Las belugas también se miran al espejo

Durante siglos, ciencia y filosofía han estado de acuerdo con una idea que parecía inamovible: el ser humano es el único ser sobre la Tierra que posee el don de la autoconciencia. Una frontera que nos separa del resto de las criaturas vivientes. Siempre nos ha gustado pensar en los animales como en una suerte de ‘autómatas biológicos’, seres que reaccionan por puro instinto pero que son incapaces de ‘contemplarse’ a sí mismos por dentro. Sin embargo, esa creencia, sin duda fruto de la soberbia humana, está recibiendo severos correctivos de la mano de la ciencia. Y ha sido el espejo, ese humilde objeto cotidiano que utilizamos cada mañana, el que se ha convertido en la herramienta que demuestra que la ‘chispa de la conciencia’ no es patrimonio exclusivo de nuestra especie.La cuestión es más profunda de lo que parece, porque ser capaces de reconocerse a uno mismo en una imagen reflejada implica un salto cognitivo gigantesco. No es una tarea sencilla: requiere un cerebro complejo, capaz de formular una representación mental del propio cuerpo y de comprender que los movimientos del reflejo coinciden milimétricamente con las acciones propias. Y así, poco a poco, la lista de criaturas capaces de superar esta prueba (diseñada originalmente por el psicólogo Gordon Gallup en la década de 1970) se ha ido ampliando inesperadamente durante el último medio siglo. Primero fueron nuestros parientes más cercanos, los chimpancés, bonobos y orangutanes; después se sumaron los elefantes asiáticos, los pulpos , las urracas y los delfines mulares. Incluso un pequeño pez, el limpiador, ha mostrado indicios de poseer esta facultad. Y son muchos los investigadores que sostienen que hay una ‘posibilidad realista’ que que la conciencia de sí mismos exista también en animales como reptiles, insectos y moluscos .Noticia relacionada general No No La compañía que quiere resucitar un mamut anuncia los primeros pollos nacidos de un huevo artificial Judith de JorgeAhora, un nuevo estudio recién publicado en ‘ PLOS ONE ‘ acaba de añadir oficialmente un nuevo miembro a este selecto club de mentes privilegiadas: la beluga. Un animal que, por cierto, ya había dado anteriormente sobradas muestras de sus capacidades mentales.Dos horas frente al cristalLa investigación, que permaneció latente durante más de veinte años antes de ser completamente analizada y estructurada, fue llevada a cabo por un equipo de científicos de la universidad neoyorquina de Columbia que expusieron, y estudiaron, a un grupo social de cuatro belugas en las instalaciones del Acuario de Nueva York de la Wildlife Conservation Society. Se trata de tres hembras adultas llamadas Kathy, Marina y Natasha, y la hija de esta última, Maris, una ‘subadulta’ de siete años. Ninguno de los animales había sido expuesto previamente a un espejo, aunque sí conocían ciertas superficies semi-reflectantes debido a los cristales de sus tanques.Durante su experimento, los científicos instalaron un espejo de plexiglás de dos vías en una de las ventanas del tanque, alternándolo con un panel de control transparente (pero ligeramente reflectante debido a la luz). Durante las sesiones de la primera fase, que duraban unas dos horas diarias y se realizaban antes de que el acuario abriera al público, dos de las cuatro belugas, la madre Natasha y su hija Maris, mostraron un interés abrumador. Pasaron significativamente más tiempo junto al espejo verdadero que frente al panel de control (Natasha dedicó un 3,4% de su tiempo total al espejo frente al 1,0% del control, mientras que Maris se entregó al reflejo un 5,4% de su tiempo frente al mísero 0,2% en la superficie neutra). El número de aproximaciones voluntarias también se disparó en presencia del espejo, pasando de apenas una decena en el control a más de cien frente al cristal reflectante.Las belugas reaccionaron frente el espejo igual que hacemos los humanos cuando hacemos gestos frente a una cámara para confirmar que somos nosotrosPero lo verdaderamente fascinante fue el comportamiento. De hecho, los investigadores observaron cómo las belugas atravesaban todas y cada una de las fases clásicas de la autoconciencia visual. Tras una breve inspección