Locos por el eclipse desde 1900

«Maravilloso fenómeno, en verdad, es un eclipse total de Sol. Dura un minuto, minuto y medio o poco más, y por ese mezquino espacio de tiempo conmuévase todo el mundo científico». Así se describía en la edición de ‘Blanco y Negro’ del 26 de mayo de 1900 uno de los espectáculos astronómicos más extraordinarios y singulares que pueden contemplarse desde la Tierra. El siglo XIX tocaba a su fin, y esa España castigada, que todavía andaba sacudiéndose el polvo tras el descalabro del Desastre del 98, se preparaba para alzar la vista al cielo y observar el primero del trío ibérico de eclipses solares que se pudieron seguir en el país en apenas doce años. El fenómeno tuvo lugar el 28 de mayo y, como ocurrirá con el de este miércoles 12 de agosto, España era uno de los mejores lugares del mundo para seguirlo. Esto provocó que durante las semanas anteriores fueran llegando al país «sabios de todas partes y turistas de todas las naciones». La euforia era total: «¡Ni la vuelta de Guerrita al toreo produciría tal expectación!». En las páginas de la revista se recoge que muchos de los «sabios» e «inteligentes» establecieron sus puntos de observación por la costa Mediterránea, «preferiblemente en Elche y Santa Pola». Por ahí pasaron astrónomos venidos desde los observatorios de París, Londres o el Vaticano armados con un aparataje muy superior al que tenían sus homólogos españoles, que aunque «no menos iniciados en los misterios de la ciencia» se conformaron, «por culpa clásica nacional», con medios de observación «menos probados o más deficientes».El día del evento Madrid se desperezó temprano y la estación del Mediodía se fue llenando, ya antes de las seis de la mañana, de «astrónomos madrugadores e impacientes» que querían disfrutar del eclipse en todo su esplendor. «Tan impacientes que la mayor parte ni habían acabado de vestirse y llevaban una bota en la mano», según se explicaba en el número del 2 de junio de ‘Blanco y Negro’. «¡Ni la vuelta de Guerrita al toreo produciría tal expectación!», se escribía en las crónicas de la épocaMuchos de estos viajeros trataban de llegar a la localidad ciudadrealeña de Argamasilla de Alba, que iba a ser uno de los mejores puntos en la zona centro del país para presenciar el fenómeno. Casi todos entraban ya en los andenes con sus cristales ahumados, imprescindibles para poder mirar directamente al Sol cuando comenzase el oscurecimiento . Y los menos previsores tuvieron suerte, porque por los vagones abarrotados se iban moviendo vendedores con «tubos y cristales de color». Llegado el momento, «¡Hasta los molinos de viento próximos a la estación tenían sus correspondientes vidrios!». Los trenes llegaron a Argamasilla poco antes de las dos y media de la tarde, hora a la que se inició el fenómeno. Ahí estaban, entre otros, el general Martínez Campos, los Duques de Alba, el ministro de Hacienda, Ramiro Fernández Villaverde, o la infanta Isabel, hija de Isabel II, que lo siguió desde la terraza de una fábrica local. Cuando empezó el oscurecimiento, todos los presentes se quedaron embelesados: «El espectáculo era grandioso, imponente, indescriptible. Todos veíamos unos tonos de luz como no habíamos visto ni sospechado jamás, y nuestros cuerpos proyectaban sombras tan fantásticas, que parecía que iban a ponerse a bailar una danza macabra».Revueltas y globosLos que se desplazaron a Argamasilla tuvieron suerte, el cielo estaba despejado y pudieron ver bien el fenómeno. Peor lo pasaron los habitantes de Madrid el 30 de agosto de 1905, día del segundo gran eclipse, que al descorrer las cortinas a primera hora se encontraron con un cielo «entoldado de nubes grises», como publicaba ABC en su edición del día. Pero hubo suerte, porque a las diez y media comenzó a despejar y, sin grandes problemas, «los astrónomos populares fijaron en el astro del día sus magníficos anteojos de cristal ahumado, sus telescopios de papel, de cartón o de tubos de chimeneas». Toda la ciudad se echó a la calle, «astrónomos ocasionales y astrónomas de las que el Sol quisiera para sí». Y, de nuevo, los hubo que enfilaron hacia la estación del Mediodía para viajar a los mejores sitios ver el fenómeno, como Sigüenza, donde también se debería seguir perfectamente el de este miércoles. Y fueron muchos. Y se armó el lío, porque un eclipse es cosa seria.Un grupo de unas 500 personas se presentó a primera hora de la mañana para comprar billetes y «al leer los cartelitos en que avisaba la empresa que estaban cubiertas todas las plazas, estalló en improperios y amenazas e invadió los andenes en actitud belicosa, tratando de asaltar los trenes». Para calmar los ánimos, finalmente, la estación