’ sobre tandas de Eurocopas y Mundiales desde 1996, los futbolistas que empezaron el partido marcaron el 73% de sus penaltis, mientras que los suplentes en general bajaron al 66%. La cifra cae todavía más entre los jugadores que entraron en la segunda parte de la prórroga, con 18 aciertos en 32 intentos, un 56%. La muestra mezcla competiciones, pero refuerza una idea que también se ve en el fútbol de clubes y selecciones. Entrar desde el banquillo para tirar no siempre es una ventaja.No hay una sola razón que explique todos esos fallos. El penalti dura apenas unos segundos, pero llega cargado de todo lo anterior. Puede influir el frío físico, porque el jugador entra sin ritmo competitivo y apenas ha tenido tiempo de acelerar antes de enfrentarse al portero. También pesa el frío mental. Un titular llega a la tanda después de haber fallado pases, ganado duelos, sufrido el partido y respirado su tensión desde dentro. El especialista que entra al final, en cambio, sabe que su presencia se justifica casi por completo en ese disparo.Luis Enrique consuela a Pablo Sarabia tras su penalti fallado. EFELa presión también cambia. El jugador no solo lanza un penalti. Lanza el penalti para el que ha sido llamado. Todo el estadio sabe por qué ha entrado. Sus compañeros también. El entrenador, por supuesto. Si marca, cumple con lo esperado. Si falla, el foco se reparte entre él y la decisión que le puso ahí.Ahí está la paradoja. El fútbol intenta controlar el momento que menos se deja controlar. Los entrenadores buscan datos, perfiles, especialistas y pequeños detalles para reducir el margen de error, pero la tanda sigue siendo un territorio extraño, donde la técnica no siempre basta y donde el contexto puede devorar al plan. Entrar para tirar parece una ventaja. Muchas veces, sin embargo, acaba siendo una trampa. Quizá por eso, por mucho que se estudie y se prepare, los penaltis siguen conservando algo de lotería.
La forma más habitual de definir las tandas de penaltis es decir que «son una lotería». Puede que esa visión haya cambiado en los últimos años, porque cada vez son más los equipos que las preparan en los entrenamientos. Incluso los porteros suelen ir acompañados … de una ‘chuleta’ en toallas o botellas con las zonas habituales a las que disparan sus rivales. En esa supuesta lotería hay futbolistas que parecen tener más décimos que el resto y, por eso, los entrenadores confían en ellos para acercarse al premio.
Hay una situación que se da habitualmente cuando la tanda de penaltis se acerca. El partido llega empatado a los últimos minutos de la prórroga y el entrenador mira al banquillo en busca de un especialista. No entra para cambiar el encuentro, porque apenas queda tiempo para eso. Entra para una acción concreta, quizá la más solitaria de todas. Un penalti.
La lógica parece evidente. Si la eliminatoria se va a resolver desde los once metros, mejor tener sobre el campo a un buen lanzador. Alguien fresco, con golpeo y elegido para aumentar las opciones de marcar. Sin embargo, la práctica ha ido dejando una paradoja incómoda. Ese cambio pensado para dar seguridad acaba saliendo mal muchas más veces de las esperadas. En Eurocopas y Mundiales, ocho de los últimos once jugadores que entraron después del minuto 115 para la tanda fallaron su lanzamiento, un 72,7%. En esa lista aparecen Valbuena, Benoun, Sarabia, Sancho, Rashford, Rodri, Zaza y Carragher, aunque el interés no está tanto en repasarlos uno a uno como en la paradoja que reflejan.
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El Mundial actual ha vuelto a alimentar esa sensación. Justin Kluivert falló en la tanda del Holanda-Marruecos después de haber entrado en el minuto 113, algo antes del corte exacto de esa estadística, pero en una situación muy parecida. Fabián Valbuena sí encaja de lleno en el patrón. Saltó al campo en el minuto 122 del Paraguay-Alemania, prácticamente con los penaltis encima, y tampoco convirtió. En el Australia-Egipto apareció la excepción, Mahmoud Saber, que entró en el 120 y marcó su lanzamiento. El recurso funcionó para Egipto, pero la tendencia general sigue siendo llamativa.
También los porteros forman parte de esta ecuación. Australia cambió a su guardameta en el minuto 119 y dio entrada a Mathew Ryan para intentar condicionar la tanda, pero la apuesta no tuvo efecto. Egipto marcó sus cuatro penaltis y el portero australiano no detuvo ninguno. El precedente más famoso sigue siendo Tim Krul, al que Louis van Gaal introdujo en el minuto 120 del Holanda-Costa Rica del Mundial 2014. Aquel día sí funcionó, porque Krul paró dos lanzamientos y llevó a Países Bajos a semifinales. Precisamente por eso se recuerda tanto. Es el ejemplo perfecto de una maniobra que, cuando sale bien, parece una genialidad.
El problema es que no siempre ocurre así. En Qatar 2022, Luis Enrique metió a Pablo Sarabia en el minuto 118 del Marruecos-España. Era uno de los mejores lanzadores de la selección, pero su disparo se fue al poste. En esa misma tanda también falló Badr Benoun, que había entrado por Marruecos en el 120. En la final de aquel Mundial, en cambio, Paulo Dybala sí acertó tras saltar al campo en el minuto 120. La fórmula puede funcionar, pero está muy lejos de ser automática.

(EFE)
Los datos ayudan a entender que no se trata solo de una sensación. Según un análisis de ‘The Athletic’ sobre tandas de Eurocopas y Mundiales desde 1996, los futbolistas que empezaron el partido marcaron el 73% de sus penaltis, mientras que los suplentes en general bajaron al 66%. La cifra cae todavía más entre los jugadores que entraron en la segunda parte de la prórroga, con 18 aciertos en 32 intentos, un 56%. La muestra mezcla competiciones, pero refuerza una idea que también se ve en el fútbol de clubes y selecciones. Entrar desde el banquillo para tirar no siempre es una ventaja.
No hay una sola razón que explique todos esos fallos. El penalti dura apenas unos segundos, pero llega cargado de todo lo anterior. Puede influir el frío físico, porque el jugador entra sin ritmo competitivo y apenas ha tenido tiempo de acelerar antes de enfrentarse al portero. También pesa el frío mental. Un titular llega a la tanda después de haber fallado pases, ganado duelos, sufrido el partido y respirado su tensión desde dentro. El especialista que entra al final, en cambio, sabe que su presencia se justifica casi por completo en ese disparo.
La presión también cambia. El jugador no solo lanza un penalti. Lanza el penalti para el que ha sido llamado. Todo el estadio sabe por qué ha entrado. Sus compañeros también. El entrenador, por supuesto. Si marca, cumple con lo esperado. Si falla, el foco se reparte entre él y la decisión que le puso ahí.
Ahí está la paradoja. El fútbol intenta controlar el momento que menos se deja controlar. Los entrenadores buscan datos, perfiles, especialistas y pequeños detalles para reducir el margen de error, pero la tanda sigue siendo un territorio extraño, donde la técnica no siempre basta y donde el contexto puede devorar al plan. Entrar para tirar parece una ventaja. Muchas veces, sin embargo, acaba siendo una trampa. Quizá por eso, por mucho que se estudie y se prepare, los penaltis siguen conservando algo de lotería.
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