inicial, pasaron rápidamente a lo que en ciencia se denomina ‘comportamiento de prueba de contingencia’. Es decir, hacer movimientos inusuales y repetitivos para comprobar si la imagen del espejo imita esas acciones. Y de ahí, al ‘milagro’ de reconocerse a sí mismos. Es exactamente lo mismo que hacemos los humanos al pasar por delante del monitor de las cámaras de seguridad en una gran superficie y movemos los brazos, o hacemos una mueca exagerada, solo para confirmar que quien aparece en la pantalla copiando exactamente nuestros gestos somos nosotros.El juego de morder burbujas«Las belugas mostraron un rico repertorio de comportamientos autodirigidos frente al espejo», escriben los autores en sus conclusiones. El ejemplo más claro (y hermoso) fue el ‘juego de morder burbujas’. Los cetáceos se situaban frente al espejo, expulsaban burbujas de aire por su espiráculo o por la boca y, acto seguido, observando atentamente su propio reflejo, intentaban atraparlas y morderlas. Estaban utilizando el espejo como una herramienta para observarse a sí mismas realizando una actividad lúdica.Después llegó la tercera fase, la del comportamiento dirigido hacia uno mismo. El animal reconoce que la imagen es propia y usa el espejo como una herramienta para inspeccionar partes inalcanzables de su cuerpo. En el experimento, dos de las cuatro ballenas, Natasha (de 21 años) y su cría Maris (de 7 años), «exhibieron un rico conjunto de comportamientos dirigidos hacia sí mismas» que asombró a los investigadores.La ‘prueba de la marca’Natasha, la hembra adulta, fue un paso más allá y logró incluso superar el ‘mark test’, la ‘prueba de la marca’. Los investigadores aprovecharon los momentos en que se sumergían con las belugas para alimentarlas para dibujarle subrepticiamente a Natasha una marca oscura (y no tóxica) detrás de la oreja derecha, un punto ciego de su anatomía que ninguna ballena, en condiciones normales, es capaz de ver. Al llegar frente al espejo, la actitud de la beluga cambió radicalmente. A lo largo de una de sus sesiones decisivas, el animal dio una inusual serie de nueve vueltas por la piscina, acercándose y orientando de manera reiterada la zona marcada contra el espejo. No cabía ninguna duda: se estaba inspeccionando. Frente a la marca, se interesó por ella el 85% del tiempo, comparado con apenas un tímido 35% de atención visual cuando nadaba sin marcar.Para los autores del estudio, el veredicto científico es claro: «Los comportamientos dirigidos a sí mismas que exhibieron ambas ballenas, sumados al comportamiento de inspección de la marca por parte de la hembra adulta, proporcionan pruebas contundentes sobre la capacidad de autorreconocimiento en la ballena beluga».Una nueva visión del océanoInformes anteriores y reconocidos etólogos, como el célebre primatólogo Frans de Waal, que en 2019 publicó sendos trabajos alertando de que la autoconciencia es una perspectiva gradual en la biología y no un ‘big bang’ reservado a los humanos, ya habían insinuado que debíamos esperar altas capacidades en estos mamíferos marinos. Y es que las belugas poseen cerebros inmensamente complejos, una sofisticada sociedad y unas dotes de aprendizaje vocal tan fuera de lo común que, como se sabe desde hace décadas, les ha permitido incluso imitar espontáneamente tonos sintéticos y el habla humana. Lo que nos faltaba eran pruebas visuales concluyentes como las que el nuevo trabajo acaba de conseguir.«La aparición de este comportamiento -escriben los autores en sus conclusiones- indica que esta capacidad puede estar mucho más extendida de lo pensado, y llegar más allá de la familia Delphinidae (delfines) hasta alcanzar a los Monodontidae (la rama evolutiva a la que pertenecen las belugas y los narvales.MÁS INFORMACIÓN noticia Si Los neandertales también comían marisco y lo recolectaban en invierno noticia Si El discreto soporte que revolucionó el sueñoDe modo que, una vez más, igual que sucede cada vez que una nueva especie derriba esta enorme ‘barrera cognitiva’, la ciencia nos obliga a aprender una lección de humildad. En este caso, la de que el océano profundo está habitado por mentes brillantes que, de un modo u otro, también saben lo que significa decir ‘yo’. Durante siglos, ciencia y filosofía han estado de acuerdo con una idea que parecía inamovible: el ser humano es el único ser sobre la Tierra que posee el don de la autoconciencia. Una frontera que nos separa del resto de las criaturas vivientes. Siempre nos ha gustado pensar en los animales como en una suerte de ‘autómatas biológicos’, seres que reaccionan por puro instinto pero que son incapaces de ‘contemplarse’ a sí mismos por dentro. Sin embargo, esa creencia, sin duda fruto de la soberbia humana, está recibiendo severos correctivos de la mano de la ciencia. Y ha sido el espejo, ese humilde objeto cotidiano que utilizamos cada mañana, el que se ha convertido en la herramienta que demuestra que la ‘chispa de la conciencia’ no es patrimonio exclusivo de nuestra especie.La cuestión es más profunda de lo que parece, porque ser capaces de reconocerse a uno mismo en una imagen reflejada implica un salto cognitivo gigantesco. No es una tarea sencilla: requiere un cerebro complejo, capaz de formular una representación mental del propio cuerpo y de comprender que los movimientos del reflejo coinciden milimétricamente con las acciones propias. Y así, poco a poco, la lista de criaturas capaces de superar esta prueba (diseñada originalmente por el psicólogo Gordon Gallup en la década de 1970) se ha ido ampliando inesperadamente durante el último medio siglo. Primero fueron nuestros parientes más cercanos, los chimpancés, bonobos y orangutanes; después se sumaron los elefantes asiáticos, los pulpos , las urracas y los delfines mulares. Incluso un pequeño pez, el limpiador, ha mostrado indicios de poseer esta facultad. Y son muchos los investigadores que sostienen que hay una ‘posibilidad realista’ que que la conciencia de sí mismos exista también en animales como reptiles, insectos y moluscos .Noticia relacionada general No No La compañía que quiere resucitar un mamut anuncia los primeros pollos nacidos de un huevo artificial Judith de JorgeAhora, un nuevo estudio recién publicado en ‘ PLOS ONE ‘ acaba de añadir oficialmente un nuevo miembro a este selecto club de mentes privilegiadas: la beluga. Un animal que, por cierto, ya había dado anteriormente sobradas muestras de sus capacidades mentales.Dos horas frente al cristalLa investigación, que permaneció latente durante más de veinte años antes de ser completamente analizada y estructurada, fue llevada a cabo por un equipo de científicos de la universidad neoyorquina de Columbia que expusieron, y estudiaron, a un grupo social de cuatro belugas en las instalaciones del Acuario de Nueva York de la Wildlife Conservation Society. Se trata de tres hembras adultas llamadas Kathy, Marina y Natasha, y la hija de esta última, Maris, una ‘subadulta’ de siete años. Ninguno de los animales había sido expuesto previamente a un espejo, aunque sí conocían ciertas superficies semi-reflectantes debido a los cristales de sus tanques.Durante su experimento, los científicos instalaron un espejo de plexiglás de dos vías en una de las ventanas del tanque, alternándolo con un panel de control transparente (pero ligeramente reflectante debido a la luz). Durante las sesiones de la primera fase, que duraban unas dos horas diarias y se realizaban antes de que el acuario abriera al público, dos de las cuatro belugas, la madre Natasha y su hija Maris, mostraron un interés abrumador. Pasaron significativamente más tiempo junto al espejo verdadero que frente al panel de control (Natasha dedicó un 3,4% de su tiempo total al espejo frente al 1,0% del control, mientras que Maris se entregó al reflejo un 5,4% de su tiempo frente al mísero 0,2% en la superficie neutra). El número de aproximaciones voluntarias también se disparó en presencia del espejo, pasando de apenas una decena en el control a más de cien frente al cristal reflectante.Las belugas reaccionaron frente el espejo igual que hacemos los humanos cuando hacemos gestos frente a una cámara para confirmar que somos nosotrosPero lo verdaderamente fascinante fue el comportamiento. De hecho, los investigadores observaron cómo las belugas atravesaban todas y cada una de las fases clásicas de la autoconciencia visual. Tras una breve inspección inicial, pasaron rápidamente a lo que