La vía Feijóo

Vox es hoy un partido debilitado, lo que no quiere decir que sea un partido amortizado. La derrota de Viktor Orbán y los excesos de Donald Trump han situado a los de Santiago Abascal en un encaje internacional cada vez más incómodo. Mientras en Italia Giorgia Meloni ha sabido reaccionar ante los insultos de Trump al papa León XIV, en Vox la brújula se desimanta. A ello se suma un malestar interno cada vez menos disimulado y voces de algunos ex de prestigio como Iván Espinosa de los Monteros empiezan a impugnar, abiertamente, el rumbo del partido.

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 El líder del PP parece dispuesto a inaugurar una relación con Vox en la que el acuerdo no sea solo aritmético, sino también discursivo  

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El líder del PP parece dispuesto a inaugurar una relación con Vox en la que el acuerdo no sea solo aritmético, sino también discursivo

María Guardiola y el lider extremeño de Vox, Óscar Fernández (segundo por la derecha), tras alcanzar el acuerdo para un Gobierno de coalición, el día 16.
Javier Cintas – Europa Press (Europa Press)
Diego S. Garrocho

Vox es hoy un partido debilitado, lo que no quiere decir que sea un partido amortizado. La derrota de Viktor Orbán y los excesos de Donald Trump han situado a los de Santiago Abascal en un encaje internacional cada vez más incómodo. Mientras en Italia Giorgia Meloni ha sabido reaccionar ante los insultos de Trump al papa León XIV, en Vox la brújula se desimanta. A ello se suma un malestar interno cada vez menos disimulado y voces de algunos ex de prestigio como Iván Espinosa de los Monteros empiezan a impugnar, abiertamente, el rumbo del partido.

Con estos mimbres, en Extremadura —tierra donde María Guardiola prometió que jamás gobernaría con Vox— el PP ha optado por un acuerdo que se ha cosido con hilo prestado. Los populares más que duplican en apoyos la extrema derecha y, sin embargo, han negociado haciendo propia la urgencia, incluyendo medidas xenófobas, cuando no abiertamente ilegales. La prisa no era suya ni carecían de alternativa: la repetición electoral era una opción real, con sus costes, pero bien administrada tampoco tendría por qué haber sido una catástrofe.

Que en ese contexto Vox haya logrado introducir en el acuerdo expresiones como “prioridad nacional” no es una anécdota semántica, sino un síntoma de hasta qué punto el PP está dispuesto a ensanchar —o desdibujar— su perímetro ideológico. Hasta ahora, tanto Juanma Moreno como Isabel Díaz Ayuso habían contenido a Vox por vías antagónicas, y las dos fueron eficaces. El caso extremeño apunta a otra dirección: arriesgada, difícilmente digerible para el votante moderado y, en algunos de sus términos, al límite de la legalidad.

El líder del Partido Popular parece dispuesto a inaugurar una relación con Vox en la que el acuerdo no sea solo aritmético, sino también discursivo. Y eso tiene consecuencias que van más allá de Extremadura. Porque en política las concesiones tienen memoria: lo que hoy se firma como excepción mañana puede consolidarse como norma, y lo que ahora se presenta como pragmatismo termina, con el tiempo, reclamando su condición de programa.

Los partidos no se definen en la necesidad. Se delatan cuando todavía pueden optar. El PP pudo elegir, y tenía todas las ventajas para hacerlo en mejores condiciones. Con este pacto, se inaugura lo que haríamos bien en denominar la vía Feijóo. Y no es una respuesta de coyuntura: es una declaración de intenciones. Si estos son los términos del acuerdo con un Vox debilitado, no es difícil imaginar qué ocurrirá si los de Abascal recobran el aliento.

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