dispuso la salida de un tercer tren, lo que ayudó a calmar los ánimos. En total, unas 4.000 personas viajaron hacia la localidad alcarreña, que, seguramente, no lo pasaron «muy bien en cuanto a víveres ni a comodidades».Un grupo de astrónomos sigue el eclipse de 1905 desde una azotea en Madrid ABCEl eclipse tuvo lugar en torno al mediodía. En la mayoría del país se pudo seguir bien, aunque las nubes causaron problemas en algunas localidades, como en León, Oviedo, Palma de Mallorca o Valladolid, donde el cielo estaba encapotado «en el momento de la totalidad» y, claro, la gente se enfadó: «Los profanos esperaban que el eclipse hubiera durado más tiempo, y hay quien se llama a engaño». En otras zonas, como la alicantina Cocentaina, «obscureció de tal modo que parecía más bien las seis de la tarde», mientras que en Huesca, «en el momento culminante», «fue necesario encender luces en las habitaciones. El aspecto de la naturaleza era sublime».Tres globos tripulados se lanzaron para realizar observaciones científicas a 4.000 metros por encima de las nubesEl Rey Alfonso XIII escogió Burgos para observar el fenómeno, ya que los cálculos habían demostrado que la sombra del eclipse total ahí duraría más que en cualquier otro punto de la geografía nacional: hasta tres minutos y cuarenta y dos segundos. Su Majestad siguió el evento desde lo alto del castillo de la ciudad, pero antes se dirigió al parque de aerostación de la ciudad para asistir junto al resto de la familia real al despegue de Júpiter, Urano y Marte, tres globos tripulados destinados a realizar observaciones científicas a unos 4.000 metros de altura, por encima de las nubes. Los globos Urano, Júpiter y Marte momentos antes de alzar el vuelo en Burgos ABCEn el momento del oscurecimiento total, la expectación de las miles de personas que seguían el evento desde las calles burgalesas era «inmensa»: «No es el eclipse lo que describe tan poéticamente Alarcón. La gente lo presencia en silencio, pero en el momento de aparecer de nuevo los primeros rayos de sol, se produce un movimiento general que se va agrandando con rapidez, y poco después se escuchan gritos de alegría seguidos de aplausos frenéticos».Madrid no tuvo suerteEn 1912 la localidad leonesa de Cacabelos fue uno de los mejores puntos desde los que seguir el tercer eclipse de la triada y, como había ocurrido con los dos anteriores, para allá que fueron «las más importantes de las comisiones científicas», tal y como informó este periódico. Entre ellas, la de la Universidad de París -con una instalación de «extraordinario valor científico»-, la del Observatorio Astronómico de Madrid y la del Ministerio de Instrucción Pública. También se desplazaron a la zona «numerosos turistas, unos en automóviles (lo que seguía siendo excepcional para la época) y otros en carruajes». Un grupo de madrileños observan el eclipse de 1912 en uno de los telescopios del Observatorio Astronómico AlbaA pesar de la emoción con la que se vivió el momento, los expertos temían no poder «sacar todo el provecho científico» que pretendían. «Esta idea, que unánimemente comparten los aquí presentes, se funda en que la anchura de la franja de totalidad es sumamente reducida y también en que pudiera darse el caso de que no nos halláramos en el emplazamiento de la verdadera zona de totalidad», explicaba este diario. La comisión del Observatorio de Madrid prepara el equipo para seguir el eclipse desde Cacabelos TorresSin embargo, en Cacabelos (León ) acabaron teniendo suerte. El día del eclipse, «los sabios» allí reunidos se encontraron con un cielo despejado. Peor suerte corrieron los que se quedaron en Madrid, donde las nubes desmotivaron a muchos ciudadanos, que prefirieron quedarse por las calles antes que acudir al Observatorio Astronómico, donde se habían dispuesto varios telescopios para seguir el fenómeno. Aunque eso no evitó que la gente lo pasara bien. Muchos se dirigieron al Parque del Oeste o al Paseo de Rosales. Otros apostaron por las azoteas de la Puerta del Sol, donde «buen número de vendedores intentaban dar salida a su numerosa mercancía óptica de gafas y cristales ahumados». Aunque, en este caso, sin mucha suerte, porque «los parroquianos, en vista de lo nublado del cielo», preferían guardarse el dinero, «puesto que las nubes se encargaban de suplir a los lentes ahumados». «Maravilloso fenómeno, en verdad, es un eclipse total de Sol. Dura un minuto, minuto y medio o poco más, y por ese mezquino espacio de tiempo conmuévase todo el mundo científico». Así se describía en la edición de ‘Blanco y Negro’ del 26 de mayo de 1900 uno de los espectáculos astronómicos más extraordinarios y singulares que pueden