en ciencia se denomina ‘comportamiento de prueba de contingencia’. Es decir, hacer movimientos inusuales y repetitivos para comprobar si la imagen del espejo imita esas acciones. Y de ahí, al ‘milagro’ de reconocerse a sí mismos. Es exactamente lo mismo que hacemos los humanos al pasar por delante del monitor de las cámaras de seguridad en una gran superficie y movemos los brazos, o hacemos una mueca exagerada, solo para confirmar que quien aparece en la pantalla copiando exactamente nuestros gestos somos nosotros.El juego de morder burbujas«Las belugas mostraron un rico repertorio de comportamientos autodirigidos frente al espejo», escriben los autores en sus conclusiones. El ejemplo más claro (y hermoso) fue el ‘juego de morder burbujas’. Los cetáceos se situaban frente al espejo, expulsaban burbujas de aire por su espiráculo o por la boca y, acto seguido, observando atentamente su propio reflejo, intentaban atraparlas y morderlas. Estaban utilizando el espejo como una herramienta para observarse a sí mismas realizando una actividad lúdica.Después llegó la tercera fase, la del comportamiento dirigido hacia uno mismo. El animal reconoce que la imagen es propia y usa el espejo como una herramienta para inspeccionar partes inalcanzables de su cuerpo. En el experimento, dos de las cuatro ballenas, Natasha (de 21 años) y su cría Maris (de 7 años), «exhibieron un rico conjunto de comportamientos dirigidos hacia sí mismas» que asombró a los investigadores.La ‘prueba de la marca’Natasha, la hembra adulta, fue un paso más allá y logró incluso superar el ‘mark test’, la ‘prueba de la marca’. Los investigadores aprovecharon los momentos en que se sumergían con las belugas para alimentarlas para dibujarle subrepticiamente a Natasha una marca oscura (y no tóxica) detrás de la oreja derecha, un punto ciego de su anatomía que ninguna ballena, en condiciones normales, es capaz de ver. Al llegar frente al espejo, la actitud de la beluga cambió radicalmente. A lo largo de una de sus sesiones decisivas, el animal dio una inusual serie de nueve vueltas por la piscina, acercándose y orientando de manera reiterada la zona marcada contra el espejo. No cabía ninguna duda: se estaba inspeccionando. Frente a la marca, se interesó por ella el 85% del tiempo, comparado con apenas un tímido 35% de atención visual cuando nadaba sin marcar.Para los autores del estudio, el veredicto científico es claro: «Los comportamientos dirigidos a sí mismas que exhibieron ambas ballenas, sumados al comportamiento de inspección de la marca por parte de la hembra adulta, proporcionan pruebas contundentes sobre la capacidad de autorreconocimiento en la ballena beluga».Una nueva visión del océanoInformes anteriores y reconocidos etólogos, como el célebre primatólogo Frans de Waal, que en 2019 publicó sendos trabajos alertando de que la autoconciencia es una perspectiva gradual en la biología y no un ‘big bang’ reservado a los humanos, ya habían insinuado que debíamos esperar altas capacidades en estos mamíferos marinos. Y es que las belugas poseen cerebros inmensamente complejos, una sofisticada sociedad y unas dotes de aprendizaje vocal tan fuera de lo común que, como se sabe desde hace décadas, les ha permitido incluso imitar espontáneamente tonos sintéticos y el habla humana. Lo que nos faltaba eran pruebas visuales concluyentes como las que el nuevo trabajo acaba de conseguir.«La aparición de este comportamiento -escriben los autores en sus conclusiones- indica que esta capacidad puede estar mucho más extendida de lo pensado, y llegar más allá de la familia Delphinidae (delfines) hasta alcanzar a los Monodontidae (la rama evolutiva a la que pertenecen las belugas y los narvales.MÁS INFORMACIÓN noticia Si Los neandertales también comían marisco y lo recolectaban en invierno noticia Si El discreto soporte que revolucionó el sueñoDe modo que, una vez más, igual que sucede cada vez que una nueva especie derriba esta enorme ‘barrera cognitiva’, la ciencia nos obliga a aprender una lección de humildad. En este caso, la de que el océano profundo está habitado por mentes brillantes que, de un modo u otro, también saben lo que significa decir ‘yo’.  Durante siglos, ciencia y filosofía han estado de acuerdo con una idea que parecía inamovible: el ser humano es el único ser sobre la Tierra que posee el don de la autoconciencia. Una frontera que nos separa del resto de las criaturas vivientes. Siempre nos ha gustado pensar en los animales como en una suerte de ‘autómatas biológicos’, seres que reaccionan por puro instinto pero que son incapaces de ‘contemplarse’ a sí mismos por dentro. Sin embargo, esa creencia, sin duda fruto de la soberbia humana, está recibiendo severos correctivos de la mano de la ciencia. Y ha sido el espejo, ese humilde objeto cotidiano que utilizamos cada mañana, el que se ha convertido en la herramienta que demuestra que la ‘chispa de la conciencia’ no es patrimonio exclusivo de nuestra especie.La cuestión es más profunda de lo que parece, porque ser capaces de reconocerse a uno mismo en una imagen reflejada implica un salto cognitivo gigantesco. No es una tarea sencilla: requiere un cerebro complejo, capaz de formular una representación mental del propio cuerpo y de comprender que los movimientos del reflejo coinciden milimétricamente con las acciones propias. Y así, poco a poco, la lista de criaturas capaces de superar esta prueba (diseñada originalmente por el psicólogo Gordon Gallup en la década de 1970) se ha ido ampliando inesperadamente durante el último medio siglo. Primero fueron nuestros parientes más cercanos, los chimpancés, bonobos y orangutanes; después se sumaron los elefantes asiáticos, los pulpos , las urracas y los delfines mulares. Incluso un pequeño pez, el limpiador, ha mostrado indicios de poseer esta facultad. Y son muchos los investigadores que sostienen que hay una ‘posibilidad realista’ que que la conciencia de sí mismos exista también en animales como reptiles, insectos y moluscos .Noticia relacionada general No No La compañía que quiere resucitar un mamut anuncia los primeros pollos nacidos de un huevo artificial Judith de JorgeAhora, un nuevo estudio recién publicado en ‘ PLOS ONE ‘ acaba de añadir oficialmente un nuevo miembro a este selecto club de mentes privilegiadas: la beluga. Un animal que, por cierto, ya había dado anteriormente sobradas muestras de sus capacidades mentales.Dos horas frente al cristalLa investigación, que permaneció latente durante más de veinte años antes de ser completamente analizada y estructurada, fue llevada a cabo por un equipo de científicos de la universidad neoyorquina de Columbia que expusieron, y estudiaron, a un grupo social de cuatro belugas en las instalaciones del Acuario de Nueva York de la Wildlife Conservation Society. Se trata de tres hembras adultas llamadas Kathy, Marina y Natasha, y la hija de esta última, Maris, una ‘subadulta’ de siete años. Ninguno de los animales había sido expuesto previamente a un espejo, aunque sí conocían ciertas superficies semi-reflectantes debido a los cristales de sus tanques.Durante su experimento, los científicos instalaron un espejo de plexiglás de dos vías en una de las ventanas del tanque, alternándolo con un panel de control transparente (pero ligeramente reflectante debido a la luz). Durante las sesiones de la primera fase, que duraban unas dos horas diarias y se realizaban antes de que el acuario abriera al público, dos de las cuatro belugas, la madre Natasha y su hija Maris, mostraron un interés abrumador. Pasaron significativamente más tiempo junto al espejo verdadero que frente al panel de control (Natasha dedicó un 3,4% de su tiempo total al espejo frente al 1,0% del control, mientras que Maris se entregó al reflejo un 5,4% de su tiempo frente al mísero 0,2% en la superficie neutra). El número de aproximaciones voluntarias también se disparó en presencia del espejo, pasando de apenas una decena en el control a más de cien frente al cristal reflectante.Las belugas reaccionaron frente el espejo igual que hacemos los humanos cuando hacemos gestos frente a una cámara para confirmar que somos nosotrosPero lo verdaderamente fascinante fue el comportamiento. De hecho, los investigadores observaron cómo las belugas atravesaban todas y cada una de las fases clásicas de la autoconciencia visual. Tras una breve inspección inicial, pasaron rápidamente a lo que en ciencia se denomina ‘comportamiento