contemplarse desde la Tierra. El siglo XIX tocaba a su fin, y esa España castigada, que todavía andaba sacudiéndose el polvo tras el descalabro del Desastre del 98, se preparaba para alzar la vista al cielo y observar el primero del trío ibérico de eclipses solares que se pudieron seguir en el país en apenas doce años. El fenómeno tuvo lugar el 28 de mayo y, como ocurrirá con el de este miércoles 12 de agosto, España era uno de los mejores lugares del mundo para seguirlo. Esto provocó que durante las semanas anteriores fueran llegando al país «sabios de todas partes y turistas de todas las naciones». La euforia era total: «¡Ni la vuelta de Guerrita al toreo produciría tal expectación!». En las páginas de la revista se recoge que muchos de los «sabios» e «inteligentes» establecieron sus puntos de observación por la costa Mediterránea, «preferiblemente en Elche y Santa Pola». Por ahí pasaron astrónomos venidos desde los observatorios de París, Londres o el Vaticano armados con un aparataje muy superior al que tenían sus homólogos españoles, que aunque «no menos iniciados en los misterios de la ciencia» se conformaron, «por culpa clásica nacional», con medios de observación «menos probados o más deficientes».El día del evento Madrid se desperezó temprano y la estación del Mediodía se fue llenando, ya antes de las seis de la mañana, de «astrónomos madrugadores e impacientes» que querían disfrutar del eclipse en todo su esplendor. «Tan impacientes que la mayor parte ni habían acabado de vestirse y llevaban una bota en la mano», según se explicaba en el número del 2 de junio de ‘Blanco y Negro’. «¡Ni la vuelta de Guerrita al toreo produciría tal expectación!», se escribía en las crónicas de la épocaMuchos de estos viajeros trataban de llegar a la localidad ciudadrealeña de Argamasilla de Alba, que iba a ser uno de los mejores puntos en la zona centro del país para presenciar el fenómeno. Casi todos entraban ya en los andenes con sus cristales ahumados, imprescindibles para poder mirar directamente al Sol cuando comenzase el oscurecimiento . Y los menos previsores tuvieron suerte, porque por los vagones abarrotados se iban moviendo vendedores con «tubos y cristales de color». Llegado el momento, «¡Hasta los molinos de viento próximos a la estación tenían sus correspondientes vidrios!». Los trenes llegaron a Argamasilla poco antes de las dos y media de la tarde, hora a la que se inició el fenómeno. Ahí estaban, entre otros, el general Martínez Campos, los Duques de Alba, el ministro de Hacienda, Ramiro Fernández Villaverde, o la infanta Isabel, hija de Isabel II, que lo siguió desde la terraza de una fábrica local. Cuando empezó el oscurecimiento, todos los presentes se quedaron embelesados: «El espectáculo era grandioso, imponente, indescriptible. Todos veíamos unos tonos de luz como no habíamos visto ni sospechado jamás, y nuestros cuerpos proyectaban sombras tan fantásticas, que parecía que iban a ponerse a bailar una danza macabra».Revueltas y globosLos que se desplazaron a Argamasilla tuvieron suerte, el cielo estaba despejado y pudieron ver bien el fenómeno. Peor lo pasaron los habitantes de Madrid el 30 de agosto de 1905, día del segundo gran eclipse, que al descorrer las cortinas a primera hora se encontraron con un cielo «entoldado de nubes grises», como publicaba ABC en su edición del día. Pero hubo suerte, porque a las diez y media comenzó a despejar y, sin grandes problemas, «los astrónomos populares fijaron en el astro del día sus magníficos anteojos de cristal ahumado, sus telescopios de papel, de cartón o de tubos de chimeneas». Toda la ciudad se echó a la calle, «astrónomos ocasionales y astrónomas de las que el Sol quisiera para sí». Y, de nuevo, los hubo que enfilaron hacia la estación del Mediodía para viajar a los mejores sitios ver el fenómeno, como Sigüenza, donde también se debería seguir perfectamente el de este miércoles. Y fueron muchos. Y se armó el lío, porque un eclipse es cosa seria.Un grupo de unas 500 personas se presentó a primera hora de la mañana para comprar billetes y «al leer los cartelitos en que avisaba la empresa que estaban cubiertas todas las plazas, estalló en improperios y amenazas e invadió los andenes en actitud belicosa, tratando de asaltar los trenes». Para calmar los ánimos, finalmente, la estación dispuso la salida de un tercer tren, lo que ayudó a calmar los ánimos. En total, unas 4.000 personas viajaron hacia la localidad alcarreña, que, seguramente, no lo pasaron «muy bien en cuanto a víveres ni a comodidades».Un grupo de astrónomos sigue el eclipse de 1905 desde una azotea en Madrid ABCEl eclipse tuvo lugar en torno al mediodía. En la mayoría del país se