de prueba de contingencia’. Es decir, hacer movimientos inusuales y repetitivos para comprobar si la imagen del espejo imita esas acciones. Y de ahí, al ‘milagro’ de reconocerse a sí mismos. Es exactamente lo mismo que hacemos los humanos al pasar por delante del monitor de las cámaras de seguridad en una gran superficie y movemos los brazos, o hacemos una mueca exagerada, solo para confirmar que quien aparece en la pantalla copiando exactamente nuestros gestos somos nosotros.El juego de morder burbujas«Las belugas mostraron un rico repertorio de comportamientos autodirigidos frente al espejo», escriben los autores en sus conclusiones. El ejemplo más claro (y hermoso) fue el ‘juego de morder burbujas’. Los cetáceos se situaban frente al espejo, expulsaban burbujas de aire por su espiráculo o por la boca y, acto seguido, observando atentamente su propio reflejo, intentaban atraparlas y morderlas. Estaban utilizando el espejo como una herramienta para observarse a sí mismas realizando una actividad lúdica.Después llegó la tercera fase, la del comportamiento dirigido hacia uno mismo. El animal reconoce que la imagen es propia y usa el espejo como una herramienta para inspeccionar partes inalcanzables de su cuerpo. En el experimento, dos de las cuatro ballenas, Natasha (de 21 años) y su cría Maris (de 7 años), «exhibieron un rico conjunto de comportamientos dirigidos hacia sí mismas» que asombró a los investigadores.La ‘prueba de la marca’Natasha, la hembra adulta, fue un paso más allá y logró incluso superar el ‘mark test’, la ‘prueba de la marca’. Los investigadores aprovecharon los momentos en que se sumergían con las belugas para alimentarlas para dibujarle subrepticiamente a Natasha una marca oscura (y no tóxica) detrás de la oreja derecha, un punto ciego de su anatomía que ninguna ballena, en condiciones normales, es capaz de ver. Al llegar frente al espejo, la actitud de la beluga cambió radicalmente. A lo largo de una de sus sesiones decisivas, el animal dio una inusual serie de nueve vueltas por la piscina, acercándose y orientando de manera reiterada la zona marcada contra el espejo. No cabía ninguna duda: se estaba inspeccionando. Frente a la marca, se interesó por ella el 85% del tiempo, comparado con apenas un tímido 35% de atención visual cuando nadaba sin marcar.Para los autores del estudio, el veredicto científico es claro: «Los comportamientos dirigidos a sí mismas que exhibieron ambas ballenas, sumados al comportamiento de inspección de la marca por parte de la hembra adulta, proporcionan pruebas contundentes sobre la capacidad de autorreconocimiento en la ballena beluga».Una nueva visión del océanoInformes anteriores y reconocidos etólogos, como el célebre primatólogo Frans de Waal, que en 2019 publicó sendos trabajos alertando de que la autoconciencia es una perspectiva gradual en la biología y no un ‘big bang’ reservado a los humanos, ya habían insinuado que debíamos esperar altas capacidades en estos mamíferos marinos. Y es que las belugas poseen cerebros inmensamente complejos, una sofisticada sociedad y unas dotes de aprendizaje vocal tan fuera de lo común que, como se sabe desde hace décadas, les ha permitido incluso imitar espontáneamente tonos sintéticos y el habla humana. Lo que nos faltaba eran pruebas visuales concluyentes como las que el nuevo trabajo acaba de conseguir.«La aparición de este comportamiento -escriben los autores en sus conclusiones- indica que esta capacidad puede estar mucho más extendida de lo pensado, y llegar más allá de la familia Delphinidae (delfines) hasta alcanzar a los Monodontidae (la rama evolutiva a la que pertenecen las belugas y los narvales.MÁS INFORMACIÓN noticia Si Los neandertales también comían marisco y lo recolectaban en invierno noticia Si El discreto soporte que revolucionó el sueñoDe modo que, una vez más, igual que sucede cada vez que una nueva especie derriba esta enorme ‘barrera cognitiva’, la ciencia nos obliga a aprender una lección de humildad. En este caso, la de que el océano profundo está habitado por mentes brillantes que, de un modo u otro, también saben lo que significa decir ‘yo’. RSS de noticias de ciencia

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