pudo seguir bien, aunque las nubes causaron problemas en algunas localidades, como en León, Oviedo, Palma de Mallorca o Valladolid, donde el cielo estaba encapotado «en el momento de la totalidad» y, claro, la gente se enfadó: «Los profanos esperaban que el eclipse hubiera durado más tiempo, y hay quien se llama a engaño». En otras zonas, como la alicantina Cocentaina, «obscureció de tal modo que parecía más bien las seis de la tarde», mientras que en Huesca, «en el momento culminante», «fue necesario encender luces en las habitaciones. El aspecto de la naturaleza era sublime».Tres globos tripulados se lanzaron para realizar observaciones científicas a 4.000 metros por encima de las nubesEl Rey Alfonso XIII escogió Burgos para observar el fenómeno, ya que los cálculos habían demostrado que la sombra del eclipse total ahí duraría más que en cualquier otro punto de la geografía nacional: hasta tres minutos y cuarenta y dos segundos. Su Majestad siguió el evento desde lo alto del castillo de la ciudad, pero antes se dirigió al parque de aerostación de la ciudad para asistir junto al resto de la familia real al despegue de Júpiter, Urano y Marte, tres globos tripulados destinados a realizar observaciones científicas a unos 4.000 metros de altura, por encima de las nubes. Los globos Urano, Júpiter y Marte momentos antes de alzar el vuelo en Burgos ABCEn el momento del oscurecimiento total, la expectación de las miles de personas que seguían el evento desde las calles burgalesas era «inmensa»: «No es el eclipse lo que describe tan poéticamente Alarcón. La gente lo presencia en silencio, pero en el momento de aparecer de nuevo los primeros rayos de sol, se produce un movimiento general que se va agrandando con rapidez, y poco después se escuchan gritos de alegría seguidos de aplausos frenéticos».Madrid no tuvo suerteEn 1912 la localidad leonesa de Cacabelos fue uno de los mejores puntos desde los que seguir el tercer eclipse de la triada y, como había ocurrido con los dos anteriores, para allá que fueron «las más importantes de las comisiones científicas», tal y como informó este periódico. Entre ellas, la de la Universidad de París -con una instalación de «extraordinario valor científico»-, la del Observatorio Astronómico de Madrid y la del Ministerio de Instrucción Pública. También se desplazaron a la zona «numerosos turistas, unos en automóviles (lo que seguía siendo excepcional para la época) y otros en carruajes». Un grupo de madrileños observan el eclipse de 1912 en uno de los telescopios del Observatorio Astronómico AlbaA pesar de la emoción con la que se vivió el momento, los expertos temían no poder «sacar todo el provecho científico» que pretendían. «Esta idea, que unánimemente comparten los aquí presentes, se funda en que la anchura de la franja de totalidad es sumamente reducida y también en que pudiera darse el caso de que no nos halláramos en el emplazamiento de la verdadera zona de totalidad», explicaba este diario. La comisión del Observatorio de Madrid prepara el equipo para seguir el eclipse desde Cacabelos TorresSin embargo, en Cacabelos (León ) acabaron teniendo suerte. El día del eclipse, «los sabios» allí reunidos se encontraron con un cielo despejado. Peor suerte corrieron los que se quedaron en Madrid, donde las nubes desmotivaron a muchos ciudadanos, que prefirieron quedarse por las calles antes que acudir al Observatorio Astronómico, donde se habían dispuesto varios telescopios para seguir el fenómeno. Aunque eso no evitó que la gente lo pasara bien. Muchos se dirigieron al Parque del Oeste o al Paseo de Rosales. Otros apostaron por las azoteas de la Puerta del Sol, donde «buen número de vendedores intentaban dar salida a su numerosa mercancía óptica de gafas y cristales ahumados». Aunque, en este caso, sin mucha suerte, porque «los parroquianos, en vista de lo nublado del cielo», preferían guardarse el dinero, «puesto que las nubes se encargaban de suplir a los lentes ahumados».  

«Maravilloso fenómeno, en verdad, es un eclipse total de Sol. Dura un minuto, minuto y medio o poco más, y por ese mezquino espacio de tiempo conmuévase todo el mundo científico». Así se describía en la edición de ‘Blanco y Negro’ del 26 de … mayo de 1900 uno de los espectáculos astronómicos más extraordinarios y singulares que pueden contemplarse desde la Tierra. El siglo XIX tocaba a su fin, y esa España castigada, que todavía andaba sacudiéndose el polvo tras el descalabro del Desastre del 98, se preparaba para alzar la vista al cielo y observar el primero del trío ibérico de eclipses solares que se pudieron seguir en el país en apenas doce años.

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